¿Te resulta difícil cambiar?

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Cuando hablamos sobre emociones problemáticas en nuestra vida como la ira, la mentira, la ansiedad y muchas más; es normal que pensemos en tips, pasos o comportamientos específicos que debemos hacer para sentirnos mejor. 

De hecho, es muy común escuchar conferencias de autoayuda, o personas que dicen saber cómo lograremos cambiar siguiendo una especie de receta; pero la verdad es que Dios enseña que eso no es lo que produce el cambio en nuestra vida, porque lo que define cómo nos comportamos no es lo externo, sino lo interno. 

Por ejemplo, cuando queremos bajar de peso y hacemos una dieta, es muy probable que nos hallemos desmotivados, frustrados y decepcionados por nuestra falta de voluntad; porque el cambio en nuestra vida solo se consolidará sí primero modificamos las creencias, afectos y compromisos que tenemos. Así, el Apóstol Pablo en Romanos 12.1-2 nos llama a transformar nuestro entendimiento para cambiar aquellos hábitos, actitudes y pensamientos pecaminosos que tenemos: 

“Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.” (Ro. 12:1-2) 


El entendimiento al que se refiere Pablo tiene que ver con las facultades que Dios nos dio para razonar, sentir y tomar decisiones; que se conjugan con otro elemento fundamental que es nuestra capacidad de responder intuitivamente a las situaciones cotidianas de la vida (Pierre, 2019). 

Esa intuición es la expresión libre de nuestras acciones y decisiones frente a situaciones espontáneas que nos ocurren diariamente. Por ejemplo, esta mañana después de levantarme decidí cocinar unos huevos al desayuno, ¿por qué lo hice? – ¡Porque sí!, porque mi respuesta intuitiva frente a la pregunta ¿qué voy a desayunar? fue: huevos. 

Y gracias a Dios tenemos esa capacidad de responder intuitivamente, porque sí no fuera así, todo el tiempo estaríamos librando una batalla en nuestro interior para encontrar la mejor forma de actuar ante las demandas y situaciones cotidianas que experimentamos. 

Por eso, sí no tuviéramos esa intuición, cada mañana tendríamos que dedicar horas a pensar qué hacer de desayuno, considerando todas las opciones hasta llegar a la que nos parezca mejor. 

El tema es que esas respuestas intuitivas expresan claramente nuestras creencias, afectos y compromisos, y aunque tendemos a no percibirlos, allí están dándole sentido a lo que hacemos. 

Entonces, sí queremos ver cambios significativos en nuestra vida, debemos empezar por cambiar lo que creemos, lo que deseamos y con lo que estamos comprometidos. 

¿Con qué debemos cambiarlo? ¡Con la Palabra de Dios! 

Sin embargo, antes de eso debemos pedirle a Dios que nos ayude a percibir aquello que ya está implantado en nosotros para definir sí eso es coherente con las Escrituras o no.  

En caso de que no lo sea debemos remplazarlo con la Palabra de Dios urgentemente, para que luego de un tiempo, Ella se haya interiorizado tanto en nosotros que cuando respondamos espontáneamente a las situaciones cotidianas de la vida, lo hagamos como a Dios le agrada. 

Referencias 

J. Pierre. 2019. La dinámica del corazón en la vida cotidiana. Editorial Bautista independiente. Sebring, Estados Unidos. 


«Nuestras creencias, afectos y compromisos explican la forma en la que nos comportamos»

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Confia en la voluntad de Dios

Serie: ¡Entre el sí y el no!


Como jóvenes nos encontramos bombardeados de muchos patrones de que debemos seguir, es decir, nuestra forma de vestir, de hablar, pensar y expresarnos. Cuando vemos lo que la Biblia nos dice acerca de esto, es algo impresionante que nos llama a no dejarnos moldear por el mundo, no debemos seguir los patrones que el mundo impone, esto es para tu vida personal, pero también para tu relación de amistad o noviazgo que estés llevando. Por esa razón lo único que debemos hacer es depender de Dios y Su voluntad para nuestras vidas.

El principio de hoy es:
CONFIA EN LA VOLUNTAD DE DIOS

Leamos lo que nos dice la Palabra de Dios:

Lo que Dios nos dice aquí es que no debemos seguir la corriente del mundo, no debemos permitir que el mundo me imponga como debo vivir, más bien debemos permitir que la Palabra de Dios vaya renovando nuestra forma de pensar, es decir, dejar de un lado lo que el mundo nos ofrece y dedicar nuestro tiempo, esfuerzo y recursos para las cosas de Dios y Su Palabra. si hacemos esto podremos comprobar, o conocer ña voluntad de Dios para nuestras vidas, esa voluntad es buena, agradable y perfecta. Que hermoso saber que Dios tiene planes para mi vida y esos planes son para bien, eso incluye a la persona que pasará el resto de mi vida al lado como mi pareja.

Entonces si aplicamos este principio a nuestras relaciones tanto de amistad o de noviazgo, podemos ver que Dios tiene esa persona preparada para mí porque está dentro de Su voluntad, para hallar a esa persona yo también debo vivir dentro de la voluntad de Dios.

Así que recuerda si quieres evitarte lágrimas y un corazón lastimado confía en el Señor, confía en que lo que Él tiene para ti es mucho mejor que lo que tu deseas o imaginas ahora mismo. ¡Confía en Su voluntad y vive cada día de tu vida conforme a la Palabra de Dios, así tu entendimiento será renovado y podrás vivir en la voluntad de Dios, si! Esa voluntad buena, agradable y perfecta


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Reencontrémonos con nuestra identidad

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Josué 5:2-9

“En aquel tiempo Jehová dijo a Josué: Hazte cuchillos afilados, y vuelve a circuncidar la segunda vez a los hijos de Israel. Y Josué se hizo cuchillos afilados, y circuncidó a los hijos de Israel en el collado de Aralot. Esta es la causa por la cual Josué los circuncidó: Todo el pueblo que había salido de Egipto, los varones, todos los hombres de guerra, habían muerto en el desierto, por el camino, después que salieron de Egipto. Pues todos los del pueblo que habían salido, estaban circuncidados; mas todo el pueblo que había nacido en el desierto, por el camino, después que hubieron salido de Egipto, no estaba circuncidado. Porque los hijos de Israel anduvieron por el desierto cuarenta años, hasta que todos los hombres de guerra que habían salido de Egipto fueron consumidos, por cuanto no obedecieron a la voz de Jehová; por lo cual Jehová les juró que no les dejaría ver la tierra de la cual Jehová había jurado a sus padres que nos la daría, tierra que fluye leche y miel. A los hijos de ellos, que él había hecho suceder en su lugar, Josué los circuncidó; pues eran incircuncisos, porque no habían sido circuncidados por el camino. Y cuando acabaron de circuncidar a toda la gente, se quedaron en el mismo lugar en el campamento, hasta que sanaron. Y Jehová dijo a Josué: Hoy he quitado de vosotros el oprobio de Egipto; por lo cual el nombre de aquel lugar fue llamado Gilgal, hasta hoy.”

Aunque nuestra propia identidad está marcada por quienes somos física, mental, emocional y espiritualmente; en todo lugar, para poder comprobar quienes somos, se nos solicita una identificación para que podemos certificar nuestro nombre. Muchas de estas identificaciones tienen nuestra fotografía, mientras que otros son documentos muy personales con información de seguro social, de identidad, fecha de nacimiento, etc.

Estos documentos no modifican o llegan a influenciar en nuestro comportamiento, solo ayuda a otros a comprobar nuestra identificación social. Pero el valor que tienen estos documentos es muy importante, porque dan información de quienes son nuestros padres, nuestro lugar de nacimiento, rasgos físicos generales, nuestra nacionalidad, estado civil, etc. Nos recuerdan nuestro origen y condición.

Con todo ello, para que otros lleguen a conocer realmente quiénes somos mental, emocional y espiritualmente, tienen que pasar tiempo con nosotros para que sepan nuestra manera de pensar, cómo respondemos emocionalmente a los factores externos, y nuestros valores de creencias. Eso es lo que realmente nos identifica.

El que yo lleve una cruz en una cadena no me hace realmente un cristiano de comportamiento, solo hace ver a las personas que creo o conozco de la obra de Jesús en la cruz, por dar un ejemplo. Pero cuando yo miro a esa misma cruz en mi cuello, y entiendo lo que realmente esto significa para mi vida eterna, entonces eso sí afecta mi conducta ante Dios y los demás.


Dios estaba por obrar para que Israel tome posesión de lo que por promesa era de ellos (Éx. 33:1-2), pero antes de que el pueblo enfrente las batallas de la conquista, Él quiso asegurarse que cada hombre supiera por «marca corporal» quienes eran ellos espiritualmente hablando. El Señor no quería que ninguno continúe sin que recordaran que Él los había escogido y que los había librado de Egipto. El propósito era mantener la identidad espiritual marcada en sus carnes para que vivan adorándolo a Él.

En el pacto que Dios había hecho con Abraham años atrás, el Señor le había pedido a Su siervo que circuncidara toda su casa, desde el más grande hasta el más pequeño de ellos, desde los ocho días de nacido. Esta marca era la señal del pacto, el recordatorio de que Dios los había escogido (Gn. 17:1-14). Ahora, como no todos habían sido circuncidados desde que salieron de Egipto (v. 5, 7), Dios le pide a Josué que circuncidara a todo varón para que no olviden quienes son (v. 2), y para que ellos recordaran todo lo que Dios hasta ese momento había hecho, al librarlos del “oprobio de Egipto”, o sea, de la esclavitud (v. 9). Todos ellos eran una nueva generación y tenían que recordar su identidad espiritual.

Hoy en día, no estamos obligados a ser circuncidados, pues nuestra identidad ya no está bajo la ley de Moisés, sino bajo la Ley de Cristo (1 Co. 7:18-19; Ro. 4:9-12; Gá. 2:3-10; 5:2-12; Fil. 3:2-3). Pero siempre es bueno mirar hacia nuestra identidad en Cristo, y recordar que ahora no debemos circuncidar nuestros cuerpos, pero si nuestros corazones por medio de la fe (Dt. 10:16; Jer. 4:4; Ro. 2:29; Col. 2:13), y con ello honrar a Quien nos libró del “oprobio de Egipto”, es decir, del pecado y de la condenación.


«Nunca olvidemos que el Señor nos libró por fe del “oprobio” de nuestro pecado y condenación»

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Hasta el más osado enmudece

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Josué 4:20 – 5:1

“Y Josué erigió en Gilgal las doce piedras que habían traído del Jordán. Y habló a los hijos de Israel, diciendo: Cuando mañana preguntaren vuestros hijos a sus padres, y dijeren: ¿Qué significan estas piedras? declararéis a vuestros hijos, diciendo: Israel pasó en seco por este Jordán. Porque Jehová vuestro Dios secó las aguas del Jordán delante de vosotros, hasta que habíais pasado, a la manera que Jehová vuestro Dios lo había hecho en el Mar Rojo, el cual secó delante de nosotros hasta que pasamos; para que todos los pueblos de la tierra conozcan que la mano de Jehová es poderosa; para que temáis a Jehová vuestro Dios todos los días. Cuando todos los reyes de los amorreos que estaban al otro lado del Jordán al occidente, y todos los reyes de los cananeos que estaban cerca del mar, oyeron cómo Jehová había secado las aguas del Jordán delante de los hijos de Israel hasta que hubieron pasado, desfalleció su corazón, y no hubo más aliento en ellos delante de los hijos de Israel.”

En cualquier rivalidad la posibilidad de ver una dura contienda se da cuando ambas partes tienen similares fuerzas, esto hace que la lucha sea aguerrida y con resultado incierto; pero cuando uno de los contendores es sumamente superior al otro hace que aquel en inferior fuerza no tenga ni esperanzas de ganar, prácticamente está casi derrotado sin antes iniciar tal batalla.

Si usted fuera parte de aquel lado del cual está asegurada la batalla indudablemente que iría con confianza a la contienda, sabiendo que la victoria está muy cerca. Pero ¿qué pasaría si usted estuviera en el lado con inferioridad? Probablemente saldría corriendo antes de iniciar nada.

Cómo habíamos aprendido en una lección anterior («Fe y obediencia para el engrandecimiento»), Dios le había prometido a Josué que sí él le creía y le obedecía, entonces el Señor se encargaría de engrandecer el nombre de Su siervo (Jos. 3:7), pero no solo eso se logró, sino que aún «el temor de los enemigos fue engrandecido», es decir, se incrementaba el temor de enfrentar al Dios de Israel y a mismo pueblo.


La fama del cruce del Jordán no solo llegó hasta los muros del Jericó, también llegó a los oídos de “todos los reyes de los amorreos que estaban al otro lado del Jordán al occidente, y todos los reyes de los cananeos que estaban cerca del mar” (Jos. 5:1), es decir, toda la Tierra Prometida, desde el Jordán hasta el Mar Mediterráneo, estaba enterada de la poderosa obra de Dios.

Muchas veces no consideramos apropiadamente el profundo impacto que nuestra fe y obediencia puede producir en aquellos que nos están mirando, y que tratan de ver si tras de nuestras vidas está ese Dios del cual proclamamos con fervor.

Nuestra obediencia permite que Dios se manifieste a través de nosotros y por nosotros. Dios se especializa por glorificarse en Su obrar cuando nosotros le seguimos con fe. Para nosotros este ejemplo bíblico de Josué nos alienta a considerar seriamente el valor que tiene nuestra obediencia en fe.

Si Dios le está llamando a seguirle en algo que solo Él se especializa en hacer, entonces de seguro que muchos miraran pasmados lo que Él hará, pero debemos creerle para obedecerle. Permita que todos a su alrededor glorifiquen en Nombre de Dios.


«Lo que Dios hace siempre deja impacto en la vida de quienes son testigos de Su grandiosa obra»

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Levanta un “hito” espiritual

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Josué 4:1-8; 22-24

“Cuando toda la gente hubo acabado de pasar el Jordán, Jehová habló a Josué, diciendo: Tomad del pueblo doce hombres, uno de cada tribu, y mandadles, diciendo: Tomad de aquí de en medio del Jordán, del lugar donde están firmes los pies de los sacerdotes, doce piedras, las cuales pasaréis con vosotros, y levantadlas en el lugar donde habéis de pasar la noche. Entonces Josué llamó a los doce hombres a los cuales él había designado de entre los hijos de Israel, uno de cada tribu. Y les dijo Josué: Pasad delante del arca de Jehová vuestro Dios a la mitad del Jordán, y cada uno de vosotros tome una piedra sobre su hombro, conforme al número de las tribus de los hijos de Israel, para que esto sea señal entre vosotros; y cuando vuestros hijos preguntaren a sus padres mañana, diciendo: ¿Qué significan estas piedras? les responderéis: Que las aguas del Jordán fueron divididas delante del arca del pacto de Jehová; cuando ella pasó el Jordán, las aguas del Jordán se dividieron; y estas piedras servirán de monumento conmemorativo a los hijos de Israel para siempre. Y los hijos de Israel lo hicieron así como Josué les mandó: tomaron doce piedras de en medio del Jordán, como Jehová lo había dicho a Josué, conforme al número de las tribus de los hijos de Israel, y las pasaron al lugar donde acamparon, y las levantaron allí. […] declararéis a vuestros hijos, diciendo: Israel pasó en seco por este Jordán. Porque Jehová vuestro Dios secó las aguas del Jordán delante de vosotros, hasta que habíais pasado, a la manera que Jehová vuestro Dios lo había hecho en el Mar Rojo, el cual secó delante de nosotros hasta que pasamos; para que todos los pueblos de la tierra conozcan que la mano de Jehová es poderosa; para que temáis a Jehová vuestro Dios todos los días.”

Dentro de las varias definiciones que se le da a la palabra hito en el español, una de ellas dice que el hito es un acontecimiento puntual y significativo que marca un momento importante en el desarrollo de un proceso o en la vida de una persona. Ese acontecimiento marca un antes y un después de algo en nuestras vidas cómo: el nacimiento de un niño, la graduación de la escuela o universidad, el matrimonio, un puesto importante, etc.

En nuestra vida espiritual todos vamos a encontrarnos con momentos significativos en nuestro caminar con Dios: El día que aceptamos a Cristo como nuestro Salvador, el día de nuestra consagración, algún milagro hecho en nuestro favor o de alguien más, alguna batalla espiritual ganada, alguna promesa de Dios cumplida en nuestras vidas, etc.

En el A.T. encontramos a varios personajes que levantaron monumentos o altares significativos, como por ejemplo Abraham (Gn. 12:7-8; 13:4, 18). Muchos de esos altares quedaron edificados como recordatorios de un hecho especial en la vida de ese personaje. Para ellos, más que un altar, significaba un «hito» de la obra de Dios también.


Cuando Josué pasaba el Jordán junto con el pueblo, Dios le pide tome a doce hombres, uno de cada tribu de Israel para que tomen una piedra del río y la utilicen para levantar un “monumento conmemorativo” de este hecho tan importante. La idea de este hecho era dejar constancia, no solo para los que cruzaron el río, sino para que ellos cuenten a sus hijos las obras maravillosas del Señor en favor de Israel (v. 1-7).

Al llegar a Gilgal, ellos edificaron este «hito» conmemorativo con las piedras que Josué había hecho traer. Allí no solo que acamparon y levantaron el monumento, sino que hubo un acto de consagración por medio de la circuncisión de aquellos que no habían sido circuncidados desde que salieron de Egipto (Jos. 5:1-9).

Este ejemplo de recordación de un hecho importante en la vida de Israel nos debe motivar a nosotros a guardar en nuestras vidas esos momentos únicos de nuestro caminar con el Señor. Talvez no tengamos que levantar altares físicos, pero si podemos mantener anotados en nuestras Biblias o en algún diario las actividades especiales con Dios, ellas nos ayudaran a mantener siempre la mirada hacia Él cuando algún problema se nos presente, y nos ayudará a recordar que el Señor siempre ha estado con nosotros y lo seguirá haciendo.


«Recordar lo que Dios ha hecho en nuestras vidas es mantener presente que Él siempre ha estado con nosotros y lo seguirá haciendo»

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Fe y obediencia para el engrandecimiento

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Josué 3:7-17

Entonces Jehová dijo a Josué: Desde este día comenzaré a engrandecerte delante de los ojos de todo Israel, para que entiendan que como estuve con Moisés, así estaré contigo. Tú, pues, mandarás a los sacerdotes que llevan el arca del pacto, diciendo: Cuando hayáis entrado hasta el borde del agua del Jordán, pararéis en el Jordán. Y Josué dijo a los hijos de Israel: Acercaos, y escuchad las palabras de Jehová vuestro Dios. Y añadió Josué: En esto conoceréis que el Dios viviente está en medio de vosotros, y que él echará de delante de vosotros al cananeo, al heteo, al heveo, al ferezeo, al gergeseo, al amorreo y al jebuseo. He aquí, el arca del pacto del Señor de toda la tierra pasará delante de vosotros en medio del Jordán. Tomad, pues, ahora doce hombres de las tribus de Israel, uno de cada tribu. Y cuando las plantas de los pies de los sacerdotes que llevan el arca de Jehová, Señor de toda la tierra, se asienten en las aguas del Jordán, las aguas del Jordán se dividirán; porque las aguas que vienen de arriba se detendrán en un montón. Y aconteció cuando partió el pueblo de sus tiendas para pasar el Jordán, con los sacerdotes delante del pueblo llevando el arca del pacto, cuando los que llevaban el arca entraron en el Jordán, y los pies de los sacerdotes que llevaban el arca fueron mojados a la orilla del agua (porque el Jordán suele desbordarse por todas sus orillas todo el tiempo de la siega), las aguas que venían de arriba se detuvieron como en un montón bien lejos de la ciudad de Adam, que está al lado de Saretán, y las que descendían al mar del Arabá, al Mar Salado, se acabaron, y fueron divididas; y el pueblo pasó en dirección de Jericó. Mas los sacerdotes que llevaban el arca del pacto de Jehová, estuvieron en seco, firmes en medio del Jordán, hasta que todo el pueblo hubo acabado de pasar el Jordán; y todo Israel pasó en seco.”

Muchas veces la vida del creyente no es tan emocionante como quisiera porque muchos no experimentan la obra de Dios como desearían. En muchos casos es la falta de fe lo que detiene esa obra, y como no hay suficiente fe no llegan a seguir a Dios en obediencia, y por eso pierden las oportunidades de mirar Sus maravillas y las bendiciones que trae la obediencia.

La fe, como lo expresa Hebreos 11:1, “es estar totalmente seguro de que uno va a recibir lo que espera. Es estar convencido de que algo existe, aun cuando no se pueda ver” (TLA). Y si uno tiene esa certidumbre o firme seguridad, entonces el caminar en obediencia se manifestará en hacer lo que Dios nos dice que hagamos, confiando en que Él mismo hará las obras que Él promete después de que obedezcamos.

La fe y la obediencia van plenamente ligados en nuestro caminar con Dios, y no se las puede separar. Josué sabía que el cumplimiento de la promesa de Dios en favor de él como líder y en favor de Su pueblo estaba ligado a esta alianza: fe y obediencia.


Dios le dice claramente a Josué que deseaba bendecirlo y engrandecerlo (v. 7), pero debía tener fe en la guía de Dios y tenía que obedecerle para lograrlo. La primera prueba de fe estaba frente al Río Jordán, los sacerdotes tenían que poner sus pies hasta la rodilla en el agua cargando el arca, y ellos tenían que confiar que con ello sería suficiente para que Dios secara las aguas. Ellos tenían que llegar al agua y parar, y Dios haría el resto. (v. 8)

Como leemos en la historia así lo hicieron y Dios obró (v. 15-17). Con esto aprendemos que la fe y la obediencia trajo el engrandecimiento de varias cosas:

  1. El Nombre de Dios fue engrandecido: Josué y el pueblo vieron a un Dios grande haciendo obras grandes.
  2. El liderazgo de Josué fue engrandecido: Su fe le llevo a confiar en Dios, y eso hizo que su liderazgo se afiance.
  3. La confianza del pueblo fue engrandecida: El pueblo al ver a Dios obrar en medio del liderazgo de Josué llegaron a confiar más en el Señor, en el líder, y en la promesa de Dios de que la entrega de la Tierra Prometida se cumpliría.
  4. El temor de los enemigos fue engrandecido: Sin duda este hecho pudo haber afectado aún más el temor de los enemigos de Israel (Jos. 2:9-11), pues el poder de Dios seguía incrementando sus huellas de grandeza.

Pero todo esto se logró porque Josué confió en lo que Dios le dijo que hiciera, y esa fe expresada en obediencia logró el engrandecimiento.

Nosotros podemos incrementar nuestra obediencia en la medida que nuestra fe va creciendo, y eso nos permitirá experimentar más al detalle el inmenso poder de Dios.


«La fe y la obediencia van ligadas para ver las obras de Dios, sin ellas nos podremos ver la grandeza de Su poder»

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¿Por qué la ira me hace pecar?

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Es muy probable que en algún momento de nuestra vida hayamos perdido el control y causado daño a seres queridos, por no controlar la ira y haberla expresado de forma pecaminosa, por eso, debemos entender que la ira es un problema universal y que todos estamos llamados a manejarla (Muñoz, 2020). 

Pero, el mayor riesgo que la ira representa es que nos desvía del propósito de darle la gloria a Dios y hace que otros pierdan su deseo de seguir a Cristo porque nos ven igual o peor de enfadados que aquellos que no son creyentes; afecta nuestra relación con Dios y limita la obra del Espíritu Santo en nosotros. 

Por eso Santiago 1.19-20 dice: 

“Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse; porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios. 


¿Qué es la ira? 

Según David Powlison (autor de grandes libros sobre consejería bíblica) la ira es: la capacidad dada por Dios para responder ante un mal que nos parece importante. (Muñoz, 2020) 

Así, la ira es una respuesta ante el error, es una emoción que surge en nuestro corazón cuando percibimos algún suceso que interpretamos como injusto o equivocado. Esa interpretación se basa en un estándar personal con el que definimos lo bueno, lo malo y lo injusto. 

La ira además es una emoción muy fuerte que tiene la capacidad de llevarnos a la acción, de hacer que respondamos activa y apasionadamente frente a la injusticia. 

Ella en sí misma no es pecaminosa, porque Dios nos la dio para que tuviéramos la capacidad de responder negativamente al pecado, tal como Él lo hace; pero, por nuestra naturaleza es muy común que la expresemos de forma pecaminosa. 

Estas son tres razones por las cuales nuestra ira es pecaminosa y en ella no opera la justicia de Dios: 

  1. Tenemos problema para interpretar la realidad. 

Lo que pensamos de una situación es producto de nuestra interpretación sobre ella, y la base de este proceso se halla en nuestras creencias, experiencias, afectos y compromisos; de ahí que frente al mismo suceso existen tantos puntos de vista diferentes y desacuerdos, porque nuestra historia influye en la forma en la que comprendemos lo que nos pasa. 

  1. Nuestro bienestar es el estándar con el que juzgamos. 

Tenemos un parámetro egoísta para definir aquello que es susceptible de nuestra ira, creemos que todo lo que nos amenace, o ponga en peligro nuestro bienestar, comodidad, seguridad y placer debe ser castigado y tratado con dureza. 

  1. Luchamos con la idolatría. 

Porque aquello que defendemos cuando respondemos airadamente, manifiesta lo que es importante para nosotros, lo que gobierna nuestro corazón y el “dios” que adoramos; con nuestra defensa lo que demostramos es el valor que aquello tiene para nosotros, como para que estemos dispuestos a pelear con tal de obtenerlo. 

¿Cómo debería ser nuestra ira? 

Primero, debería ser por la única razón correcta: la gloria de Dios; y debiera ser expresada con mansedumbre, es decir, con autoridad, pero al mismo tiempo bajo control, siguiendo la dirección que nuestro Señor dio para hacerlo, y es mostrándole a la persona por medio de las Escrituras su error, llamándole al arrepentimiento de su pecado, y sí luego de un tiempo ella no se arrepiente, apartándonos de ella (Mt. 18.15-17). 

Con base en esto, la ira y todo pecado representa un obstáculo para que vivamos una vida con propósito, con significado, con peso para la eternidad, y nos distrae del objetivo para el que fuimos creados: dar la gloria a Dios en todo lo que hacemos. 

Por eso quiero animarte a considerar tu vida como útil para algo más grande que para lo que crees que vives. Ello es que otros conozcan de Jesús, vivan con gozo y no se encuentren con la condenación eterna cuando mueran, debido a que no escucharon de Cristo o porque nuestras vidas no fueron lo suficientemente atractivas para que reconocieran el enorme valor de vivir para Él. 

Referencias 

Muñoz, A. (2020, 1 noviembre). La ira y cómo controlarla bíblicamente [Conferencia]. Con tu consejo, Querétaro, México. 


«La ira debe ser por la única razón correcta: la gloria de Dios; y debe expresarse con mansedumbre, es decir, con autoridad, pero al mismo tiempo bajo control»

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Verdades sobre la ira de Dios

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A muchas personas les cuesta aceptar la ira de Dios porque prefieren verlo como un ser amoroso y misericordioso. Pero olvidan que su ira es resultado de su amor, así como de su santidad y justicia. Ella nunca es pecaminosa, sino buena, pues representa su odio y oposición constante ante toda clase de maldad (Muñoz, 2020). 

La Biblia es muy clara en cuanto a la ira de Dios. Por ejemplo: 

Salmos 2.4-5 dice: 

“El que mora en los cielos se reirá; El Señor se burlará de ellos. Luego hablará a ellos en su furor, Y los turbará con su ira. 

Y Salmos 7.11-12 dice: 

Dios es juez justo, Y Dios está airado contra el impío todos los días. Si no se arrepiente, él afilará su espada; Armado tiene ya su arco, y lo ha preparado.”


Con base en esto, me gustaría compartir tres razones por las cuales la ira de Dios opera de manera santa sin amenazar su carácter y siendo una expresión perfecta de quién es Él. 

Lo primero es que: 

  1. Su ira es justa. 

Porque siendo Él nuestro creador, tiene todo el derecho y autoridad para juzgar nuestras obras (Gn. 1.26-28Ap. 20.11-13). Esta es la razón por la cual muchos prefieren negar su existencia (Sal. 14.1). Porque al reconocerlo y aceptar su poder, superioridad y autoría sobre todo lo creado, es imposible negar la responsabilidad que tenemos delante de Él. 

  1. Su ira es una expresión de bondad. 

Porque Él define el bien (Sal. 136). Es santo: apartado del mal, bueno, puro, perfecto; y por eso es el autor de la ley que conocemos en la Biblia (Ex. 20.1-17), sobre la cual opera nuestra conciencia y descansan muchas de las constituciones de los gobiernos del mundo que regulan el comportamiento de las sociedades. 

  1. Su ira está fundamentada. 

Porque Él lo conoce todo (Heb. 4.13): conoce nuestros pensamientos (aun antes de que lleguen a nosotros) y la verdad del corazón; por eso sus juicios son perfectos. Por ejemplo: su trato con el pecado es una demostración completa de la santidad de su ira. 

En la caída, allá en el jardín del Edén, Dios enfrentó esta realidad, y lejos de enfocar su ira en Adan y Eva, la enfocó en solucionar el problema del pecado, que fue lo que la causó; lo hizo sacrificando un animal y cubriendo con su piel la desnudez de ellos. La sangre de ese animal sirvió para expiar su pecado, ósea cubrirlo temporalmente mientras el cordero perfecto, que era Cristo, daba su sangre como pago absoluto por el pecado (Gén. 3). 

Por eso Juan 3.16 nos dice que Dios entregó a su Hijo para que todo el que crea en Él, no se pierda sino tenga vida eterna; porque era necesario el derramamiento de sangre para el perdón de pecados (He. 9.22). 

De ahí, todos los que hemos creído en Cristo como salvador personal, hemos pasado de ser hijos de ira a ser hijos de Dios (Jn. 1.12), porque Cristo cargó en la cruz con nuestros pecados. Por Él estamos reconciliados con Dios (2 Co. 5.18), y gracias a ello podemos tener paz con nosotros mismos y con los demás (Ro. 12.18).  

Referencias 

Muñoz, A. (2020, 1 noviembre). La ira y cómo controlarla bíblicamente [Conferencia]. Con tu consejo, Querétaro, México. 


«Por Cristo estamos reconciliados con Dios, gracias a ello podemos tener paz con nosotros mismos y con los demás.»

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