¿Existirá el espíritu de la ira?

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Se ha vuelto muy común escuchar a pastores de algunas iglesias hablar de que expulsan espíritus de ira, amargura, tristeza, pornografía y otros más; pero ¿será esto una práctica bíblica? ¿Será que los responsables de nuestros actos son los espíritus malvados? O ¿Será que nos hemos dejado llevar por falsas enseñanzas que, como tantas, buscan suavizar la carga de pecado de la que todos nosotros somos responsables? 

Pues para el caso de la ira, el Apóstol Pablo nos dice claramente el impacto que ella puede tener en nosotros y los demás si no la manejamos de una manera santa, es por eso que Efesios 4.26-27 dice: 

“Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo.” 


La idea de no dar lugar al diablo cuando estamos airados tiene que ver con que no le cedamos el control de nuestro corazón, porque si lo hacemos él sabrá aprovechar muy bien ese momento y nos tentará a causar tanto daño como sea posible. 

Contrario a lo que dicen muchos, este pasaje nos enseña que no es ningún espíritu el que peca por nosotros, sino que somos todos, los que voluntariamente causamos tanto daño como podemos y quienes tomamos la decisión de ir por el camino del mal, dándole lugar al diablo. 

En ese sentido no es un espíritu el responsable de nuestro pecado, sino que lo somos nosotros. Obviamente es mejor pensar que otro tiene la culpa y trasladarle a él la responsabilidad, pero, al contrario, debemos reconocer nuestra maldad y llamar a lo que hacemos por su nombre: pecado. 

Una buena práctica para que no le demos lugar a la maldad es analizar nuestra propia ira: considerar aquello a lo que somos más susceptibles, que nos molesta, y que sabemos que si ocurre es muy probable que perdamos el control, para que nos anticipemos a ello y empleemos alguna estrategia que nos permita evitar la ira. 

Por ejemplo, cuando siento que mis hijos me están llevando al límite, he aprendido a decirles antes de llegar a ese punto que me están haciendo enojar, y ese comentario hace que ellos entiendan la gravedad de lo que están haciendo y en la mayoría de las veces, lo dejan de hacer; con ello evito perder el control y no me hallo en situaciones más difíciles. 

Una buena pregunta es: ¿Qué cosas nos hacen enojar fácilmente?  

La respuesta que le demos a esta pregunta es aquello ante lo que debemos estar preparados para enfrentarlo antes de que suceda. Para ello es bueno que memoricemos estos dos versículos (Ef. 4.26-27) y además Efesios 4.31, entre otros; haciendo el compromiso de recordarlos cuando nos sintamos cerca de la ira. 

Tal vez pueda parecer normal en estos tiempos enojarse y dar rienda suelta a nuestras emociones, pero la verdad es que perder el control de la ira y ceder ante la maldad tiene serias consecuencias para nuestra vida, por ejemplo: 

  1. Como esposos nuestras oraciones se afectan por pelear con nuestra esposa (1 P. 3.7). 

Esto puede ser la razón por la cual a veces sentimos que Dios no nos escucha y responde. 

  1. Impacta nuestra relación con Dios (Mr. 11.25-26). 

Porque cuando no perdonamos a los que nos ofenden, entonces Dios tampoco perdona nuestras ofensas. No estoy diciendo que perdemos nuestra salvación, pero sí que nuestra relación con Dios se afecta como cuando ofendemos a personas muy cercanas a nosotros. 

  1. La ira causa división. 

Como en el caso de la iglesia de Filipo, quienes por las discusiones que había entre algunos de sus miembros estaban experimentando cierta división (Fil. 4.2). 

Pues bien, la pregunta que podemos hacernos en este punto es: ¿Cómo lograremos vivir en armonía? 

La respuesta es vivir en el Espíritu. (Muchas veces pienso que para ser esposo y padre hay que estar lleno del Espíritu Santo) 

Para esto debemos considerar seriamente la palabra de Dios, desear agradarlo a Él y comprometernos a obedecerlo en todo momento. Veremos que cuando esto sucede, nuestras creencias, deseos y compromisos se alinean a Él, y entonces gozaremos del poder de su Espíritu, viviendo en el fruto que el produce: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza (Gá. 5.22-23). 


«Puede parecer normal enojarse y dar rienda suelta a nuestras emociones, pero no controlar la ira y ceder ante la maldad tiene serias consecuencias»

Ministerio UMCD

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