¡Enójate, pero…!

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He escuchado de varias parejas que no se van a dormir sí antes no han solucionado sus peleas, descubriendo que el sueño y cansancio son buenos aliados para buscar la paz familiar, porque para descansar con la conciencia tranquila alguno de los dos, generalmente el más cansado, toma la iniciativa para perdonar o pedir perdón. 

Sin embargo, en otros como yo, el orgullo es más poderoso que el cansancio, por eso el Apóstol Pablo nos enseña en Efesios 4.26

“Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo” 


Suena raro considerar la ira como pecado en estos tiempos, donde parece normal que el ser humano viva en conflicto ¿verdad?, pero, como hijos de Dios somos llamados a vivir en paz con los demás gracias a que estamos en paz con Dios. 

Buscando esa paz, la primera parte de este pasaje nos enseña dos cosas importantes: la primera es que la ira o el enojo son una reacción normal frente a las injusticias que percibimos y ante lo que las personas hacen contra nosotros. Lo segundo es que: aunque no podemos controlar lo que otros hacen, si podemos considerar la forma como respondemos, en ese sentido pecar por nuestra ira es una decisión personal que podemos evitar. 

Para ello necesitamos controlar nuestros pensamientos y actos, porque cuando no lo hacemos es muy probable que nos hallemos en situaciones más complejas, que nos hagan pecar contra Dios. 

Una de las formas en las que pecamos al airarnos, es cuando dejamos que se ponga el sol sobre nuestro enojo y lo dejamos sin resolver, produciendo amargura y rencor en nuestro corazón; por eso necesitamos tomar seriamente esta exhortación, y no permitir que los días, semanas y meses pasen sin resolverlo. 

¿Cómo podemos resolver nuestro enojo rápidamente? 

Considerando estas 5 cosas… 

  1. Reconocer la sabiduría de Dios en todo lo que nos sucede. 

Para esto pensemos en lo que nos enseñó Jesús: que “nuestros cabellos están todos contados por Dios”, así las ofensas que nos hacen también están bajo su control. La historia de persecución de Saúl contra David es un buen ejemplo de que a veces las ofensas son permitidas por Dios para probar nuestro carácter, así como para que expresemos un amor abnegado como el suyo. 

Para reconocer la sabiduría de Dios necesitamos entendimiento en medio de los conflictos, y para ello debemos orar pidiendo dirección y una perspectiva clara de lo que está pasando. 

  1. Pasar por alto las ofensas menores. 

Siguiendo el ejemplo de Dios que no nos paga conforme a todas nuestras maldades (Sal. 103.10), así, nosotros tampoco debemos enfocarnos tanto en las ofensas que nos hacen, por el contrario, debemos entender que vivimos en un mundo caído, pecador, donde las ofensas son la norma. Asombrémonos el día que eso no suceda porque entonces nos hallaremos en el cielo. 

También Salomón dijo que es de prudentes pasar por alto las ofensas (Pr. 12.1619.11). 

  1. Orar para dialogar. 

Como nos lo dijo Jesús, debemos resolver el conflicto mediante el diálogo siguiendo las instrucciones que recibimos en Mateo 18. Pero antes de ello necesitamos pedir que Dios disponga nuestro corazón y el de la otra persona para que ese encuentro sea de bendición y no cause más peleas. 

  1. En cuanto dependa de nosotros estar en paz con las otras personas (Ro. 12.18). 

Esto no significa que por mantener la paz y evitar el conflicto, debemos quedarnos callados y contener nuestras emociones, ¡No! Porque cuando proyectamos el enojo hacia nosotros, también pecamos y somos los primeros en ser afectados (He. 12.15). 

Lo que significa es que debemos resolver los conflictos, perdonando y comprometiéndonos a no recordar lo sucedido y a no usarlo en contra de la otra persona. 

  1. Aceptar la realidad de las palabras hirientes. 

Esta seguramente es la principal razón de nuestra ira, porque normalmente ofendemos con lo que decimos muchas veces (Stg. 3.2), por eso debemos seguir el ejemplo de Cristo: “Quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente” (1 P. 2.23). 

Todas las ofensas que decimos tendrán su justo castigo cuando demos cuenta por nuestros actos en el día del juicio (Mt. 12.36). 

Además de todo esto, lo principal es que estemos comprometidos con agradar a Dios, que consideremos seriamente su palabra y hagamos lo necesario para obedecerla. Si esa es nuestra actitud, seguramente nos resultará fácil no pecar con nuestra ira. 


«Como hijos de Dios somos llamados a vivir en paz con los demás gracias a que estamos en paz con Dios.»

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Aprende de tu pareja

Serie: ¡Entre el sí y el no!


Cuando estamos en un noviazgo o en una relación con otra persona queremos mostrarle lo mejor de nosotros y ocultamos nuestros puntos débiles o las áreas con las que batallamos, esto nos lleva a ocultar lo malo en mí y a mostrar solo lo bueno a la otra persona. Esto a la larga va a generar problemas ya que al casarse y convivir todo el tiempo se darán cuenta de que la persona que aparentaba ser buena también tiene días malos y mal humor o expresiones que no conocimos en el tiempo de noviazgo.

Es por eso que el principio de hoy lo encontramos en Proverbios 27:17 leamos:

El escritor de proverbios usa el ejemplo de que para afilar un metal necesitas otro metal y esto lo contrasta con el ser humano que llega a conocerse mejor cuando esta con otra persona, es ahí donde tienes la oportunidad para cambiar lo que está mal en ti.

Muchas veces ante nuestros propios ojos no tenemos malos hábitos ni malas prácticas que nos dañan, pero a los ojos de otras personas mis hábitos, acciones o expresiones pueden resultar ofensivas y hasta dañinas. Es ahí cuando entendemos que en el noviazgo es el tiempo perfecto para empezar a tratar tus puntos débiles como tu carácter, tus costumbres para que al llegar al matrimonio eso ya no cause problemas y dañe su relación matrimonial.

He ahí la importancia de ser honesto primeramente contigo mismo, pero también con tu pareja, si estás pensando en algo a futuro con tu pareja empieza a mostrarte tal y como eres ahora. No le vendas una imagen de lo que en realidad no eres, muéstrale lo que eres y pídele primeramente a Dios pero también a tu pareja que te ayuden a tratar con esos temas que te hacen sentir inseguro o insegura.



Recuerda, el noviazgo es el mejor tiempo para, en dependencia de Dios, puedas tratar tus áreas débiles y así ser mejor para tu pareja. Aprende de tu pareja y deja que ella te enseñe.


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¿Consagrarlo a Dios para ser destruido?

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Josué 6:17-19

Y será la ciudad anatema a Jehová, con todas las cosas que están en ella; solamente Rahab la ramera vivirá, con todos los que estén en casa con ella, por cuanto escondió a los mensajeros que enviamos. Pero vosotros guardaos del anatema; ni toquéis, ni toméis alguna cosa del anatema, no sea que hagáis anatema el campamento de Israel, y lo turbéis. Mas toda la plata y el oro, y los utensilios de bronce y de hierro, sean consagrados a Jehová, y entren en el tesoro de Jehová.”

Josué 7:1-8

Pero los hijos de Israel cometieron una prevaricación en cuanto al anatema; porque Acán hijo de Carmi, hijo de Zabdi, hijo de Zera, de la tribu de Judá, tomó del anatema; y la ira de Jehová se encendió contra los hijos de Israel. Después Josué envió hombres desde Jericó a Hai, que estaba junto a Bet-avén hacia el oriente de Bet-el; y les habló diciendo: Subid y reconoced la tierra. Y ellos subieron y reconocieron a Hai. Y volviendo a Josué, le dijeron: No suba todo el pueblo, sino suban como dos mil o tres mil hombres, y tomarán a Hai; no fatigues a todo el pueblo yendo allí, porque son pocos. Y subieron allá del pueblo como tres mil hombres, los cuales huyeron delante de los de Hai. Y los de Hai mataron de ellos a unos treinta y seis hombres, y los siguieron desde la puerta hasta Sebarim, y los derrotaron en la bajada; por lo cual el corazón del pueblo desfalleció y vino a ser como agua. Entonces Josué rompió sus vestidos, y se postró en tierra sobre su rostro delante del arca de Jehová hasta caer la tarde, él y los ancianos de Israel; y echaron polvo sobre sus cabezas. Y Josué dijo: ¡Ah, Señor Jehová! ¿Por qué hiciste pasar a este pueblo el Jordán, para entregarnos en las manos de los amorreos, para que nos destruyan? ¡Ojalá nos hubiéramos quedado al otro lado del Jordán! ¡Ay, Señor! ¿qué diré, ya que Israel ha vuelto la espalda delante de sus enemigos?”

La palabra “anatema” en el A.T. se utilizaba para referirse a algo que era entregado como ofrenda para ser destruido, algo que no podía ser redimido y que estaba destinado a la destrucción.

Muchas de las cosas que se presentan a Dios son ofrendas buenas que generalmente se entregan como sacrificio en señal de adoración, pero en el caso de una anatema, era algo vil o algo sustraído de todo empleo humano y que se lo entregaba como algo maldito para que Él lo destruya, o se lo destruía en la presencia de Dios como señal de reconocimiento de la Santidad de Dios frente a la vileza de lo que se destruía.

En el A.T. muchas veces un botín de guerra era considerado anatema, y se lo entregaba a Dios como señal de rechazo ante quien lo poseía o de la procedencia de este (Dt. 13:17; Jos. 6:16 ss), y el incumplimiento de este hecho era considerado como una obra abominable (1 S. 15:21). De ahí que el momento en que Acán tomó del botín de Jericó (Jos. 7:1), Dios se enfureció no solo con el prevaricador, sino también con todo el pueblo.


El castigo del Señor ante este hecho fue el no ayudar en la conquista de Hai (Jos. 7:2-5), lo que trajo indignación en Josué y una profunda depresión y consternación. Él no sabía que había sucedido, y por lo tanto buscó a Dios para que le ayudara a entenderlo. El Señor le responde explicándole lo que estaba aconteciendo (Jos. 7:10 ss).

Los mandamientos de Dios deben ser sagrados para nosotros, una norma que no debe ser ignorada o menospreciada. Lo que Dios dice, así se debe hacer. Lo sucedido en Jericó fue grave porque el Señor estaba desde el inicio marcando la pauta que, si Israel iba a tomar posesión de la Tierra Prometida, el pueblo debía seguir al pie de la letra lo ordenado por Dios.

Además, el que se destruyera todo en Jericó era señal de juicio contra las naciones paganas que no habían buscado al Señor. Jehová le había dicho a Abraham que no le entregaba la tierra aún porque todavía no era tiempo de juicio, pero que cuando sus hijos volvieran, entonces Él juzgaría a los amorreos (Gn. 15:16).

Dios es santo y justo, sus caminos rectos, y sus propósitos eternos; seguirle a Él demanda entender que el Señor sabe lo que hace, y nosotros debemos honrarle con nuestra obediencia plena, no a medias.


«La seriedad de nuestra obediencia radica en la santidad y justicia de Dios, faltar a ello es cometer una ofensa gravosa ante el Señor»

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Una fe que salva

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Josué 6:16-17, 20-25

“Y cuando los sacerdotes tocaron las bocinas la séptima vez, Josué dijo al pueblo: Gritad, porque Jehová os ha entregado la ciudad. Y será la ciudad anatema a Jehová, con todas las cosas que están en ella; solamente Rahab la ramera vivirá, con todos los que estén en casa con ella, por cuanto escondió a los mensajeros que enviamos. […] Entonces el pueblo gritó, y los sacerdotes tocaron las bocinas; y aconteció que cuando el pueblo hubo oído el sonido de la bocina, gritó con gran vocerío, y el muro se derrumbó. El pueblo subió luego a la ciudad, cada uno derecho hacia adelante, y la tomaron. Y destruyeron a filo de espada todo lo que en la ciudad había; hombres y mujeres, jóvenes y viejos, hasta los bueyes, las ovejas, y los asnos. Mas Josué dijo a los dos hombres que habían reconocido la tierra: Entrad en casa de la mujer ramera, y haced salir de allí a la mujer y a todo lo que fuere suyo, como lo jurasteis. Y los espías entraron y sacaron a Rahab, a su padre, a su madre, a sus hermanos y todo lo que era suyo; y también sacaron a toda su parentela, y los pusieron fuera del campamento de Israel. Y consumieron con fuego la ciudad, y todo lo que en ella había; solamente pusieron en el tesoro de la casa de Jehová la plata y el oro, y los utensilios de bronce y de hierro. Mas Josué salvó la vida a Rahab la ramera, y a la casa de su padre, y a todo lo que ella tenía; y habitó ella entre los israelitas hasta hoy, por cuanto escondió a los mensajeros que Josué había enviado a reconocer a Jericó.”

No hay pecado que no pueda ser perdonado ni pecador que no pueda ser salvo, eso es lo que nos enseña la Biblia. Desde el momento que el pecado entró en el hombre, allá en Edén, todos hemos caído a una posición de pecado y separados de Dios (Ro. 3:23).

La diferencia no está en quién es más pecador, pues todos somos considerados pecadores en el mismo grado de culpabilidad ante el Juez Supremo, lo único que nos diferencia es que unos hemos cometidos ciertos pecados, y otros diferentes pecados a los nuestros, o algunos han pecado más o menos que nosotros en alguna área, pero ante Dios, todos somos dignos de la muerte eterna por nuestra maldad (Ro. 6:23a).

Lo único que nos pueda otorgar perdón es la gracia y la misericordia de Dios por medio de la fe. La fe nos justifica (Ro. 5:1), nos otorga el perdón (Hch. 26:18), nos da vida eterna librándonos de la condenación (Jn. 3:16-18, 36), y nos permite entrar en la familia de Dios (Jn. 1:12).


Rahab era una mujer pecadora, según nos dice la Biblia, ella había sido una mujer ramera y había mentido a los enviados del rey de Jericó (Jos. 2:1-7), pero fue su fe en Dios lo que le dio la valentía de actuar en favor de los espías. Ella sabía que no había esperanza para nadie que habitaba dentro de Jericó, pero confiando en la misericordia de Dios, y esperando que por gracia la salven, decide tomar la oportunidad de refugiarse ante el poder del Dios de Israel, y con ello, salvarse ella y su familia (Jos. 2:8-16).

Josué sabía lo que Rahab había hecho por fe en Dios, y por ello le otorga la petición de no ser condenada a morir a espada junto con los demás. Cuando Josué da la orden de gritar y atacar, les recuerda al ejército a que no le hagan daño a nadie de su casa, sino antes, que la rescaten pronto y le den la oportunidad de vivir entre el pueblo de Israel (v. 17, 22-23, 25).

Como aprendimos en una lección anterior, Rahab se caracterizó por una fe intrépida, fe que le otorgó el valor para actuar, pero también le concedió la salvación de su vida, y por lo tanto le introdujo en la familia de Abraham por fe (Gá. 3:6-11). Siendo pecadora, su fe la salvó de la muerte en Jericó y de la condenación eterna.

Para que una persona pueda ser salva de la condenación y pueda ser perdonada de sus pecados lo único que le puede ayudar es confiar en la misericordia y la gracia de Dios. Dios el Padre envió a Su Hijo para que nosotros podamos tener perdón y salvación. En Cristo se pagó nuestra deuda, pero esa transacción judicial de culpa y perdón solo se hace efectiva cuando ponemos nuestra fe en Jesús como nuestro Salvador (Ro. 3:24-26).

¿Usted ya se refugió en la misericordia y la gracia de Dios por medio de la fe en Cristo?


«Solo la fe en un Dios misericordioso y lleno de gracia nos puede perdonar y salvar cuando ponemos nuestra esperanza en la obra redentora de Su Hijo Jesucristo»

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Una fe colectiva

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Josué 6:9-16, 20-21

“Y los hombres armados iban delante de los sacerdotes que tocaban las bocinas, y la retaguardia iba tras el arca, mientras las bocinas sonaban continuamente. Y Josué mandó al pueblo, diciendo: Vosotros no gritaréis, ni se oirá vuestra voz, ni saldrá palabra de vuestra boca, hasta el día que yo os diga: Gritad; entonces gritaréis. Así que él hizo que el arca de Jehová diera una vuelta alrededor de la ciudad, y volvieron luego al campamento, y allí pasaron la noche. Y Josué se levantó de mañana, y los sacerdotes tomaron el arca de Jehová. Y los siete sacerdotes, llevando las siete bocinas de cuerno de carnero, fueron delante del arca de Jehová, andando siempre y tocando las bocinas; y los hombres armados iban delante de ellos, y la retaguardia iba tras el arca de Jehová, mientras las bocinas tocaban continuamente. Así dieron otra vuelta a la ciudad el segundo día, y volvieron al campamento; y de esta manera hicieron durante seis días. Al séptimo día se levantaron al despuntar el alba, y dieron vuelta a la ciudad de la misma manera siete veces; solamente este día dieron vuelta alrededor de ella siete veces. Y cuando los sacerdotes tocaron las bocinas la séptima vez, Josué dijo al pueblo: Gritad, porque Jehová os ha entregado la ciudad. […] Entonces el pueblo gritó, y los sacerdotes tocaron las bocinas; y aconteció que cuando el pueblo hubo oído el sonido de la bocina, gritó con gran vocerío, y el muro se derrumbó. El pueblo subió luego a la ciudad, cada uno derecho hacia adelante, y la tomaron. Y destruyeron a filo de espada todo lo que en la ciudad había; hombres y mujeres, jóvenes y viejos, hasta los bueyes, las ovejas, y los asnos.”

El que una persona siga a Dios comprometida es cuestión de una sola fe para que el Señor obre en esa persona, pero el que una nación o un grupo de personas sigan todos a Dios, eso si que requiere una fe colectiva que movilice a todo el grupo en pos del Señor, y eso no es común hallarlo.

Aunque la relación de Dios es personal e individual con cada uno de los creyentes, es muy cierto que esa relación personal se puede desarrollar con todo un grupo de personas.

En el A.T. Dios obraba y se relacionaba con el pueblo israelita, con sus líderes y con toda la nación, pero luego de la venida de Cristo esa relación se llegó a dar ahora con la Iglesia de Cristo, sus líderes y miembros en general. En todas las Escrituras vemos a Dios relacionándose tanto con individuos cómo con un colectivo de creyentes. El Señor siempre ha querido que todos los creyentes le sigan, no solamente unos cuantos.


En la conquista de Jericó no solo se necesitaba de la fe de Josué como líder para que Dios les entregara la ciudad, sino que se requería de la fe colectiva de todo el pueblo para seguir al pie de la letra el plan de Dios de rodear en silencio por seis días, solo los sacerdotes irían tocando los cuernos, y en el séptimo día hacer lo mismo, pero por siete veces, y al final dar un grito colectivo de guerra cuando los cuernos eran tocados por los sacerdotes (v. 8-16).

Por un momento, pensemos en aquellos que estaban en Jericó, viendo a sus enemigos caminar alrededor de la ciudad por siete días, y todo el tiempo en silencio, y después lo que ellos pensarían cuando el estruendo de los gritos y los cuernos hicieron que cayeran los muros, esto tuvo que desconcertarlos tanto que un pánico generalizado invadió sus corazones, de tal manera que cuando vieron a los israelitas subir el muro, ellos ya no tenían aliento para combatir y fueron destruidos inmediatamente (v. 20-21).

Solamente una fe colectiva los llevó a desarrollar una obediencia colectiva. Muchas veces en las iglesias o en cierto grupo de personas que están sirviendo a Dios no se observa esa fe en conjunto, una fe que pudiera hacer mucho en favor del servicio al Señor. Tal vez seamos nosotros mismos quienes no favorecemos a esa fe contagiosa entre los demás.

Seamos creyentes de una fe que motive a otros a crecer en ella. El pueblo de Israel dependió de la fe de Josué para tomar esa misma confianza en Dios y hacerla suya. Seamos movilizadores de fe o aprendamos de otros que ya tienen esa fe y hagamos de ella una fuente en favor de todos, tanto que nos lleve a la obediencia, y ahí veremos maravillas de Dios obrando en medio de un pueblo de una fe victoriosa.

¿Cómo puede usted ayudar a otros a desarrollar una fe obediente en Dios?


«Dios no espera que unos pocos tengan una gran fe, sino que todo Su pueblo confíe plenamente en Él»

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Somete tu voluntad al “Príncipe”

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Josué 5:13 – 6:5

“Estando Josué cerca de Jericó, alzó sus ojos y vio un varón que estaba delante de él, el cual tenía una espada desenvainada en su mano. Y Josué, yendo hacia él, le dijo: ¿Eres de los nuestros, o de nuestros enemigos? El respondió: No; mas como Príncipe del ejército de Jehová he venido ahora. Entonces Josué, postrándose sobre su rostro en tierra, le adoró; y le dijo: ¿Qué dice mi Señor a su siervo? Y el Príncipe del ejército de Jehová respondió a Josué: Quita el calzado de tus pies, porque el lugar donde estás es santo. Y Josué así lo hizo. Ahora, Jericó estaba cerrada, bien cerrada, a causa de los hijos de Israel; nadie entraba ni salía. Mas Jehová dijo a Josué: Mira, yo he entregado en tu mano a Jericó y a su rey, con sus varones de guerra. Rodearéis, pues, la ciudad todos los hombres de guerra, yendo alrededor de la ciudad una vez; y esto haréis durante seis días. Y siete sacerdotes llevarán siete bocinas de cuernos de carnero delante del arca; y al séptimo día daréis siete vueltas a la ciudad, y los sacerdotes tocarán las bocinas. Y cuando toquen prolongadamente el cuerno de carnero, así que oigáis el sonido de la bocina, todo el pueblo gritará a gran voz, y el muro de la ciudad caerá; entonces subirá el pueblo, cada uno derecho hacia adelante.”

En la actualidad poco se observa ese reconocimiento que se da a los miembros de la realeza, y sobre todo al rey o al príncipe. Aunque en algunos países de Europa y otros de Asia Menor todavía se conserva los privilegios de las monarquías, para la mayoría de nosotros esas observancias nos son ajenas, y se podría decir que muchos las miran como antiguas.

Pero hubo una época en la que en toda la tierra se gobernaba bajo régimen monárquico. El rey no solo representaba la autoridad política, sino también podía tener bajo su mando el poder judicial, religioso, y sobre todo militar. Muchos de esos monarcas y sus hijos, los príncipes, se destacaban por su capacidad para pelear en la guerra y dirigir a su ejército con astucia para lograr la victoria. Para muchos soldados pelear al lado de su rey era un privilegio incomparable.

En el momento que Josué se estaba preparando para iniciar la conquista, nuevamente se presenta Dios ante Su siervo para darle instrucciones, pero en este momento se presenta como el “Príncipe del ejército de Jehová” acercándose con su espada desenvainada (5:13-15). Dios mismo, en una de las teofanías que hallamos en el A.T. se presenta ante Su siervo para darle instrucciones específicas de cómo atacar Jericó (6:2-5).


Este instante sería recordado por Josué como el momento que vio al “Príncipe” Guerrero liderando Su ejército para alcanzar la conquista. Josué lo reconoce como Dios mismo, y por eso se postra en señal de adoración; el mismo Señor le pide que se quite su calzado, como lo hizo con Moisés ante la zarza (Éx. 3), y le explica cómo debía atacar.

Aunque la idea parecería descabellada, pues nadie su hubiera imaginado atacar la ciudad solamente rodeándola por siete días y después tocar los cuernos, Josué comprendió perfectamente que esto no se trataba de lo que él pensaría hacer, esto se trataba del plan soberano del “Príncipe”, y ante esa orden no había discusión ni dudas, si venía de Él, eso era todo lo que necesitaba saber, y con ello obedecer.

Como leemos en los versículos siguientes a este pasaje (6:6 y ss.), Josué hace exactamente lo que el Señor le pidió que hiciera, y con ello consiguió en triunfo. Josué tuvo el privilegio de pelear junto al “Príncipe” y obtener la victoria.

Nosotros también nos enfrentamos constantemente en nuestras luchas espirituales, batallas que parecen insalvables; pero cuando aprendemos a confiar en Dios y a depender de Su guía, sabemos que lo que Él nos pida hacer es exactamente lo que necesitamos saber, y con eso obedecer. Aunque la batalla parezca perdida o el método poco tradicional, lo que el Señor nos diga nos guiará a la victoria, pues Suya es la batalla y Suyos la sabiduría y el poder. ¡Sometamos nuestra voluntad al “Príncipe”!


«El Señor se especializa en batallas espirituales con métodos muchas veces poco tradicionales, pero siempre la victoria es segura si le seguimos»

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Cuarenta años de cuidado

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Josué 5:10-12

“Y los hijos de Israel acamparon en Gilgal, y celebraron la pascua a los catorce días del mes, por la tarde, en los llanos de Jericó. Al otro día de la pascua comieron del fruto de la tierra, los panes sin levadura, y en el mismo día espigas nuevas tostadas. Y el maná cesó el día siguiente, desde que comenzaron a comer del fruto de la tierra; y los hijos de Israel nunca más tuvieron maná, sino que comieron de los frutos de la tierra de Canaán aquel año.

En el día a día siempre nos disponemos a comer, aunque sea un pequeño plato de comida. Muchos, por la misericordia de Dios, y aunque en días ha habido necesidades, siempre hemos visto la mano provisora de Dios en nuestro favor.

¿Cuándo fue la última vez que nos sentamos a la mesa y le dimos gracias al Señor por los alimentos que nos servimos en ese instante? Tal vez muchos podrán decir: «Lo hice recientemente, junto con los alimentos que me acabo de servir»; y eso es muy bueno. Ahora, ¿cuándo fue la última vez que le dio gracias al Señor por todos los alimentos que ha recibido durante este último año, o tal vez durante esta última década, o que tal toda su vida?

Dependiendo la edad que tenga usted, todos hemos sido bendecidos con múltiples comidas, y muchas muy especiales durante toda nuestra vida, y en todo ello estaba la mano de Dios cuidando de nosotros.


Los israelitas habían acampado en Gilgal, los varones en el campamento estaban recuperándose físicamente de la circuncisión (Jos. 5:2-9), y en señal de agradecimiento por todo, ellos celebraron la Pascua. Esta celebración era el recordatorio de que Dios los había sacado de Egipto, y el mismo Señor le había pedido a Moisés que lo hicieran apenas lleguen a la tierra prometida (Éx. 13:5). La celebración era el recordatorio del sacrificio del cordero en favor de la vida de los hijos de Israel (Éx. 12). Estaban recordando que hace 40 años habían sido liberados y que Dios estaba cumpliendo Su promesa.

Lo interesante de este acontecimiento es que ellos comieron al siguiente día, y por primera vez, de los alimentos de la tierra prometida: “comieron del fruto de la tierra, los panes sin levadura, y en el mismo día espigas nuevas tostadas” (v. 11). Pudieron por fin disfrutar de las bendiciones abundantes de Dios en lo que sería ahora, y para siempre, su nueva “casa”.

Pero no solo que ya comieron de los frutos, sino que ya no hizo necesidad de más maná. El “maná cesó el día siguiente” (v. 12), y con ello la provisión milagrosa y celestial continua del Señor por cuarenta años estaba concluyendo, ahora ellos recibirían de las nuevas provisiones. Por todo ese período Dios había cuidado de Su pueblo y estaba cumpliendo Su promesa.

Dios no solo los sostuvo con la ropa (Dt. 29:5), ni solo les ayudó en las batallas, no tan solo fue su guía de día y de noche, sino que Él les mantuvo con agua y alimento por todo el tiempo que estuvieron deambulando por el desierto; los israelitas vieron la mano de Dios por cuarenta años sin cesar, ¡qué gran cuidado!

Hoy día, por qué no hacemos un alto a nuestras actividades, y en un momento de adoración, demos gracias al Señor por todos estos años en lo que Él que nos ha venido cuidando, todo lo que ha provisto y hasta a dónde nos ha permitido llegar; sobre todo, démosle gracias de antemano, porque hasta que lleguemos al cielo, Él ya nos ha provisto del regalo de la vida eterna por medio del Cordero, y hasta ese día que entremos en Su presencia Él va a cuidar de nosotros.

«Señor, gracias por tu constante cuidado por nosotros, desde que hemos nacido, hasta cuando estemos en Tu presencia»


«El cuidado del Señor nunca decae, cada día son nuevas Sus misericordias por nosotros»

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La ira no está en nuestro “ADN”

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De 1 a 10 ¿qué tan irascibles nos consideramos? Siendo 10 muy irascibles. Todos luchamos con la ira y la justificamos de muchas formas, es más, parece estar de moda sentirse airado o enojado con los gobiernos, la iglesia y el que piensa diferente a nosotros, pero, la Palabra de Dios nos dice con claridad lo que debemos hacer en cuanto a la ira. 

Efesios 4.31-32 dice: 

Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.” 


Cuando el Apóstol Pablo nos dice quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira y gritería” nos está comunicando dos verdades: la primera es que como cristianos somos exhortados a vivir de esta forma para agradar a Dios, y la segunda es que el hecho de “quitarnos” no implica un comportamiento específico que debamos hacer, sino que tiene que ver más con una realidad que ya sucedió en nosotros. 

Esta realidad a la que me refiero es que fuimos identificados con la muerte de Cristo el día que creímos en Él como nuestro Salvador y Señor, por lo que, con su muerte, nosotros también morimos, no en la carne, sino al pecado (Ro. 6.11). 

Desde ese momento el Espíritu de Dios entró a morar en nosotros y pudimos empezar a vivir como a Él le agrada, gracias a que fuimos librados de la esclavitud del pecado. Por eso cuando pecamos, no es porque el pecado tenga dominio total de nosotros, sino porque decidimos rendirle el control de nuestro cuerpo. 

Entonces, cuando se nos dice “quítense”, ello significa que ya fuimos librados de la amargura, enojo, ira, gritería, maledicencia y toda malicia; y que debemos vivir conforme a esa realidad. 

La manera como tengo para ilustrar esta verdad es a través de un consejo que nos dio nuestro pastor, cuando mi esposa y yo estábamos haciendo la consejería prematrimonial. Él nos dijo que la palabra “separación” debía borrarse de nuestra mente para que pudiéramos cumplir la voluntad de Dios de estar juntos por el resto de nuestras vidas. 

¿Eso significaba que la tentación a separarnos iba a desaparecer apenas nos casáramos? ¡No! Lo que significaba era que debíamos vivir, creyendo que la separación no era una posibilidad para nosotros. 

A eso se refiere quítense”, a que existen momentos que nos pueden causar amargura, enojo, ira y lo demás… pero, debemos vivir entendiendo que tenemos el poder para no dejarnos llevar por esas emociones, porque perdieron su poder el día que Cristo murió y el día que lo aceptamos como nuestro salvador. 

¿Qué hacemos con esta verdad? Debemos guardarla en nuestro corazón y remplazar con ella los pensamientos que normalmente tenemos cuando estamos sintiéndonos amargados, enojados o airados. 

Además de esto, debemos aceptar el llamado que tenemos a ser buenos y misericordiosos, porque como tenemos de Su Espíritu, gozamos de su bondad y amor. 

¿Cómo podemos expresar esto? Perdonándonos unos a otros. 

Hablando de perdón, me gusta que este verbo se nos presenta en plural, porque, así como somos víctimas también podemos ser los verdugos que causen daño a otros, así, necesitamos ser perdonados y perdonar, haciéndolo como Dios lo hizo en nosotros por medio de Cristo, asumiendo el costo que eso implique, sacrificándonos y ofreciendo lo necesario para estar bien con el prójimo. 

Para ello, debemos remplazar ese compromiso pecaminoso de defendernos a nosotros mismos, por el compromiso que Dios nos plantea acá, de perdonar como Él lo hizo. 


«El día que creímos en Cristo como nuestro salvador fuimos identificados con su muerte, y aunque no morimos en la carne, si lo hicimos al pecado»

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