El débil poder moral de la conciencia

La conciencia del hombre es una capacidad recibida por Dios para poder juzgar entre el bien y el mal, pero al ser influenciada por la naturaleza pecaminosa, la conciencia no tiene un poder pleno para obrar y ayudar al hombre a actuar correctamente ante Dios; es una capacidad limitada (Ro. 2:13-15).

Relatos de “emancipación”

“Todos los creyentes en Cristo tenemos nuestro propio “relato de emancipación” que contar a un mundo que está necesitado de escuchar cómo tener libertad del pecado y de la condenación.”

Síntomas de un endurecido corazón

La distinta reacción del hombre ante la obra de Dios manifiesta su estado espiritual. Las personas que miraron todo lo acontecido, y que conocían al endemoniado, que era una persona literalmente incontrolable (Mr. 5:2-5), en vez de reaccionar con aprecio y fe ante su transformación (Mr. 5:15), tuvieron pánico y rechazaron al Señor y Su obra.

El tormento de los demonios

El destino final de satanás y los demonios es el infierno (Mt. 25:41), y ahí pagarán con tormento eterno su pecado. Ellos no gobernarán ese lugar, al contrario, ellos no tendrán control sobre nada, pero si pagaran el castigo su pecado.

Blasfemia, el imperdonable pecado

El juicio eterno (v. 29) es el enfrentamiento del hombre ante el Justo Juez, Quien traerá a todo hombre a ser evaluado por sus pecados, y solo serán librados de la condenación aquellos que aceptaron el testimonio del Espíritu Santo acerca de Cristo, haciendo que sus nombres sean inscritos en el libro de la vida del Cordero (Apocalipsis 20:11-15).

Sólo le siguen los ‘pecadores’

Muchos buscamos a Dios para que nos ayude a solucionar problemas físicos o materiales, cuando muchas veces nuestra mayor necesidad es la espiritual, y Dios muy bien lo sabe. (Marcos 2:1-12)

Hay más que un problema físico

Muchos buscamos a Dios para que nos ayude a solucionar problemas físicos o materiales, cuando muchas veces nuestra mayor necesidad es la espiritual, y Dios muy bien lo sabe. (Marcos 2:1-12)

¿Moda “terrenal”?

La Biblia nos exhorta a revestirnos del “nuevo” hombre, “el cual conforme a la imagen del que lo creó” se debe ir renovando constantemente hasta que lleguemos a estar en la presencia de Dios (v. 10). Por otro lado, también nos manda a que debemos despojarnos de las costumbres pecaminosas del “viejo hombre” (v. 9).