Conocimiento que nos transforma

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¿Has tenido alguna persona que ha servido de modelo de vida para ti? O ¿te has sentido inspirado por alguien que ha hecho cosas importantes? ¿Te has preguntado cuanto de lo que haces es producto de lo que has visto o escuchado de otras personas? Pues hay una realidad, y es que todos somos influenciados por personas y circunstancias, por eso terminamos pareciéndonos a lo que admiramos. 

Pero hubo un hombre que fue influenciado poderosamente por la voluntad de Dios y gracias a su Espíritu pudo cumplir el propósito para el cual Dios lo había llamado, aunque eso le significó vivir de una manera muy especial, ese hombre es Juan el Bautista y encontramos de él en Marcos 1.6-7, que dice: 

“Y Juan estaba vestido de pelo de camello, y tenía un cinto de cuero alrededor de sus lomos; y comía langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo: Viene tras mí el que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar encorvado la correa de su calzado.” 


Sin duda Juan el Bautista era un hombre muy particular, por ejemplo, su vestuario y dieta nos hablan de su carácter, de su estilo de vida, y nos dejan ver que era un hombre comprometido con la causa de Dios y que su fe estaba profundamente arraigada. Él optó por una vida sencilla, disciplinada y apartada de los lujos. 

Su vida era muy llamativa para esa época y seguramente eso motivó a muchos a escucharle, porque hallaban coherencia entre su enseñanza y lo que hacía. 

Con esto no quiero decir que debemos vestirnos con piel de camello, comer langostas y miel silvestre para impactar el mundo; pero si necesitamos seguir su ejemplo, haciendo que nuestra vida resalte por ser diferente, porque vivir queriendo agradar a Dios antes que al mundo, según el Apóstol Juan, es una evidencia de que somos hijos suyos. 

Pero no solo el estilo de vida de Juan era particular, sino que también su predicación lo era, porque se enfocaba en Jesús, entendiendo que Él es el único poderoso y digno de adorar. Por eso ilustró su sentimiento en cuanto a Él, diciendo que no era digno de desatar su calzado (una labor tan humilde que era un esclavo quien lo hacía), contrastando su debilidad y bajeza con la honra y grandeza de Cristo. 

Esa grandeza es la que nos debe motivar a conocer de Jesús, escuchar lo que hizo, someternos a su enseñanza y creer en su evangelio, en sus buenas noticias. Evangelio que valoramos, pero del que nos apartamos porque nos dejamos llevar por las urgencias del momento, por esa búsqueda de palabras que nos “ayuden” a salir de nuestros problemas sin contemplar lo profundo de nuestro corazón. 

Muchos buscaron a Jesús con esa actitud interesada y temporal, motivados por una enfermedad, un demonio o por algo que comer; pero, terminaron condenados eternamente porque no creyeron en Él con sinceridad. 

La venida de Cristo y la predicación de Juan nos enseñan que la voluntad de Dios es que lo conozcamos a través de su Hijo. Que emprendamos un camino hacia su conocimiento y veamos que en su persona confluyen majestuosamente la paz, el amor, la nobleza y la humildad, así como su justicia, santidad y poder. 

Dispongámonos con decisión a conocerlo y estemos dispuestos a ser transformados por la persona de Jesús, quien es el centro de toda la historia del universo y en quien descansa el mundo. 

Pidámosle a Dios que nos deje ver y entender quién es Él y quienes somos nosotros, para que, como Juan, vivamos con la trascendencia que Cristo modeló. 


«Muchos buscaron a Jesús por una enfermedad, un demonio o por algo que comer; pero, terminaron condenados eternamente porque no creyeron en Él con sinceridad»

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Hay buenas noticias

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¿Cuál sería la mejor noticia que se te pudiera dar hoy? ¿Sería algo relacionado con tu familia, vida sentimental, trabajo o tu salud? 

¿Qué crees que sentirías si esa noticia que esperas se te anunciara? 

Un sentimiento mayor a ese es el que debería producirnos el evangelio de Cristo; de hecho, las Escrituras llaman evangelio a las buenas nuevas o buenas noticias en base a lo que Cristo significa para nosotros, y que recibimos a partir del testimonio de su vida, obra y enseñanzas. 

Y aunque no lo valoremos así, Cristo es la mejor noticia que ha llegado al mundo porque sus enseñanzas son verdaderas, nos traen esperanza, reconcilian con nuestro Creador, garantizan salvación del pecado y nos aseguran inmortalidad. 

Ya que Cristo es el evangelio (Mr. 1.1), necesitamos conocerlo, verlo a través del lente de quienes lo vieron, ser afectados por su obra y esperar con ansias la transformación que Él puede hacer en nosotros. 

Uno de los hombres que lo vio y del que se nos habla en el evangelio de Marcos es Juan el Bautista, de hecho, Isaías profetizó acerca de él como el mensajero que prepararía el camino del Señor 700 años antes de que él comenzara su ministerio. 

Marcos 1.2-3“Como está escrito en Isaías el profeta: He aquí yo envío mi mensajero delante de tu faz, El cual preparará tu camino delante de ti. Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor; Enderezad sus sendas.” 


Considerar esta profecía nos deja ver que la obra de amor y perdón de Dios para con nosotros fue planeada por Él desde mucho tiempo atrás; por eso preparó los tiempos, la línea de sucesos y el lugar, para que todo estuviera dispuesto para el momento cumbre de la encarnación del Hijo de Dios. 

Pero, ¿Por qué Dios querría que alguien preparara al pueblo para recibir a Jesús?  

Porque el que llegaría es el Señor, el Kyrios (en griego), el mismo al que Isaías vio en el trono, y al que adoraban los serafines diciendo: “Santo, Santo, Santo”, pero que luego decidiría humillarse para hacerse hombre e identificarse en todo con nosotros. 

¿Qué hizo Juan para preparar el camino de Jesús? 

Predicar el bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados (Mr. 1.4). 

Para sorpresa de muchos, él no preparó el camino del Señor mediante relaciones diplomáticas, ni reuniones con dirigentes judíos, porque el propósito de Jesús era solucionar el verdadero problema del mundo: el pecado.  

El pecado es la razón de todos nuestros males (Ro. 1): corrupción, homicidios, mentiras, injusticias, pobreza y demás… mientras nuestro pecado no sea resuelto y no seamos librados de su poder, pasaremos la vida protestando sin lograr cambios significativos. 

Así la predicación de Juan sobre el arrepentimiento de pecados empezó a manifestar el centro del problema humano. 

Pero esta predicación no solo era una exposición de la verdad divina, también era un llamado al arrepentimiento, a entender el pecado y sus consecuencias delante del Dios Santo, y también buscaba que las personas le dieran un giro a su vida, demostrando un compromiso por no seguir viviendo de forma pecaminosa. 

¿Qué tan convencidos estamos de que el verdadero problema del mundo es el pecado? Y ¿Qué tan agradecidos estamos con Dios por enviar a su Hijo para solucionarlo? 

Celebremos el amor y la misericordia de Dios, porque es por Él que hoy tenemos las buenas noticias de Cristo y nuestro pecado fue perdonado gracias a su muerte en la cruz. 


«Cristo es la mejor noticia que ha llegado al mundo»

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Dios sabe lo que hace

Serie: ¡Entre el sí y el no!


Lo más difícil en una relación es cuando mis planes o los planes que hicimos en pareja se desmoronan. Creemos que ahora nada tiene sentido y que todo ha llegado a su fin. Es ahí cuando la única solución es confiar en Dios y en lo que él hace.

Leamos juntos lo que la Palabra de Dios tiene que decirnos en cuento a esto:

Este pasaje nos muestra el principio de hoy y es:

DIOS SABE LO QUE HACE

Cuando pases por momentos donde tus planes se desmoronen recuerda este versículo y reconoce que Dios tiene el control y Él sabe porque permite que pases por esa situación, talvez quiere librarte de algo peor o tiene algo mejor preparado para ti.

Cuando nos referimos a una relación a futuro debemos depender aún más de Dios y saber que Él me está mostrando la persona que tiene para mi futuro. Como jóvenes y aún más si estamos enamorados esperamos que todo se vaya dando con rapidez y no permitimos que nada ni nadie se nos oponga, porque queremos estar seguros de que esa persona no nos dejará o que las situaciones que atravesamos no dañen nuestra relación.

Pero hay algo que es inevitable, lo que Dios permite que suceda, sea bueno o malo, cuando Dios permite que una situación buena o mala llegue a nuestra vida, eso pasará. Nada puede anular lo que Dios ya ha permitido.

¿Entonces qué debo hacer en ese caso? La respuesta es simple, espera en Dios y confía en que si tu vida es conforme a la Palabra de Dios y tu relación también busca el honrar a Dios, todo lo que pase a tu alrededor el Señor lo permitirá para tu bien, aún si es un proceso doloroso o que quisieras evitar, depende solamente de Dios y pídele que te de la fortaleza para permanecer firme en su voluntad.

No refutes o te enojes con Dios si el permite que tu relación termine o que tus planes en cuanto a tu relación fracasen, solo confía, Dios sabe lo que hace


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El problema de no consultar a Dios

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Josué 9:1-14

“Cuando oyeron estas cosas todos los reyes que estaban a este lado del Jordán, así en las montañas como en los llanos, y en toda la costa del Mar Grande delante del Líbano, los heteos, amorreos, cananeos, ferezeos, heveos y jebuseos, se concertaron para pelear contra Josué e Israel. Mas los moradores de Gabaón, cuando oyeron lo que Josué había hecho a Jericó y a Hai, usaron de astucia; pues fueron y se fingieron embajadores, y tomaron sacos viejos sobre sus asnos, y cueros viejos de vino, rotos y remendados, y zapatos viejos y recosidos en sus pies, con vestidos viejos sobre sí; y todo el pan que traían para el camino era seco y mohoso. Y vinieron a Josué al campamento en Gilgal, y le dijeron a él y a los de Israel: Nosotros venimos de tierra muy lejana; haced, pues, ahora alianza con nosotros. Y los de Israel respondieron a los heveos: Quizá habitáis en medio de nosotros. ¿Cómo, pues, podremos hacer alianza con vosotros? Ellos respondieron a Josué: Nosotros somos tus siervos. Y Josué les dijo: ¿Quiénes sois vosotros, y de dónde venís? Y ellos respondieron: Tus siervos han venido de tierra muy lejana, por causa del nombre de Jehová tu Dios; porque hemos oído su fama, y todo lo que hizo en Egipto, y todo lo que hizo a los dos reyes de los amorreos que estaban al otro lado del Jordán: a Sehón rey de Hesbón, y a Og rey de Basán, que estaba en Astarot. Por lo cual nuestros ancianos y todos los moradores de nuestra tierra nos dijeron: Tomad en vuestras manos provisión para el camino, e id al encuentro de ellos, y decidles: Nosotros somos vuestros siervos; haced ahora alianza con nosotros. Este nuestro pan lo tomamos caliente de nuestras casas para el camino el día que salimos para venir a vosotros; y helo aquí ahora ya seco y mohoso. Estos cueros de vino también los llenamos nuevos; helos aquí ya rotos; también estos nuestros vestidos y nuestros zapatos están ya viejos a causa de lo muy largo del camino. Y los hombres de Israel tomaron de las provisiones de ellos, y no consultaron a Jehová.

Ser engañado es una de las acciones que nadie quiere recibir, y muchos sufrimos profundamente la indignación de haber pasado por ese perjuicio. Viviendo en un mundo donde el engaño es cada vez más frecuente hallarlo, donde la honestidad y el trato justo va desapareciendo, es imperante que nosotros nos aseguremos de no sufrir el perjuicio de tal mal.

Pero ¿cómo poder saber si no somos engañados por las personas que vienen a buscarnos ofreciéndonos algún servicio o solicitando algún favor? Como habíamos mencionado, es más frecuente encontrarnos con personas que vienen con artimañas y nos estafan.


Josué fue uno de ellos. Los “moradores de Gabaón… usaron astucia” para engañar al pueblo de Israel. Ellos sabían que Dios estaba por traer juicio sobre ellos (v. 24), y para evitar ser destruidos, utilizaron la artimaña del engaño, y de esta manera fingir ser un grupo de moradores lejanos que en buena fe buscaban alianza estratégica. Josué y los príncipes de Israel, sin consultar a Dios en cuanto a este asunto, decidieron por sí mismos hacer alianza, lo cual no fue bueno ante Dios, ni tampoco agradó al resto del pueblo (v. 18).

El versículo 14 nos da la respuesta a nuestra necesidad: ¡Hay que consultar a Dios! El problema se presentó en el campamento de Israel porque nadie consultó a Dios. En vez de confiar en la guía del Señor, confiaron en las palabras de estos astutos enemigos, y se dejaron timar fácilmente.

El engaño siempre ha sido una de las tretas favoritas del maligno para apartar al hombre de Dios y de Su voluntad (Gn. 3:1-13). El engaño también es usado para alejar al hombre de la verdad de la Palabra de Dios (Ef. 4:14). Por esto nuestra búsqueda de Dios es imperante, para que Él, Quien conoce el corazón de aquellos que se acercan a nosotros y conoce la verdad ante todo asunto, y sobre todo de Su Palabra, sea Quien nos ayude con su guía a saber si estamos ante algún engaño o ante algo cierto y veraz.

Dios, a través del Espíritu Santo, nos guía a la verdad (Jn. 16:13). Depender de Él es crucial para no sufrir las consecuencias del engaño del pecado y la mentira, y seguir solo la verdad, la santidad y nuestro bien.

Recordemos también que, si hay algo que no está en la Biblia, ya de por sí podría ser una mentira, porque solo la Biblia contiene la verdad absoluta (Jn 17:11), lea las Escrituras diariamente y se llenará de la verdad de Dios.


«Para evitar ser engañado, el creyente debe buscar la verdad solo en Dios y en Su Palabra. ¡No hay más!»

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Reconoce y adora Su misericordia

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Josué 8:30-35

“Entonces Josué edificó un altar a Jehová Dios de Israel en el monte Ebal, como Moisés siervo de Jehová lo había mandado a los hijos de Israel, como está escrito en el libro de la ley de Moisés, un altar de piedras enteras sobre las cuales nadie alzó hierro; y ofrecieron sobre él holocaustos a Jehová, y sacrificaron ofrendas de paz. También escribió allí sobre las piedras una copia de la ley de Moisés, la cual escribió delante de los hijos de Israel. Y todo Israel, con sus ancianos, oficiales y jueces, estaba de pie a uno y otro lado del arca, en presencia de los sacerdotes levitas que llevaban el arca del pacto de Jehová, así los extranjeros como los naturales. La mitad de ellos estaba hacia el monte Gerizim, y la otra mitad hacia el monte Ebal, de la manera que Moisés, siervo de Jehová, lo había mandado antes, para que bendijesen primeramente al pueblo de Israel. Después de esto, leyó todas las palabras de la ley, las bendiciones y las maldiciones, conforme a todo lo que está escrito en el libro de la ley. No hubo palabra alguna de todo cuanto mandó Moisés, que Josué no hiciese leer delante de toda la congregación de Israel, y de las mujeres, de los niños, y de los extranjeros que moraban entre ellos.”

Se escucha muy frecuentemente que el logro alcanzado por una persona es atribuido solamente al esfuerzo de aquella persona, en otras ocasiones se lo atribuye a la colaboración de un familiar o alguien más, muchas otras veces a la “vida” como un “ser” que brinda oportunidades, y otras tantas a la “suerte”. ¿Pero son en realidad todos estos elementos los generadores y/o facilitadores de tal logro o hay algo o alguien más detrás de tal consecución?

En el ámbito secular en su mayoría, éstos son los elementos que favorecen los logros, pero cuando aprendemos de la Biblia, nos damos cuenta que hay un solo Ser que permite que todo lo que consigamos haya sido alcanzado, y este Ser es Dios.

El ignorar la obra de Dios en las “ecuaciones de nuestra vida y logros” es negar la siempre existencia y la obra de un Dios soberano, poderoso, omnipresente, bueno y misericordioso. Nunca debemos pasar por alto, o ser negligentes, cuando consideremos todo lo que Dios hace y nos permite hacer.


Josué y el pueblo de Israel habían experimentado el poder y la misericordia de Dios en la conquista de Hai. En su primer intento ellos habían fallado porque habían tratado de hacer las cosas a su manera, confiando en sí mismos, y teniendo entre ellos el pecado de Acán (Jos. 7). Pero en su segundo intento, antes de nada, ellos buscaron a Dios, reconocieron y corrigieron el mal, y siguieron la guía del Señor para lograr la victoria (Jos. 8:1-29).

Al experimentar la misericordia de Dios en sus vidas, Josué guía al pueblo a levantar un altar y presentar en él una ofrenda de paz en el monte Ebal (v. 30-31), tal cual Dios le había dicho a Moisés que lo hiciera (Dt. 27:2-8). El altar debía ser hecho de piedras no talladas con “hierro”, es decir, sin ser profanadas. Tenía que así para honrar a Dios.

La ofrenda de paz era presentada a Dios en señal de la restitución de las relaciones con Él, manifestando con ello el agradecimiento por Su misericordia y bondad. Obviamente, para todos, esta ofrenda era su manifestación de gratitud, ya que el Señor les había perdonado y restaurado, y había entregado a Hai en sus manos. El pueblo nuevamente podía estar en paz consigo mismo, porque Dios no los había desechado, sino que la relación volvía a ser la de antes.

Nunca debemos olvidar que Dios es un Dios perdonador, Quien se enoja ante nuestro pecado, pero que está presto a perdonar y a restablecer Su relación con nosotros. Reconocer Su misericordia es motivo de adoración. Dios es bueno, justo, paciente, amoroso. Nosotros también podemos presentarnos a Él con manos limpias y postrarnos ante Su presencia y adorarle por Su eterna misericordia en favor nuestro. Si últimamente ha pecado y a pedido Su perdón, recuerde que Dios ya le perdonó, ahora adórele por Su misericordia.


«La misericordia de Dios es la bondad expresada en nuestro favor, generada por Su amor y paciencia, y otorgada a nosotros sin merecimiento»

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“Borrón y cuenta nueva”

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Josué 8:1-8

Jehová dijo a Josué: No temas ni desmayes; toma contigo toda la gente de guerra, y levántate y sube a Hai. Mira, yo he entregado en tu mano al rey de Hai, a su pueblo, a su ciudad y a su tierra. Y harás a Hai y a su rey como hiciste a Jericó y a su rey; sólo que sus despojos y sus bestias tomaréis para vosotros. Pondrás, pues, emboscadas a la ciudad detrás de ella. Entonces se levantaron Josué y toda la gente de guerra, para subir contra Hai; y escogió Josué treinta mil hombres fuertes, los cuales envió de noche. Y les mandó, diciendo: Atended, pondréis emboscada a la ciudad detrás de ella; no os alejaréis mucho de la ciudad, y estaréis todos dispuestos. Y yo y todo el pueblo que está conmigo nos acercaremos a la ciudad; y cuando salgan ellos contra nosotros, como hicieron antes, huiremos delante de ellos. Y ellos saldrán tras nosotros, hasta que los alejemos de la ciudad; porque dirán: Huyen de nosotros como la primera vez. Huiremos, pues, delante de ellos. Entonces vosotros os levantaréis de la emboscada y tomaréis la ciudad; pues Jehová vuestro Dios la entregará en vuestras manos. Y cuando la hayáis tomado, le prenderéis fuego. Haréis conforme a la palabra de Jehová; mirad que os lo he mandado.”

¿En algún momento se ha sentido desalentado por algún fracaso en su vida o algún pecado que trajo consigo un castigo y pérdida? Ese sentimiento de seguro fue terrible. Con ese evento pudo venir a su vida dolor, frustración, falta de autoestima, temor, desconfianza, enojo consigo mismo, etc. Son sentimientos muy fuertes que menoscaban nuestro ser llevándonos muchas veces a la depresión y el miedo.

Podemos ver en la Biblia, por ejemplo, personajes como Jacob, Adán y Eva, Jonás, David, Pedro, entre otros, que cuando le fallaron a Dios se sintieron tan abrumados con el sentimiento de fracaso que huyeron de su familia, se escondieron y se vistieron con hojas, aceptaron morir en el mar, permitieron que sus hijos tomaran control del reino, y salieron corriendo de la presencia del Señor, entre otros. Pero en ellos vemos un patrón similar, después de fallarle a Dios, se arrepintieron, aprendieron del error, y con la ayuda del Señor siguieron adelante y cumplieron con los propósitos de Dios.


Josué e Israel aprendieron del pecado de Acán, enfrentaron una derrota inesperada, pero solucionaron el problema que había en el pueblo cuando Dios les dijo que pasaba, y ahora estaba listo para seguir. Pero antes de eso, vemos que ellos se desalentaron tanto, que tuvieron temor, y Josué rasgó su vestido en señal de indignación y vergüenza, y tuvieron un sentimiento fatalista de completo fracaso: “… !Ah, Señor Jehová! ¿Por qué hiciste pasar a este pueblo el Jordán, para entregarnos en las manos de los amorreos, para que nos destruyan? ¡Ojalá nos hubiéramos quedado al otro lado del Jordán! […] Porque los cananeos y todos los moradores de la tierra oirán, y nos rodearán, y borrarán nuestro nombre de sobre la tierra; y entonces, ¿qué harás tú a tu grande nombre?” (Jos. 7:5-9).

Después que ellos corrigieron el mal que había (Jos. 7:16-26), entonces Dios tiene que venir de nuevo a su encuentro para alentarles y darles instrucciones de cómo vencer a Hai y seguir con el cronograma de la conquista. Lo primero que Dios le dice es: “No temas ni desmayes; toma contigo toda la gente de guerra, y levántate y sube a Hai. Mira, yo he entregado en tu mano al rey de Hai, a su pueblo, a su ciudad y a su tierra.” (v. 1) En otras palabras, Dios le dice: «tranquilo, lo que sucedió ya pasó, ya lo corregiste, ya te perdoné, vamos adelante, borrón y cuenta nueva.”

En este pasaje de Josué, no solo aprendemos que Dios viene a alentarle a Su siervo, sino que también le da instrucciones específicas de cómo actuar para que puedan ahora sí obtener la victoria. Y, además, les dice que ahora sí podrán tomar botín para ellos, mostrando Su gracia y buena voluntad (v. 2). Dios vino no solo a consolarlos, vino a restaurar la confianza en ellos mismos y en su caminar con Él.

Tenemos un Dios que sí brinda nuevas oportunidades, un Dios que está dispuesto a perdonar y darnos otra oportunidad cuando queremos hacer las cosas a Su manera. Si usted se siente afligido por algún fracaso o pecado, permita que Dios le restaure su confianza, mientras se arrepiente y adora a Dios, dele la oportunidad a que Él venga a su corazón y le ministre para que halle aliento y continúe su caminar con el Señor. ¡Es tiempo de un «borrón y cuenta nueva»!


«Dios siempre está dispuesto a perdonar y ayudarnos a seguirle para cumplir con Sus planes en nuestras vidas si nosotros nos arrepentimos y confiamos en Su restauración»

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Por tu bien erradica la maldad de ti

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Josué 7:10-15

“Y Jehová dijo a Josué: Levántate; ¿por qué te postras así sobre tu rostro? Israel ha pecado, y aun han quebrantado mi pacto que yo les mandé; y también han tomado del anatema, y hasta han hurtado, han mentido, y aun lo han guardado entre sus enseres. Por esto los hijos de Israel no podrán hacer frente a sus enemigos, sino que delante de sus enemigos volverán la espalda, por cuanto han venido a ser anatema; ni estaré más con vosotros, si no destruyereis el anatema de en medio de vosotros. Levántate, santifica al pueblo, y di: Santificaos para mañana; porque Jehová el Dios de Israel dice así: Anatema hay en medio de ti, Israel; no podrás hacer frente a tus enemigos, hasta que hayáis quitado el anatema de en medio de vosotros. Os acercaréis, pues, mañana por vuestras tribus; y la tribu que Jehová tomare, se acercará por sus familias; y la familia que Jehová tomare, se acercará por sus casas; y la casa que Jehová tomare, se acercará por los varones; y el que fuere sorprendido en el anatema, será quemado, él y todo lo que tiene, por cuanto ha quebrantado el pacto de Jehová, y ha cometido maldad en Israel.”

¿Cuánto daño puede hacer un poco de maldad o pecado en nuestra vida? Pues la verdad es que mucho. Pablo, hablando de la mala enseñanza, dijo que “un poco de levadura leuda toda la masa” (Gá. 5:9), haciendo referencia que «un poco» de mala enseñanza puede afectarnos a todos y mucho; y en el pecado es igual, un poco de maldad presente en nuestra vida, si no lo atendemos pronto, puede hacernos mucho daño.

La necesidad de santificación es enseñada en toda la Palabra de Dios, y Ésta nos llama a que, si es necesario, echemos fuera de nosotros (figurativamente) aún nuestros ojos o manos, si el pecado nos está afectado (Mt. 5:29-30).


Para el pueblo de Israel esta verdad se evidenció cuando querían conquistar Hai (Jos. 7:2-6). Acán había tomado el anatema que Dios había prohibido (Jos. 6:17-18; 7:1), y el Señor les había dicho explícitamente que, si lo hacían, harían anatema (a todo) el campamento de Israel”. El pecado de un hombre afectó a todo el pueblo.

Para el pueblo, esto hizo que Dios se alejara de ellos, que tuvieran una derrota, treinta seis hombres murieron, el ánimo del pueblo fue afectado, la vergüenza llegó a todos, y la posibilidad que esto cambiara el rumbo de la conquista estaba en juego (Jos. 7:4-9); ¡todo por un solo pecado de un solo hombre!

La solución no era otra que erradicar eso con un castigo justo que restauraría todo. Dios le guió a Josué para que llegaran a descubrir al infractor e hiciera «limpieza» en el campamento, y con ello, el castigo de Acán (Jos. 7:10-15). Dios les había dicho que tomar del anatema era prohibido, y lo dijo muy seriamente; Acán se dejó seducir por la codicia, y eso le costó su vida, la de su familia, todo lo que poseía, y la desgracia de la derrota de su gente (Jos. 7:20-26).

Cuando permitimos que cosas aparentemente sencillas y no «tan malignas» ingresen en nuestra vida espiritual, estamos dejando que esto pueda ser la causa de mucho daño en nosotros y en los nuestros. El pecado no es pequeño o poco ante Dios, es siempre una desobediencia grave, y que puede traer serias consecuencias.

Nunca menospreciemos las enseñanzas de la Biblia, escuchemos atentamente a lo que Ella nos dice, sigamos tal cual Ella nos manda, y tendremos una vida espiritualmente santa y próspera, el no hacer caso a Dios es menosprecio y rebeldía.

¿Qué hay en tu vida que sabes que no debe estar ahí? No demore, tome acción pronta y erradique el pecado de su vida.


«El creer que “un poco de maldad o pecado” en nuestra vida “no es tan malo” es engañarnos, ya que siempre trae más daño del que creemos nos hará»

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¿Existirá el espíritu de la ira?

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Se ha vuelto muy común escuchar a pastores de algunas iglesias hablar de que expulsan espíritus de ira, amargura, tristeza, pornografía y otros más; pero ¿será esto una práctica bíblica? ¿Será que los responsables de nuestros actos son los espíritus malvados? O ¿Será que nos hemos dejado llevar por falsas enseñanzas que, como tantas, buscan suavizar la carga de pecado de la que todos nosotros somos responsables? 

Pues para el caso de la ira, el Apóstol Pablo nos dice claramente el impacto que ella puede tener en nosotros y los demás si no la manejamos de una manera santa, es por eso que Efesios 4.26-27 dice: 

“Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo.” 


La idea de no dar lugar al diablo cuando estamos airados tiene que ver con que no le cedamos el control de nuestro corazón, porque si lo hacemos él sabrá aprovechar muy bien ese momento y nos tentará a causar tanto daño como sea posible. 

Contrario a lo que dicen muchos, este pasaje nos enseña que no es ningún espíritu el que peca por nosotros, sino que somos todos, los que voluntariamente causamos tanto daño como podemos y quienes tomamos la decisión de ir por el camino del mal, dándole lugar al diablo. 

En ese sentido no es un espíritu el responsable de nuestro pecado, sino que lo somos nosotros. Obviamente es mejor pensar que otro tiene la culpa y trasladarle a él la responsabilidad, pero, al contrario, debemos reconocer nuestra maldad y llamar a lo que hacemos por su nombre: pecado. 

Una buena práctica para que no le demos lugar a la maldad es analizar nuestra propia ira: considerar aquello a lo que somos más susceptibles, que nos molesta, y que sabemos que si ocurre es muy probable que perdamos el control, para que nos anticipemos a ello y empleemos alguna estrategia que nos permita evitar la ira. 

Por ejemplo, cuando siento que mis hijos me están llevando al límite, he aprendido a decirles antes de llegar a ese punto que me están haciendo enojar, y ese comentario hace que ellos entiendan la gravedad de lo que están haciendo y en la mayoría de las veces, lo dejan de hacer; con ello evito perder el control y no me hallo en situaciones más difíciles. 

Una buena pregunta es: ¿Qué cosas nos hacen enojar fácilmente?  

La respuesta que le demos a esta pregunta es aquello ante lo que debemos estar preparados para enfrentarlo antes de que suceda. Para ello es bueno que memoricemos estos dos versículos (Ef. 4.26-27) y además Efesios 4.31, entre otros; haciendo el compromiso de recordarlos cuando nos sintamos cerca de la ira. 

Tal vez pueda parecer normal en estos tiempos enojarse y dar rienda suelta a nuestras emociones, pero la verdad es que perder el control de la ira y ceder ante la maldad tiene serias consecuencias para nuestra vida, por ejemplo: 

  1. Como esposos nuestras oraciones se afectan por pelear con nuestra esposa (1 P. 3.7). 

Esto puede ser la razón por la cual a veces sentimos que Dios no nos escucha y responde. 

  1. Impacta nuestra relación con Dios (Mr. 11.25-26). 

Porque cuando no perdonamos a los que nos ofenden, entonces Dios tampoco perdona nuestras ofensas. No estoy diciendo que perdemos nuestra salvación, pero sí que nuestra relación con Dios se afecta como cuando ofendemos a personas muy cercanas a nosotros. 

  1. La ira causa división. 

Como en el caso de la iglesia de Filipo, quienes por las discusiones que había entre algunos de sus miembros estaban experimentando cierta división (Fil. 4.2). 

Pues bien, la pregunta que podemos hacernos en este punto es: ¿Cómo lograremos vivir en armonía? 

La respuesta es vivir en el Espíritu. (Muchas veces pienso que para ser esposo y padre hay que estar lleno del Espíritu Santo) 

Para esto debemos considerar seriamente la palabra de Dios, desear agradarlo a Él y comprometernos a obedecerlo en todo momento. Veremos que cuando esto sucede, nuestras creencias, deseos y compromisos se alinean a Él, y entonces gozaremos del poder de su Espíritu, viviendo en el fruto que el produce: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza (Gá. 5.22-23). 


«Puede parecer normal enojarse y dar rienda suelta a nuestras emociones, pero no controlar la ira y ceder ante la maldad tiene serias consecuencias»

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