Vida Cristiana

Hasta los mares se sosiegan | VIDA CRISTIANA

Salmos 89.8-9

Salmos 89:8-9.

“Oh Jehová, Dios de los ejércitos, ¿Quién como tú? PODEROSO ERES, Jehová, Y tu fidelidad te rodea. TÚ TIENES DOMINIO SOBRE LA BRAVEZA DEL MAR; Cuando se levantan sus ondas, TÚ LAS SOSIEGAS.”

La vista del mar a su orilla cuando éste está tranquilo es maravilloso; uno puede disfrutar del constante romper de las olas intercambiarse con el sonido de las aves, dando un fondo musical maravilloso, mientras se disfruta de una brisa fresca y tenue de un atardecer.

Otra historia es ver al mar embravecido a causa de una marea agitada, y mucho más por causa de una tormenta. El poder de las tormentas marinas es tan fuerte que puede destrozar casas y edificios, hundir barcos, y crear gran destrucción a todo lo que se interponga en su paso.

En la vida de los discípulos hubo un par de tormentas mientras navegaban en el Mar de Galilea. Era tan escalofriante el momento que los discípulos en una ocasión clamaron al Señor que descansaba pacíficamente en el interior del barco (Mateo 8:23-27). La segunda vez estaban atemorizados y cansados de estar remando; vieron a su Jesús caminar sobre las aguas y Pedro pide que le permita caminar sobre las aguas, pero la tormenta atrapó a Pedro en el temor (Mateo 14:22-33). En ambas historias los discípulos dejaron que las circunstancias afectaran su temor, olvidaron recordar que era Dios Quien podía controlar la más fuerte ola de tal “destructora tormenta”.

Ahora que leo estos relatos del Nuevo Testamento me pregunto si alguna vez ellos habrían leído o escuchado el Salmo 89; talvez esos versículos grabados en sus corazones habrían cambiado la manera de como los discípulos enfrentaron las tormentas.

En mi vida, muchas veces he enfrentado tormentas devastadoras. Muchos de esos momentos mi primera reacción fue de gran temor y ansiedad. Unas pocas veces reaccioné con tranquilidad y confianza en Dios. Soy como los discípulos, aunque haya escuchado muchas veces la Palabra de Dios sobre su fidelidad y poder, mi primera reacción no es el recordar que Dios es mi protección y amparo, mi reacción es ver el tamaño de la ola y calcular humanamente el tamaño de su destrucción.

Nuestra franca humanidad dispara el sistema de alerta de emergencia, mientras que nuestra fe puede apagar esa alerta y traer paz en medio de la tormenta.

Cuando en nuestras “tormentas” venga la pregunta de los discípulos a nuestra mente: “¿Qué hombre es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen?” (Mateo 8:27) ojalá que podamos decir con confianza y adoración que verdaderamente estamos ante el “Hijo de Dios” (Mateo 14:33).

Mateo 8:26

“Él les dijo: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, reprendió a los vientos y al mar; y SE HIZO GRAN BONANZA.”

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