La señal de un creyente

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¿Qué será lo que distingue a un verdadero creyente del resto de personas? Podemos responder esta pregunta por medio del último grupo de oyentes que se menciona en la parábola del sembrador; este nos ayuda a entender lo que diferencia al verdadero creyente del resto de oyentes de su Palabra. 

Consideremos lo que dice: 

Marcos 4.20 

“Y otros son aquellos en que se sembró la semilla en tierra buena; los cuales oyen la palabra, la aceptan y dan fruto, unos a treinta, otros a sesenta y otros a ciento por uno”. 


Estos oyentes de la palabra de Dios son característicos porque tenían una tierra buena (un corazón receptor de la gracia de Dios para salvación); lo que les permitió oír la palabra y aceptarla. No fueron solo oidores de ella sino también hacedores. Oyentes que por fe respondieron con obediencia. 

En la parábola se resalta el hecho de que en todos los grupos de oyentes hubo un Sembrador, una semilla y en algunos de ellos raíces, pero solo este último grupo dio fruto como resultado de la transformación que la palabra ejerció en sus vidas. 

Pensando en esto es claro que podemos conocer el interior de una persona con base en lo que hace. De ahí que Jesús dijera que el árbol se conoce por su fruto (Mt.7.16a). 

Y que por eso afirmara en… 

Juan 15.8 NBLA 
“En esto es glorificado Mi Padre, en que den mucho fruto, y así prueben que son Mis discípulos.” 

Por eso el fruto de la palabra de Dios en nuestra vida es una prueba de la fe en Él; porque separados de Jesús no podemos hacer nada. 

Pero ¿por qué es que los verdaderos creyentes pueden producir fruto? 

Porque ellos permanecen en el amor de Jesús, obedeciendo sus mandamientos, y así, en Cristo tienen el poder de producir fruto que lo glorifique. 

Pero ¿qué significa permanecer en el amor de Jesús? 

Significa que nuestra vida sea transformada por la renovación de nuestro entendimiento, haciendo que Su Palabra more en abundancia en nosotros, de tal forma que ella sea el filtro que defina nuestra forma de pensar, las decisiones que tomamos y haga que nuestros afectos sean reenfocados en Dios, pasemos del amor egocéntrico e idolátrico, a amarlo y adorarlo solo a Él. 

Cuando esto se hace realidad, entonces florecemos y damos el fruto que nos identifica como hijos del Dios Altísimo. 

Un fruto que se evidencia cuando lidiamos con las persecuciones, aflicciones, pruebas, rechazo, burlas y deseos del viejo hombre; y que revela el poder del Espíritu Santo en nuestra vida. 


«El creyente es probado por su fruto»

Ministerio UMCD

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