Una mirada a las MISIONES

Motivados por amor | Una mirada a las MISIONES

1 Tesalonicenses 2.8

1 Tesalonicenses 2:8

TAN GRANDE ES NUESTRO AFECTO POR VOSOTROS, que hubiéramos querido entregaros no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas; PORQUE HABÉIS LLEGADO A SERNOS MUY QUERIDOS.”

«Un misionero moravo, llamado Jorge Smith, se embarcó y fue al África. Poco tiempo después había conquistado a un pecador para Cristo: una humilde mujer. No mucho tiempo después fue obligado a salir de allí. Pasados unos meses, moría orando a Dios por esas personas. Le parecía que su empresa había llegado al fracaso. Pero un grupo de hombres llegó más tarde hasta el lugar donde él había orado: encontraron allí una Biblia, y luego, cerca, a la mujer convertida. Cien años después de empezada esa obra cristiana en África, esa empresa misionera tiene más de 12.000 convertidos, como resultado, o como grande efecto de una causa pequeña, si ésta es considerada humanamente.» — El Faro.

El amor inusual que mueve el corazón del misionero es el amor que lo lleva a “casarse” con la obra y con la gente en la obra. Una de las características particulares y poco vistas es el amor profundo que un misionero puede llegar a tener por aquellos, que sin haberlos conocido antes, llegan a ser personas profundamente valiosas y muy queridas; las personas en la obra.

Al igual que este corto relato de Jorge Smith, la historia de hombres y mujeres que viven apasionadamente preocupadas por aquellos a quienes apenas llegaron a conocer se repite constantemente. Pablo, en su Carta a las personas que viven en Tesalónica, les escribe mencionando su profundo amor por aquellos, que, por pocos meses, fueron sus amigos y hermanos en la Iglesia de Tesalónica.

¿Pero, qué podría producir tan profundo y sincero amor por aquellos a quienes recientemente acababa de conocer? Un corazón compasivo.

Jesucristo, mientras “recorría … todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas… y predicando el evangelio del reino, … al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor.” (Mateo 9:35-36). Ese amor profundo que nace en el corazón compasivo del Señor por aquellos en necesidad, es el mismo amor que lleva a los obreros a ir a trabajar en pos de la mies (Mateo 9:37-38).

Este compasivo corazón que motiva al misionero a salir de su casa y de su comodidad, llevando a su familia a donde Dios lo llame, dejando todo atrás todo lo que posee, es el mismo corazón que lo lleva a amar de una manera profunda y sincera a las personas a quienes llega a conocer.

El amor del misionero por las personas que llega a conocer es un amor motivado, y constantemente impulsado, por el mismo amor de Cristo por ellos. Dios llama y envía al misionero para que pueda cumplir con la tarea de trabajar en Su mies. El amor del misionero estará siempre impulsado por el amor de Dios por aquella específica “mies”.

Cuando vea a un misionero amar a la gente de la obra en la que Dios le ha puesto, recuerde que ese amor es un reflejo del mismo amor de Dios por ellos. Dichosos somos aquellos que hemos conocido a un misionero y hemos sido parte de su ministerio, pues hemos experimentado del mismo amor de Dios.

«Padre, gracias por la vida y el amor de aquellos misioneros que con amor profundo cuidan a la gente de Tu obra»

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