¡Llámalo papá!

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Juan 1:9-12

“Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios;”

  1. Todos cuando nacemos estamos muertos espiritualmente debido al pecado. Nuestra naturaleza pecaminosa nos hace seguir los deseos de la carne y del mundo, de hecho, la Biblia nos dice que antes de ser hijos de Dios, éramos hijos de desobediencia, no nos sometíamos obedientemente a Su voluntad (Ef.2.2; Col. 3.6; 1 Jn. 3.10), y por eso no éramos parte de Su familia.
  2. Pero gracias a la obra de Cristo en la cruz y a su vida justa podemos ser llamados hijos de Dios, Quien por Su amor nos dio ese derecho.
  3. Todos los que creemos en Cristo como nuestro salvador, hemos sido adoptados por Dios como sus hijos (Ef. 1.5) y ahora tenemos a su Espíritu Santo morando en nosotros como la confirmación de que somos hijos suyos. (Ef. 1.13-14)
  4. Tal es el cambio de nuestra relación con Dios, que siendo sus hijos ahora podemos acercarnos a Él con la confianza con la que un niño lo haría con su padre. (Rom. 8.15)


Dios es nuestro padre y eso implica un cambio fundamental en la forma de relacionarnos con Él. Cuando Pablo en Romanos 8.15 expresó esa confianza que tenemos con Dios, nos dice que podemos llamarle “Abba”. El comentario de la Biblia Popular nos dice que “Abba” era la palabra aramea para “padre”, y que era la forma común que usaba un niño para dirigirse a su progenitor al pedirle algo. Esta expresión involucra un sentido de confianza, seguridad, aceptación y esperanza que provienen de un corazón que se siente amado por Dios.

Además de que podemos entender que Dios es nuestro Padre gracias a la obra redentora de Cristo, Él también nos enseñó a llamarlo Padre como lo hizo cuando les enseñó a sus discípulos a orar (Mt. 6.9), o cuando dijo “Subo a Mi Padre y Padre de ustedes” (Jn. 20.17 NBLA), buscando que entendiéramos esa nueva forma en la que podemos relacionarnos con Dios como nuestro Padre.

Lamentablemente como seres humanos finitos y limitados, tenemos el problema que para entender nuevas realidades tenemos que hacer uso de las que ya conocemos, por eso, muchos de nosotros nos apoyamos en nuestra relación con nuestro progenitor para entender esta idea de que Dios es nuestro Padre, y allí nos encontramos con la realidad de nuestra maldad, que nos deja una imagen muy pobre y distorsionada de esa relación paterna.

Tenemos que renovar nuestro concepto de padre para vivir nuestra nueva relación paterna con Dios. Él sí es un Padre perfecto, amoroso, sustentador, fiel, que no nos abandona, que no cambia de acuerdo a sus intereses o gustos, que es justo, misericordioso y que ejerce la disciplina con total armonía y pureza.

Gocemos de esta nueva relación con nuestro Padre. Tengamos la confianza de llegar a Él en cada momento, de sentir su amor, su compasión, su lealtad y su compromiso con nuestro bienestar.



«¡Dios sí es el Padre perfecto!»

–Ministerio UMCD–
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