Una insignia del creyente

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1 Corintios 11:17-19

“Pero al anunciaros esto que sigue, no os alabo; porque no os congregáis para lo mejor, sino para lo peor. Pues en primer lugar, cuando os reunís como iglesia, oigo que hay entre vosotros divisiones; y en parte lo creo. Porque es preciso que entre vosotros haya disensiones, para que se hagan manifiestos entre vosotros los que son aprobados.”

  1. Solamente unos versículos atrás Pablo estaba alabando a los hermanos en la iglesia por recordar sus enseñanzas (1 Co. 11:2), pero ahora el maestro iba a exhortarles por problemas internos entre creyentes y no creyentes dentro del grupo mismo de la iglesia.
  2. Aunque no se menciona los problemas que estaban generando la división, esto estaba generando gran inquietud, aun para el mismo Pablo que escuchaba a la distancia lo que sucedía.
  3. Pablo aclara que las dificultades ayudan a revelar el verdadero corazón de las personas dentro de la iglesia y ayudan a comprobar a quienes eran creyentes verdaderos y maduros de aquellos que no eran creyentes, o si lo eran, no habían madurado y estaban actuando en la carne.
  4. La realidad de que dentro de las congragaciones no todos los asistentes sean creyentes es cierto en el día de hoy también, y eso nos debe siempre mantener alertas para cuidar del rebaño.


Todo creyente al nacer de nuevo debe manifestar con su comportamiento el resultado de ese cambio eterno en la naturaleza espiritual que recibe en su vida desde el primer día de su conversión (2 Co. 5:17). No olvidando que cada uno venimos de una naturaleza pecaminosa en donde estábamos muertos de forma espiritual (Ef. 2:1, 2), y por lo tanto sin posibilidades de cambio hasta entonces.

Pero ya después de adquirir por gracia esta nueva naturaleza todos debemos iniciar el proceso de madurez o crecimiento, proceso que nos ayudará a fortalecer nuestro comportamiento espiritual y nos alejará más del comportamiento pecaminoso. Aunque seamos nuevas criaturas, el cambio hacia un carácter piadoso toma tiempo y esfuerzo.

La ira, los pleitos, el egoísmo, el odio, el rencor, la mentira, el orgullo, etc. son manifestaciones del pecado que afectan nuestra manera de comportarnos con los demás, y mientras ello exista en la iglesia los problemas no dejarán de existir. ¡Por eso es urgente que todos crezcamos ya!

Pero también existen la presencia de personas que no son creyentes, aquellos que siguen sin ser salvos y que están muertos a la vida espiritual. En quienes las manifestaciones del pecado son evidentes, aunque ellos muchas veces ni se den cuenta, y que, por estar muertos espiritualmente, pueden ser fácilmente usadas por el “príncipe de la potestad del aire” (Ef. 2:2) como “cizaña” para destruir la obra de Dios (Mt. 13:24-30).

El gran problema que generan las divisiones es que puede causar dolor y pérdida. Muchos creyentes en crecimiento al ver los problemas en la iglesia salen heridos observando un conflicto serio en la iglesia, y esto los desalienta, o ellos mismos llegan a ser directamente heridos. Pero en otros casos, esas “disensiones” generan separación definitiva de los grupos, dando origen rupturas insalvables, y otras veces a cultos o sectas.

Si bien, los problemas nos ayudan a ver el sincero corazón de cada persona en la iglesia, estas divisiones pueden dejar profundas huellas que pueden destruir la obra de Dios, por tanto, todos los creyentes debemos estar atentos a estos eventos y cuidar por el bienestar de toda la congregación para que la obra de Dios no sea afectada.



«El verdadero creyente siempre busca la paz y el orden en la iglesia; el que no, puede generar y buscar divisiones»

–Ministerio UMCD–
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Autoridad y sumisión

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1 Corintios 11:2-16

“Os alabo, hermanos, porque en todo os acordáis de mí, y retenéis las instrucciones tal como os las entregué. Pero quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo. Todo varón que ora o profetiza con la cabeza cubierta, afrenta su cabeza. Pero toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta, afrenta su cabeza; porque lo mismo es que si se hubiese rapado. Porque si la mujer no se cubre, que se corte también el cabello; y si le es vergonzoso a la mujer cortarse el cabello o raparse, que se cubra. Porque el varón no debe cubrirse la cabeza, pues él es imagen y gloria de Dios; pero la mujer es gloria del varón. Porque el varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón, y tampoco el varón fue creado por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón. Por lo cual la mujer debe tener señal de autoridad sobre su cabeza, por causa de los ángeles. Pero en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón; porque así como la mujer procede del varón, también el varón nace de la mujer; pero todo procede de Dios. Juzgad vosotros mismos: ¿Es propio que la mujer ore a Dios sin cubrirse la cabeza? La naturaleza misma ¿no os enseña que al varón le es deshonroso dejarse crecer el cabello? Por el contrario, a la mujer dejarse crecer el cabello le es honroso; porque en lugar de velo le es dado el cabello. Con todo eso, si alguno quiere ser contencioso, nosotros no tenemos tal costumbre, ni las iglesias de Dios.”



  1. Al parecer Pablo ya había dado instrucciones sobre el tema que va a tratar en estos versículos, a lo que parecería que está respondiendo a una pregunta que le había sido presentada posiblemente en una carta que le había sido enviada desde Corinto, y ahora responde sobre la inquietud (v. 2).
  2. Para iniciar la respuesta de si era necesario a que una mujer use un velo sobre su cabeza cuando vaya a orar o a enseñar en la iglesia (algo que Pablo no prohíbe), el apóstol introduce una verdad muy profunda sobre la autoridad y el sometimiento: “Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo” (v.3).
  3. El tema del velo ha sido una controversia que se ha dado en su aplicación actual para la iglesia. Muchos aseguran que se debe hacerlo, y otros creen que era algo cultural relacionado con el tiempo. En los días de Pablo, una mujer que era prostituta tenía cortado el cabello o llevaba su cabeza descubierta para que sea identificada y llamar la atención; y para hacer una distinción era necesario que una mujer piadosa use el velo en un acto importante, sea el de enseñar o el de orar. Pero el tema más relevante no es la “vestidura externa”, sino la “interna”, o sea, el sometimiento de la mujer.
  4. Pablo utiliza la relación de Dios, Cristo, el hombre y la mujer (v. 3) para indicar el orden de autoridad y sometimiento. Si bien Dios el Padre y Cristo, Dios el Hijo, son iguales en autoridad, cuando Jesús vino a la tierra y se hizo Hombre tuvo que someterse como tal a la autoridad del Padre, y ahí aprendemos que el principio de autoridad y sometimiento debe ser igualmente mantenido entre el hombre y la mujer.
  5. Luego Pablo usa el orden en la creación para manifestar el deseo por parte de Dios en dejar en claro Su voluntad de establecer ese orden: : “Porque el varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón” (v. 8).
  6. Además, aclara que Dios quiso dejar en el varón esta autoridad como manifestación de Su “imagen y gloria” (v. 7), y que el buen comportamiento de la mujer deja buen testimonio y recordatorio a los “ángeles” de cómo se debe conducir todo ser creado ante Dios (v. 10).
  7. Y nos menciona que todo hombre después de Adán procede de la mujer (v. 12), por tanto, no debemos olvidar su igualdad como ser creado, y que la autoridad del hombre no debe ser intencionalmente mal usada, sino en temor a Dios.

Dios ha establecido un orden en la cadena de autoridad y sometimiento que ayuda al debido desarrollo de la vida en todo sentido, y ese orden da al hombre y a la mujer derechos y responsabilidades que deben ser apropiadamente llevadas para dar buen testimonio ante los hombres y los ángeles, pero, sobre todo, para agradarlo a Él.

No olvidemos que, si bien la mujer debe someterse al hombre, el hombre debe someterse a Cristo, y ambos tenemos que un día ir a Su presencia y dar cuenta de nuestra vida. (Ro. 14:10, 2 Co. 5:10)



«“Dios, Cristo, el hombre, la mujer”, un precepto divino de autoridad y sometimiento que trae bendición a todos los hijos de Dios cuando es observado piadosamente»

–Ministerio UMCD–
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¿Cómo responder a las amenazas de la vida?

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2 Reyes 19:1-4

“Cuando el rey Ezequías lo oyó, rasgó sus vestidos y se cubrió de cilicio, y entró en la casa de Jehová. Y envió a Eliaquim mayordomo, a Sebna escriba y a los ancianos de los sacerdotes, cubiertos de cilicio, al profeta Isaías hijo de Amoz, para que le dijesen: Así ha dicho Ezequías: Este día es día de angustia, de reprensión y de blasfemia; porque los hijos están a punto de nacer, y la que da a luz no tiene fuerzas. Quizá oirá Jehová tu Dios todas las palabras del Rabsaces, a quien el rey de los asirios su señor ha enviado para blasfemar al Dios viviente, y para vituperar con palabras, las cuales Jehová tu Dios ha oído; por tanto, eleva oración por el remanente que aún queda.

  1. Este momento de la historia del pueblo Israelita sucedió durante el reinado de Ezequías, en Judá, luego de la purificación y consagración que él y el pueblo habían hecho para volver a los caminos de adoración a Dios. Como resultado de esto gozaron la bendición de vencer a los Filisteos y liberarse del yugo Asirio.
  2. Después de esto, Senaquerib el rey de Asiria emprendió contra Judá una campaña de terror para que el pueblo se rindiera voluntariamente ante él y así ejercer nuevamente dominio sobre ellos.
  3. Esta fue la respuesta que el Rey Ezequías exclamó cuando escuchó acerca de las amenazas y atrocidades que los generales del ejército Asirio promulgaron contra ellos.
  4. Ese tiempo también coincidió con el ministerio del profeta Isaías, quien fue consultado por el Rey para que clamara a favor del pueblo, ya que reconocía su debilidad y la necesidad de una intervención divina a su favor.


Conforme a la intención de Senaquerib, los generales de su ejército comunicaron una serie de amenazas y argumentos contra Judá, que buscaban generar duda del poder de Dios para salvarlos, hacerlos sentir impotentes y miserables por su incapacidad militar, engañarlos, humillarlos y hacerles creer que Dios había sido quien los había enviado para destruirlos.

Sin embargo, Ezequías se mantuvo fiel en su confianza a Dios y respondió de una forma ejemplar ante esta amenaza, él envió inmediatamente a un grupo de sus hombres a pedir a Isaías que intercediera delante de Dios por el pueblo.

Para ello usó un argumento que es muy importante para nosotros en la actualidad, él decía que esas ofensas, blasfemias y vituperios no habían sido contra el pueblo sino contra Dios mismo.

Y es que Israel como pueblo escogido por Dios para ejercer un sacerdocio santo ante todas las naciones, era el pueblo que llevaba el nombre de Dios, y por tanto, todo lo que pasara con ellos tendría una implicación para su honor y honra.

El Señor, respondiendo a esta oración, le dice a Ezequías que no tema, que el ejército Asirio no invadiría Jerusalén porque Dios produciría un rumor que haría que Senaquerib replegara su ejército, y que más tarde sería asesinado a espada.

Esta historia se parece a nuestra realidad porque todos enfrentamos diariamente amenazas de todo tipo a nuestra vida, la enfermedad, la economía, la injusticia, los enemigos, etc…; pero debemos entender que como pueblo de Dios, su nombre esta puesto en nosotros, y por ende, no estamos solos enfrentando el mundo, sino que Dios está tan involucrado con nosotros, que no permitirá que su nombre sea deshonrado.

Al enfrentar las amenazas la primera pregunta que debemos hacernos es sí nuestra vida honra a Dios, porque de ello es posible que surjan dos posibilidades.

  1. Que nuestra vida no honre a Dios y entonces Él permita las amenazas en nuestra contra como parte de su disciplina para llamarnos al arrepentimiento y volver a sus caminos.
  2. Que viviendo de forma agradable a Dios, Él permita las amenazas, pero decida obrar a nuestro favor y levantar un testimonio de su poder para su gloria.

La esperanza es que, si vivimos como la primera opción, también podemos seguir el ejemplo de Ezequías, derribando todo ídolo que haya en nuestro corazón, purificando nuestra vida y apartándonos para adorar únicamente a Dios; y así obtener su misericordia y gracia para enfrentar las adversidades.

Pero si nuestra vida se parece más a la segunda opción, no debemos temer, confiemos en Dios, llevemos nuestras cargas a su presencia, y confiemos en que Él va a obrar a nuestro favor por amor a Él mismo.



«Dios está tan involucrado con nosotros, que nos librará de las amenazas por amor a Él mismo»

–Ministerio UMCD–
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Todos adoramos algo

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2 Reyes 18:3-6

Ezequías […] Hizo lo recto ante los ojos de Jehová, conforme a todas las cosas que había hecho David su padre. Él quitó los lugares altos, y quebró las imágenes, y cortó los símbolos de Asera, e hizo pedazos la serpiente de bronce que había hecho Moisés, porque hasta entonces le quemaban incienso los hijos de Israel; y la llamó Nehustán. En Jehová Dios de Israel puso su esperanza; ni después ni antes de él hubo otro como él entre todos los reyes de Judá. Porque siguió a Jehová, y no se apartó de él, sino que guardó los mandamientos que Jehová prescribió a Moisés.

  1. Ezequías reinó en Judá (Reino del Sur de Israel) en el 719 a.C., y fue uno de los 20 reyes que tuvo Judá desde la división de Israel hasta su deportación a Babilonia.
  2. Este período del reino dividido fue para Judá un tiempo de grandes altibajos espirituales, producto de la desobediencia a Dios por parte de sus líderes y del pueblo en general.
  3. Ezequías tuvo que enfrentar mucha corrupción moral, producto de la adoración a dioses falsos. 
  4. Lo primero que hizo en su reinado fue eliminar esa idolatría y reorientar el corazón de la nación hacia Dios.
  5. Su fe y confianza en el SEÑOR fueron la motivación para que el pueblo regresara a la adoración al Dios de Israel, luego de un proceso de purificación y consagración a Dios.


La idolatría siempre ha sido el problema más grave del ser humano. Comenzó desde Adán y Eva quienes decidieron auto adorarse cuando se agradaron a sí mismos antes que a Dios, y cumplir así sus deseos antes que el mandamiento de no comer del árbol prohibido.

Dios creó al ser humano para que en medio de su relación con Él le adorara y reconociera Su gloria por medio de sus pensamientos, creencias, emociones y decisiones.

En esta historia se ve reflejado el pecado de idolatría del pueblo Israelita, específicamente del reino de Judá, quienes habían adoptado las costumbres y los dioses de los pueblos paganos, y habían sido movidos por su incredulidad y rebeldía a adorar casi cualquier cosa, como por ejemplo la serpiente de bronce que había sido usada por Dios como símbolo para la sanidad del pueblo Israelita luego de que una peste les atacara por su desobediencia e incredulidad, después de su salida de Egipto.

Ezequías con un liderazgo valiente y consagrado al Señor, tomó las riendas espirituales de la nación y desechó todo vestigio de idolatría que se opusiera a la adoración de Dios.

Luego de este proceso de purificación nacional, Ezequías llevó adelante un proyecto ambicioso de restauración de los sacrificios y adoración a Dios, restauró el templo de Salomón, reorganizó las labores sacerdotales y reinició los sacrificios que mandaba la ley de Moises.

Todos estos hechos resultaron en la bendición de Dios al pueblo y al reinado de Ezequías, quitando sobre ellos el dominio Asirio, y permitiéndoles la victoria sobre sus enemigos: los Filisteos.

Este ejemplo de Idolatría entre el pueblo de Dios es una exhortación a nosotros como pueblo santo. Porque como seres adoradores por naturaleza, todos somos llamados a adorar a Dios, sometiéndonos a su palabra, creyendo en ella y obedeciéndola. La pregunta es: ¿Nuestra vida adora a Dios?

Todos estamos adorando permanentemente. La pregunta es a quién o a qué estamos adorando, sí no es a Dios, entonces estamos cometiendo el mismo pecado de idolatría por el que fueron castigados los Israelitas.

Decidamos adorar a Dios, confiar en él, y vivir conforme a su palabra. Él merece nuestra adoración. Además, cuando lo hacemos, nosotros somos los primeros beneficiados porque podremos conocerlo mejor y tener más de su gracia.



«Todos estamos adorando permanentemente. La pregunta es a quién o a qué estamos adorando»

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El anhelo sublime del creyente

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1 Corintios 10:32 – 11:1

“No seáis tropiezo ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios; como también yo en todas las cosas agrado a todos, no procurando mi propio beneficio, sino el de muchos, para que sean salvos. Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo.”

  1. Pablo estaba terminando el capítulo 10 recordando al creyente que todo lo que haga debe ser hecho para “la gloria de Dios” (1 Co. 10:31), y que, si ese es el propósito, entonces ya no se debe vivir para uno mismo, sino para beneficio de todos y la honra de Dios.
  2. Por eso alienta a que deben buscar una vida que no sea tropiezo para nadie, sino para el beneficio de muchos, agradando en todo a “todos”. Lo que Pablo deseaba era que ese testimonio llegue ser el enlace para que más personas puedan ser salvas (1 Co. 10:33).
  3. Para ello exhorta al creyente a que busque alcanzar una de las metas más importantes para cada uno: “Sed imitadores… de Cristo”. (1 Co. 11:1)
  4. El apóstol se pone como ejemplo de compromiso y les pide que lo miren él, y que deseen lo mismo. Pablo no quería resaltar su propia vida, sino la de Cristo, y se pone como ejemplo de esfuerzo propio para alcanzarlo (Comp. 1 Co. 4:16; Fil. 3:17).


Puesto que la salvación ya no es la meta del creyente, porque ya la recibió al poner su fe en Jesús como su Salvador (Ef. 2:8), entonces el anhelo en esta vida es diferente. No olvidemos que Jesús vino a salvar a todo aquel que ponga su esperanza en Él (Jn. 3:16-18, 36; 5:24; Hch. 4:12), y que esa salvación es un regalo de Dios brindado por Su gracia (Ro. 4:16; 6:23). Entonces nuestra meta ahora no es alcanzarla, pues ya es nuestra.

Lo que ahora debemos enfocarnos es crecer a la imagen de Cristo. Nuestra vida debe reflejar el carácter del Señor, y para ello Dios usa varias vías para ayudarnos a crecer. La obra del Espíritu Santo, la Palabra de Dios, las pruebas, las disciplinas, la iglesia, otros creyentes y más, son los medios por los cuales Dios va forjando el carácter de Su Hijo en cada creyente, pero es el creyente quien debe alinearse con la voluntad de Dios y desear alcanzarlo.

Nuestro deseo tiene que ser el crecer hacia el carácter del Señor. Por eso Pablo se pone como ejemplo de dedicación y pide a los creyentes que hagan lo mismo que él hace (1 Co. 11:1).

En otra carta Pablo nos recuerda que ya tenemos todo lo que necesitamos para lograr ese cometido (Ef. 1:3), ahora es nuestra responsabilidad usar todos los medios provistos para representar a Cristo dignamente en vida antes que lleguemos a Su presencia, y de esta manera traer “gloria” a “Dios” (1 Co. 10:31).

Pero todo inicia con recibir a Cristo como nuestro Salvador. Si una persona aún no se ha arrepentido de pecado, aún no ha pedido perdón por su maldad, y no ha pedido a Jesús que lo salve, entonces lo primero que necesita, no es llegar a ser como Cristo, sino pedir a Cristo que lo salve de la condenación y le dé vida eterna, y solo allí podrá iniciar el proceso de crecimiento.

¿Y usted, ya recibió el perdón de pecados poniendo su fe en Jesús como su único y eterno Salvador? ¿Y si ya lo aceptó, está creciendo a la imagen de su Señor?



«El deseo de Dios es que el creyente llegue a vivir una vida ejemplar como la de Cristo, y éste debe ser el anhelo sublime del creyente»

–Ministerio UMCD–
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Consideraciones antes de actuar

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1 Corintios 10:23-33

“Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica. Ninguno busque su propio bien, sino el del otro. De todo lo que se vende en la carnicería, comed, sin preguntar nada por motivos de conciencia; porque del Señor es la tierra y su plenitud. Si algún incrédulo os invita, y queréis ir, de todo lo que se os ponga delante comed, sin preguntar nada por motivos de conciencia. Mas si alguien os dijere: Esto fue sacrificado a los ídolos; no lo comáis, por causa de aquel que lo declaró, y por motivos de conciencia; porque del Señor es la tierra y su plenitud. La conciencia, digo, no la tuya, sino la del otro. Pues ¿por qué se ha de juzgar mi libertad por la conciencia de otro? Y si yo con agradecimiento participo, ¿por qué he de ser censurado por aquello de que doy gracias? Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios. No seáis tropiezo ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios; como también yo en todas las cosas agrado a todos, no procurando mi propio beneficio, sino el de muchos, para que sean salvos.”

  1. Nuevamente Pablo va a mencionar la “libertad” que tenemos en Cristo (v. 23, 29), pero desea reflexionar en cómo nuestro comportamiento debe ser considerado ante la luz de varios puntos a evaluar para poder actuar en pos del beneficio y la edificación de otros, y para ello vuelve a usar la carne sacrificada a los ídolos como alimento. Si bien, ya había hablado de ello en el capítulo 8 y en este capítulo 10, quiere dejar clara la postura que debe tener cada creyente. Aquí está siendo considerado el alimento (v. 25-29), no el culto a los ídolos, lo cual ya había mencionado en los primeros versículos.
  2. Aunque todo es lícito, debemos considerar si lo que vamos a hacer conviene o es provechoso (v. 23).
  3. Aunque todo es lícito, debemos considerar si lo que vamos a hacer va a edificar mi vida y la de otros (v. 23).
  4. Aunque todo es lícito, debemos considerar si lo que vamos a hacer puede generar inconvenientes en la conciencia de otros. Si llegan a ofrecer algo, no se debe preguntar para no ofender; pero si declaran o explican sobre la procedencia del alimento puesto al frente, no comerlo, no porque le está prohibido al creyente comerlo, porque Dios lo creo para nuestro provecho, sino para que el incrédulo reflexiones sobre su comportamiento ante los ídolos, y de esa manera se arrepienta y cambie su comportamiento y busque a Dios (v. 25-29).
  5. Porque todo me es lícito, y si lo que voy a hacer conviene, edifica y no afecta la conciencia de otros, entonces puedo recibirlo en acción de gracias (v. 30), “porque del Señor es la tierra y su plenitud” (v. 26, 28).
  6. Y aunque todo es lícito, se debe considerar si ese comportamiento va a glorificar a Dios y no poner tropiezo al prójimo (v. 31-33). Si todas esas consideraciones eran tomadas, entonces el comportamiento era lícito, santo, bueno.


Nuestro mayor deseo al actuar como creyentes debe ser el buscar mi beneficio y el de otros, sin ser tropiezo o carga para los demás ni para mí mismo. Pero, sobre todo, debemos buscar que nuestro comportamiento traiga “gloria” a “Dios”, a quien adoramos y honramos con lo que hacemos en esta vida, y quien es digno de toda gloria.

Todo creyente debe modelar una vida digna del Señor Jesucristo. El ser luz implica que nosotros debemos comportarnos de tal manera que las personas puedan ver a Dios en nuestras vidas, y con ello glorificar Su Nombre.



«Antes de actuar, cada creyente debe pensar si lo que va a hacer es conveniente para sí mismo y para otros, y si ello glorificará a Dios, y entonces actuar»

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¿Qué poder hay detrás de un ídolo?

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1 Corintios 10:14-22

“Por tanto, amados míos, huid de la idolatría. Como a sensatos os hablo; juzgad vosotros lo que digo. La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan. Mirad a Israel según la carne; los que comen de los sacrificios, ¿no son partícipes del altar? ¿Qué digo, pues? ¿Que el ídolo es algo, o que sea algo lo que se sacrifica a los ídolos? Antes digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios. No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios. ¿O provocaremos a celos al Señor? ¿Somos más fuertes que él?”

  1. En un pasaje anterior Pablo mencionó sobre la carne que se vendía en los mercados en Corinto, misma que había sido tomada después que se había presentado como sacrificio a los ídolos, la cual, al ser alimento, no tenía ningún mal en consumirla, si el creyente entendía eso (1 Co. 8:1-13). Pero ahora él quiere enseñar sobre la participación en los ritos presentados a los ídolos.
  2. Todo creyente debe recordar que nuestra comunión es con Cristo por medio de la fe, y que el sacrificio del Señor fue perfecto y santo, y al participar de la Cena del Señor lo recordamos y afirmamos. (v. 16, 17)
  3. Los judíos también tenían la tradición de presentar ofrendas de paz en acción de gracias, y los que comían de esa ofrenda participaban del sacrificio afirmando su devoción a Dios (v. 18; Comp. Lv. 7:15-18).
  4. Y si bien un ídolo es un objeto vacío y sin ni poder alguno, eso quiere decir, que ellos no pueden hacer nada por completo en sí mismos (v. 19; Comp. 1 Co. 8:4-6; Sal. 115:2-8), detrás de ellos hay una fuerza demoniaca que ejerce su poder, y actúan para alejar a las personas de Dios y llevarlas a esta adoración idólatra (v. 20).
  5. Por eso Pablo prohibió completamente que los creyentes participaran de los ritos o cultos a los ídolos para nos provocar la ira de Dios (v. 21, 22).


La idolatría es uno de los pecados más nombrados en la Biblia, sobre todo en el A.T. Desde el Decálogo vemos que era uno de los pecados mencionados en las tablas que Dios dio a Moisés (Éx. 20:4). Y el Señor lo menciona constantemente para recordarnos que nuestra adoración debe ser dada solamente a Él.

Aunque el ídolo no tiene poder en sí, el problema de la idolatría es que aleja el corazón del hombre de Dios. El deseo de buscar alguna deidad está en el corazón del hombre que busca adorar a alguien, pero cuando se alejan del único y verdadero Dios, es cuando pierden su rumbo y se apartan de Él.

Satanás y sus demonios saben esto, por ello, muchas veces son éstos quienes actúan con su poder para ejercer influencia y mantener al hombre apartado del Señor, tanto que ellos pueden actuar como mensajeros de luz (2 Co. 11:14). Y muchas otras veces las personas participantes conocen esta verdad, haciendo de esa adoración un culto satánico.

Pablo estaba cuidando el corazón del creyente en Corinto, quienes algunas veces participaban de esos ritos, y les recuerda que nuestra comunión debe ser solamente con Dios y Su Hijo Jesucristo.

Al igual que en ese tiempo, ahora son muchos quienes buscan adorar a ídolos, imágenes que no tienen valor, pero que alejan al hombre del verdadero Dios, y muchas veces están engañados por las fuerzas demoniacas.

El Señor nos ayude a ser luz en medio de tanta oscuridad para ayudar a las personas a mirar al verdadero Dios por medio de Jesucristo, y ahí encontrarán la viva y real relación con el Santo Dios y de esta manera adorarlo solo a Él.



«Detrás de toda idolatría siempre hay un interés del maligno de apartar al hombre de Dios»

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¿Estamos realmente firmes?

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1 Corintios 10:6-13

“Mas estas cosas sucedieron como ejemplos para nosotros, para que no codiciemos cosas malas, como ellos codiciaron. Ni seáis idólatras, como algunos de ellos, según está escrito: Se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó a jugar. Ni forniquemos, como algunos de ellos fornicaron, y cayeron en un día veintitrés mil. Ni tentemos al Señor, como también algunos de ellos le tentaron, y perecieron por las serpientes. Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, y perecieron por el destructor. Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos. Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga. No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar.”

  1. La vida espiritual de Israel ha venido a ser ejemplo para los hermanos en Corinto (v. 6, 11), y Pablo menciona varios hechos puntuales de los israelitas para que vean que las posibilidades de pecar son muchas.
  2. Los israelitas codiciaban volver a Egipto para degustar lo que dejaron atrás (v. 6; Comp. Nm. 11:4-34); fundieron un becerro de oro e hicieron una fiesta en honor a su ídolo (v. 7; Comp. Éx. 32:1-7); estuvieron envueltos en pecados sexuales y codiciaron mujeres de otros pueblos (v. 8); además, tentaron a Dios (v. 9; Nm. 21:6) y se quejaron ante Él (v. 10; Comp. Nm. 16:3-41).
  3. Interesantemente Pablo menciona circunstancias que pasaron en el tiempo que Israel estuvo en el desierto, donde las pruebas se transformaron en tentaciones, y eso dio paso a los pecados.
  4. Por eso el apóstolo hace la exhortación a que tengan cuidado aquellos que pensando estar firmes, no sean tentados y caigan en pecado.
  5. Pablo afirma que Dios no dejará al creyente ser tentado más allá de lo que una persona puede resistir, sino que le ayudará con una “salida” a la dificultad cuando Él sepa que el creyente ya no pueda mantenerse firme ante la tentación (v. 13).


Dios es soberano, y Él controla todo aspecto de nuestra vida, aún las dificultades, y no permitirá que uno sufra más allá de lo que cada uno puede enfrentar. Como vemos en el ejemplo de Job, Dios no le permitió a Satanás hacer algo más allá de lo que Su fiel siervo pudiera enfrentar. (Job 1 – 2)

Todos los creyentes debemos recordar que las dificultades siempre existirán mientras estemos en esta vida. Al vivir en un mundo caído, la maldad, el dolor, la muerte, las dificultades siempre estarán presentes. Nuestra confianza en Dios va a ser el ancla que nos permitirá estar firmes a Él.

Por otro lado, nuestra carne, el mundo y satanás siempre van a estar allí para interferir en nuestra relación con Dios y provocarnos a pecar por medio de las tentaciones. Las posibilidades de pecar siempre estarán presentes, es por eso que debemos mirar atentamente nuestras decisiones en todo momento para no ceder ante el mal.

Como creyentes, debemos ser prudentes y humildes. La prudencia nos ayudará a actuar apropiadamente, mientras que la humildad no recordará de que todos podemos caer. En cambio, la necedad nos hará actuar sin cordura, y el orgullo nos cegará haciéndonos creer que somos invencibles ante las tentaciones.



«Un creyente prudente y humilde reconoce su real condición ante las tentaciones y actuará sabiamente y en dependencia en Dios para no pecar; el necio y orgulloso lamentablemente caerá»

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