Un rayo de SABIDURÍA

Lejos del problema ajeno | VIDA CRISTIANA

Mateo 5.9

Proverbios 26:17

“El que pasando se deja llevar de la ira EN PLEITO AJENO es como el que toma al perro por las orejas.”

 

Un grupo de amigos algo grande en número, entre los cuales se encontraban hombres y mujeres, tenían por costumbre salir y compartir juntos actividades sociales y recreacionales. Estos amigos disfrutaban de muchas cosas juntos lo que hacía que su amistad y compañerismo algo muy especial.

Un día se presentaría un problema que llegó a afectar no solamente a las personas directamente inmersas, sino también al grupo entero. Un par de integrantes de ellos tuvieron una discusión muy fuerte, algo muy serio que ocasionaría la división, y posteriormente la desintegración del grupo.

Aunque el problema fue únicamente una discusión entre dos personas, la participación de gran parte de los miembros creo una división. Un grupo salió en defensa de uno de y los otros hicieron lo mismo con la otra persona. Entonces, ya no fue problema de dos personas, era un problema de dos grupos. ¿Qué pudo ocasionar esta división? El problema es que “querían tomar las orejas del perro”.

La tendencia humana de muchos es empatizar con los problemas ajenos y hacerlos propios, de tal manera que la ira que sufre una persona, la sufre los otros. Consideremos que la simpatía emocional e intelectual es correcta, desde el punto de vista que nuestra afinidad con la persona inmersa en una discusión demandará atención y cuidado. El problema está en que hacemos “nuestro” el problema y nos hacemos partícipes directos del “combate”.

El versículo de hoy nos dice una gran verdad que debe ayudarnos a tomar una posición correcta, cuando nos encontremos ante estos problemas.

Primero nos dice que el pleito es un pleito AJENO, y si es ajeno, no es mío. La discusión, al ser ajena debe ser tratada como tal. A menos que el problema sea muy serio, y demande mi participación, mi posición debería ser distante e imparcial, ya que no debería enojarme con un problema del cual no soy directamente afectado.

Segundo, si el problema requerirá mi participación, que esta participación vaya a beneficiar y proteger a ambas partes, y no a una sola. Tristemente nuestra participación es parcializada y negativa en muchos casos, y es ello lo que debemos evitar.

Tercero, si se requiere de mi participación busquemos hacerlo en función positiva de la restauración de ambas partes anhelando la paz. No estamos llamados a echar más leña al fuego, si no, a apagarla. Yo debo buscar la paz y la reconciliación de las personas y no participar malignamente motivado por la ira, que siempre puede estar afectada por mi pecado (Efesios 4:26-27).

Cuarto, si el problema no es algo sencillo de solucionar, y talvez requiera nuestra parcialización, estemos seguros que lo hacemos hacia la persona verdaderamente afectada e inocente que requiera nuestra protección y ayuda; pero no lo hagamos en función de mi íntima relación con una de las partes; es decir, buscaré unirme al inocente para protegerlo, aunque este no sea la persona más cercana a mí.

Y, por último, si se cree que no existe medios para la reconciliación y solución del problema, optemos por proteger al inocente, cuidemos su integridad, pero no tomemos el problema sucedido como que fue en contra de nosotros, para que luego no nos pongamos en enemistad con la persona culpable. Recordemos que el problema es AJENO, y no mío.

 

Mateo 5:9

BIENAVENTURADOS LOS PACIFICADORES, porque ellos serán llamados hijos de Dios.”

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