Envanecimiento, el peligro del conocimiento

El principio del amor nos enseña que cada persona debe actuar en consideración al hermano, no mirando su propio bienestar, sino el de los demás (Ro. 14:15). Además, un conocimiento sincero y puro de Dios debe transformarnos a actuar con humildad, mirando con sencillez la debilidad de los demás y considerándolos como más valioso que uno (Fil. 2:3-5).

Descubriendo nuestras “grietas”

Para los moradores de Jerusalén, las condiciones en las que estaban viviendo eran ya tan comunes que las posibilidades que ellos puedan ver todas las aperturas, grietas y puertas abiertas con claridad tal vez no hubiera sido posible. La cotidianidad de las circunstancias hace que perdamos perspectiva de las debilidades, por eso, el análisis que hizo a solas Nehemías fue fundamental, porque teniendo una perspectiva nueva y externa, hizo posible que vean todo lo que hacía falta.

La “torpeza” del intrépido

La prudencia es una virtud que puede traer mucho beneficio. Nos ayuda a ser moderados en nuestro comportamiento y palabras, nos ayuda a percibir la diferencia entre las cosas, y nos evita caer en riesgos; en general, nos ayuda a actuar con precaución para evitar males.

Capacidad creciente

Si deseamos entender más de la Palabra de Dios, necesitamos comprometernos a ser enseñados y a obedecer (“permanecer” Jn. 8:31-32), sólo así seremos discípulos del Señor aptos para buenas obras, capacitados por Su Palabra (2 Ti. 3:16-17).

Aprendizaje continuo

Después de la salvación, la posesión más grande que una persona puede llegar a tener no tiene cifras, tampoco tamaño o modelo, menos color o forma; la posesión más grande que una persona puede tener se llama “sabiduría” e “inteligencia” (Pr 4:7). El sabio, como dice bien Vine, procura la sabiduría; y es la sabiduría la que le da gran valor intangible a una persona.

Alabemos a “JAH” – “TAÑENDO CUERDAS” AL SEÑOR (XXX)

Sí, “mientras viva”, ¿por qué no alabar a Dios con su “alma” entera? (Sal 146:1, 2). Cada día de nuestros días, con gran regocijo, en sentido de adoración, con las manos levantadas, con el corazón quebrantado, con su mente y entendimiento, con todo su ser, alabe al Señor, digno de toda nuestra alabanza.