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¿De qué me sirve conocer a Dios?

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Éxodo 3:11

“Entonces Moisés respondió a Dios: ¿Quién soy yo para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel?

La historia del primer encuentro entre Moisés y Dios ilustra: “para qué es importante que conozcamos a Dios”. En este pasaje Moisés hace una pregunta trascendental, que seguramente todos nos hemos hecho a lo largo de la vida pero que separados de Dios no podemos responder.

  1. Dios llamó a Moisés para que fuera a Egipto y se presentara delante de Faraón, y le pidiera que dejara salir de Egipto a Israel (Éxo. 3.10).
  2. Moisés había pasado muchos años en Madián, una ciudad lejos de Egipto, en la que se había dedicado a cuidar las ovejas de su suegro. En ese punto Moisés no veía que tuviera las condiciones necesarias para emprender esa tarea.
  3. La pregunta que Moisés le hizo a Dios fue: “¿Quién soy yo?”. La identidad que Moisés había construido de sí mismo no parecía estar alineada con la que Dios tenía de él.
  4. En el caso de Moisés su identidad se relacionaba perfectamente con su propósito, por eso él necesitaba una respuesta a esa pregunta, para proyectarse hacia lo que Dios le estaba pidiendo que hiciera.


¿Quien soy yo? es una de las dos preguntas que podemos responder cuando conocemos quién es Dios. Cuando le conocemos a Él, nos conocemos a nosotros mismos, nos vemos como Dios nos ve y comprendemos cuál es nuestra identidad.

De hecho, Moisés tenía una idea acerca de su identidad contraria a la que Dios tenía, él se veía como alguien incapaz, se sentía inseguro y consideraba que no cumplía con los requisitos para liderar al pueblo Israelita (Éx. 4.1). Lo que si lo definía eran sus defectos, sus debilidades, él se había auto sentenciado a una vida miserable, lamentable e insignificante por sus discapacidades (Éx. 4.10).

Pero Dios no había identificado a Moisés de sa manera, en cambio, Dios lo identificaba como alguien con quien Dios estaría, a quien Él amaría, le entregaría todo de sí, a quien había escogido, quien era su bien más preciado, su obra más hermosa y aquel que contenía su imagen.

Saber quién es Dios, define quienes somos nosotros.

Además de este beneficio que trajo para Moisés saber quién es Dios, ello también determinó su propósito en la vida, el llamado de Dios (Éxo. 3.10). Para él significaba liderar a un pueblo de más de 1 millón de personas y hacerlo ante el imperio más grande y poderoso de ese momento de la historia.

Nosotros al igual que Moisés tenemos un propósito en la vida que ha sido determinado por Dios, y se relaciona por completo con quién es Dios y quién somos nosotros, así que: ¿para qué conocer quien es Él?… para entender quienes somos y cual es nuestro propósito en la vida.



«Conocer a Dios define quienes somos y para qué fuimos creados»

–Ministerio UMCD–
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¿Cómo mantener tu rostro hermoso?

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Proverbios 15:13-15
“El corazón alegre hermosea el rostro;
Mas por el dolor del corazón el espíritu se abate.

El corazón entendido busca la sabiduría;
Mas la boca de los necios se alimenta de necedades.
Todos los días del afligido son difíciles;
Mas el de corazón contento tiene un banquete continuo.”

Muchos buscan la manera de mantener un rostro hermoso. Millones de personas han buscado fórmulas especiales para crear cremas que favorezcan la belleza y la juventud, otros recuren a procedimientos quirúrgicos para lograr mejoras en las líneas faciales por medio de cirugías plásticas, y mucho más. Pero no importan cuan efectivo parezcan ser esos tratamientos, la verdad es que, cuando una persona se encuentra afligida o con congoja, su rostro siempre estará sin brillo y sin atractivo (Pr. 15:13, 15).

Aunque muchas veces no ponemos atención a estos detalles, podemos mirar que si existe una diferencia claramente marcada entre el aspecto del rostro de una persona que se encuentra alegre y otra con tristeza o aflicción. Si observamos con detenimiento, podremos reconocer que las fotos de aquellos que modelan para comerciales o anuncios publicitarios son llamados a sonreír, para hacer atractivo el mensaje que se comunica con la publicidad, ¿por qué? Porque “el corazón alegre hermosea el rostro”. (v. 13)

Pero, entonces, ¿cómo mantener el rostro hermoso acompañado de un “corazón alegre”? La verdad es que la Biblia nos enseñas dos principios importantes: El Gozo y el Contentamiento. Aunque ambos parezcan ser similares, lo cierto es que sí tienen su diferencia, pero se complementan, y sobre todo, el segundo es resultado del primero.



El gozo viene del enfoque de mirar hacia Quien está en control de todo, o sea Dios (Hab. 3:16-19); mientras que el contentamiento es mirar a lo que tenemos a nuestro lado, y que lo que tenemos, sea poco o mucho, es gracias a lo que Dios nos da (Fil. 4:10-12). Es decir, el gozo tiene enfoque en el Dador, el contentamiento en las circunstancias y/o recursos que Dios nos permite tener o vivir.

La vida siempre nos traerá dolor, aflicción, pruebas, angustia, ansiedad, etc. Pero cuando crecemos en nuestra fe, y aprendemos a mirar la vida desde la perspectiva correcta con la ayuda de Dios, aprendemos que no importa lo que esté a nuestro alrededor, nuestro rostro siempre puede estar hermoso porque nuestro corazón está alegre, y con ello podemos disfrutar la vida de una manera más abundante (“… Mas el de corazón contento tiene un banquete continuo.” v. 15).

Algo que puede afectar más las facciones de nuestro rostro es la amargura, eso sí que afecta realmente nuestras líneas faciales, y muchos nos dejamos envolver por ese sentimiento que destruye nuestra vida espiritual, que nos aleja del verdadero gozo, y que nos puede llevar al odio y el rencor (Ef. 4:31; He. 12:15). Por eso debemos aprender a traer a nuestra vida el gozo y el contentamiento.

La Biblia nos recuerda que debemos vivir siempre gozosos (Fil. 4:4), que, si tenemos algún afán o dificultad, debemos orar por ello (Fil. 4:6-7), y que, si no podemos enfrentar algo fácilmente, que recordemos que Dios “tiene cuidado” de nosotros (1 P. 5:6-7), y que solo en Jesús encontraremos descanso para nuestra alma (Mt. 11:28-29), pues Él es nuestro Pastor (Sal. 23).


«Junto al Señor y confiando en Él todo el tiempo nuestra vida siempre estará llena de gozo y contentamiento, lo que transforma aún nuestro rostro»

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¿Cuánto valoramos la reprensión de otros?

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Proverbios 15:5
“El necio menosprecia el consejo de su padre;
Mas el que guarda la corrección vendrá a ser prudente.”

Proverbios 15:10-12
“La reconvención es molesta al que deja el camino;
Y el que aborrece la corrección morirá.
El Seol y el Abadón están delante de Jehová;
¡Cuánto más los corazones de los hombres!
El escarnecedor no ama al que le reprende,
Ni se junta con los sabios.”

Proverbios 15:20-22
“El hijo sabio alegra al padre;
Mas el hombre necio menosprecia a su madre.
La necedad es alegría al falto de entendimiento;
Mas el hombre entendido endereza sus pasos.
Los pensamientos son frustrados donde no hay consejo;
Mas en la multitud de consejeros se afirman.”

Desde niño he tenido una animadversión hacia la amonestación de otros hacia mí. Nunca me he sentido cómodo cuando alguien me viene a decir algo que estoy haciendo mal o que deseo hacer y me previenen de lo malo de esa dirección. Y creo que ese sentimiento es común en muchos.

Sobre todo, cuando estamos creciendo, y más que nada en nuestra juventud y al inicio de la etapa de adultos, cada persona que forma pensamientos firmes sobre alguna decisión rechaza con frecuencia la advertencia que otros le quieran dar. Nos ponemos tan negativos que ni siquiera escuchamos lo que nos dicen, menos meditamos en eso. ¿Pero es correcta nuestra actitud? Es evidente que, sin entrar en mucho razonamiento, y más con la experiencia de los años, sabemos que no es beneficioso ese comportamiento.



Pero la reprensión es más molestosa para aquel que está caminando en pos del pecado (Pr. 15:10). Ni aún la disciplina hace mucho efecto, al contrario, la rebeldía interna impulsa a la persona a encapricharse con sus deseos. La Biblia, aunque parezca duro ante nuestros ojos, inclusive alienta a la corrección con muerte para aquel que persiste en su mal camino (“… hasta merece la muerte quien no acepta ser corregido.” TLA)

¿Cuál es el motivo de la corrección, la reprensión o la disciplina? Pues es claro que el evitar que esa persona persista en el pecado.

Para una persona sabia o prudente el escuchar el consejo de otros es bueno, y le ayuda a mirar desde otras perspectivas sus decisiones, y basa su caminar en función del buen consejo final; pero muchos preferimos nuestra necedad, y es allí donde caemos en la categoría rebeldes.

No dejemos que nuestra rebeldía tome control de nuestras acciones. Aprendamos a ser humildes y sabios al escuchar la reprensión de otros, nunca desvaloricemos lo que los demás tienen que decirnos, tomemos tiempo para sopesar nuestros pensamientos con la Palabra de Dios, y busquemos consejo en sabias y piadosas personas, y entonces concluyamos si nuestros deseos y acciones son correctos o no, y si no son buenas, entonces corrijamos nuestro caminar en pos de lo bueno, justo y piadoso (Pr. 15:21-22).


«Aunque muchas veces nos sea difícil escuchar el consejo de otros, ser sabios es escuchar con atención de y buen ánimo la reprensión provechosa»

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Nunca será bueno el dinero mal habido

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Proverbios 15:6-9
“En la casa del justo hay gran provisión;
Pero turbación en las ganancias del impío.
La boca de los sabios esparce sabiduría;
No así el corazón de los necios.
El sacrificio de los impíos es abominación a Jehová;
Mas la oración de los rectos es su gozo.
Abominación es a Jehová el camino del impío;
Mas él ama al que sigue justicia.”


Hace muchos años atrás un amigo de la familia que vivía muy lejos de la capital me pidió un favor, él tenía un equipo industrial que tenía que ser reparado, y me solicitó que vaya a un taller especializado que se encontraba en la ciudad a pedir una cotización del trabajo para ver si le convenía pagarlo. Cuando me dieron el precio estimado de la reparación mi amigo aceptó y envió el dinero para el trabajo.

Mi problema comenzó cuando, mientras iba a realizar el pago para que inicien el trabajo, una persona que iba conmigo me dio la sugerencia de pedir descuento ya que era mucho dinero, y que sí la empresa aceptaba, me “aconsejó” que nos repartiéramos ese dinero entre nosotros, porque el dueño del equipo ya había pagado. La codicia en ese instante me ganó y acepté la sugerencia. Nos dieron un buen descuento y nos repartimos ese dinero.

Lo que no sabíamos era que varias semanas después nos llaman del taller indicando que no pudieron realizar el trabajo por falta de un repuesto, y que devolverían el equipo y el dinero. Ese fue el gran problema, ya que nosotros dos ya habíamos gastado el dinero, y la otra persona no quiso cooperar para devolverlo, y todo lo que recibimos del descuento lo tuve que pagar yo. Terrible recuerdo de una mala decisión mía.



La corrupción está destruyendo nuestras sociedades, la codicia y el poder están envolviendo a nuestros gobernantes y a las organizaciones criminales en un deseo inapropiado de hacer cualquier cosa por logra dinero y control, y aunque parecería que eso trae mucho beneficio, la verdad es que detrás de ese deseo incontrolado, sí existen consecuencias que tarde o temprano tendrán que ser pagadas.

Nunca el dinero mal habido traerá paz. La conciencia de las personas que hacen mal siempre los mantendrá inquietos, y aunque aparentemente vivan un período de prosperidad y bonanza, lo cierto es que tarde o temprano se descubrirá lo que hacen o vendrá alguien más y les hará pagar de alguna forma lo mal que han hecho.

En cambio, para el justo, la vida tranquila de una conciencia en paz y una prosperidad bíblicamente apropiada son su gran confianza. La idea de “gran provisión” no necesariamente tiene que ser considerada por su cantidad, sino más bien, por su calidad. Cualquiera que sea su ganancia, lo que se trae a casa, mientras haya sido obtenido de una manera apropiada, siempre será de gran valor moral y ético, y es ahí donde su valor incalculable se encuentra.

No nos dejemos llevar por la codicia o avaricia, no nos dejemos envolver por la maquinaria de la corrupción que está destruyendo a nuestras sociedades. Recordemos que tarde o temprano, aunque la justicia del hombre falle para atrapar al “impío”, ellos mismos están atrapados por su conciencia y temores (Pr. 15:6), y Dios mismo, como sucedió en mi caso, les hará pagar también. Recordemos que el Señor mira el camino de todos nosotros, atiende solo las oraciones “de los rectos” y se deleita con el “que sigue justicia” (Pr. 15:8-9).


«En la ganancia mal habida nunca hay verdadera prosperidad, solo hay problemas, intranquilidad, y detrás de ello vendrá la justicia divina»

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Con quietud apaga un “incendio”

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Proverbios 15:1-4
“La blanda respuesta quita la ira;
Mas la palabra áspera hace subir el furor.

La lengua de los sabios adornará la sabiduría;
Mas la boca de los necios hablará sandeces.
Los ojos de Jehová están en todo lugar,
Mirando a los malos y a los buenos.
La lengua apacible es árbol de vida;
Mas la perversidad de ella es quebrantamiento de espíritu.”

Tal vez usted pensando en que la quietud realmente podría apagar un incendio, y aunque siempre es bueno mantener la calma ante el peligro para saber como responder, el versículo que estamos estudiando hoy hace referencia al “incendio” de un corazón iracundo y lleno de violencia (v. 1).

En una respuesta amable, lo que se hace es no permitir que la ira tome control del diálogo, sino que se apaciguan los ánimos y se consigue, en términos más tranquilos, dialogar y buscar acuerdos.

Eclesiastés nos dice que no nos debemos apresurar a enojarnos “porque el enojo reposa en el seno de los necios” (Ec. 7:9). Eso quiere decir que una persona que no puede controlar su ira es necia, y en esa necedad puede hacer mucho daño. Al contrario, una persona sabia comprende que es bueno controlarse, y por eso, actúa prudentemente, lo que trae gran beneficio (Pr. 16:32).



Pero ¿cómo se logra beneficio en una respuesta blanda? Cuando uno responde con quietud, hace que la persona que viene con violencia reaccione con asombro, lo que le permite mirar que no debe existir ánimo de contienda para dialogar. Es en esa quietud en donde el iracundo no haya espacio para su ira, y comprende que no va a lograr nada con mantenerse airado. La tranquilidad de la respuesta lo deja expuesto a que se halla envuelto en una ira que no beneficia, y por lo tanto se apacigua porque se encuentra vulnerable.

Pero cuando la respuesta es áspera, entonces es cuando se “hecha leña al fuego”, y por lo tanto se agitan más los ánimos, pudiendo llegar al descontrol y a una violencia más destructiva.

Además, el sabio encontrará palabras que serán apropiadas para responder (v. 2). Una respuesta sabia y tranquila dice mucho de la persona que habla. Como el sabio comprende que no se logra nada con conflictos, entonces meditará para responder, y su respuesta irá con un tono que desarmará al airado.

También, “la lengua aplacible” puede ayudar a curar heridas en el alma de la persona airada (v. 4). La palabra “apacible” en el original hebreo se refiere a una “lengua” que trae medicina, remedio, curación o salud (“Las palabras que brindan consuelo son la mejor medicina…” NTV). Por ello, una respuesta apropiada puede no solo tranquilizar a la persona airada, sino que puede producir un efecto aún más favorable al brindarle consuelo, alivio, aliento. Pero una lengua perversa “es quebrantamiento de espíritu”, haciendo mayor daño.

Nosotros tenemos la oportunidad de escoger cualquiera de las dos respuestas, o una airada o un amable. Como hemos visto, la amable siempre traerá bien, y si somo sabios, aun podremos ayudar al airado a encontrar paz en medio de su frustración o indignación.

Proverbios 15:18
“El hombre iracundo promueve contiendas;
Mas el que tarda en airarse apacigua la rencilla.”


«Responder con ira ante el airado incrementa el conflicto, la quietud se halla con nuestra respuesta amable»

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Soy Cristiano… y ¿Ahora qué?

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¿Te gustaría saber lo que te deparará el futuro?, o ¿te gustaría saber con certeza qué 

es aquello que Jesús espera que hagas como cristiano?, pues, hay un momento en la vida de Jesús que nos permite tener respuesta a estas dos preguntas, y nos provee de la paz y el propósito que todos buscamos, considerémoslo en… 

Hechos 1.6-8 
“Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo? Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.” 



Así como suele pasarnos a nosotros, los Apóstoles también estaban preocupados por el futuro, y lamentablemente, justo antes de la ascensión de Jesús, seguían confundidos por no entender el plan de Dios; por eso le preguntaron cuando establecería su reino en la tierra. 

A lo que Jesús respondió diciéndoles, que eso era algo que solamente el Padre conocía. 

De ahí que entendamos que Dios no nos ha concedido saberlo todo… 

Y que la incertidumbre que los Apóstoles sintieron se parece a la incertidumbre que nosotros vivimos en algunas áreas de la vida, porque como ellos, no conocemos el futuro y tampoco podemos controlarlo. 

De este modo, no debemos preocuparnos por lo que está bajo el dominio de Dios, más bien, debemos creer y hacer lo que Dios ya nos ha revelado, teniendo como base su Palabra, de tal forma, que el futuro no nos preocupe, sino que nos lleve a confiar en Él y en su soberanía. 

Y una de las cosas que Él ya nos permitió conocer, es el llamado que tenemos todos los hijos de Dios, todos los que hemos creído en Jesús como nuestro salvador. Ello es… 

Ser testigos suyos hasta los confines de la tierra 

Porque Dios quiere reconciliar a todos los hombres consigo mismo a través de Jesús, y por ello, nuestro testimonio acerca de Él representa la llave que abre la puerta para que muchos sean reconciliados y pasen de muerte a vida. 

Pero claro, este milagro de vida no es un suceso común, por el contrario, es totalmente extraordinario, y por eso necesitamos… 

El poder del Espíritu de Dios para hacerlo. 

Porque el hombre natural, aunque viva físicamente, está muerto espiritualmente, por eso no ve la realidad espiritual y no conoce a Dios, porque ama las tinieblas, el pecado y la maldad, y siente un profundo placer en ello, y por eso no quiere acercarse a la luz, a Dios. 

Así que ese poder que recibimos del Espíritu Santo debemos usarlo para ser sus testigos, pero no como unos que lo hacen de acuerdo con su conveniencia, sino como uno que está dispuesto a morir a favor de quien testifica. 

Así es que, siguiendo este llamado, debemos plantar iglesias en todos los lugares posibles, iglesias conformadas por testigos de Jesús que le hablen de Él a quienes no lo conocen para que se convierten en discípulos suyos, y con eso el conocimiento de Jesús crezca y crezca hasta el día de su regreso. 

La pregunta es: 

¿Estamos atendiendo el llamado que Jesús nos hizo a ser sus testigos, y estaríamos dispuestos a morir a nosotros mismos con tal de serlo? 

Pues la verdad es que debemos estarlo, porque es lo que nuestro Señor nos ha llamado a hacer, pero no debemos hacerlo por obligación, sino más bien por amor, y con esperanza, con la seguridad de su regreso y de que un día su reino será establecido, y seremos recompensados con sus palabras de agrado y reconocimiento como resultado de nuestro sacrificio por Él. 


«Dios quiere reconciliar a todos los hombres consigo mismo a través de Jesús» –

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¿Qué nos hace vencedores?

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Es común que digamos que no sabemos lo que nos depara el futuro y que en un sentido pesimista se diga que “un pueblo que no conoce su historia está destinado a repetirla”, pero nuestra realidad como cristianos no es así de desesperanzadora y negativa, porque en la historia de Jesús y en su Palabra hallamos el gozo y esperanza que su ascensión y su regreso nos infunden, de tal forma que vivamos como vencedores y no como derrotados. 

De ahí que, para entender mejor estas verdades, consideremos el siguiente pasaje: 

Hechos 1.9-11 
“Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos. Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que él se iba, he aquí se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas, los cuales también les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo.” 



Luego de que Jesús cumplió acá en la tierra con todo el plan divino, debió ascender al cielo para presentarse ante el Padre, hecho que comprobó que su obra de justicia y pago por nuestros pecados había sido aceptada por Dios; y que, gracias a ello, todos los que confiamos en Él como nuestro Salvador, podemos acercarnos a Dios como nuestro Dios y como nuestro Padre. 

Tal como Jesús se lo expresó a María Magdalena antes de ascender al cielo: “… «Suéltame porque todavía no he subido al Padre; pero ve a Mis hermanos, y diles: “Subo a Mi Padre y Padre de ustedes, a Mi Dios y Dios de ustedes”». (Juan 20.17

Y es que su ascensión… 

Ya había sido predicha por Él mismo (Jn. 14.28-29), y se cumplió con total precisión, tal como se cumplieron todas las demás profecías que se habían declarado de Él. 

Y aunque la ascensión fue narrada con una gran sencillez, una vez más debemos agradecer a Dios por aquellos hombres que fueron testigos de ese momento, porque gracias a su testimonio, podemos aceptar la veracidad de ese suceso y así creer en Jesús y su obra de salvación. 

Pero nuestra confianza en Jesús no solo se basa en el testimonio de su ascensión, sino también en… 

La promesa de su regreso 

Promesa que comunicaron los ángeles que estuvieron entre los discípulos, cuando les dijeron que, así como habían visto ir a Jesús, Él también regresaría. 

Porque Él volverá un día, pero ya no lo hará como el cordero manso que se sometió a su muerte sin decir una sola palabra, sino que lo hará para gobernar, para reinar, para hacer justicia y darle el pago que merecen aquellos que se revelan y no creen en Él. 

Así, el plan divino no acabó con la ascensión de Jesús… 

Por el contrario, siguió su curso y lo seguirá hasta su regreso; y nosotros no estamos acá como huérfanos, abandonados por nuestro Señor, dejados a la deriva en este mundo, sino que tenemos la promesa de su regreso, de su recompensa en el Reino, y a su Espíritu, con el que podemos llevar a cabo la obra que nos encargó, de arrebatar de los poderes demoniacos las almas de aquellos hombres llamados para salvación. 

Entonces, hermanos, todos nosotros somos más que vencedores, porque su ascensión testifica de su victoria sobre el pecado y la muerte, y porque el futuro nos aguarda su reino, un tiempo de justicia y paz del que gozaremos cuando Él regrese y domine sobre todo y todos. 


«El plan divino no acabó con la ascensión de Jesús, por el contrario, siguió su curso y lo seguirá hasta su regreso»

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El bautismo con el Espíritu

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¿Qué sabes sobre el bautismo con el Espíritu Santo? ¿Crees que fuiste bautizado con Él cuando confesaste a Jesús como tu Señor? O ¿Para qué piensas que es necesario aquel bautismo? 

Pues la porción de la Biblia que consideraremos a continuación se refiere a la instrucción que Jesús le dio a sus Apóstoles para que recibieran la promesa del Padre y fueran bautizados con el Espíritu; y ella nos ayudará a dar respuesta a las preguntas que acabamos de hacernos. 

Hechos 1.4-5 
“Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días.” 



Se aproximaba la ascensión de Jesús y estas fueron algunas de las últimas palabras que Jesús declaró mientras estuvo en la tierra; y con ellas le ordenó a los Apóstoles permanecer en Jerusalén, esperando la promesa del Padre (El Espíritu Santo). 

Pero ¿Por qué Jerusalén? 

Porque ella sería el epicentro de la fiesta de Pentecostés, en la cual varones Israelitas, residentes y extranjeros, se presentarían en el templo para celebrar delante de Dios la cosecha (Ventura. 1985). Una fiesta que le daría vuelo al ministerio cristiano y le permitirían revelar su gloria y poder delante de todas las naciones. 

Y que al final permitió que multitudes fueran testigos de la morada del Espíritu de Dios en los cristianos, por medio de… 

El bautismo con el Espíritu Santo 

Que produjo una llenura del Espíritu de Dios en todos los que estaban reunidos y expectantes por recibir la promesa de su Espíritu. 

Recibiendo así la promesa del otro Consolador, quien era y es en Su naturaleza igual a Jesús y a Dios Padre; y que estaría entre ellos y en ellos para darles el poder que necesitaban para vivir la nueva vida a la que habían sido llamados. 

De tal forma que… 

La Iglesia de Jesús comenzara su ministerio 

Su llamado a proclamar la palabra de Dios y abrir los candados espirituales de los corazones de hombres llamados a salvación. Mismos creyentes que fueron bautizados con el Espíritu Santo gracias a su confesión de fe; resultado de haber comprendido la palabra de Dios, comprendido su estado de pecado, y su necesidad de arrepentimiento y de reconciliación con el Dios santo, santo, santo. 

De ahí que, como ellos, nosotros los creyentes también seamos bautizados con el Espíritu en el mismo instante de nuestra conversión; bautismo que, aunque no vemos, es un hecho espiritual que nos añade a la iglesia de Jesús y nos hace nacer de nuevo para su gloria. 

Gloria para la cual vivimos como hijos suyos, pero que nos resulta imposible reflejar sin su Espíritu Santo, por eso, gracias a Él somos capacitados para entender las verdades del reino de Dios y proclamarlas, porque ellas son las únicas que pueden traer buenas nuevas a los afligidos, libertad a los cautivos y salvar a los hombres del tiempo de castigo y juicio que se avecina (Is. 61.1-2). 

Así que… 

Si hemos creído en Jesús como nuestro Salvador… 

Hemos sido bautizados con el Espíritu de Dios, Él mora en nosotros y somos parte de la Iglesia de Jesús, con lo cual tenemos todo lo necesario para vencer el pecado y unirnos a nuestros hermanos en Cristo para proclamarlo y ser testigos suyos; pero solo a través del poder del Espíritu, porque de otra forma, no podremos cumplir nuestro llamado como hijos y miembros de su Iglesia. 


«Nosotros los creyentes somos bautizados con el Espíritu en el mismo instante de nuestra conversión»

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¿Cómo nos afecta hoy la resurrección de Jesús?

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Resulta muy interesante que Lucas, el escritor del libro de los Hechos de los Apóstoles, comience aquel escrito que narra la primera parte de la historia de la Iglesia refiriéndose al mensaje, obra, vida, muerte y resurrección de Jesús; porque con eso podemos comprender lo importante que son estas doctrinas para nuestra fe y para la Iglesia. 

Por tanto, queremos considerar un aspecto del milagro de la resurrección, porque ella hace parte de las Buenas Nuevas del Evangelio, y es una noticia que, además de implicar una profunda realidad teológica, también tiene una poderosa verdad para nuestra vida diaria. 

Considerémoslo en: 

Hechos 1.3 
“A quienes también, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios.” 



En este pasaje notamos la reproducción que Lucas hizo del testimonio de muchos, entre ellos los Apóstoles, que vieron a Jesús resucitado y fueron testigos de su victoria sobre la muerte; siendo esto una prueba más de la veracidad, confianza y credibilidad de este hecho. 

Porque como lo dijo Lucas, “se presentó vivo” a estos hombres luego de su crucifixión, lo cual es un hecho que nos debe reconfortar y dar esperanza, porque gracias a la vida de nuestro Salvador, vivimos, aunque estemos entre muertos. 

Pero ¿cómo supieron estos hombres que Jesús estaba vivo y no era un espíritu? 

Porque Jesús demostró estar vivo y lo hizo con muchas pruebas convincentes e indudables que fueron determinantes, como cuando: 

Los discípulos le escucharon recordando sucesos del pasado (Lc. 24.44), le vieron emocionándose (Lc. 24.25), ejerciendo su voluntad (Jn. 20.17), comiendo (Lc. 24.42-43), cocinando (Jn. 21.12-13), enseñando sobre el Reino de Dios (Lc. 24.44-49) y sobre el cumplimiento de la profecía de su vida, muerte y resurrección (Lc. 24.13-35). 

Resurrección que probó que Él era y es el Cristo, el Salvador esperado, el llamado de Dios para libertarnos de la esclavitud y dominio del pecado; el Santo que no vería corrupción y vencería las tinieblas (Sal. 16.10Hch. 2.27), y el mismo que transformaría nuestra muerte en vida. 

Porque si Él venció la muerte entonces… 

Nosotros también la venceremos en Él; porque si Él fue declarado justo por Dios, nosotros también somos declarados justos en Él; y porque, así como fue capaz de transformar la vida de tantos por medio de este mismo poder que le permitió resucitar, también será capaz de transformar la nuestra. 

Tal como transformó la de María Magdalena, una mujer poseída por siete demonios, sumergida en la tristeza y desesperanza, a quien convirtió en una mujer adoradora de Dios y seguidora suya, gracias al amor con el que Él la trató. 

O como transformó la de Pedro, quien vivió con una gran culpa y decepción luego de haberle negado, pero que, al encontrarse con Él, fue consolado a través de su perdón. 

O como lo hizo con Tomás, uno de los más incrédulos, porque escuchando del Cristo resucitado, necesitó ver y tocar las llagas de Jesús para que su mente y corazón fueran transformados y se convirtieran en tierra fértil; y luego de ello diera fruto para la gloria de Dios. 

Así, el hecho de la resurrección de Jesús no solo es un evento histórico y teológico clave, base para nuestra fe y para la Iglesia, sino también definitivo, transformador y penetrante para nosotros, los que creemos en Él. 

Porque ella nos provee la certeza de la victoria sobre el pecado, sobre el mundo y la muerte, la posibilidad de que todo lo que está en oscuridad y muerte en nuestra vida cambie por la luz de su Ser y su poder, y así pasemos de la muerte a la vida, tal como Él lo hizo. 


«La resurrección de Jesús impacta nuestra vida hoy»

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