2017

Viviendo Su voluntad

Juan 18.11 Anexo

Juan 18:4-5, 10-11

“Pero Jesús, sabiendo todas las cosas que le habían de sobrevenir, se adelantó y les dijo: ¿A quién buscáis? Le respondieron: A Jesús nazareno. Jesús les dijo: Yo soy. Y estaba también con ellos Judas, el que le entregaba. […] Entonces Simón Pedro, que tenía una espada, la desenvainó, e hirió al siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Y el siervo se llamaba Malco. Jesús entonces dijo a Pedro: Mete tu espada en la vaina; la copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?”

 

El poder aceptar la voluntad de Dios va más allá de nuestra humana deseo, pues nuestra vida está afectada de nuestro pecado que siempre va a querer rebelarse ante Dios. Desde que el pecado llegó a nuestras vidas, el hombre ha deseado buscar su egocéntrica conveniencia.

 

Cada momento estamos buscando caminos que nos lleven a encontrar nuestra satisfacción y nuestra comodidad. Deseamos cubrir nuestras necesidades a nuestra humana manera de pensar y anhelamos que todos, incluyendo Dios, participen con nosotros para lograrlo.

 

¿Pero qué pasa cuando esto no se da? ¿Qué hay de las veces en las que Dios nos muestra Su voluntad y es contraria a la nuestra, y más, cuando requiere que nosotros perdamos algo para poder seguirle? Anhelamos que Dios sea nuestro aliado, a nuestra manera y en nuestras condiciones, pero eso no es lo que Dios hará la mayoría de las veces. ¿Cómo aceptarlo?

 

Jesucristo había pasado orando un buen tiempo tratando de pedirle a Dios que, si fuera posible, pase de Él esa “copa”, la que bebería unas horas después. Y aunque en Su interior había un deseo distinto, Su mayor interés no fue hacer lo que deseaba, su mayor anhelo era hacer la voluntad de Dios Padre: “pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. (Lc 22:42)

 

Nosotros debemos aceptar que la voluntad de Dios es sabia (Pr 3:19-20), amorosa (Jer 31:3), tiene un propósito bueno (Ro 8:28), tiene un camino que supera nuestra limitada perspectiva (Ecl 3:1-14; Is 55:8-11), y está plenamente ordenada dentro de Su soberanía (Sal 135:6; Ecl 3:14).

 

Para vivirla debemos someternos a ella (Lc 22:41; Jn 18:11), aprender a vivir contentos con ella (Fil 4:10-13), a depender de Dios para vivirla (2 Co 12:7-10), y consagrarnos a Dios y a Su buena, agradable y perfecta voluntad (Ro 12:1, 2).

Juan 18.11 Color

Los propósitos de Su voluntad son de transformar nuestras vidas (2 Co 3:18), que aprendamos a ser consolados (2 Co 1:3-7), tiene un plan eterno (Ro 8:18), y tienen el propósito de traer siempre la gloria a Dios (Jn 11:4).

 

El Señor Jesús había orado intensamente para que el Padre le ayude a seguir con Su plan. Sabía que traería dolor, maltrato, desprecio, y por último muerte; pero después de todo ello traería victoria, perdón, paz y nueva eternidad para el hombre. La resolución de Jesús de aceptar la voluntad del Padre pasó por medio de todos los filtros divinos, los cuales hicieron que el egocentrismo no interfiriera, y que los buenos propósitos hacia el hombre se consiguieran.

 

«Padre, Tu voluntad siempre será perfecta para mí»

 

Juan 5:30

“… porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre.” (Jesús)

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