¿Y qué de nosotros?

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Marcos 10:21-22, 28-31

“Entonces Jesús, mirándole, le amó, y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz. Pero él, afligido por esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones. Entonces Pedro comenzó a decirle: He aquí, nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido. Respondió Jesús y dijo: De cierto os digo que no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de mí y del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo; casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, y tierras, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna. Pero muchos primeros serán postreros, y los postreros, primeros.”

  1. Este diálogo de Jesús con sus discípulos es la continuación de la conversación con el joven rico, y Pedro, hablando del pedido del Señor rechazado por el joven, le hace un comentario sobre que hay de ellos que sí lo han dejado todo. (Mr. 10:21, 28)
  2. Habrá momentos que uno tendrá que renunciar aún su misma familia, pero las posibilidades de obtener una nueva familia en Cristo hacen meritorios esos costos.
  3. Jesús nunca negó la realidad que viene con nuestra decisión de seguirle, el costo puede ser alto en muchos casos.
  4. El galardón más grande que cada creyente tiene cuando decide creer en Jesús es “la vida eterna”, y eso es lo que hace que todo sacrificio aquí en la tierra tenga sentido. (Mr. 10:30)

Cuando una persona decide creer en Cristo entra en varios conflictos espirituales que son propios de las diferencias de ese nuevo nacimiento. Los creyentes dejamos de ser muertos espirituales, y pasamos a una nueva vida, una realidad que nos diferencia de aquellos que siguen “muertos” en sus “delitos y pecados” (Ef. 2:1-5).

Como creyentes llegamos a tener otras prioridades, sobre todo, el de agradar a Dios; y eso hace que la perspectiva de vida cambie, y por tanto nos diferencie de la manera que el mundo vive (Ef. 5:1-17). En ese momento los conflictos nacen, y esto hace que tengamos que tomar la decisión de seguir al Señor, aún a costa de cambios en nuestras relaciones personales, aún familiares (Lc. 14:25-27, 33).

Pedro, entendiendo esto le dice al Señor: “He aquí, nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido.”; a lo que Jesús le dice que eso lo sabe bien, y que reconoce el valor de ese costo, pero las recompensas son mayores. (Mr. 10:29, 30)

Como creyentes, debemos recordar que nuestra vida cambia en sentido espiritual, y esto hace reenfocar nuestras metas, considerando lo eterno y no lo temporal. Muchas veces, ese enfoque demandará sacrificios, por lo que debemos mantenerlos presentes. Mirando hacia lo eterno, comprendemos que el costo tiene valor en función del reino.

Jesús le dijo al joven que para seguirle debe dejarlo todo, por eso él no quiso ni siquiera llegar a ser un creyente. Pedro, quien ya creía en Jesús, reconoció que ya estaba dejando mucho atrás, a lo que Cristo le recuerda que ese sacrificio de obediencia es muy valioso ante los ojos de Dios.

La salvación o “vida eterna” no se la obtiene por seguirle en obediencia (Ef. 2:8, 9), solo se lo consigue por creer en Jesús como Salvador (Jn. 3:16; 5:24; Hch. 16:31), pero los galardones de la obediencia son muchos (Dt. 28:1-14).



«Muchas veces el costo de seguir al Señor demanda un pago muy elevado, pero es un acto de consagración a Él, Quién es digno de ello»

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¿En qué confiamos para ser salvos? (Parte II)

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Marcos 10:21-27

“Entonces Jesús, mirándole, le amó, y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz. Pero él, afligido por esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones. Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: ¡Cuán difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas! Los discípulos se asombraron de sus palabras; pero Jesús, respondiendo, volvió a decirles: Hijos, ¡cuán difícil les es entrar en el reino de Dios, a los que confían en las riquezas! Más fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios. Ellos se asombraban aun más, diciendo entre sí: ¿Quién, pues, podrá ser salvo? Entonces Jesús, mirándolos, dijo: Para los hombres es imposible, mas para Dios, no; porque todas las cosas son posibles para Dios.

  1. El joven rico quería saber que tenía que hacer para conseguir la vida eterna (Mr. 10:17), y como vimos en la lección anterior, él no podía hacer nada por sí mismo para ser salvo.
  2. La esperanza y seguridad que muchos tienen en sus riquezas los aleja de mirar su verdadera necesidad. Era la creencia de que una persona rica era muy bendecida, y, por tanto, no tenía necesidades espirituales.
  3. Las posibilidades de salvación de una persona autosuficiente y atada a sus posesiones son las mismas que un camello pase “por el ojo de una aguja”. (Mr 10:25)
  4. La pregunta con asombro de los discípulos si tiene una respuesta (Mr 10:26), y la única: Solamente Dios tiene el poder para salvar al hombre. (Mr 10:27)

Mientras los hombres no dejemos atrás nuestra autosuficiencia y el amor a las cosas de este mundo, nuestras posibilidades de salvación son prácticamente nulas.

Jesús les hace ver doblemente a los discípulos que es muy difícil para los ricos el ser salvos, no solo porque ellos no se desprenden del amor a sus riquezas, sino, además, porque ellos viven cierta estabilidad temporal que les brinda sus riquezas que no miran en sí ninguna necesidad, menos de Dios. Están cegados por la comodidad que trae los bienes.

Para los discípulos, que eran personas en su mayoría pobres, las posibilidades de salvación estaban perdidas, porque también creían que los ricos tenían mayores posibilidades de obtener las bendiciones de Dios, por ello exclaman: “¿Quién, pues, podrá ser salvo?” (Mr. 10:26). Hoy, muchos creen que no hay opciones de salvación porque se encuentran moralmente en bancarrota espiritual, creyendo que por sus muchos pecados no pueden ser dignos de la salvación de Dios.

Jesús nos da la respuesta a todo problema espiritual, a toda condición moral, económica o social: El hombre no puede salvarse a sí mismo, ni nunca lo hará; pero lo que para el hombre es imposible, para Dios no, porque para Él “todas las cosas son posibles …(Mr 10:27)

Dios es Quien puede salvar al hombre de la condenación. La Ley de Dios nos manifiesta que el hombre nunca podrá ser salvo por buenas obras, ni por condición social o moral, pues todos somos pecadores, y por ello estamos malditos destinados a la condenación (Gá. 3:10-13). Pero la Biblia si nos enseña que es la fe en la obra salvadora de Cristo en donde hallamos la posibilidad que Dios brinda al pecador: “Y que por la ley ninguno se justifica para con Dios, es evidente, porque: El justo por la fe vivirá.” (Ga. 3:11)

¿Y usted, en qué o quién está confiando para ser libre de la condenación? ¿Ya miró en Cristo como su Salvador?

Juan 3:17

“Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.”



«Demos gracias y gloria a Dios, porque lo que era imposible para el hombre (la salvación), para Él no lo es»

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¿En qué confiamos para ser salvos? (Parte I)

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Marcos 10:17-25

“Al salir él para seguir su camino, vino uno corriendo, e hincando la rodilla delante de él, le preguntó: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna? Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino sólo uno, Dios. Los mandamientos sabes: No adulteres. No mates. No hurtes. No digas falso testimonio. No defraudes. Honra a tu padre y a tu madre. El entonces, respondiendo, le dijo: Maestro, todo esto lo he guardado desde mi juventud. Entonces Jesús, mirándole, le amó, y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz. Pero él, afligido por esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones. Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: ¡Cuán difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas! Los discípulos se asombraron de sus palabras; pero Jesús, respondiendo, volvió a decirles: Hijos, ¡cuán difícil les es entrar en el reino de Dios, a los que confían en las riquezas! Más fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios.”

  1. El joven rico se le acerca a buscar la respuesta sobre su inquietud: “¿qué haré para heredar la vida eterna?” (Mr. 10:17). La palabra heredar puede traducirse como obtener o poseer. Quería saber cómo poder llegar al cielo.
  2. Por lo que leemos en los otros relatos paralelos, era un joven rico muy importante de la región (Mt. 19:20; Lc. 18:18) que talvez tenía todo lo que deseaba en esta tierra, pero que no tenía lo más importante, la vida eterna.
  3. Aparenta tener buena disposición para buscar a Dios, solo en Marcos leemos que este hombre se hinca de rodilla ante Jesús antes de preguntarle, dando la apariencia de una verdadera devoción, pero no del todo (Mr. 10:17).
  4. Jesucristo, para ayudarle a comprender le responde diciendo que lo que necesita es cumplir los mandamientos, pero el Señor sabe que nadie puede cumplir la ley de Dios en plenitud, pues todos hemos fallado a Ella pecando: “No adulteres. No mates. No hurtes…” (Mr. 10:19).
  5. El joven confiado le responde que todas esas cosas las había cumplido (Mr. 10:20), a lo que el Señor le dice que le falta algo, que incluía tres cosas: No amar al dinero, el amor al prójimo, y  sobre todo, amar a Dios sobre todas las cosas: “anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz”. (Mr. 10:21)
  6. El joven se retiró triste sabiendo que no cumplía las expectativas de Dios, pero sobre todo porque no quería dejar lo que amaba mucho, sus posesiones.

La triste historia de este joven se refleja en la vida de muchos ahora, que, aferrándose a muchas cosas, que no aprovechan la oportunidad que Dios está brindando para que puedan ser salvos.

Jesucristo no estaba enseñando que el hombre tiene la capacidad moral para poder obtener la vida eterna, pues todos hemos pecado. Lo que el Señor quiso hacer, es ayudar al joven a evaluar su propia condición para que vea que no hay nada que él mismo pueda hacer para obtener esa vida. El joven vino con la pregunta: “¿qué haré…?”, el Señor le estaba diciendo: Tú no puedes.

El Señor lo miró con amor, al ver en el interior de este orgulloso joven que su corazón estaba lleno de engaño, el joven creía que tenía todo lo necesario, pero el Señor le reveló que le faltaba mucho, y eso le hizo mirar con compasión, ya que Jesús sabía que él no tenía en sí mismo esperanza, a menos que deje todo lo que creía “poseía” para buscar a Dios.

Hoy día hay muchos que confían en su propia capacidad para llegar al cielo: confían en sus buenas obras, confían en su propia capacidad moral, otros en su religión y actos religiosos. Lo único que puede salvar al hombre es reconocer que no puede hacer nada por sí mismo, y que lo que necesita es mirar a Cristo, pues Él vino a salvar lo que se había perdido.

Para ser salvos debemos reconocer que solo Jesús salva, pero el rechazar esta verdad nos condena (Jn. 16:9; 3:18; 3:36)



«El mayor pecado del hombre es no creer que Jesús es Dios, y en Él como su Salvador»

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Teniendo una fe como de “niño”

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Marcos 10:13-16

“Y le presentaban niños para que los tocase; y los discípulos reprendían a los que los presentaban. Viéndolo Jesús, se indignó, y les dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios. De cierto os digo, que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y tomándolos en los brazos, poniendo las manos sobre ellos, los bendecía.”

  1. Jesús reprende la falta de valorización a los niños por parte los discípulos.
  2. El Maestro les recuerda que los niños tienen un “estatus” especial dentro del reino de Dios.
  3. Cristo advierte a los oyentes que su fe debe ser como la de un “niño” para poder entrar en el reino de Dios.

Muchos de nosotros podemos pasar por alto la importancia que existe el atender la necesidad espiritual de los más pequeños. Los niños, al igual que todos los jóvenes y adultos, tienen necesidades espirituales que deben ser atendidas.

Los padres de los niños estaban trayendo a sus infantes para que Jesús los bendiga (Mr. 10:13); de la misma manera, nosotros debemos esforzarnos con nuestros niños para acercarlos a Dios por medio de la Palabra y la enseñanza para que conozcan de Jesús y sean bendecidos.

En el versículo 14 vemos una verdad bíblica muy importante a considerar. Jesús les dice que los niños (infantes) tienen un acceso directo en Su reino. Esto no quiere decir que un niño no sea pecador, pues todos nacemos bajo la condición de pecado (Ro. 5:12; comp. Sal. 51:5). Lo que nos da a entender el Señor es que, los niños pequeños, al no tener una capacidad intelectual apropiada por la edad, no pueden discernir correctamente entre lo bueno y malo, y bajo esa condición temporal dada por la edad, ellos tienen la gracia de participar de la salvación.

Ahora, cuando el niño ya comienza a desarrollar conciencia de sus actos, entonces ya es responsable moral ante Dios, por lo tanto, necesita arrepentirse de sus pecados y pedir perdón para poder ser salvo.

En cuanto a nosotros, los jóvenes y adultos, para poder entrar en el reino debemos tener esa fe de un niño (Mr. 10:15). Debe ser confiada, que genera dependencia de Aquel a quien confiamos; debe ser sencilla, porque no llega con tantos cuestionamientos ni prejuicios para poder aceptar la salvación abiertamente; y debe ser humilde, porque reconoce que no hay nada en uno mismo que le permita obtener esa salvación por méritos propios.

¿Cómo es nuestra fe? ¿Podemos confiar en Dios como niños para ser salvos o tenemos obstáculos que nos impiden creer como ellos?



«La fe de un niño es confiada, porque depende de Cristo; es sencilla, porque no tiene prejuicios; y es humilde, porque reconoce su discapacidad moral de salvación. ¿Y la nuestra?»

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Hablemos del divorcio (Parte II)

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Marcos 10:2-12

“Y se acercaron los fariseos y le preguntaron, para tentarle, si era lícito al marido repudiar a su mujer. El, respondiendo, les dijo: ¿Qué os mandó Moisés? Ellos dijeron: Moisés permitió dar carta de divorcio, y repudiarla. Y respondiendo Jesús, les dijo: Por la dureza de vuestro corazón os escribió este mandamiento; pero al principio de la creación, varón y hembra los hizo Dios. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne; así que no son ya más dos, sino uno. Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre. En casa volvieron los discípulos a preguntarle de lo mismo, y les dijo: Cualquiera que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra ella; y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.”

  1. Había una discusión en Israel durante el tiempo de Jesucristo entre si era lícito “dar carta de divorcio” o no. El grupo de los hilleítas permitía divorciarse por “cualquier causa” que quisieran, mientras que el grupo de los samaítas solo consentía el divorcio por causa de “fornicación” o adulterio (Mt. 19:3, 9).
  2. Jesús les recuerda que la razón por la que la Ley dada con Moisés permitía el divorcio, era porque el corazón del hombre es duro, es decir, falto de arrepentimiento y de perdón. (Dt. 24:1-4).
  3. Recordemos que el motivo por el cual casi José deja sin culminación el compromiso con María era porque pensaba que ella había quedado embarazada indebidamente (Mt. 1:18-20)
  4. Al leer el pasaje en Mateo 19, vemos que el Señor apoya el punto de vista de los samaítas, por lo tanto, la razón por la que se puede aceptar un divorcio es por un problema de pecado sexual.

El divorcio debe ser la última instancia en una relación matrimonial. El mantener el matrimonio debe ser el propósito de toda pareja, sobre todo entre los creyentes. Aunque exista un pecado sexual presente en la pareja, se debe buscar el perdón y restitución.

Para entender mejor el pecado sexual, debemos recordar que la intimidad que se forma en la relación de la pareja es algo que debe ser mantenida de forma sagrada. Ambos, al cuidar esa intimidad solo entre la pareja, está santificándose a sí mismo, al igual que a la pareja.

El acto sexual con otra persona, fuera del matrimonio, hace que ese vínculo sagrado se altere, perturbando también la relación con Dios, ya que el creyente además es templo del Espíritu Santo, y cada vez que comete un pecado sexual involucra la relación que tiene con Dios en esa relación pecaminosa (1 Co. 6:12-20).

Entonces, si existe falta de arrepentimiento por parte de la persona que peca, es posible considerar la opción del divorcio. Pero si el pecador se arrepiente, y busca restablecer la relación con su pareja, la posibilidad del perdón está presente, y, por lo tanto, la conservación del matrimonio también.

Ahora, si el deseo de divorcio no viene por causa de un pecado sexual, el problema es la falta de amor; y el repudio, o rechazo de la pareja, no es una causa legal para el divorcio. Jesús nos recuerda que el repudiar a la pareja conduce al adulterio, ya que rechaza a su pareja legal, para entrar a una relación inmoral, cometiendo adulterio (Mr. 10:11, 12).

Pablo nos enseña que el rechazar a la pareja, siendo el matrimonio una relación que establece el concepto de “una sola carne”, está haciendo espiritualmente que la persona se aborrezca a sí misma, lo cual es incoherente (Ef. 5:28-31). El amor debe ser lo que siempre prevalezca en la pareja, y de esta manera siempre honraremos a Dios.



«El divorcio sólo podría ser aceptado cuando la falta de arrepentimiento por parte del ofensor está presente, pero mejor siempre será buscar la reconciliación»

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Hablemos del divorcio (Parte I)

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Marcos 10:1-9

“Levantándose de allí, vino a la región de Judea y al otro lado del Jordán; y volvió el pueblo a juntarse a él, y de nuevo les enseñaba como solía. Y se acercaron los fariseos y le preguntaron, para tentarle, si era lícito al marido repudiar a su mujer. El, respondiendo, les dijo: ¿Qué os mandó Moisés? Ellos dijeron: Moisés permitió dar carta de divorcio, y repudiarla. Y respondiendo Jesús, les dijo: Por la dureza de vuestro corazón os escribió este mandamiento; pero al principio de la creación, varón y hembra los hizo Dios. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne; así que no son ya más dos, sino uno. Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.”

  1. Nuevamente los fariseos se acercan a Jesús para provocarle, y esta vez con una pregunta referente al divorcio.
  2. La ley dada a través de Moisés permitía al hombre otorgar una carta de divorcio, o sea, una decisión de separación final. (Dt. 24:1-4)
  3. Pero Jesús, antes de darle la respuesta a la inquietud de la legalidad del divorcio, les recuerda que el primer deseo de Dios es el mantener la institución del matrimonio tal cual Él la estableció. (Gn. 2:24)

Lo primero es lo primero, es lo que Jesucristo quiso decir. Antes de responder con la inquietud de que “si era lícito al marido repudiar a su mujer” (Mr. 10:2), el Señor los lleva al inicio de toda enseñanza fundamental sobre el matrimonio: Siempre ha sido voluntad de Dios mantener intacta la institución sagrada del matrimonio (Mr. 10:9).

Cuando Jesús les dice “al principio”, les está recordando que Quién estableció el matrimonio fue Dios. El plan de Dios fue el crear a dos seres con características físicas distintas, para la formación de la institución primordial y básica de la humanidad: el matrimonio de un “varón” y una “hembra”. (Mr. 10:6)

Les recuerda a los fariseos que esta unión es, en todo sentido, tan estrecha que no debería haber separación de ninguna forma: “así que no son ya más dos, sino uno” (Mr. 10:8). Esta unión implica completamente que todo deseo debe ser realizado en función de la pareja nada más.

Entonces, lo primero que una pareja debe hacer cuando enfrenta dificultades en su relación es mirar a la voluntad de Dios, la cual, desde el inicio siempre ha sido que el hombre y la mujer vivan siempre juntos, sin separación. Cuando los problemas se presentan en el matrimonio, ambas partes deberían buscar, con la ayuda de Dios, solucionar las dificultades en la relación.

Toda opción de restauración es posible cuando ambos quieren agradar a Dios. El perdón basado en el verdadero amor es siempre la primera opción a buscar. El diálogo y la reconciliación si son alcanzables, solo se debe tener un deseo mutuo.

Antes de que una pareja busque la separación, se debe tratar todas las posibilidades de restablecimiento del matrimonio. Podrán existir profundas heridas que quebranten la relación, pero nada que Dios, en Su voluntad, no pueda ayudar para que el matrimonio continúe tal como Él lo estableció.



«La meta de cada pareja es honrar con un matrimonio santo y agradable a Aquél que lo instituyó, esto es, Dios»

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Actuando con responsabilidad (Parte “II”)

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Marcos 9:43-50

“Si tu mano te fuere ocasión de caer, córtala; mejor te es entrar en la vida manco, que teniendo dos manos ir al infierno, al fuego que no puede ser apagado, donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga. Y si tu pie te fuere ocasión de caer, córtalo; mejor te es entrar a la vida cojo, que teniendo dos pies ser echado en el infierno, al fuego que no puede ser apagado, donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga. Y si tu ojo te fuere ocasión de caer, sácalo; mejor te es entrar en el reino de Dios con un ojo, que teniendo dos ojos ser echado al infierno, donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga. Porque todos serán salados con fuego, y todo sacrificio será salado con sal. Buena es la sal; mas si la sal se hace insípida, ¿con qué la sazonaréis? Tened sal en vosotros mismos; y tened paz los unos con los otros.”

  1. En esta segunda sección de las advertencias del Señor, vemos que Él nos está llamando ahora a la santidad propia de cada uno.
  2. Jesús no está motivando directamente a una automutilación para lograr santidad, sino que está usando figurativamente la idea para llevar a reflexionar al oyente.
  3. El concepto que el Señor está trayendo como enseñanza es que cada creyente debe tomar medidas radicales para alejarse de los pecados que le afectan. Hay que desprendernos de cualquier medio que nos conecta con el pecado: relaciones, actividades, objetos, etc.; todo aquello que pueda ser ocasión de caer.
  4. El castigo eterno es para aquellos que perpetuamente están en rebeldía ante Dios. Sin una vida de arrepentimiento el hombre está condenado al fuego eterno del infierno.
  5. El llamado a la santidad termina con un recordatorio de que somos “sal” y que tenemos que vivir como tal, siendo preservantes de la contaminación del pecado en el mundo, mientras buscamos además estar en “paz los unos con los otros”.

Las grandes dificultades que muchos tenemos es el de alejarnos completamente de aquello que nos acerca al pecado. Las relaciones personales, sean estas en la familia, las amistades o en el trabajo; las actividades que desarrollamos que nos acercan a las tentaciones y que de alguna manera nos llevan a desobedecer a Dios de hecho o pensamientos; todas estas cosas nos hacen daño, pero nos cuesta dejar atrás para seguir al Señor.

Para lograr una vida santa debemos tomar decisiones radicales. El coquetear con aquellas puertas al pecado debilita nuestro caminar con el Señor, ya que nuestra “carne es débil” (Mt. 26:41). Antes, deberíamos huir de ello (1 Ti. 6:11; 2 Ti. 2:22).

Una persona salva no pierde la salvación, como algunos podrían considerar que este pasaje enseña. La salvación del creyente está basada en la justificación del hombre a través de la fe en Jesús como su Salvador (Ro. 5:1). La justificación se logra por fe, no por obras, porque es un regalo de la gracia de Dios, para que “nadie se gloríe” (Gá. 2:16; Ro. 3:21-26; Ef. 2:8, 9).

Pero Jesús si menciona que, aquellos que no se arrepienten de sus pecados y buscan el perdón de Dios, para ellos si está destinado el castigo eterno del infierno. En este pasaje menciona que va a ser un lugar de tormento donde no se hallará consolación eterna, y el castigo será tremendo.

¿Usted ya está seguro de que ha sido perdonado de sus pecados y ha recibido a Jesús como su Salvador? ¿Y si ya es salvo, ya está viviendo una vida santa digna de nuestra salvación?

Sólo Cristo puede salvarnos del infierno por medio de nuestra fe en Su obra de redención, y sólo Él nos puede ayudar a vivir una vida piadosa mediante si lo deseamos.



«Para el creyente ya no hay condenación, pero si la responsabilidad de una vida santa ante el Salvador»

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Actuando con responsabilidad (Parte “I”)

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Marcos 9:42

“Cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeñitos que creen en mí, mejor le fuera si se le atase una piedra de molino al cuello, y se le arrojase en el mar.”

  1. En cuanto a las tentaciones tenemos una doble responsabilidad, la de no caer en tentación y pecar, y la de no llevar a tentaciones a otros para que ellos pequen.
  2. En esta primera lección aprendemos que tenemos una responsabilidad ante Dios por las veces que hemos provocado a una persona a que llegue a pecar.
  3. Jesucristo dijo que es preferible que una persona sea «ejecutada» con una “piedra de molino” antes de que provoque un pecado en el prójimo, haciéndonos ver la seriedad de nuestro acto de provocación.

El acto de la provocación a pecar inició con la tentación y posterior caída del hombre en el Edén. El diablo provocó el pecado en Eva, y Eva provocó la caída de Adán, en este orden. Tanto Satanás como Eva tuvieron su parte de responsabilidad en cuanto a la caída del hombre al provocar; obviamente, iniciando con la serpiente. Pero también fue responsabilidad de Eva, y sobre todo Adán de no ceder a la tentación, pero voluntariamente pecaron. (Gn. 3:1-7)

Cuando Jesucristo se refiere a “uno de estos pequeñitos que creen en mí”, está hablando de nuevos creyentes, personas que recién están conociendo de Él, y que pueden ser provocados a pecar por el mal comportamiento de creyentes maduros o que ya tienen tiempo de haber nacido de nuevo, y que por su mala conducta hacen que pequen esos “pequeñitos”.

Santiago, en su Carta, nos recuerda más bien que cada creyente tiene la tarea de ayudar a quienes se han apartado de la fe a volver en los caminos de Dios (Stg. 5:19, 20). Pablo, en varias de sus Cartas, también exhorta a los creyentes a ser ejemplo de santidad a otros (Fil. 3:17; 1 Ti. 4:12; Tit. 2:7). Y Jesús nos recuerda que cada creyente debe ser sal y luz del mundo, o sea, a todos (Mt. 5:13-16).

Nuestra responsabilidad es cuidar que nuestros actos no provoquen que otros pequen. Podemos ser provocadores directos o indirectos del pecado de otros. Una ropa provocativa, un consejo inapropiado, una invitación a un acto inmoral son algunas de las formas en la que podemos provocar a alguien. Pero también un chisme, una acción violenta hacia alguien, o un mal comportamiento indirecto, pueden dar pauta a que alguien considere que ese acto es moralmente aceptado, y por tanto decidan pecar. ¡Debemos cuidar lo que hacemos o decimos!



«Como creyente, mi responsabilidad es ayudar a otros a alejarse del pecado, pero también evitar que otros pequen por causa de mi mala conducta»

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