¿En quién confiaremos al dar?

El servir a Dios es una gran bendición que tiene también una gran responsabilidad. Cuando se trata de diezmos y ofrendas, las iglesias no debemos escatimar esfuerzos y medidas que vayan a prevenir cualquier inconveniente que pueda provocar daños muy grandes dentro de las congregaciones. Aunque todos los que sirven al Señor deben ser creyentes responsables, debemos recordar que todos seguimos expuestos al pecado, y por esto, debemos establecer pautas que eviten al máximo cualquier duda o inconveniencia.

Dar con voluntad y disponibilidad

En el principio de dar son varias las áreas que se deben considerar. No solo está el dar con generosidad y amor, sino que también se debe dar de acuerdo con las posibilidades propias de cada uno.

¿Estamos realmente firmes?

Como creyentes, debemos ser prudentes y humildes. La prudencia nos ayudará a actuar apropiadamente, mientras que la humildad no recordará de que todos podemos caer. En cambio, la necedad nos hará actuar sin cordura, y el orgullo nos cegará haciéndonos creer que somos invencibles ante las tentaciones.

¡Cuidado con el orgullo!

Hoy en día, algunos hermanos de algunas iglesias podrían menospreciar a los otros creyentes por tener ciertas características que otros no tienen: Tamaño de congregación, ciertos ministerios u posibilidades de recursos, algunos maestros y predicadores, etc. La vanidad dentro de los creyentes aún se puede ver en nuestros días, y entre mayores esas diferencias, mayores las posibilidades de envanecerse.

Descubriendo nuestras “grietas”

Para los moradores de Jerusalén, las condiciones en las que estaban viviendo eran ya tan comunes que las posibilidades que ellos puedan ver todas las aperturas, grietas y puertas abiertas con claridad tal vez no hubiera sido posible. La cotidianidad de las circunstancias hace que perdamos perspectiva de las debilidades, por eso, el análisis que hizo a solas Nehemías fue fundamental, porque teniendo una perspectiva nueva y externa, hizo posible que vean todo lo que hacía falta.

Aprendizaje continuo

Después de la salvación, la posesión más grande que una persona puede llegar a tener no tiene cifras, tampoco tamaño o modelo, menos color o forma; la posesión más grande que una persona puede tener se llama “sabiduría” e “inteligencia” (Pr 4:7). El sabio, como dice bien Vine, procura la sabiduría; y es la sabiduría la que le da gran valor intangible a una persona.

Hablando a través de la herida

Nunca hable a través de las heridas, porque puede herir a alguien; hable solo cuando haya sanado, entonces podrá restaurar y sanar a otros.

Principios para el Líder II – CONTROL BAJO PRESIÓN

Nunca olvidemos que las presiones sí llegarán, la dependencia en Dios para que nos dé sabiduría y paz mientras seguimos enfocados en el trabajo nos dará los resultados deseados.