Alentados para hacer Su voluntad

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Josué 1:1-9

“Aconteció después de la muerte de Moisés siervo de Jehová, que Jehová habló a Josué hijo de Nun, servidor de Moisés, diciendo: Mi siervo Moisés ha muerto; ahora, pues, levántate y pasa este Jordán, tú y todo este pueblo, a la tierra que yo les doy a los hijos de Israel. Yo os he entregado, como lo había dicho a Moisés, todo lugar que pisare la planta de vuestro pie. Desde el desierto y el Líbano hasta el gran río Eufrates, toda la tierra de los heteos hasta el gran mar donde se pone el sol, será vuestro territorio. Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida; como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé. Esfuérzate y sé valiente; porque tú repartirás a este pueblo por heredad la tierra de la cual juré a sus padres que la daría a ellos. Solamente esfuérzate y sé muy valiente, para cuidar de hacer conforme a toda la ley que mi siervo Moisés te mandó; no te apartes de ella ni a diestra ni a siniestra, para que seas prosperado en todas las cosas que emprendas. Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien. Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas.”



Muchos, cuando miramos este pasaje de la Biblia nos alentamos por las Palabras que Dios nos da a través de estos versículos: “Esfuérzate”, “se valiente”, “no desmayes”, “estaré contigo”, “no temas”, etc. (Jos. 1:5-7, 9). Y vaya que infunden aliento en cualquier momento. Pero pocos miramos al motivo de esas palabras.

Lo que Dios estaba diciendo a Josué es que era tiempo de conquistar la Tierra Prometida (Jos. 1:1-4). El Señor había llevado al pueblo de Israel por un paseo no muy corto por todo el desierto, a causa de su desobediencia, pero ya era tiempo de continuar con los planes que estaban por delante, ya Él estaba por continuar con Su voluntad en favor del pueblo de Israel.

Las palabras de aliento eran para que Josué guiara sin temor a toda la nación para que se hicieran cargo de lo que era suyo por promesa, pero que tenían que esforzarse para lograrlo. Si bien Dios estaría con ellos, Josué y el pueblo tenían que hacer su parte: Conquistar la tierra. De alguna forma, esta es la misma exhortación que Dios nos hace cada día a todos nosotros.

Dios tiene un plan para cada uno de nosotros, un plan que está establecido bajo Su buena voluntad y que tiene el propósito de prosperarnos para que lleguemos a “poseer” lo que Él tiene para cada uno de nosotros. Lo que nos pasa es que muchos dejamos de seguirlo porque nos quedamos a medio camino, o no queremos cruzar el “Jordán” de nuestra comodidad. Y por ello, nos quedamos sin alcanzar las metas que Dios tiene preparado para cada uno.

Pero esto puede cambiar hoy. Decida apropiarse de las promesas de Dios. Confíe en que el Señor le ayudará y le prosperará.

¿Qué es lo que tenemos que hacer? No temamos, seamos valientes y salgamos de nuestra comodidad. Aprendamos a depender de Dios y de Su Palabra, confiemos en lo que Él nos diga que debemos hacer sin apartarnos de Ella. Meditemos en cada decisión a tomar, y recordemos que Él no nos dejará ni desamparará; y veamos como Dios nos ayuda a alcanzar Sus planes y metas para cada uno de nosotros porque Él estará con nosotros.

Nuestra vida puede ser grandemente prosperada y todo nos “saldrá bien” si confiamos en Él (Jos. 1:8), aprendemos a depender y a no desmayar. Nuestra vida no tiene que ser una de derrota, sino una de victoria y conquista con la ayuda de Aquel que nos quiere bendecir todo el tiempo.



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Aunque no lo entienda, confíe

Job 1:17-22

“Todavía estaba éste hablando, y vino otro que dijo: Los caldeos hicieron tres escuadrones, y arremetieron contra los camellos y se los llevaron, y mataron a los criados a filo de espada; y solamente escapé yo para darte la noticia. Entre tanto que éste hablaba, vino otro que dijo: Tus hijos y tus hijas estaban comiendo y bebiendo vino en casa de su hermano el primogénito; y un gran viento vino del lado del desierto y azotó las cuatro esquinas de la casa, la cual cayó sobre los jóvenes, y murieron; y solamente escapé yo para darte la noticia. Entonces Job se levantó, y rasgó su manto, y rasuró su cabeza, y se postró en tierra y adoró, y dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito. En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno.”



Si hay alguien quien pudiera entender muchos de los sentimientos encontrados en los que se halla la sociedad de hoy ante tantas calamidades que han venido a causa de la pandemia en este 2020, esa persona es Job.

Job es uno de los más antiguos personajes relatados en la Biblia, y su historia puede reflejarse fácilmente en la vida de muchos hoy en día. Perdió su trabajo, perdió a los compañeros de trabajo, perdió a diez hijos en un accidente en la casa del hijo mayor (Job 1:13-19), y, por si fuera poco, perdió su salud a causa de una “sarna maligna” que le afectó todo el cuerpo por un gran tiempo (Job 2:7, 8).

A causa de ello, su esposa no pudo controlar su desesperación y frustración, y le reprendió a Job por mantener la fe en Dios; hasta su fe fue cuestionada (Job 2:9). Sus amigos vinieron y cuestionaron su justicia, y calumniaron a Job, afirmando que todo lo que pasaba era a causa de una vida impía de Job.

Job pasó un buen tiempo tratando de entender lo que estaba pasando, pero no encontraba respuestas del Señor, pero a pesar de eso, seguía mirando al cielo, pues sabía que solo Dios tenía las respuestas a todo. Nunca dudó, siempre confió en Dios (Job 12:9-15), y esperaba en Él (Job 19:25-27). Perdió casi todo, menos su fe.

Este año, para cada uno de nosotros ha traído grandes retos, sean familiares, financieros, de salud, de estabilidad social, etc. Cada uno ha enfrentado problemas que no han sido comunes, y esto ha traído tristeza, dolor, angustia, depresión, inseguridad, desesperación. Pero ahí podemos aprender de Job.

Dios es Soberano, y en Su voluntad ha permitido que todo este año, y lo que está por venir en el venidero, se presente tal cual lo hemos recibido cada uno de nosotros hasta ahora. Detrás de todas las dificultades está la mano de Dios, Quien, en Su sabiduría, sabe lo que está pasando en nuestra vida individual.

Confianza es lo que nos ayudará a seguir adelante. Talvez tengamos muchas interrogantes que no serán respondidas inmediatamente por parte de Dios, pero el saber que el Señor está en control nos ayudará a seguir con fe y esperanza que Dios está trabajando en nuestras vidas para algo mejor. Talvez muchos perderemos muchas cosas, pero todo ello lo sabe Dios, confianza es lo que necesitamos.

Que las palabras de Job nos ayuden a mirar con esperanza el año que viene: “… Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito”, “… ¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?…”, y “Yo sé que mi Redentor vive…” (Job 1:21; 2:10; 19:25)



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¿Quiere ver a Dios en su vida?

Juan 14:21-23

“El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, Y ME MANIFESTARÉ A ÉL. Le dijo Judas (no el Iscariote): Señor, ¿cómo es que te manifestarás a nosotros, y no al mundo? Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y MI PADRE LE AMARÁ, Y VENDREMOS A ÉL, Y HAREMOS MORADA CON ÉL.”


Muchas de las personas con quienes comparto me dicen que no experimentan la presencia real de Dios en sus vidas. A pesar de que puedan conocer a Cristo cómo su Salvador, vayan a la iglesia, y hasta lean la Biblia en forma regular, no experimentan a Dios de una manera viva y transformadora. Sus experiencias con Dios son muy esporádicas o casi nulas.

Durante muchos años de mi vida esa historia me fue muy similar. Pasé muchos años de mi vida lejos de experimentar una relación personal y viva con Dios. El pecado, la falta de una relación diaria de lectura de la Biblia y de oración, y el estar apartado de la iglesia hicieron que esos años pasaran sin una relación tangible con Dios.

Claro que Dios no estuvo completamente apartado de mi vida, ya que estuvo a mi lado cuidándome a pesar de lo mal que estaba, sino que yo no pude “palpar” Su presencia porque mi alma y corazón estaban lejos de Él. Además, perdí muchas de mis bendiciones. Fueron unos años de fría oscuridad espiritual.

Gracias al Señor esta historia es diferente, ahora es más real y personal de lo que nunca llegó a ser, y oro para que crezca cada día.

Jesucristo dijo a sus discípulos que esta relación íntima con ellos se daba en ecuación directamente proporcional con el AMOR y la OBEDIENCIA a Su Palabra.

Dios se manifiesta con todos. Nos da vida, salud, provisión, cuidado, etc… Pero nosotros no lo palpamos en forma más real porque espiritualmente estamos alejados de Él cuando no lo obedecemos. Su presencia se hace más evidente cuando andamos en obediencia; cuando día a día desarrollamos esa relación íntima a través de nuestro tiempo diario, amando Su Palabra, orando y compartiendo con otros discípulos del Señor.

Amar Su Palabra es llegar a leerla diariamente, disfrutando cada día de la lectura de Ella. Yo no puedo amar a algo a lo que no le dedico tiempo. ¿Cómo está su tiempo de lectura de la Biblia?

Guardar Su Palabra es ponerla en práctica en nuestra vida, en otras palabras, vivirla cada momento. Si amo lo que Dios me dice, pues es obvio que haré lo posible por cumplirlo, eso es guardar la Palabra de Dios. ¿Cómo está su obediencia a lo que Dios le dice a través de la Biblia?

Jesús dice en el pasaje que su manifestación será evidente cuando amamos y guardamos (obedecemos) Su Palabra. El Dios que habla la Biblia puede ser real en su vida, ¿Está usted dispuesto a aceptar la invitación?

Apocalipsis 3:20

“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; SI ALGUNO OYE MI VOZ Y ABRE LA PUERTA, ENTRARÉ A ÉL, y cenaré con él, y él conmigo.”


¿Hasta cuándo celebramos Navidad?

Mateo 2:1-11

“Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle. Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él. Y convocados todos los principales sacerdotes, y los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: En Belén de Judea; porque así está escrito por el profeta: Y tú, Belén, de la tierra de Judá, No eres la más pequeña entre los príncipes de Judá; Porque de ti saldrá un guiador,
Que apacentará a mi pueblo Israel. Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos, indagó de ellos diligentemente el tiempo de la aparición de la estrella; y enviándolos a Belén, dijo: Id allá y averiguad con diligencia acerca del niño; y cuando le halléis, hacédmelo saber, para que yo también vaya y le adore. Ellos, habiendo oído al rey, se fueron; y he aquí la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño. Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo. Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.”



Para muchos Navidad termina el 25 de diciembre, fecha en la que ya todos hemos compartido con nuestros seres queridos, hemos celebrado alrededor de una mesa y ya hemos entregado y recibido los regalos. Lo único que queda en nuestra casa son las decoraciones y uno que otro regalo que todavía no se ha entregado. Pero ya los días de celebración quedaron atrás, y de aquí hasta el año que viene.

Pero si esto es lo que el nacimiento de Cristo representa, entonces estamos perdiendo el verdadero significado, y la visita de los magos al niño Rey nacido en Belén nos puede ayudar un poco.

El relato bíblico nos indica que los magos no habían llegado la misma noche en la que Jesús había nacido. La “estrella” que ellos habían visto lo más seguro se les apareció en los días del nacimiento, pero ellos venían de “oriente”, lo que quiere decir que su viaje duró al menos un par de meses (Mt. 2:2). Muchos creen que ellos llegaron de Babilonia, lugar muy distante para una travesía.

Además, cuando Herodes les pregunta en secreto (Mt. 2:7), se puede concluir que ya habían transcurrido algunos meses desde el nacimiento hasta la visita de los magos en Jerusalén (Mt 2:1). Y el relato del asesinato de los niños en Belén nos señala que eran niños un poco más grandes, porque se ordenó matar a “menores de dos años”, por si alguno de ellos se escapaba (Mt. 2:16). Entonces, los magos llegaron mucho después del mismo nacimiento, y llegaron a una “casa” donde todavía reposaba los padres y el niño (Mt. 2:11). Pero ellos venían adorar al “rey de los judíos, que ha nacido”.

No importa el tiempo, la adoración a Cristo y Su nacimiento no debería estar limitada a ciertas fechas del año, sino que debería darse todos los días.

Celebremos y adoremos por el nacimiento de Cristo todos los días de nuestra vida, al mismo que recordamos y glorificamos a Cristo por Su muerte y resurrección. Recordemos que sin Su nacimiento no se hubiera podido dar Su muerte por nuestros pecados para salvarnos.

Su nacimiento es una razón más para adorarle con nuestras vidas todo el tiempo, no solo en Navidad.

¿Y usted, ya adoró a Jesús hoy por haber nacido para morir por sus pecados?


«Jesús es digno de ser adorado por Su nacimiento tanto como por Su muerte y resurrección, porque vino a la tierra como Hombre a salvar al pecador»
– Ministerio UMCD –

Crónica de una promesa: “Su llegada”

Lucas 2:4-11

“Y José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto era de la casa y familia de David; para ser empadronado con María su mujer, desposada con él, la cual estaba encinta. Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento. Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón. Había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño. Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor. Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor.”



El momento esperado desde el Edén estaba por llegar, un poco más de 4.000 años de espera habían pasado esperando por tan ansiada promesa. Las huestes celestiales estaban preparando sus voces para cantar aleluyas y dar gloria a Dios por el cumplimiento de tan gran evento (Lc. 2:14).

Nueve meses llevaban José y María cuidando el vientre donde crecía, en la carne, el Hijo de Dios. El Creador del universo estaba por darse a conocer en el cuerpo de Hombre (Jn. 1:1-3, 14), para vivir entre nosotros y morir 33 años más tarde por el hombre. María sabía que este precioso niño sería el mismo Dios, pues así sería su nombre: “Emanuel, Dios con nosotros (Mt. 1:23).

Sus padres tendrían que viajar a Belén, la promesa de su nacimiento demandaba el cumplimiento de esta profecía (Miq. 2:5). Un largo trayecto tenían que recorrer por los sinuosos caminos hasta Jerusalén, y de ahí a Belén. Mientras caminaban, se preguntarían: “¿A quién se parecerá?” Pues no era como cualquier otro, era Dios en Persona que nacería.

Llegando a Belén se encuentran que ya no había “hoteles” donde hospedarse, no habían hecho reservaciones con anticipación, así que se encuentran con la incógnita de dónde podrán pasar la noche. José veía a su esposa en labores de parto, recordaría que la primera mujer, Eva, por su pecado, tuvo que recibir el castigo de sufrir más durante las labores del parto (Gn. 3:16).

Para María, este dolor sería el primero de varios, pero no quiere decir que el menos importante. El Niño que estaba por nacer era El Salvador, este dolor era diferente, sería único. Este mismo dolor tampoco se compararía con el dolor que 33 años después experimentaría al ver a su hijo colgado en la Cruz sufriendo por el pecado del hombre, y de ella misma (Jn. 19:25). María sabía que necesitaba de un Salvador (Lc. 1:46-50), que su pecado tenía que ser pagado “porque no hay justo, ni aun uno.” (Ro. 3:10-12).

Al fin la humilde pareja encuentra un pequeño establo, acomodan un comedero de animales y lo llenan de paja; esta sería la primera cama del Rey de reyes y Señor de señores (Ap. 19:16). No habría ginecólogo, ni pediatra que asistiera el bebé, mucho menos enfermeras que asistieran el parto; pero la confianza estaba en Dios. De repente los dolores, el bebé estaba por nacer. Cuando se dan cuentan, la Luz del mundo iluminaba sus vidas con el primer llanto, el Niño esperado. La Simiente prometida hacía su primer grito de arribo, daba su anunciación a las huestes celestiales que Él había llegado a traer paz al alma del hombre. Su último grito sería de angustia, colgado en la Cruz clamando: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc. 23:46). El segundo grito no sería de desesperación, el Hijo del Hombre sabría luego muy bien que había culminado la tarea que el Padre había encomendado (Jn. 19:30).

Para la serpiente este primer grito sería uno de los gritos que afligirían su ser, puesto sabía que el MESÍAS prometido venía a pisar su cabeza. Le quedaría poco tiempo.

El Padre desde el cielo da la orden a uno de sus ángeles para que vaya y busque a unos pastores que se encontraban a las afueras de la ciudad en esa noche. Estos pobres pastorcitos asustados por semejante aparición tuvieron que ser calmados con las palabras del ángel: “No temáis”, y les dice: “os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo”. “¡Ya nació! – continúa – “en la cuidad de David, en Belén, un Salvador, que es CRISTO el SeñorHallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre” (Lc. 2:10-12).

En un momento una multitud de ángeles se aparecen frente a los pastores y alabando a Dios exclaman tan maravilloso mensaje: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para los hombres!” (Lc. 2:14).

Los pastores emocionados van a Belén, a ver “esto que ha sucedido”, y “que el Señor” les ha manifestado (Lc. 2:15). Llegan al pesebre, y emocionados cuentan a los gozosos padres lo que los ángeles habían dicho, y que ahora con sus propios ojos estaban viendo. Ahí se encontraba el Niño, la promesa se estaba cumpliendo después de tanta espera, “pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lucas 2:19); ella entendería después estos hechos cuando, frente a la cruenta Cruz, recordaría lo que pasó aquella noche en la ciudad de Belén, cuando nació el Salvador.

La noche del nacimiento en Belén no tiene completo sentido sin la Cruz del Calvario. Su nacimiento tenía una sola meta: La muerte. No hay Belén sin Calvario, no hay pesebre sin cruz, no hay vida sin muerte. La promesa del Edén se cumpliría, pero solamente se completaría cuando la Simiente fuera herida en el calcañar, allá en el Gólgota (Mr. 15:22). Pero claro que resucitaría, esta sería otra de las promesas de Dios.

Recordar el nacimiento de Jesús, no tiene sentido sin recordar esta promesa de su nacimiento: Venir a Belén, morir en Calvario. Ahora que celebramos Navidad, recordemos el verdadero significado de esta fecha.

Si usted no ha recibido el “regalo” de la vida eterna por sus pecados, lo único que necesita es hacer una oración de fe confesando que por sus pecados Jesús vino para morir, y que entienden que lo hizo por usted. Si hace esta oración pidiendo a Dios perdón y vida eterna podrá entender el significado de dar en Navidad: Dios amó al mundo, y por ello ha DADO a su HIJO UNIGÉNITO para que todo aquel que crea en Él no vaya al infierno, sino que reciba la vida eterna (Jn. 3:16); y solamente así cantará con los ángeles de Belén lo que ellos cantaron alabando a Dios.

¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para los hombres!” (Lc. 2:14).

¡FELIZ NAVIDAD!


«No hay Belén sin Calvario, no hay pesebre sin cruz, no hay vida sin muerte. Cristo vino a nacer para morir por el hombre. Él es el propósito de la Navidad.» – Ministerio UMCD –

Crónica de una promesa: “Su anunciación”

Mateo 1:18-25

“El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo. José su marido, como era justo, y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente. Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta, cuando dijo: He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, llamarás su nombre Emanuel, m que traducido es: Dios con nosotros. Y despertando José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer. Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre JESÚS.”



Atrás quedaron los días en los que Adán y Eva escucharon la promesa de Dios, pero la promesa seguía intacta. Dios la cumpliría. A través de los siglos Dios venía recordando al mundo Su inmenso amor y Su gran fidelidad. Por medio de los profetas recordaba una y otra vez a su pueblo la llegada de la esperanza, la Simiente Prometida, el Hijo del Hombre.

El mismo Señor nos dice que “la virgen concebirá, y dará a luz un hijo” (Is. 7:14), dándonos a conocer la manera muy peculiar en la que nacería este niño. No podía ser nacido en una forma natural; no solamente porque tenía que ser un milagro, sino porque el “Santo Ser” tenía que ser llamado “Hijo del Altísimo” (Lc. 1:35). Su nacimiento tenía que ser especial, no podía tener la simiente del hombre, puesto que ésta trasmite el pecado (Ro. 5:12), tenía que ser engendrado por parte del Espíritu Santo (Mt. 1:20; Lc. 1:35). Entonces el milagro no era solo para hacerlo diferente, sino que era diferente al resto de los hombres. La Simiente Prometida, al ser el mismo Dios en la Persona del Hijo, nacería Santo, libre de pecado para llegar a la Cruz y llevar la culpa del hombre, ya que por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida” (Ro. 5:18).

Isaías, mirando con fe, y bajo inspiración divina, declara que “un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.” (Is. 9:6). Nos alienta expresando que su imperio será grande y la paz no tendrán límite”, y que esta profecía se cumplirá por “el celo de Jehová” (Is. 9:7).

Entonces llegaba el tiempo, se aproximaba la hora de Su advenimiento. Para ello se debía anunciar a los padres escogidos la venida de este bebé.

Primero el Señor se acerca a María, la virgen escogida, aquella mujer que había recibido el reconocimiento de Dios y quien había hallado gracia ante Sus ojos. Para comunicar tal evento es enviado Gabriel, el ángel. María se sorprende, se pregunta en su interior qué es lo que estaba pasando. Gabriel le responde y le dice que no tema, que lo que estaba pasando era la voluntad de Dios. Él la había escogido a ella para que sea la madre de la Simiente. Ella pregunta: “¿Cómo será esto? pues no conozco varón”, a lo que el ángel responde: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc. 1:26-35). Si, tenía que ser un milagro, sólo así sería Santo, debía ser así.

María, talvez confundida por un momento, se debió preguntar a sí misma: “¿Y ahora qué le digo a mi novio José? Él seguramente va a creer que le he traicionado ¿Cómo lo voy a explicar a mi familia?”. La verdad es que el relato bíblico no nos dice que pensó, pero de seguro que ella entendería que no sería algo fácil, y a pesar de todo ello con confianza en Dios replica a Gabriel: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra.” Y el ángel se retira (Lc. 1:38).

Para José, el novio de María, esta noticia no fue nada agradable. “¿Mi novia, María? ¿Embarazada? ¿Cómo fue posible?” se debe haber preguntado. Indignado y apenado decide buscar la manera de no hacerle daño, a quien él ya no era “virgen”, ya no era “doncella”. Decide dejarla en secreto para no difamarla, pues José no soportaría tal indignación. Pero Dios en Su plan, había calculado este costo, sabía qué para este hombre, esta noticia sería devastadora, no le sería fácil soportar.

Entonces Dios envía a su mensajero, sería un ángel nuevamente. En sueño el ángel le dice: “José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es.” (Mt. 1:20). Ahora entendería José, María no lo habría engañado, no era un pecado, al contrario ¡Era un milagro! Dios había engendrado en el vientre de su novia al niño esperado. Seguramente José conocía de la historia de Isaías; de la promesa a David, su padre; de los relatos de Génesis dados a Abraham, a Adán y Eva. Este niño era el Hijo de la Promesa, la Simiente de la mujer. Esta anunciación cambiaría la perspectiva, en vez de ser un acontecimiento de vergüenza, sería uno de incomparable bendición. El Hijo del Altísimo sería su hijo adoptivo. ¡Qué privilegio! ¡Qué bendición!

La anunciación a esta piadosa pareja traería a sus vidas la noticia nunca antes experimentada, pero grandemente esperada. Al fin, la promesa se daría. El niño que nacería sería llamado Jesús, porque Él salvaría al hombre de su pecado (Mt. 1:21). Los padres ya estaban anunciados, el niño encamino ya había sido engendrado.

Hechos 4:12

 “Y en ningún otro hay salvación; PORQUE NO HAY OTRO NOMBRE bajo el cielo, dado a los hombres, EN QUE PODAMOS SER SALVOS.”


«Jesús nació bajo un milagro nunca visto, porque Su presencia no era común entre los hombres, era el mismo Hijo de Dios hecho Hombre» – Ministerio UMCD –

Crónica de una promesa: “Su sufrimiento”

Isaías 53:1-10

“¿Quién ha creído a nuestro anuncio? ¿y sobre quién se ha manifestado el brazo de Jehová? Subirá cual renuevo delante de él, y como raíz de tierra seca; no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos. Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros. Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca. Por cárcel y por juicio fue quitado; y su generación, ¿quién la contará? Porque fue cortado de la tierra de los vivientes, y por la rebelión de mi pueblo fue herido. Y se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte; aunque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca. Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada.”



La serpiente se quedó meditando con las Palabras del Creador: Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.” (Gn. 3:15). «La Simiente de la mujer me herirá en la cabeza… mientras que yo le heriré en el “talón”.» Esa frase no se le borró de la mente, ni se la ha borrado hasta ahora. «Mi herida será en la ‘cabeza’ repite nuevamente.»

Día tras día esta frase ha atormentado a la serpiente. Sabe muy bien que sus días están contados. Comprende que en algún momento esta derrota final se dará. Lo escucha cada vez que lo oye predicar; lo lee cada vez que alguien abre la Palabra de Dios para de ello indagar. Satanás herirá en el talón a la Simiente de la mujer, al Hijo del Hombre, Quién ocuparía el lugar del pecador. Pero en su oscuro y maligno interior estaba también guardada la segunda parte de la frase: “tú le herirás en el calcañar”.

Desde ese momento no ha descansado, desde ese momento ha tratado de traer dolor a la Simiente prometida. A cada instante buscaría la manera de causar dolor al Hijo del Hombre.

Isaías nos relata una gran parte de este dolor: «El Hijo del Hombre sería desechado y despreciado (Is. 53:3). Lo mirarían y sería motivo de burla, de rechazo, de falta de reconocimiento (Jn. 1:9-11). Por más preciosa que sea Su presencia, el Hijo del Hombre no sería estimado.» Satanás sabía muy bien que una de las formas de causar dolor al Hijo Prometido sería haciendo que su misma creación, el hombre en pecado, no lo reciba, y por eso los cegaría espiritualmente para que no lo reconozcan ni como Dios, ni como Salvador (2 Co. 4:4).

El dolor que llevaría a la Cruz sería el dolor del castigo del pecado del hombre. La ira de Dios tenía que ser aplacada, la justicia impartida, la culpa pagada, y es por ello que “herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados” (Is. 53:4-5). La Serpiente comprendía que este dolor había sido causado por lo que había hecho con Adán y Eva en el Edén. El dolor causado, era un dolor indirectamente provocado; él no hirió al Salvador directamente, lo hizo por medio de las heridas que el pecado del hombre causó; la serpiente le heriría “en el calcañar”.

Para poder llegar a la Cruz el Hijo del Hombre no podría defenderse. Tenía que callar como oveja en el matadero y recibir el castigo que el hombre, y no Él, cometió (Is. 53:7).

Moriría en medio de pecadores, gente que como Adán y Eva habían pecado. Él tenía que llevar el pecado de todos nosotros (Is. 53:6), y por eso Su muerte tenía que ser en medio de dos impíos (como nosotros), aunque Él no lo sería (Is. 53:9; 2 Co. 5:21). “Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento…” dice el profeta, y que “cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada.” (Is. 53:10) ¡Ahí estaba la Promesa! Tenía que sufrir, tenía que pagar por la culpa del hombre, tenía que padecer para que expiara (pagara) por el pecado. Pero resucitaría, se levantaría de entre los muertos “para que todo aquel que en Él” crea, “no se pierda”, mas llegue a tener vida eterna” (Jn. 3:16; Ef. 2:8-9).

Ahí estaba la respuesta, Isaías sabía muy bien que el Hijo del Hombre, la Simiente Prometida, tendría que morir y sufrir; pero que su muerte traería esperanza al hombre para que nuevamente pueda tener acceso al Creador. Esta sería la herida en la cabeza de la serpiente, el plan perverso sería destruido; el hombre tendría una nueva oportunidad de estar en paz con Dios (Is. 53:5; Ro. 5:1).

Pero quedaba una interrogante: ¿Serían todos librados de culpa? “¿Quién ha creído a nuestro anuncio?”» decía el profeta (Is. 53:1). La respuesta la sabía él mismo: no todos, sólo unos pocos. Por eso su pregunta retrógrada retumba en el corazón del mundo hasta ahora… ¿Quién lo ha creído?

Y esta es la misma pregunta que cada uno nos debemos hacer hoy: ¿Ya lo creo yo?

Hechos 16:31

“Ellos dijeron: CREE EN EL SEÑOR JESUCRISTO, Y SERÁS SALVO, tú y tu casa.”

«Dios, te quiero dar gracias por enviar a Tu Hijo Jesucristo a morir por mis pecados; Él pagó en la Cruz por mi culpa. Perdóname, y ayúdame a creer y aceptar el sacrificio de Tu Hijo por mí»


«Navidad es recordar el nacimiento del Hijo de Dios que se hizo un Bebé humano y que vendría a morir y sufrir como Hombre para pagar por nuestro pecado»
– Ministerio UMCD –

Crónica de una promesa: “Su ascendencia”

Mateo 1:1-7, 16-17

Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham. Abraham engendró a Isaac, Isaac a Jacob, y Jacob a Judá y a sus hermanos. Judá engendró de Tamar a Fares y a Zara, Fares a Esrom, y Esrom a Aram. Aram engendró a Aminadab, Aminadab a Naasón, y Naasón a Salmón. Salmón engendró de Rahab a Booz, Booz engendró de Rut a Obed, y Obed a Isaí. Isaí engendró al rey David, y el rey David engendró a Salomón de la que fue mujer de Urías. Salomón engendró a Roboam, Roboam a Abías, y Abías a Asa. […] y Jacob engendró a José, marido de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo. De manera que todas las generaciones desde Abraham hasta David son catorce; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce; y desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce.”



El pecado de Adán y Eva se había consumado, Dios había ya hablado; Adán y Eva escucharon la sentencia con consecuencias inmediatas, mediatas y eternas para el hombre (Gn. 3:16-24; Ro. 3:23). Pero tanto Adán y Eva, y el mismo Satanás, escucharon además el mensaje de la Gracia Divina ofrecida por el Creador. Les iba a ofrecer una nueva oportunidad, Dios enviaría a un descendiente del hombre para que muera por el hombre (Gn. 3:15).

Cuan bendecidos tuvieron que haberse sentido nuestros primeros padres al escuchar la voz del Creador dándoles tan gran noticia llena de esperanza. Adán debió mirar a su mujer y le pudo haber dicho: «Amor, aún hay esperanza para nosotros y nuestra familia, de tu mismo vientre saldrá Aquel que llegará a pisar la cabeza de la serpiente, ¡Qué bendición!»

Los años vinieron, Adán y Eva comenzaron a tener hijos esperando que de uno de ellos saldría Tal promesa. Tuvieron a Caín y Abel, y en la mente de sus padres debe haber estado guardada la promesa de Dios años atrás, pero no; Caín lleno de celos asesina a su hermano y así mata temporalmente la segunda esperanza para el hombre hasta entonces (Gn. 4:1-8). Estos padres siguen teniendo hijos, y nace Set. Eva emocionada dijo que este bebé era el hijo dado por Dios como “sustituto” de Abel (Gn. 4:25), pero no, tampoco sería Set. Lo que no se sabía era de que de la descendencia de Set vendría dicho Ser, dicha “simiente” de la mujer.

Pasarían 1600 años para el nacimiento de los hijos de Noé: Sem, Cam y Jafet, estos tres muchachos quedarían como la única esperanza para el hombre después del diluvio, y la esperanza continuaría en los hijos de Sem (Lc. 3:36). En un momento aparece este hijo de Sem, hijo de Noé, hijo de Set, Hijo de Enoc; era hijo de Taré, un hombre que escucha el llamado de Dios, y a pesar de que estaba lejos del lugar donde nacería el Salvador; Dios, en el cumplimiento del plan llama Abram para venga a la tierra que Él daría para la descendencia de Abram, éste con fe sigue a Dios (Gn. 12:1-3) y llega a Canaán, la tierra prometida. Dios, una noche lo llama a contemplar la noche y mira en el firmamento en incontable número de estrellas y le dice que así llegará a ser su descendencia (Gn. 15:5). La promesa de Génesis 3 seguía en planes, Dios seguía llevando a cabo su deseo: “Traer al mundo a la Simiente de la mujer”.

Abraham llega a tener un hijo a los 100 años de edad, Isaac. Este niño sería uno de los patriarcas de Israel, pero no, tampoco sería dicho Hijo. Los hijos de Isaac se pelean, y el menor huye del mayor evitando morir a manos del primero, parecería que la historia de Caín y Abel se repetía, pero Jacob, el menor, huye de Esaú, el mayor (Gn. 27:41-46). Pero Jacob no sería esa Simiente, pero la esperanza estaba guardada en él (Lc. 3:34).

Un poco más de mil años pasarían desde la promesa de Dios a Abram, antes de ser llamado Abraham. Ya sus hijos poseían la tierra que había sido prometido. Israel, ya siendo una nación grande ocupa la tierra de Canaán, y de en medio de las ovejas, siendo el último de ocho hermanos, en medio de una crisis espiritual de Israel a causa de la impiedad por parte de su rey, Dios habla con Samuel y le pide que vaya a la ciudad de Belén, para que encuentre a un pequeño joven. David, un pequeño e inocente muchacho desconocía los planes que Dios tendría para él. Era alguien muy especial, pero tampoco, no sería este esa Simiente. Pero de sus hijos vendría esa esperanza. Ya siendo rey, David recibe la promesa de parte de Dios que esta simiente sería su hijo directo, sería ya no solo la esperanza, sino que sería el Rey de Israel (2 S. 7:8-13). Pero la espera tendría que seguir, pero la promesa no se dejaría de cumplir. Lo que Dios ha dicho, eso se cumpliría (Nm. 23:19).

Ya serían cerca de 4000 años desde que Dios habló a Adán y a Eva allá en Edén. Y “cuando vino el cumplimiento del tiempo, DIOS ENVIÓ A SU HIJO, NACIDO DE MUJER Y NACIDO BAJO LA LEY.” (Gá. 4:4). Sería en el tiempo del Señor, aunque para el hombre el tiempo parecería un enemigo invisible del cual no se podría olvidar, Dios no retarda su promesa. Sería en el tiempo de Dios, para cumplir con Sus planes (Comp. 2 P. 3:9). El tiempo llegaba, en los Planes Eternos estaba determinado que todo lo que había pasado tenía que pasar antes de que la Simiente nacería, pero este tenía que ser hijo de Adán (Lc. 3:38), e hijo de Abraham e hijo de David. Su nacimiento estaba por darse. Se cumpliría Su Promesa.

«Las promesas de Dios acerca de la redención, al ser eternas, traspasan el tiempo, y siempre llegan a cumplirse» – Ministerio UMCD –