Categoría: Evangelismo

Él quiere impartirnos su justicia

Jesús se presentó en el estrado de la corte celestial como culpable por nosotros, y en la cruz pagó por nuestro pecado con su vida derramando su sangre. Dios, en su voluntad, determinó que Jesús muera como “propiciación” por nosotros (Ro 3:25); es decir, la justicia y la santidad de Dios demandaba el pago de nuestras injusticias, y la sangre de Cristo calmó la ira santa de Dios.

Vino trayendo Su paz

Solo nuestra fe en la obra y sacrificio de Jesús por nuestro pecado nos brinda esa paz. Judicialmente, al morir el Señor por nosotros, paga por nuestra maldad, y al aceptar ese hecho con fe, Dios nos justifica perdonándonos de nuestros pecados, nos declara justos, y eso trae la paz más grande que el hombre puede anhelar: La paz con Dios (Ro 5:1).

La sangre y el hisopo

Jesucristo nos hace una invitación a ‘beber’ de su copa, es decir, a poner nuestra fe en la sangre que Él derramó por nuestros pecados. El ‘beber’ de su sangre es una expresión de identificación personal con su muerte y su sangre por nosotros, ya que Dios entregaba a Su “Cordero” como sustituto por nuestro pecado (Jn 1:29).

No más pagos

La palabra “perfectos” no habla de impecabilidad nuestra o de una perfección terrenal de quienes aceptan la salvación por fe en Jesús, esa palabra habla de una posición de justicia imputada o suministrada por la obra de Jesús (Ro 3:22; Gá 2:16; Fil 3:8, 9). Cristo, al pagar por nuestros pecados ha pagado toda deuda, entonces, ya no hay más pago, pues la obra del Señor fue completa cuando Él fue sacrificado en la cruz y su sangre derramada por nuestros pecados (He 10:5-14).

El rey de gloria – “TAÑENDO CUERDAS” AL SEÑOR (VII)

Este salmo presenta un cuadro de la entrada triunfal de Jesucristo en Su segunda venida, cuando triunfante ingrese en Jerusalén, ahí alabaremos al Rey que viene a reinar. Entonces clamaremos a las “puertas eternas” (Sal 24:7) que permitan entrar a “Jehová el fuerte y valiente, Jehová el poderoso en batalla… Jehová de los ejércitos… el Rey de la gloria” (Sal 24:8, 10). Ese momento, postrados en adoración, alabaremos y cantaremos a Jesús, el hijo de David, el “Dios de Jacob” (Sal 24:6). ¿Ya está listo para tal incomparable celebración? Solamente por nuestra fe en Jesucristo se nos abre la posibilidad ante esta única oportunidad.