Con corazón temeroso

Lo que somos externamente es lo que somos internamente. Predispongamos nuestra vida a honrar y amar a Dios, busquemos vivir para Él, y pidámosle que nos ayude en ese cambio. Nuestra vida será hermosa en la manera como somos cambiados, y eso será evidente ante los demás. Si hay pocas cosas que realmente impresionan de buena manera a los demás es un carácter tierno y temeroso ante Dios.

Caminando por fe hacia lo eterno (Parte II)

Tener en mente que un día partiremos de este mundo, y que nuestro cuerpo mortal y pecaminoso será cambiado por uno eterno y puro, nos alienta mucho. Pero no olvidemos que hasta que ese día llegue, y podamos por fin contemplar con nuestros propios ojos la gloria de Dios, nosotros seguimos ante la presencia de Dios, y Él nos mira y conoce cada uno de nuestros actos y pensamientos, y nos está juzgando. Por tanto, como Pablo, debemos “o ausentes o presentes, serle agradables”. (2 Co. 5:9)

Mirando y reflejando… Su gloria

Cuando una persona escucha y recibe el mensaje del evangelio, la gloria de Dios en la obra de Cristo le es revelada, y esa gloria le transforma dando vida, cambiando su corazón y otorgándole un conocimiento mucho más amplio de Dios.

El urgente proceso del perdón

Muchos piensan que el perdón es un sentimiento que debe nacer en la persona ofendida, cuando no es así. En la ofensa los sentimientos que nacen con el hecho son el dolor, el odio, el rencor, la venganza, etc. Así que un deseo bueno nunca vendrá después de la ofensa. Es por ello por lo que la Biblia nos enseña que el perdón es un acto que debe venir de la voluntad propia de la persona ofendida de no tomar acciones negativas y restituir la relación a pesar de la ofensa. Pablo nos menciona en estos versículos que es un deber de obediencia.

Viviendo en coherencia a la esperanza

El paradigma que algunas veces genera la seguridad de salvación puede llevar a las personas a decir que, como ya somos salvos por fe y nuestra esperanza es segura, entonces se podría vivir como uno quisiera ya que la obra de salvación no depende de nosotros, si no de Cristo, y por ello podrían hacer lo que quisieran. Pero eso es contrario a lo que la nueva naturaleza nos motiva hacer. El nacer de nuevo hace que seamos nuevas creaturas (2 Co. 5:17), y, por tanto, tenemos un deseo de vivir alineados espiritualmente para lo eterno.

¿Estamos realmente firmes?

Como creyentes, debemos ser prudentes y humildes. La prudencia nos ayudará a actuar apropiadamente, mientras que la humildad no recordará de que todos podemos caer. En cambio, la necedad nos hará actuar sin cordura, y el orgullo nos cegará haciéndonos creer que somos invencibles ante las tentaciones.

Aprendiendo de experiencia ajena

Al igual que Israel, todos los creyentes hemos sido liberados del pecado por la misericordiosa bondad del Señor. Por Su gracia hemos recibido lo que no merecíamos, y tenemos la seguridad de que estaremos en Su presencia el día que partamos de este mundo. Pero mientras ese día llegue, ¿por qué no vivir consagrados a Él?

Participando apropiadamente

Todos debemos ser buenos atletas para el Señor que corremos “en el estadio” de esta vida frente a un público que mira detenidamente nuestro desempeño apropiado, y de esta forma poder llevar el evangelio a toda persona sin que el pecado nos descalifique.