Bien hecho, ahora, sigue así

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Josué 22:1-8

“Entonces Josué llamó a los rubenitas, a los gaditas, y a la media tribu de Manasés, y les dijo: Vosotros habéis guardado todo lo que Moisés siervo de Jehová os mandó, y habéis obedecido a mi voz en todo lo que os he mandado. No habéis dejado a vuestros hermanos en este largo tiempo hasta el día de hoy, sino que os habéis cuidado de guardar los mandamientos de Jehová vuestro Dios. Ahora, pues, que Jehová vuestro Dios ha dado reposo a vuestros hermanos, como lo había prometido, volved, regresad a vuestras tiendas, a la tierra de vuestras posesiones, que Moisés siervo de Jehová os dio al otro lado del Jordán. Solamente que con diligencia cuidéis de cumplir el mandamiento y la ley que Moisés siervo de Jehová os ordenó: que améis a Jehová vuestro Dios, y andéis en todos sus caminos; que guardéis sus mandamientos, y le sigáis a él, y le sirváis de todo vuestro corazón y de toda vuestra alma. Y bendiciéndolos, Josué los despidió, y se fueron a sus tiendas. También a la media tribu de Manasés había dado Moisés posesión en Basán; mas a la otra mitad dio Josué heredad entre sus hermanos a este lado del Jordán, al occidente; y también a éstos envió Josué a sus tiendas, después de haberlos bendecido. Y les habló diciendo: Volved a vuestras tiendas con grandes riquezas, con mucho ganado, con plata, con oro, y bronce, y muchos vestidos; compartid con vuestros hermanos el botín de vuestros enemigos.”

Existe gran satisfacción cuando se sabe que se ha alcanzado una buena labor y que esta haya concluido con gran éxito. Esa misma satisfacción se extiende a otros cuando en ella han participado muchas personas, haciendo que la emoción se multiplique.

¡Pero imagine usted que satisfacción se dará cuando esto repite una y otra vez! Cuando todo lo que se ve en el futuro es una lista innumerable de grandes logros, y que todo se traduce en una vida llena de victorias, que gran sentimiento debe ser eso, ¿verdad?

¡Esto es posible cuando se sigue la misma «receta» que nos llevó al éxito!


Josué estaba por despedir a las dos tribus y media que acompañaron a sus hermanos en la conquista de la tierra prometida: Rubén, Gad, y la media tribu de Manasés. No solamente que ellos cumplieron su compromiso de ayudar a sus hermanos (Jos. 1:12-18), sino que ellos siguieron las órdenes de Moisés y Josué con seriedad (v. 2). Josué les recuerda que haciendo eso habían seguido la voluntad de Dios (v. 3).

Pero antes de enviarles a sus casas y disfrutar de una vida bendecida en la tierra que ellos habían recibido al oriente del Jordán (v. 4), él les pide que “con diligencia” cuiden de cumplir todo lo que Dios les había dicho por medio de Moisés: “que améis a Jehová vuestro Dios, y andéis en todos sus caminos; que guardéis sus mandamientos, y le sigáis a él, y le sirváis de todo vuestro corazón y de toda vuestra alma. Y bendiciéndolos, Josué los despidió, y se fueron a sus tiendas.” (v. 5, 6)

Cuán importante es recordar que una conquista no hace una vida victoriosa, solo se gana una etapa de nuestra vida, pero no se vive en victoria constante. Lo que hace posible que podamos vivir en victoria todo el tiempo es seguir la misma receta que nos llevó a esa conquista, y en la historia de Josué aprendemos que es seguir a Dios todo el tiempo.

El deseo de Dios es que cada uno de nosotros conquistemos batallas diarias en nuestra vida. Cada día enfrentamos retos, dificultades, tentaciones, etc.; y el Señor quiere que cada día lo busquemos, le sigamos, le obedezcamos, y demos nuestra vida en servicio a Su Nombre; y cuando hacemos eso todo el tiempo entonces entramos en la lista de aquellos que sí viven en victoria.

Decidamos seguir al Señor cada día, entreguemos nuestras vidas a amarle, y veremos que todos los días serán buenos. Si ayer u hoy tuvo una gran victoria, bien hecho, ahora, siga así amando al Señor.


«Una vida de victoria con Dios no se la obtiene conquistando una batalla, sino enfrentando todas las batallas de nuestra vida, grandes o chicas, con la ayuda del Señor y siguiendo Su voluntad»

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Dios puede darnos “reposo”

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Josué 21:43-45

“De esta manera dio Jehová a Israel toda la tierra que había jurado dar a sus padres, y la poseyeron y habitaron en ella. Y Jehová les dio reposo alrededor, conforme a todo lo que había jurado a sus padres; y ninguno de todos sus enemigos pudo hacerles frente, porque Jehová entregó en sus manos a todos sus enemigos. No faltó palabra de todas las buenas promesas que Jehová había hecho a la casa de Israel; todo se cumplió.”

Todos anhelamos esos días de descanso, paz, sosiego y buen tiempo. Por ejemplo, algunos tienen la idea de reposo cuando piensan en una playa paradisiaca, otros tienen la idea de unas montañas grandes en una cabaña alejada de todo, habrán otros que piensan que un día de reposo es un lago grande y pescando en él, y etc. Todos queremos descanso, reposo.

Pero el descanso es más anhelado cuando se tienen problemas, dificultades, tribulaciones que nos afligen, y más aún cuando han sido períodos prolongados de angustias, ahí deseamos ese ansiado reposo.

En la Biblia se menciona al reposo como el momento o lugar de descanso, pero sobre todo lugar, cuando se trata del pueblo de Dios. El Señor le había ofrecido reposo al pueblo de Israel al momento en que ellos lleguen y se posesionen de la tierra que le había prometido a Abraham, no solo era el lugar donde fluye leche y miel, sino que sería el lugar donde se asentarían y vivirían en prosperidad y paz mientras ellos servían al Señor. Pero para alcanzarlo primero tenían que llegar a ese lugar y de ahí conquistarlo.

Es interesante que, desde Deuteronomio, se utiliza la palabra “reposo” para hacer referencia al lugar que Dios estaba por dar a Israel a ambos lados del Jordán (Dt. 3:20). Pero este lugar no solo era un espacio nada más, en el se establecerían con todas las provisiones de Dios y con la seguridad de que podrían habitar seguros y en paz de sus enemigos (Dt. 12:10).


Y ahora, después de toda la etapa de conquista, Dios estaba dándoles el “reposo… conforme a todo lo que había jurado a sus padres” (v. 44). Cinco veces Josué utiliza esta palabra para hacer referencia a la condición que este lugar brindaría después de conquistarlo todo (Jos. 1:13, 15; 21:44; 22:4; 23:1), y Dios ahora se los estaba entregando.

Cuatrocientos años habían pasado desde la promesa a Abraham, un poco más de cuarenta años desde que salieron de Egipto, cerca de cinco años enfrentando batallas para conquistarlo, y ahora estaban recibiendo oficialmente lo prometido por Dios.

No solo vemos la fidelidad de Dios en este pasaje, sino que aprendemos que para lograr algo, el creyente debe aprender a creerlo, esperarlo, buscarlo, seguirle a Él y conquistarlo. Todo inicia con una promesa de Dios, después el creyente debe esperar hasta que Dios dé el tiempo de salir a buscarlo, y de ahí depende de uno alcanzar las promesas de Dios en nuestra búsqueda, en escuchar Su voluntad y seguirle, y al final de todo conquistarlo.

Todo inició con la fe, la fe de un hombre de 75 años que creyó que Dios le daría la fuerza para tener un hijo y que le permitiría crecer para recibir la tierra prometida, pero el trayecto entre el día que lo creyó hasta el día que sus hijos lo conquistaron estuvieron marcados de muchos episodios de dificultades, pruebas, desobediencias, batallas y conflictos, pero al final lo lograron.

De la misma manera, cuando Dios quiere hacer algo en nuestra vida, debemos estar atento a lo que Él tiene que decirnos, confiar en Su palabra, aferrándonos a Su promesa, esperar en Su tiempo, y salir en pos de lo ofrecido y conquistarlo con la ayuda de Él… Es Dios quien lo prometió, y fue Dios quien lo entregará: “De esta manera dio Jehová a Israel toda la tierra que había jurado dar a sus padres, y la poseyeron y habitaron en ella.” (v. 43)


«Nunca dude de las promesas de Dios, pues si sigue Su plan, Él le otorgará lo que le ha ofrecido»

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¿Cómo debo tratar el error involuntario?

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Josué 20:1-6

“Habló Jehová a Josué, diciendo: Habla a los hijos de Israel y diles: Señalaos las ciudades de refugio, de las cuales yo os hablé por medio de Moisés, para que se acoja allí el homicida que matare a alguno por accidente y no a sabiendas; y os servirán de refugio contra el vengador de la sangre. Y el que se acogiere a alguna de aquellas ciudades, se presentará a la puerta de la ciudad, y expondrá sus razones en oídos de los ancianos de aquella ciudad; y ellos le recibirán consigo dentro de la ciudad, y le darán lugar para que habite con ellos. Si el vengador de la sangre le siguiere, no entregarán en su mano al homicida, por cuanto hirió a su prójimo por accidente, y no tuvo con él ninguna enemistad antes. Y quedará en aquella ciudad hasta que comparezca en juicio delante de la congregación, y hasta la muerte del que fuere sumo sacerdote en aquel tiempo; entonces el homicida podrá volver a su ciudad y a su casa y a la ciudad de donde huyó.”

¿Cómo reacciona usted ante el error involuntario de otra persona? Aunque no debería ser así, pero muchos de nosotros reaccionamos con severa indignación cuando una persona nos hay ofendido o afectado de manera involuntaria. La ira es una de las respuestas más rápidas y descontroladas que tenemos, llevándonos a actuar inapropiadamente.

¿Le ha pasado que mientras viajaba en un medio de transporte público masivo, sea este un autobús, un avión o un tren, alguien realiza un movimiento involuntario llegando a golpear a alguien, y ha podido ver la respuesta de la persona golpeada? ¿O tal vez viajando en su automóvil mira el accidente mientras espera el cambio de luz en un semáforo y alguien por descuido no redujo la velocidad a tiempo llegando a impactar el auto frente a él? Vaya que muchas veces se observan reacciones muy drásticas, ofensivas y a veces descontroladas de las personas.

¿Cómo debemos responder ante esos momentos? ¿Cuál debería ser nuestra reacción si nosotros somos quienes recibimos la ofensa? La Biblia nos enseña que debemos tener misericordia y gracia.


Desde el tiempo de Moisés (v. 2; Comp. Nm. 35:6-32; Dt. 19:1-13), Dios había dado órdenes al pueblo para que estableciesen “ciudades de refugio” para que en ellas se pueda resguardar alguno que accidentalmente haya cometido alguna acción involuntaria y que haya ocasionado la muerte a otro a causa de ello. El propósito era perdonar, proteger y evitar un acto injusto por parte de los familiares de quienes sufrieron la pérdida de un ser amado.

Estas ciudades de refugio eran las mismas donde habitarían los hijos de Levi (Nm. 35:6-9), quienes serían los jueces del pueblo para escuchar al que desea asilo, y si el caso era probado, se le otorgaba la protección para que nadie pueda vengar la sangre del fallecido, y así evitar un acto injusto, ya que en ese tiempo era permitido dar muerte al que cometía asesinato (Éx. 21:23-25).

Mediante esa acción se mostraba misericordia porque se le perdonaba su error, pero al mismo tiempo se le mostraba gracia porque se lo recibía dentro de la ciudad y se le brindaba refugio y sustento hasta un determinado tiempo, y de ahí podía volver a su casa y familia.

Con esta enseñanza aprendemos que debemos tratar con paciencia, dominio propio, misericordia, gracia y perdón ante aquellos que ciertamente nos ofenden involuntariamente. Y si bien Dios nos enseña a perdonar a todos quienes nos ofenden (Mt. 5:38-46), en el caso de un acto involuntario, estas medidas son más necesarias, porque si no llegamos a controlarnos, podemos actuar injustamente queriendo que paguen por algo que no debería ser castigado con severidad, sino con entendimiento y ánimo pronto de perdón y reconciliación.

La próxima vez que quiera responder, primero pida a Dios que le ayude a controlarse, pida sabiduría y discernimiento para actuar, y siempre vaya con el deseo de perdonar y evitar que lo sucedido vaya a generar más acciones violentas o malignas; seamos como Dios es (Mt. 5:48).


«Una acto piadoso y sabio es responder con misericordia y gracia ante una ofensa involuntaria, entendiendo que no hubo malicia intencional detrás de la falta»

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La conquista requiere esfuerzo

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Josué 17:11-18

“Tuvo también Manasés en Isacar y en Aser a Bet-seán y sus aldeas, a Ibleam y sus aldeas, a los moradores de Dor y sus aldeas, a los moradores de Endor y sus aldeas, a los moradores de Taanac y sus aldeas, y a los moradores de Meguido y sus aldeas; tres provincias. Mas los hijos de Manasés no pudieron arrojar a los de aquellas ciudades; y el cananeo persistió en habitar en aquella tierra. Pero cuando los hijos de Israel fueron lo suficientemente fuertes, hicieron tributario al cananeo, mas no lo arrojaron. Y los hijos de José hablaron a Josué, diciendo: ¿Por qué nos has dado por heredad una sola suerte y una sola parte, siendo nosotros un pueblo tan grande, y que Jehová nos ha bendecido hasta ahora? Y Josué les respondió: Si sois pueblo tan grande, subid al bosque, y haceos desmontes allí en la tierra de los ferezeos y de los refaítas, ya que el monte de Efraín es estrecho para vosotros. Y los hijos de José dijeron: No nos bastará a nosotros este monte; y todos los cananeos que habitan la tierra de la llanura, tienen carros herrados; los que están en Bet-seán y en sus aldeas, y los que están en el valle de Jezreel. Entonces Josué respondió a la casa de José, a Efraín y a Manasés, diciendo: Tú eres gran pueblo, y tienes grande poder; no tendrás una sola parte, sino que aquel monte será tuyo; pues aunque es bosque, tú lo desmontarás y lo poseerás hasta sus límites más lejanos; porque tú arrojarás al cananeo, aunque tenga carros herrados, y aunque sea fuerte.”

La tecnología ha traído muchos avances que han favorecido enormemente el desempeño de las labores cotidianas y en el trabajo. Computadoras que piensan por nosotros, microondas que aceleran el tiempo de cocción, maquinas de lavar ropa, aspiradoras automáticas, líneas de ensamble automatizados, etc. Son tantos los beneficios de esos avances que nos ayudan mucho en nuestras tareas, pero al mismo tiempo nos hacen en algunos casos menos esforzados para conseguir nuestras metas.

Pero cuando se tratan de el crecimiento espiritual, la verdad es que no hay tecnología que nos ayude ni camino fácil que nos evite esforzarnos para crecer en nuestro caminar con Cristo.


La media tribu de Manases y la tribu de Efraín habían recibido su heredad una al lado de la otra al occidente del Jordán, pero ellos no querían lidiar con la parte montañosa que habían recibido, ni menos querían enfrentar a los cananeos que aún habitaban en esa región, en otras palabras, deseaban algo que no les demande esfuerzo.

Josué, no con el animo de menospreciarles, pero tampoco compadeciéndose de su falta de ánimo para enfrentar las dificultades, les exhorta a trabajar arduamente para cubrir al máximo la expansión que se les había otorgado. Recordándoles que son un pueblo grande en número, les indica que sí van a poder tomar posesión de toda esa área, solo que tenían que trabajar para lograrlo (v. 17-18).

Muchos de nosotros quisiéramos que la paciencia nos venga por medio de una oración, pero no es desarrollada cuando pasamos por pruebas. Otras veces quisiéramos que pudiéramos amar a todos fácilmente, y Dios nos pone personas muy difíciles para que aprendamos a amar como Él nos ama. En otras ocasiones queremos vivir contentos con todo lo que nuestra mente nos pide, y el Señor nos ayuda ha aprender a contentarnos con nuestras limitaciones.

La vida cristiana es una vida de esfuerzos, pero una vida hermosa, en la cual, si caminamos junto a Dios, vemos cómo Él nos ayuda a esforzarnos, a crecer, a aprender, a alcanzar nuestro potencial. Es una vida hermosa, pues mientras vamos avanzando, vemos Su poder, Su obra, Su misericordia, Su sabiduría, Su soberanía obrando en nuestro favor para ayudarnos.

No menospreciemos las dificultades, antes valorémosla, y veamos que todo tiene un propósito, y mientras vamos creciendo, alcancemos el potencial de nuestra vida junto a Dios, y veremos que creceremos dentro de la buena voluntad de Dios.


«La vida espiritual se desarrolla en el campo de reclutamiento de las dificultades, donde las pruebas nos ayudan a crecer a la imagen de un gran soldado de Cristo, de acuerdo con Su voluntad»

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Una conquista más de la fe

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Josué 14:12

“Dame, pues, ahora este monte, del cual habló Jehová aquel día; porque tú oíste en aquel día que los anaceos están allí, y que hay ciudades grandes y fortificadas. Quizá Jehová estará conmigo, y los echaré, como Jehová ha dicho.

Josué 15:13-19

“Mas a Caleb hijo de Jefone dio su parte entre los hijos de Judá, conforme al mandamiento de Jehová a Josué; la ciudad de Quiriat-arba padre de Anac, que es Hebrón. Y Caleb echó de allí a los tres hijos de Anac, a Sesai, Ahimán y Talmai, hijos de Anac. De aquí subió contra los que moraban en Debir; y el nombre de Debir era antes Quiriat-sefer. Y dijo Caleb: Al que atacare a Quiriat-sefer, y la tomare, yo le daré mi hija Acsa por mujer. Y la tomó Otoniel, hijo de Cenaz hermano de Caleb; y él le dio su hija Acsa por mujer. Y aconteció que cuando la llevaba, él la persuadió que pidiese a su padre tierras para labrar. Ella entonces se bajó del asno. Y Caleb le dijo: ¿Qué tienes? Y ella respondió: Concédeme un don; puesto que me has dado tierra del Neguev, dame también fuentes de aguas. El entonces le dio las fuentes de arriba, y las de abajo.”

La fe requiere confianza y acción para que active las promesas de Dios. Si bien la fe es generadora de esperanza, llevándonos a confiar en que podemos obtener muchas cosas prometidas por Dios, esta fe en sí sola no obtendrá lo esperado sin la toma de decisiones o acciones en favor de ello.

Por ejemplo, Jesús nos ofrece una vida abundante, no solo para la eternidad, si no para esta vida también (Jn. 10:10), pero no todos la obtienen, porque no se han apoderado de ella por medio de la obediencia y la madurez de carácter. Otro ejemplo es que Dios nos ha dado de Su Espíritu y a Su Palabra para que podamos crecer a la imagen de Cristo, y tenemos la posibilidad de hacerlo, pero no todos lo alcanzan por no dejar el pecado ni el peso que nos asedia (He. 12:1).

Entonces vemos que la fe debe ir acompañada de acción para que sea real y traiga los beneficios que se nos prometen.


En el pasaje de Josué en el capítulo 14, nos encontramos con Caleb, compañero de Josué en la tarea que les fue encomendada 45 años atrás, en la cual reconocieron la tierra prometida. Ese día ellos fueron los dos espías que creían firmemente que Dios les ayudaría a conquistar la tierra (Nm. 13 – 14), y por esa razón, ellos sobrevivieron en el desierto y entraron en la tierra. Y en el pasaje del capítulo anterior, vemos que Josué le concede a Caleb la oportunidad de recibir Hebrón y las tierras aledañas (Jos. 14:6-15).

Ese día Caleb puso su esperanza en que Dios le daría la ciudad como se le había prometido (Jos. 14:12), esa había sido su «premio a la fe» (lección anterior); pero este varón no la obtuvo hasta que él mismo, confiando en el favor de Dios, fue y “echó de allí a los tres hijos de Anac…” (Jos. 15:14). La ciudad sí se le había dado en promesa como heredad, pero no la obtuvo hasta que el mismo Caleb fue y sacó de allí a sus moradores.

Caleb no solo tomó a la ciudad de Hebrón, sino que la obtuvo de las manos de los hijos de Anac, gigantes que moraban la tierra. A más de esa ciudad, fue y tomó Debir junto a la ayuda de Otoniel (Jos. 15:15-17). Caleb confiaba en la ayuda de Dios, y Él le dio la conquista.

Debemos recordar que Dios nos ofrece muchas promesas en esta vida antes de ir a Su presencia, promesas que son para recibirlas aquí en esta vida, pero que no las conquistaremos sin que nuestra fe nos motive a buscarla. Una fe verdadera solo tiene la recompensa cuando nosotros salimos a «conquistar» lo que se nos ha prometido. ¿Está usted confiando en Dios en acción en base a lo que Él ya se lo ha prometido? Salga, y vaya en pos de ello.


«Una fe que no actúa en pos de lo prometido no es una fe bíblica, es solo un anhelo o deseo sin verdadera confianza»

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Tres lecciones para un padre

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Mateo 1.18-19 

“El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo. José su marido, como era justo, y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente.” 

¿Como habríamos reaccionado sí hubiésemos estado en el lugar de José? ¿Cuál habría sido nuestra primera reacción al enterarnos del embarazo de nuestra prometida? 

Creo que mi reacción no habría sido muy piadosa, y que, por el contrario, la ira se habría apoderado de mi corazón; pero ese no fue el caso de José, y para dicha nuestra, su reacción tiene mucho que enseñarnos, Así que… 


¿Cómo respondió? 

Mateo nos dice que lo hizo obedeciendo, porque luego que despertó del sueño en el que el ángel del Señor se le apareció, él hizo lo que Dios le ordenó. Dejó a un lado su temor, sus dudas, su orgullo, recibió a María por mujer y cuando nació el niño lo llamó Jesús. 

Esa obediencia que José mostró en esa primera ocasión también emergería en otros dos momentos más de su vida, en los que la integridad de Jesús estaba en riesgo porque Herodes buscó la forma de matarlo, y un ángel volvió a aparecérsele a José, diciéndole que se fuera a Egipto y permaneciera allí hasta nueva orden (Mt. 2.13-15). Y el tercero fue cuando recibió la instrucción de volver a Israel, para radicarse en Nazareth porque Arquelao, el hijo de Herodes, gobernaba en Judea y ello podía representar algún peligro (Mt. 2.19-23). 

Que interesante la respuesta de José ante las ordenes de Dios, porque en todas ellas, apenas despertó del sueño se dispuso a obedecer, él no se quedó esperando, organizando sus cosas, situaciones familiares, o negocios, no. Él obedeció instantáneamente. 

Algo que como hombres debemos considerar con esta historia es que: Dios se dirigió específicamente a José porque a sus ojos, él era el responsable por el cuidado de su familia. Pero notemos que ese cuidado no significó comodidad, tranquilidad, paz, armonía, seguridad, o estabilidad económica; sino que significó obediencia a Dios. 

Así, nuestra responsabilidad como padres es obedecerlo a Él, aun cuando eso signifique lo que signifique. 

Pero… 

¿Cuál fue la razón por la que José obedeció? 

Pues Mateo nos lo dice refiriéndose acerca de él como un hombre justo, que creía en Dios, que tenía un temor reverente hacia Él y era sensible a su Palabra. 

¿Significa eso que José era de otro mundo? No, él al igual que nosotros luchaba con el orgullo, la rebeldía, con no querer que otros opinen sobre lo que está bien o mal en nuestra vida y nos digan qué hacer. Pero fue por su deseo de agradar a Dios que mostró una nobleza fantástica, al permitir que fuera Él quien manejara su agenda y al renunciar a sus planes por obediencia. 

¿Qué tanto nos cuesta aceptar la voluntad de Dios? ¿Somos de los que prefieren tener el control y luchar con Dios con tal de mantenerlo? 

Pues la verdad es que el plan de Dios siempre es mejor que el nuestro, y gracias a que José se unió con obediencia a lo que Dios estaba haciendo, terminó participando en el plan de salvación del mundo y cuidando al Salvador. 

¿Qué sacamos de esta historia?… 

Tres enseñanzas: 

  1. Vivir agradando a Dios asegura que seamos buenos padres, porque su plan para nosotros siempre es bueno y también lo es para nuestros hijos, por eso debemos vivir y criarlos conforme a su Palabra, porque haciéndolo, viviremos según su plan y haremos que nuestros hijos también lo sigan. 
  1. Vivir conforme a la voluntad de Dios, se trata de seguir sus mandamientos tal como lo hizo José. Ahora, nosotros no necesitamos ángeles que nos hablen como lo hicieron con él, eso fue necesario en ese tiempo porque la revelación de Dios no se había completado, pero ahora, que ya está completa y la tenemos en su Palabra, necesitamos conocerla y obedecer lo que ella nos pide que hagamos. 
  1. Debemos obedecer rápidamente, no podemos dejar para mañana lo que tenemos que hacer hoy, porque cada día que pasa puede hacer que nuestro corazón se endurezca, que no confiemos, que nos dejemos llevar por opiniones contrarias a la palabra de Dios y terminemos desobedeciendo. 

«Nuestra primera responsabilidad como padres es obedecer a Dios»

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¿Eres un padre indeciso?

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Una mañana, un padre abrió su Biblia y buscó el capítulo seis de Efesios para leerlo a su familia, todo parecía propicio para reforzar su autoridad paterna, entonces leyó: “Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor.” El hijo, de dieciséis años, estaba al otro lado de la mesa; y el padre, considerando la oportunidad demasiado buena para perderla, dijo: “Hijo, este es un buen texto; escúchalo otra vez… Y siguió la lectura cayendo ingenuamente en el versículo siguiente: “Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos.” Entonces el muchacho de dieciséis años, lo miró, y sin pestañear ni sonreírse, le dijo: “Papá, ese es un buen texto; léelo otra vez.” (Lerı́n. 2000). 

Ser papá no es una labor fácil y necesitamos depender del poder del Espíritu de Dios para hacerlo. 

Pensando en esto, José el esposo de María, es un gran ejemplo de lo que Dios espera que hagamos como padres, y su historia la encontramos en el evangelio de Mateo, quien nos narra el dilema y sufrimiento que vivió en torno al embarazo de María, diciéndonos: 

“Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”. Mateo 1.20-21 


José era un buen hombre. 

Pero estaba muy pensativo porque no tenía claro lo que debía hacer, sin duda era una situación muy difícil, de seguro él tenía la ilusión de emprender su familia con María, pero la posibilidad de haber sido engañado y humillado le causó serias dudas, haciéndolo pensar en separarse de ella. 

Como era de esperarse, el temor también tuvo lugar en su corazón, producto de la desconfianza, de no saber si María está siendo honesta o no; de cometer una injusticia al exponerla públicamente, y también por lo que dijeran sus familiares y amigos. 

Pero, Dios tenía un plan y no podía interrumpirse por el temor de José, así que… 

Un Angel se le apareció en sueños. 

Notemos que el ángel era del Señor y que lo envió porque sabía lo que José estaba pensando y que necesitaba una explicación. 

Que hermoso saber que nuestro Dios conoce lo que pensamos, las preocupaciones que tenemos, cómo nos sentimos, que no va a dejar que hagamos algo que vaya en contra de su plan para nosotros y que nos ha dado a su Espíritu para ser consolados en los momentos de duda y sufrimiento. 

Además de esto, Dios también le pidió a José que recibiera a María por mujer y que cuando el niño naciera lo llamara Jesús. 

Luego el ángel se refirió a la profecía que había dicho Isaías sobre que una virgen concebiría y daría a luz un hijo. Porque lo que estaba pasando no era algo desconocido, o un plan de última hora de Dios para traer de afán al Salvador del mundo, sino uno que había sido finamente elaborado y que estaba ejecutándose en ese momento. 

De hecho, la concepción de Jesús no era un suceso aislado, porque Elizabeth la pariente de María, también había concebido en su vejez a pesar de ser estéril, y Zacarías su esposo había visto un ángel de Dios que le había anunciado el nacimiento de Juan el Bautista. 

Pero José parecía tener algunas dificultades para aplicar la palabra de Dios y entender los tiempos que estaba viviendo, por eso Dios le mostró su amor y compasión, tomándose el trabajo de ayudarle a entender aquello en lo que lo estaba metiendo de cabeza. 

¿Qué tiene que ver esta historia con nuestro llamado a ser padres? 

Que, aunque hay muchos momentos en nuestra vida de duda y confusión, de no saber qué hacer o hacia dónde dirigir a nuestra familia, siempre podremos contar con Dios porque Él esta de nuestro lado, así que podemos venir a su presencia confiando en que nos escuchará y tendrá la dirección que necesitamos en cada momento. 

Y, a pesar de nosotros mismos, su plan con nuestra familia se llevará a cabo. Él no desprecia un corazón contrito y humillado, y uno que se siente pobre en su espíritu. Así, tenemos la plena confianza de que nuestra labor como padres está siendo totalmente respaldada por Él y que, frente a las dudas, tenemos su Palabra para hallar certeza. 


«Para ser padres necesitamos depender del poder del Espíritu de Dios»

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Un premio a la fe

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Josué 14:6-15

“Y los hijos de Judá vinieron a Josué en Gilgal; y Caleb, hijo de Jefone cenezeo, le dijo: Tú sabes lo que Jehová dijo a Moisés, varón de Dios, en Cades-barnea, tocante a mí y a ti.  Yo era de edad de cuarenta años cuando Moisés siervo de Jehová me envió de Cades-barnea a reconocer la tierra; y yo le traje noticias como lo sentía en mi corazón. Y mis hermanos, los que habían subido conmigo, hicieron desfallecer el corazón del pueblo; pero yo cumplí siguiendo a Jehová mi Dios. Entonces Moisés juró diciendo: Ciertamente la tierra que holló tu pie será para ti, y para tus hijos en herencia perpetua, por cuanto cumpliste siguiendo a Jehová mi Dios. Ahora bien, Jehová me ha hecho vivir, como él dijo, estos cuarenta y cinco años, desde el tiempo que Jehová habló estas palabras a Moisés, cuando Israel andaba por el desierto; y ahora, he aquí, hoy soy de edad de ochenta y cinco años. Todavía estoy tan fuerte como el día que Moisés me envió; cual era mi fuerza entonces, tal es ahora mi fuerza para la guerra, y para salir y para entrar. Dame, pues, ahora este monte, del cual habló Jehová aquel día; porque tú oíste en aquel día que los anaceos están allí, y que hay ciudades grandes y fortificadas. Quizá Jehová estará conmigo, y los echaré, como Jehová ha dicho. Josué entonces le bendijo, y dio a Caleb hijo de Jefone a Hebrón por heredad. Por tanto, Hebrón vino a ser heredad de Caleb hijo de Jefone cenezeo, hasta hoy, por cuanto había seguido cumplidamente a Jehová Dios de Israel. Mas el nombre de Hebrón fue antes Quiriat-arba; porque Arba fue un hombre grande entre los anaceos. Y la tierra descansó de la guerra.”

La fe bíblica se mide en el grado de confianza que una persona tiene en el Dios de la Biblia. Esta fe se basa en la confianza de que Dios es sabio, poderoso, eterno, soberano, justo, bueno, fiel, etc. No solo está basado en el poder que Dios tiene para hacer obras grandes, sino también en que Él puede cumplir promesas, guiar por caminos que solo Él sabe bien por dónde ir, y hacer cosas que para muchos parecerían imposibles.

Cuando una persona tiene este tipo de confianza, entonces tiene una fe bíblica, no solo una fe sesgada por uno u otro atributo; es una fe basada en el pleno entendimiento del carácter absoluto de Dios.


Caleb es uno de estos hombres. Él y Josué fueron parte de los doce espías que reconocieron la tierra prometida 45 años atrás (Nm. 13 – 14). En ese día, cuando todos ellos llegaron a dar el informe de su reconocimiento, diez de ellos tuvieron temor y desconfianza en que Dios sería capaz de dar la tierra en sus manos, mientras que Josué y Caleb confiaron plenamente en el Señor y por eso rogaron al pueblo que no escucharan a los otros. A la final, el pueblo aceptó el terrible consejo de los diez, y rechazaron seguir adelante, por lo cual Dios los castigó con la muerte de todos ellos en el desierto.

Pero Dios había prometido por medio de Moisés que estos dos hombres sí entrarían a tomar posesión de la tierra, y ahora, al final de la conquista, cuando comenzó la repartición de los territorios, Caleb solicita que se le otorgue la ciudad de Hebrón y sus territorios adjuntos como heredad, por lo que Josué le otorga lo pedido (v. 13).

Caleb nos da un resumen de cómo era su fe: era de corazón, confiaba plenamente en Dios (v. 7); era constante, eso hizo que lo siga siempre (v. 8, 9); estaba aferrada a las promesas de Dios, por eso supo que recibiría la heredad (v. 10); era valerosa, le daba confianza a seguir batallando junto a Dios, aunque sea el viejo y sus enemigos gigantes, los anaceos (v. 11, 12 y 15).

Por su fe, Dios recompensó con lo deseado, y como vemos en el capítulo 15, él obtuvo la victoria sobre Hebrón y tomó posesión de su heredad.

¿Cómo está su fe hoy? ¿Cuánta confianza hay en Dios? ¿Cree usted que Él es capaz de cumplir Sus promesas? ¿Es usted capaz de seguirle a Dios a pesar de lo que enfrenta por delante? En la medida de cómo respondemos a estas interrogantes y seguimos en Dios confiados, sabremos si nuestra fe es bíblica o no, y actuaremos en función de esa confianza.


«Una fe bíblica transforma radicalmente la manera como un creyente sigue a Dios y espera confiando en Él»

Ministerio UMCD

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