Categoría: Evangelismo

No más pagos

La palabra “perfectos” no habla de impecabilidad nuestra o de una perfección terrenal de quienes aceptan la salvación por fe en Jesús, esa palabra habla de una posición de justicia imputada o suministrada por la obra de Jesús (Ro 3:22; Gá 2:16; Fil 3:8, 9). Cristo, al pagar por nuestros pecados ha pagado toda deuda, entonces, ya no hay más pago, pues la obra del Señor fue completa cuando Él fue sacrificado en la cruz y su sangre derramada por nuestros pecados (He 10:5-14).

El rey de gloria – “TAÑENDO CUERDAS” AL SEÑOR (VII)

Este salmo presenta un cuadro de la entrada triunfal de Jesucristo en Su segunda venida, cuando triunfante ingrese en Jerusalén, ahí alabaremos al Rey que viene a reinar. Entonces clamaremos a las “puertas eternas” (Sal 24:7) que permitan entrar a “Jehová el fuerte y valiente, Jehová el poderoso en batalla… Jehová de los ejércitos… el Rey de la gloria” (Sal 24:8, 10). Ese momento, postrados en adoración, alabaremos y cantaremos a Jesús, el hijo de David, el “Dios de Jacob” (Sal 24:6). ¿Ya está listo para tal incomparable celebración? Solamente por nuestra fe en Jesucristo se nos abre la posibilidad ante esta única oportunidad.

Jesús nos redimiría de nuestros pecados

Mirar hacia el pesebre en Belén es mirar el plan de redención de Dios, encarnado en Jesús, y cumplido posteriormente por Su muerte en la cruz. El Hijo de Dios emprendió Su viaje de dolor, su motivación era más fuerte que el tormento que sufriría, esa motivación era Su inmenso amor por el pecador. Por ello el salmista lleno de confianza alentaba a Israel a esperar en Jehová, porque en Él “hay misericordia” y “abundante redención”, el Mesías venía a redimir a Israel “de todos sus pecados” (Sal 130:7, 8).

Jesús llegó al pesebre siendo Rey Eterno

Jesús, el hijo de David (Lc 1:32), nacería muchos años después en la misma ciudad que su padre terrenal (Lc 2:11), y bajo su linaje venía a reinar y tomar el trono prometido. Lo maravilloso de este Rey Soberano, es que al igual que Su antecesor, nació humildemente, no en medio de grandes galas, sino en un sencillo pesebre, pero las huestes celestiales anunciaron majestuosamente al mundo su nacimiento (Lc 2:10-14), y el cielo se llenó del esplendor por la estrella que proclamaba su llegada, pues venía a reinar (Mt 2:1, 2).