Evangelismo

Crónica de una promesa: “Su anunciación” | VIDA CRISTIANA

Mateo 1.21

Génesis 3:14-15

“Y Jehová Dios dijo a la serpiente: Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.”

 

<<Atrás quedaron los días en los que Adán y Eva escucharon la promesa de Dios, pero la promesa seguía intacta. Dios la cumpliría. A través de los siglos Dios venía recordando al mundo Su inmenso amor y Su gran fidelidad. Por medio de los profetas recordaba una y otra vez a su pueblo la llegada de la esperanza, la Simiente Prometida, el Hijo del Hombre.

El mismo Señor nos dice que “la virgen concebirá, y dará a luz un hijo” (Isaías 7:14), dándonos a conocer la manera muy peculiar en la que nacería este niño. No podía ser nacido en una forma natural; no solamente porque tenía que ser un milagro, sino porque el “Santo Ser” tenía que ser llamado “Hijo del Altísimo” (Lucas 1:35). Su nacimiento tenía que ser especial, no podía tener la simiente del hombre, puesto que ésta trasmite el pecado (Romanos 5:12), tenía que ser engendrado por parte del Espíritu Santo (Mateo 1:20; Lucas 1:35). Entonces el milagro no era solo para hacerlo diferente, sino que tenía que ser diferente. La Simiente Prometida, al ser el mismo Dios en la Persona del Hijo, nacería Santo, libre de pecado para llegar a la Cruz y llevar la culpa del hombre, ya que por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida” (Romanos 5:18).

Isaías, mirando con fe, y bajo inspiración divina, declara que “un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.” (Isaías 9:6). Nos alienta expresando que su imperio será grande y la paz no tendrán límite”, y que esta profecía se cumplirá por “el celo de Jehová” (Isaías 9:7).

Entonces llegaba el tiempo, se aproximaba la hora de Su advenimiento. Para ello se debía anunciar a los padres escogidos la venida de este bebé.

Primero el Señor se acerca a María, la virgen escogida, aquella mujer que había recibido el reconocimiento de Dios y quien había hallado gracia ante Sus ojos. Para comunicar tal evento es enviado Gabriel, el ángel. María se sorprende, se pregunta en su interior qué es lo que estaba pasando. Gabriel le responde y le dice que no tema, que lo que estaba pasando era la voluntad de Dios. Él la había escogido a ella para que sea la madre de la Simiente. Ella pregunta: “¿Cómo será esto? pues no conozco varón”, a lo que el ángel responde: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lucas 1:26-35). Si, tenía que ser un milagro, sólo así sería Santo, debía ser así.

María, talvez confundida por un momento se debió preguntar a sí misma: “¿Y ahora qué le digo a mi novio José? Él seguramente va a creer que le he traicionado ¿Cómo lo voy a explicar a mi familia?”. La verdad es que el relato bíblico no nos dice que pensó, pero de seguro que ella entendería que no sería algo fácil, y a pesar de todo ello con confianza en Dios replica a Gabriel: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra.” Y el ángel se retira (Lucas 1:38).

Para José, el novio de María, esta noticia no fue nada agradable. “¿Mi novia, María? ¿Embarazada? ¿Cómo fue posible?” se debe haber preguntado. Indignado y apenado decide buscar la manera de no hacerle daño, a quien para entonces ya no era “virgen”, ya no era “doncella”. Decide dejarla en secreto para no difamarla, pues José no soportaría tal indignación. Pero Dios en Su plan, había calculado este costo, sabía qué para este hombre, esta noticia sería devastadora, no la podría soportar.

Entonces Dios envía a su mensajero, sería un ángel nuevamente. En sueño el ángel le dice: “José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es.” (Mateo 1:20). Ahora entendería José, María no lo habría engañado, no era un pecado, al contrario ¡Era un milagro! Dios había engendrado en el vientre de su novia al niño esperado. Seguramente José conocía de la historia de Isaías; de la promesa a David, su padre; de los relatos de Génesis dados a Abraham, a Adán y Eva. Este niño era el Hijo de la Promesa, la Simiente de la mujer. Esta anunciación cambiaría la perspectiva, en vez de ser un acontecimiento de vergüenza, sería uno de incomparable bendición. El Hijo del Altísimo sería su hijo adoptivo. ¡Qué privilegio! ¡Qué bendición!

La anunciación a esta piadosa pareja traería a sus vidas la noticia nunca antes experimentada, pero grandemente esperada. Al fin, la promesa se daría. El niño que nacería sería llamado Jesús, porque Él salvaría al hombre de su pecado (Mateo 1:21). Los padres ya estaban anunciados, el niño encamino ya había sido engendrado.>>

 

Hechos 4:12

“Y en ningún otro hay salvación; PORQUE NO HAY OTRO NOMBRE bajo el cielo, dado a los hombres, EN QUE PODAMOS SER SALVOS.”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s