Unas lecciones para el “rey”

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Proverbios 14:28, 31-35
“En la multitud del pueblo está la gloria del rey;
Y en la falta de pueblo la debilidad del príncipe. […]
El que oprime al pobre afrenta a su Hacedor;
Mas el que tiene misericordia del pobre, lo honra.
Por su maldad será lanzado el impío;
Mas el justo en su muerte tiene esperanza.
En el corazón del prudente reposa la sabiduría;
Pero no es conocida en medio de los necios.
La justicia engrandece a la nación;
Mas el pecado es afrenta de las naciones.

La benevolencia del rey es para con el servidor entendido;
Mas su enojo contra el que lo avergüenza.”

El destino de una nación, de un pueblo o una ciudad, aún de una organización o del vínculo más íntimo como la familia, depende en gran parte del liderazgo de aquel a cargo. Sea un presidente, un gobernador, un alcalde, un gerente, el propietario de un negocio, sobre todo, el rumbo de un hogar, está a cargo de un líder.

Es la visión del líder y la manera como conduce y encamina esa visión en su organización es lo que dará la dirección y traerá el éxito de aquello a lo que representa y guía. Pero no siempre la persona a cargo está caminando bajo las directrices correctas, y es su comportamiento y su trabajo lo que afecta en gran manera el desempeño de aquello sobre lo que dirige.



Los versículos que estamos estudiando nos enseñan algunos principios que pueden ser una guía de cómo está cumpliendo su desempeño el “rey”:

  1. Su popularidad: Un “rey” que tiene muchos seguidores expresa que tiene aceptación entre los suyos. Es bueno siempre mirar si somos aceptados por todos para saber si ellos confían o no. (v. 28)
  2. Su buen trato a los demás: Si el “rey” es despiadado o maltrata mucho a los que están bajo su liderazgo, entonces tiene un problema de falta de prudencia en la manera de dirigir, y eso no le agrada a Dios, menos lo honra (v. 31-32; Ef. 6:9). Recordemos que el “rey” es representante de Dios, ya que Él es quien le ha permitido obtener ese cargo. (Dn. 4:32)
  3. Su buen entendimiento: Si el “rey” es sabio, comprende que necesitará de Dios para entender el mejor camino para hacer las cosas. Dios es Quien puede darle sabiduría y prudencia (1 R. 3:5-13), pero si el “rey” es necio, entonces lo que hará no será prosperado (v. 33).
  4. Su justicia y rectitud: El “rey” debe ser justo para juzgar y recto para actuar. Cuando el “rey” decide caminar en pos del pecado o de la injusticia, entonces eso se reflejará en la vida de aquellos que lo siguen, y esto es una vergüenza para quienes están bajo su liderazgo (v. 34). El “rey” debe reflejar el carácter de Dios en todo aspecto.
  5. Su agradecimiento en reconocimiento: Un “rey” debe saber tratar con reconocimiento a aquellos que le sirven fielmente, y buscar que todos cumplan sus responsabilidades con altura para que beneficien a todos. Un “rey” también sabrá impartir disciplina para aquellos que “lo avergüenzan” (v. 35).

Como hemos podido aprender, el líder debe saber actuar, gobernar y guiar a su pueblo para que su liderazgo sea de bendición para quienes lo rodean. Sea que estemos en el trabajo, en la iglesia, en algún cargo público, pero sobre todo en el hogar; aquellos que somos líderes tenemos una gran responsabilidad a cargo, y por eso debemos responder con diligencia y buena conducta ante Aquel quien nos ha brindado la oportunidad de servirle como líderes, es decir, a Dios.


«Un buen líder debe comportarse a la altura del encargo otorgado por Dios, el no cumplirlo correctamente afrenta al Señor y trae deshonra a quienes lidera y sirve»

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¿Ha perdido usted los “estribos”?

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Proverbios 14:29-30
“El que tarda en airarse es grande de entendimiento;
Mas el que es impaciente de espíritu enaltece la necedad.

El corazón apacible es vida de la carne;
Mas la envidia es carcoma de los huesos.”

“Perder los estribos” es una frase que está relacionada con la falta de control de la ira, y que nos lleva a descontrolarnos, y hace referencia al gran peligro que un jinete puede correr como cuando un caballo se desboca y el jinete pierde contacto con los estribos.

Y el problema no está en la ira en sí, porque podemos airarnos ante alguna injusticia (Ef. 4:26), el problema es que la ira tome control de nuestro comportamiento y con ello pequemos. Pero en el pasaje de hoy, la Biblia nos enseña que la ira puede ser retenida o uno puede llegar a tardarse “en airarse” (v. 29), es decir, llegar a controlarse antes de actuar sin control apropiado.



Ahora, la paciencia está relacionada con el “entendimiento” o la sabiduría. Una persona sabia comprende que:

  1. La ira no puede ayudar mucho en momentos de dificultad.
  2. El entendimiento completo de lo que pasa es necesario antes de actuar.
  3. El saber actuar después de lo que se ha averiguado del problema nos llevará a buscar siempre la mejor solución, y
  4. El entendido siempre sabe que el perdonar y aprender a manejar las cosas van a ser al final más provechosas que cualquier otra cosa.

Por el contrario, cuando una persona no es sabia, expresa su “necedad” con la manera de responder ante algo desagradable:

  1. No actúa prudentemente porque no quiere averiguar profundamente el problema antes de actuar.
  2. Piensa que el actuar airado es correcto sin importarle las consecuencias.
  3. Aunque le quieran explicar lo que pasa, porque es necio, no va a escuchar ninguna razón.
  4. Considera que el perdón no es una opción para las relaciones, y
  5. Como no considera que él está presente ante el Juez Supremo, entonces piensa que es un juez “competente” para aplicar su propia justicia descontrolada.

La persona que aíra fácilmente y que no puede controlarse, no solamente que expresa su necedad, sino que remarca que realmente es necio. La palabra enaltecer (v. 29b) quiere decir exalta o eleva su necedad, o como otra versión de la Biblia nos dice, “ser impaciente es muestra de gran estupidez” (DHH).

Cuando una persona no puede controlar su ira, entonces le está gritando al mundo a que se aparte de él porque no puede controlarse, y eso es levantar el anuncio de que es grande en necedad.


«La ira descontrolada solo expresa a todos lo necio e insensatos que somos. Si controlamos la ira manifestamos prudencia»

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Hagamos que la justicia prevalezca

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Proverbios 14:25-27
“El testigo verdadero libra las almas;

Mas el engañoso hablará mentiras.
En el temor de Jehová está la fuerte confianza;
Y esperanza tendrán sus hijos.
El temor de Jehová es manantial de vida
Para apartarse de los lazos de la muerte.”

¿En algún momento le tocó cumplir la función de testigo para alguna actividad en la que se requería de sus palabras para confirmar o negar un hecho? ¿Alguna vez ha tenido que asistir en algún proceso judicial dónde el testigo llamado a confirmar lo sucedido mintió ante el juez?

A la oficina de recursos humanos de una compañía llegó un trabajador a presentar una queja en contra del comportamiento de alguien más. Su reclamo fue escuchado, pero para poder confirmar lo que se estaba diciendo se le preguntó al denunciante si había testigos de lo sucedido, a lo cual el denunciante afirmó que sí. Se llamó el testigo, y aunque esa persona había visto lo que sucedió, para evitar problemas y no querer estar en líos con nadie, dijo que no había visto nada, lo cual impidió que se tomaran más acciones, y todo quedó ahí, sin ninguna acción. Las dos partes dieron sus versiones, y ningún testigo pudo confirmar nada, por lo que no hubo forma de comprobar quien decía la verdad.

Talvez usted nunca ha tenido que participar como testigo o nunca ha requerido de alguien para que testifique en su favor, pero todos hemos visto muchas veces como los testigos cumplen una función muy importante en los procesos legales, pero no siempre se hace justicia por falta de sinceridad de los testigos.



Cuando los testigos no cumplen con su obligación de decir la verdad, lo que produce su acción es dejar que la injusticia prevalezca y que los que sufrieron daño pierdan definitivamente. Algunos testigos mienten por temor a sufrir algún daño o para no afectar las relaciones con aquel a quien encubre con la mentira. A veces el testigo habla de manera falsa para favorecer al demandante, por tratar de buscar un beneficio en contra de la persona acusada injustamente, y eso también está mal. Pero debemos ver que hay más de una persona afectada con la mentira.

  1. En primer lugar, está el afectado, quien, por falta de sinceridad tiene que sufrir el daño de la injusticia en su contra.
  2. En segundo lugar, está el juez, porque al ser engañado le impide impartir justicia.
  3. En tercer lugar, el culpable o quien hace mal también es afectado, porque el hecho de que no se haya confirmado su mal comportamiento le permitirá seguir haciendo daño sin aprender la lección de su error, y no le permitirá arrepentirse ante Dios y los demás.
  4. En cuarto lugar, está el testigo falso, quien por decidir mentir ha pecado contra Dios, contra el perjudicado y contra el juez, lo que le traerá problemas si se llega a descubrir que ha mentido por actuar como cómplice; aunque Dios ya lo sabe todo.

Cuando la Biblia nos dice que “el testigo verdadero libra las almas”, lo que nos quiere decir es que la justicia prevalece, y los que han sufrido daño son restituidos, aunque quien ha hecho daño sea alguien muy cercano al testigo o pueda traer consecuencias posteriores. Siempre es bueno decir la verdad, siempre, a pesar de las consecuencias. Pero muchos engañan hablando “mentiras”, y eso afecta el resultado de la justicia.

Siempre habrá una persona que hace el bien y otra que hace el mal, por eso siempre debemos decidir hablar con la verdad y ponernos de lado de la justicia. ¡Hagamos que la justicia prevalezca!


«El testigo falso trae mal en contra del perjudicado, engaña al juez, permite que el injusto salga librado, y todo eso le traerá consecuencias ante Dios. Decir la verdad siempre será correcto»

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¿Qué tan segura es nuestra fe?

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¿Alguna vez han cuestionado tu fe en Jesús o tú mismo has dudado de ella? ¿Has considerado filosofías y teorías humanas como más ciertas porque la mayoría las afirman y dicen que se basan en la “evidencia”? 

Pues la verdad es que no está mal cuestionar nuestra fe y preguntarnos si estamos creyendo lo correcto o no, por eso queremos hacer un ejercicio imaginario, uno que nos lleve al estrado de nuestra conciencia, para que consideremos algunas pruebas, y veamos cómo ellas defienden por sí mismas nuestra fe en Jesús. 

Para esto queremos usar como base el ejemplo de Jesús cuando fue rechazado por los Fariseos; quienes afirmaron que su testimonio era falso y no era digno de ser creído, este suceso se nos narra en: 

Juan 8.13-14, 17-18 
“Entonces los fariseos le dijeron: Tú das testimonio acerca de ti mismo; tu testimonio no es verdadero. Respondió Jesús y les dijo: Aunque yo doy testimonio acerca de mí mismo, mi testimonio es verdadero, porque sé de dónde he venido y a dónde voy; pero vosotros no sabéis de dónde vengo, ni a dónde voy. […]  Y en vuestra ley está escrito que el testimonio de dos hombres es verdadero. Yo soy el que doy testimonio de mí mismo, y el Padre que me envió da testimonio de mí.” 


En ese momento, los fariseos negaron el testimonio de Jesús con dos argumentos; afirmando que su testimonio no era verdadero, y que como solo era dicho por Él y no había nadie más que lo apoyara, entonces no debía ser aceptado. 

Pero Jesús usó el mismo argumento de los dos testimonios que usaron ellos para responderles; diciendo que, así como Él daba testimonio de sí mismo, Dios el Padre también testificaba a su favor. 

Y si bien esta respuesta de Jesús es suficiente para que la fe sea apuntalada en nuestro corazón; por la gracia de Dios, hoy tenemos el testimonio de muchos hombres, como los Apóstoles y otros discípulos de Jesús, que testificaron a su favor y que se suman para proveernos confianza en cuanto a nuestra fe cristiana. 

Y como si esto no fuera poco, también tenemos el testimonio de los milagros de Jesús que fueron permitidos por Dios para que con ellos se avalara a su mensajero y su mensaje, tal como lo reconoció Nicodemo, un Fariseo ilustre que una noche se acercó a Jesús y le dijo: 

Juan 3.2 
“Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede hacer las señales que Tú haces si Dios no está con él.” 

Así las cosas, tenemos para llevar delante del “juez” de nuestra fe, no solo el testimonio de hombres como Lucas, sino también el de los Apóstoles, el de Jesús mismo, el de Dios, y el testimonio de muchos milagros que Jesús hizo en el nombre de Dios. 

¿Será que con esto ganaríamos la disputa? 

Sí, porque no solo dos dan testimonio verdadero de Jesús, sino cientos más, entre ellos Dios mismo. 

Por tanto, aunque no vimos a Jesús, ni le oímos personalmente, podemos confiar en el testimonio de muchos que sí le vieron y oyeron, y que se dieron a la tarea de registrar todo lo relacionado con Su vida y enseñanza.  

Lo que nos permite estar tranquilos, porque el fundamento de nuestra fe y de la Iglesia es confiable, seguro y muy resistente. Por eso en vez de avergonzarnos, podemos decir lo que el Apóstol Pablo dijo: “no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación.” (Ro. 1.16


«Aunque no hemos visto ni oído personalmente a Jesús, podemos confiar en el testimonio de muchos que si le vieron y oyeron en persona»

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¿Cuál es la base de la fe cristiana?  

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Alguna vez te has preguntado ¿por qué Jesús, luego de su resurrección, debió estar cuarenta días entre los Apóstoles y discípulos? Y, ¿de qué forma esto nos impacta a nosotros y a su Iglesia? 

Pues demos respuesta a estas preguntas a partir de lo que nos dice: 

Hechos 1.1-2 
“En el primer tratado, oh Teófilo, hablé acerca de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar, hasta el día en que fue recibido arriba, después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido” 


Es muy interesante que Lucas, quién escribió inspirado por el Espíritu de Dios el libro de los Hechos de los Apóstoles y el Evangelio que lleva su nombre, nos recuerde que en ese primer tratado escribió acerca de lo que Jesús comenzó a hacer y enseñar. 

Porque con ello nos ayuda a entender que la obra y enseñanza de Jesús son la base de nuestra fe cristiana y de su Iglesia, y que el testimonio de Lucas, así como el de los Apóstoles y profetas, es el canal que Dios usa para permitirnos conocer su obra y carácter. 

Y me gusta que, refiriéndose a Jesús, haya usado el verbo “comenzó”, porque deja ver que esos años que Él vivió entre nosotros, solo fueron el comienzo de su obra como el Dios encarnado, una obra que no se ha acabado, que no se ha frenado, y en la que Jesús sigue comprometido por completo a través de su cuerpo, la Iglesia. 

Además, que Lucas haya dado testimonio de Jesús… 

Aporta argumentos a favor de la veracidad y seguridad de nuestra fe, porque, aunque Lucas no hizo parte de los doce Apóstoles, y al parecer tampoco de los discípulos de Jesús durante su vida, su testimonio sobre Él es una prueba que se une a muchas más para que nos sintamos seguros de nuestra creencia en el Hijo de Dios. 

Y también nos ayuda a entender que Jesús no paró de enseñar mientras estuvo con vida entre nosotros, porque sabía que era necesario que sus Apóstoles recibieran la instrucción necesaria sobre el reino de Dios, para que sus corazones se mantuvieran enfocados, motivados y creyendo en la certeza y el cumplimiento del plan divino. 

De igual forma, era necesario que estos hombres recibieran de Él mandatos muy importantes que definirían el curso de su Iglesia; tan importante era esto, según el texto griego, entregárselos era un requisito que Jesús debía cumplir antes de ser recibido por el Padre en el cielo. 

Pero ¿por qué fue importante que Jesús les diera esos mandatos? 

Porque como sabemos, Jesús no fue un escritor de libros o un productor de videos y contenido para redes sociales; Jesús fue y es el Salvador, el Maestro y el Señor; por lo que encargó en otros la misión de reproducir su obra y enseñanzas, y llamó a estos doce hombres para que estuvieran con Él, predicaran su mensaje de salvación (Mr. 3.13-14), y fueran el fundamento de su Iglesia (Ef. 2.20). 

Pero ¿qué tiene que ver esto con nosotros? 

En que la base de nuestra fe se halla en el evangelio de Jesús; y que, así como sucede en un edificio, donde sus fundamentos talvez son imperceptibles, pero definen su seguridad y estabilidad, así mismo, el testimonio Apostólico que nos comunica las buenas nuevas de Jesús, nos provee la seguridad que nuestra alma requiere. 

Seguridad que le aportará a nuestra vida la firmeza necesaria para resistir los embates del mundo, los ataques malignos y nuestra propia debilidad, porque como lo dijo Jesús, separados de Él no podemos hacer nada, así, dependemos en todo de aquel que es la vid y de sus raíces para mantenernos firmes y con fruto aun en medio de la sequedad. 


«La base de nuestra fe se halla en el evangelio de Jesús» – Ministerio UMCD – 

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“Menos palabras y más acción”

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Proverbios 14:23
“En toda labor hay fruto;
Mas las vanas palabras de los labios empobrecen.”

«Hace algunos años hubo un naufragio cerca de la costa de Toscana. En el informe de uno de los miembros de la guardia toscana se encuentra lo siguiente: “Presté cuanta ayuda me fue posible con mi bocina. Sin embargo, se encontraron muchos cadáveres en la costa la mañana siguiente al día del naufragio.”»[1] En otras palabras, lo único que hizo fue hablar, pero nunca intervino físicamente para ayudar a las personas en el naufragio.

Esta ilustración nos da una idea de lo poco útil que representan las muchas palabras cuando ellas no van acompañadas de acciones. Es muy interesante ver cómo la Palabra de Dios nos dice que “en toda labor hay fruto”, pero no en hablar mucho, éstas más bien “empobrecen” (v. 23). Cuando crecía escuchaba un dicho que decía: “Menos palabras y más acción”.

Siempre el trabajo trae fruto, y aunque el esfuerzo que demanda esa labor puede ser grande, el resultado es lo que trae beneficio a nuestra vida. Pero muchos viven soñando o anhelando alcanzar metas, algunos hablan mucho de esos sueños y viven planificando en sus mentes lo que hicieran con ello, pero sin un trabajo concreto para desarrollar esos sueños, o sin un esfuerzo acompañado con esos planes, todo lo que se logra es pérdida.

Se pierde energía pensando tanto en los sueños que se quisiera alcanzar, pero que no se concretan. Se pierde tiempo valioso al hablar con tanta pasión y muy frecuentemente sin hacer nada más que hablar. Se pueden perder oportunidades en otras cosas, cuando solo se sueña con aquello que se anhela y se pierde el enfoque de nuevas cosas provechosas. Se pierde dinero cuando no se hace nada más que vivir hablando. En sí, “el hablar mucho y no hacer nada, empobrece” (NBV).


[1] Lerín, A. (2000). 500 ilustraciones (p. 237). El Paso, TX: Casa Bautista de Publicaciones.


En la vida espiritual también esto puede ser pérdida. Muchos hablamos de cuanto anhelamos hacer esto o aquello por el Señor, pero si sólo hablamos y no hacemos nada, entonces estamos perdiendo. Decimos que queremos crecer espiritualmente, que deseamos aprender más de la Biblia, que deseamos alcanzar a más personas para Cristo, que deseamos hacer esto en nuestra iglesia, etc., etc., etc. Pero nada se logra con solo decirlo, debemos tomar acciones.

Algunos solo pasamos orando por algo, pero no hacemos nada al respecto, y eso también puede hacerse vano si detrás de las oraciones no existe una verdadera intención de hacer algo si Dios nos diera la oportunidad.

Entonces, ¡manos a la obra! Es hora de actuar, de poner en prácticas nuestros deseos, ya no hablar tanto de ellos, sino a comenzar a trabajar para alcanzar lo deseado. Es momento de dar los pasos necesarios para lograr eso que está en nuestra mente y que de nuestros labios no han pasado. Es momento de hacer real este proverbio para nuestro bien: “Si trabajas duro, sacarás provecho…” (PDT).


«Se pierde energía, tiempo, dinero, y otras oportunidades cuando solamente hablamos de algo y no hacemos nada para lograrlo. ¡Es hora de menos palabras y más acción!»

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¿Trata por igual al rico y al pobre?

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Proverbios 14:19-22
“Los malos se inclinarán delante de los buenos,
Y los impíos a las puertas del justo.
El pobre es odioso aun a su amigo;
Pero muchos son los que aman al rico.

Peca el que menosprecia a su prójimo;
Mas el que tiene misericordia de los pobres es bienaventurado.
¿No yerran los que piensan el mal?
Misericordia y verdad alcanzarán los que piensan el bien.”

¿Le ha pasado a usted que, cuando viene una persona importante a nuestra casa preparamos lo mejor que tenemos y arreglamos la mesa con nuestra mejor vajilla, pero cuando viene alguien con menos “bienes o intereses” no prestamos mucha atención a esos detalles?

Aunque no lo hagamos intencionalmente, pero lo que estamos haciendo es acepción de personas, tratamos a unas con mucha importancia a otros no, y más cuando nuestros huéspedes pueden tener diferencias de bienes entre ellas. Tenemos una tendencia común, pero no correcta, a tratar a las personas con diferenciación dependiendo de su estado social, político o económico.

El dinero o las riquezas influyen nuestra manera de comportarnos con los demás. Cuando existen intereses de por medio, muchos miramos a las personas con riquezas de una manera que nos atrae. Buscamos en sus bienes nuestros propios intereses y en lo que ellos nos puedan beneficiar, por lo que nuestra amistad o relación está basada en sus bienes, mas no en la persona en sí.

Por otro lado, al pobre, a la persona que no tiene dinero o que no puede ofrecerme “ningún bien”, a ellos no lo consideramos valiosos. Muchas veces esas amistades no prosperan porque no me trae algún beneficio, y eso es discriminación.

Ahora, si usted es rico, las personas lo buscan muchas veces, no por quien es usted, sino por su propio dinero; ellos están esperando a ver que les puede ofrecer. Pero si usted es pobre o de pocos recursos, las personas que están a su lado no lo estiman porque no lo consideran “valioso”. (v. 20)


Ninguno de estos comportamientos es apropiado. Si miramos al Señor Jesucristo, Él comió con ricos (Lc. 19:1-10) y pobres (Lc. 6:17-26) por igual; para Él, lo que le importaba no era lo que ellos le podían brindar, sino lo que Él mismo les podía dar. Jesús se interesaba por el alma de cada uno de ellos, y le daba lo mejor que les podía dar: Su amor, el perdón de pecados, y la vida eterna.

La Biblia nos dice que “peca el que menos precia a su prójimo” (v. 21a). Nuestro menosprecio no solo puede darse por aquel que tiene poco dinero (v. 21b), sino que muchas veces lo hacemos por el que tiene mucho dinero, y lo despreciamos por envidia o porque algún día recibimos un maltrato de alguien que tenía dinero o poder.

Todos deberían ser tratados por igual, todos deben ser amados, respetados y honrados. El hacer acepción de personas por sus bienes es un pecado que no nos conviene. La próxima vez que esté con un rico, trátelo con amor por quien es, no por lo que tiene; y si es pobre, trátelo como si fuera rico, porque esa persona vale mucho, porque Dios lo ama y cuida de él también.


«Hacer acepción de personas por los bienes que posee es pecar contra Dios y nuestro prójimo»

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 ¿Pertenezco a la Iglesia de Jesús?

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¿Qué piensas cuando escuchas la palabra Iglesia?, ¿sientes que es algo anticuado, o crees que ella hace parte del plan de Dios para nuestra era? 

Pues lamentablemente muchos piensan que ella es una institución corrupta y mal intencionada, de la que no podemos confiar y a la que no debemos pertenecer, gracias a muchos que por sus obras han deshonrado el nombre de Dios y a la Iglesia, pero, como veremos, ella fue instituida por el mismo Jesús. 

Por tanto, ¿cuál era el plan que Jesús tenía con ella? ¿Cómo debía llevarse a cabo ese plan? Y ¿en manos de quienes quedaría encargado? Pues eso es lo que queremos considerar, tomando como base… 

Mateo 16.18-19 
“Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos” 


Una de las labores de Jesús luego de su ascensión ha sido edificar su Iglesia. 

Pero: ¿Qué es la Iglesia? 

Ella es la comunidad de todos los creyentes en Jesús, que están unidos por el lazo de la fe y de la obra del Espíritu Santo (Ventura. 1985). Así, todos los que declaramos a Jesús como nuestro salvador, somos miembros de su Iglesia. 

Y aunque la frase “sobre esta roca edificaré mi iglesia” ha sido malinterpretada históricamente, podemos creer que la roca sobre la cual la Iglesia está siendo edificada es Jesús mismo (Dt. 32.3-4; Sal. 94.22). 

Ahora, ¿cómo se produce nuestra unión a la Iglesia de Jesús? 

A través de la obra de Dios Espíritu Santo, quien nos une al cuerpo de Cristo (la Iglesia), en el momento en el que ilumina nuestra mente con la verdad del evangelio de Jesús, nos convence de pecado, nos lleva al arrepentimiento y a confesar que Jesús es nuestro Señor. 

Por eso, cuando creemos en Jesús como nuestro salvador, somos añadidos a la iglesia universal e invisible de Jesús, y con esto, se espera que tomemos la decisión de unirnos a su iglesia visible, a una iglesia local en nuestra ciudad que lo adore y lo proclame. 

¿cuál es el propósito de la Iglesia? 

Arrebatar las almas de aquellos que han sido llamados por Dios a salvación, pero que se hallan bajo el poder de Satanás; de ahí que R.C. Sproul, mencione que las puertas del Hades son una referencia a las puertas del infierno; y nos ayude a entenderlo, explicando que en la antigüedad, las puertas eran un mecanismo de defensa contra los enemigos, por tanto, que las puertas del Hades no prevalezcan contra la iglesia de Jesús, significa que la Iglesia está llamada a ser un ejército ofensivo que ataque los bastiones de Satanás, el cual no podrá soportar el poder que Jesús le ha otorgado a su Iglesia. (Ministerios Ligonier. 2021, 1 octubre). 

¿cómo debe atacar la iglesia el poder demoniaco? 

Usando “las llaves del reino de los cielos”la predicación de la Palabra de Dios (del evangelio); de ahí que Pablo dijo en Romanos 10.14: “¿Y cómo creerán en Aquel de quién no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quién les predique?”, porque a Dios le agradó salvar a sus escogidos por medio de la locura de la predicación de su Palabra (1 Co. 1:21). 

Así, la autoridad que Jesús le dio a su Iglesia para predicarla significa el método que ella debe seguir para cumplir con su propósito en la tierra. Y aunque en estos tiempos creamos que las llaves del reino son los espectáculos de luces, la música, el entretenimiento y un “mensaje relevante”; lo cierto es que lo único que abre el “candado” espiritual es la Palabra de Dios. 

Con base en esto, todos los que hemos puesto nuestra fe en Jesús, somos miembros de su Iglesia, una institución viva, poderosa, eterna y que disfrutará de la misma gloria de Jesús. 

Así que hermanos, puede que no seamos socios de los clubes más importantes del mundo, pero si somos hijos de Dios, somos parte del mejor grupo que existe en el mundo, su Iglesia. 

Referencias 

Ministerios Ligonier. (2021, 1 octubre). Renovando Tu Mente | La Iglesia: una y santa. https://es.ligonier.org/RTM/la-iglesia-una-y-santa/ 


«Cuando creemos en Jesús como nuestro salvador, somos añadidos a la iglesia de Jesús»

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