Empecemos leyendo el versículo para el principio de hoy:
El apóstol Pablo le da instrucciones a Timoteo acerca de cómo tratar con cada persona, pero en especial le habla del trato que debe tener con las mujeres jóvenes, y le dice que las trate con PUREZA, esto es algo que ya no es común en nuestra sociedad, no solo entre los cristianos sino en general. Esta pureza va desde los pensamientos que tenemos hasta nuestro actuar.
Como jóvenes anhelamos tener alguien a quien amar y que nos demuestre amor, pero es triste como confundimos el amor con afecto físico y pensamos que besarse o llegar al contacto físico es amar a alguien, es por eso que el principio de hoy es:
RESPETA A LA OTRA PERSONA
Enfoquémonos primeramente en los hombres, si tú eres hombre, debes mirar, hablar y tratar con pureza a las mujeres, dice el versículo como a una hermana, si tú tienes una hermana pues no vas a permitir que nadie se burle de ella y la trate mal, entonces empieza a cuidar el corazón de cada mujer que te rodea, tratas con pureza y respeto.
En cambio, si eres mujer, el respeto empieza por ti mismo, tu forma de vestir y de comportarte va a hablar mucho acerca del trato que quieres recibir, si quieres que te traten con pureza, entonces vístete y actúa con pureza.
Esto es de parte y parte, la pureza debe venir de lado y lado tanto de la mujer y también del hombre, respeta a aquella persona con la que quieres compartir el resto de tu vida y vas a ver que eso va a hacer de su relación algo agradable ante Dios y así podrás ser de testimonio para los que te rodean.
Mira el video de esta lección
Suscríbete para recibir más enseñanzas como estas:
Haga clicl en la imagen para ver el video de la lección
2 Corintios 13:11-14
“Por lo demás, hermanos, tened gozo, perfeccionaos, consolaos, sed de un mismo sentir, y vivid en paz; y el Dios de paz y de amor estará con vosotros. Saludaos unos a otros con ósculo santo. Todos los santos os saludan. La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén.”
Pablo estaba concluyendo su carta. Para finalizar su misiva el apóstol exhorta a los hermanos a buscar la presencia de Dios bajo las condiciones de una vida de armonía y santidad dentro de la congregación.
Recordemos que había habido divisiones dentro de la iglesia por muchos problemas causados por sus carnalidades, y ahora que Pablo iría, deseaba que todo lo que había generado controversia y fricciones se acabe. El propósito final de esa petición era para que “el Dios de paz y de amor” se manifieste entre ellos, y su comunión con Él sea evidente.
Pablo quería que individual y colectivamente los creyentes practiquen el gozo, la santificación personal y colectiva, la consolación conjunta, la armonía a pesar de las diferencias, y la paz con todos. (v. 11)
Además, él los anima a que siempre se manifieste afecto en el saludo comunitario. (v. 12)
Esto traería la bendición de poder estar cerca de Dios, y esa comunión sincera traería una bendición muy grande al mantener el vínculo espiritual muy fuerte.
Pablo termina anhelando que Dios los bendiga el acompañamiento de la gracia del Señor, que ellos puedan experimentar más el amor de Dios y que el Espíritu Santo se manifieste siempre entre ellos. (v. 13)
Cuando hay pecado en la iglesia, y las personas permiten que la carnalidad se manifieste ante las dificultades y los problemas interpersonales (Ga. 5:19-21), las divisiones son evidentes, generando una pérdida de comunión con los demás hermanos y con Dios (1 Jn. 1:6-8).
Mientras tanto, que, cuando la iglesia está creciendo espiritualmente y su comunión con Dios y con los demás es fuerte y evidente, la obra de Dios entre ellos se viva y poderosa.
Jesucristo, hablando a los discípulos les dijo que si lo amábamos a Él deberíamos obedecerle, y que, en esa obediencia, nosotros recibiríamos la manifestación de Su amor en nuestras vidas de una forma tangible (Jn. 14:21-23). Además, el mismo Señor nos mandó a que tuviéramos “amor los unos con los otros” para que el mundo conozca que somos sus discípulos (Jn 13:34-35). Eso quiere decir que si no lo obedecemos, entonces no tendremos comunión con Él, menos con los demás.
Pablo estaba enseñando al final de su Segunda Carta a los Corintios que la mejor manera de experimentar el amor y la paz de Dios en sus vidas era por medio de la presencia de relaciones amorosas dentro de los hermanos. El “gozo” les ayudaría a enfrentar las dificultades que vendrían. La perfección haría que entre ellos se manifieste madurez espiritual conveniente para relacionarse en forma piadosa con los demás. El consuelo permitiría a que aquellos que enfrenten problemas personales puedan ser alentados y afirmados por los demás en la iglesia. El tener “un mismo sentir” les ayudaría a enfrentar las diferencias buscando el consenso y la unidad de dirección. Y la “paz” traería quietud en medio de un mundo conflictivo. Esto ayudaría también en la manera como podrían reaccionar cuando se vean en la congregación al encontrarse y tengan que saludarse.
El Salmo 133 nos recuerda que es “bueno y … delicioso… habitar los hermanos juntos en armonía”, y nos confirma lo que Pablo les decía a los hermanos en Corinto, que es ahí donde Dios enviaría “bendición, y vida eterna”. (Sal. 133:1, 3)
¿Somos usted y yo entes promotores de la armonía en la iglesia, o somos parte de aquellos que solo provocan división, rencor y odio? ¿Qué podríamos hacer para generar o brindar gozo, perfección, consuelo, armonía y paz en nuestra iglesia?
«Un índice evidente de la salud espiritual de la iglesia es la presencia de paz y armonía entre los hermanos, esto permitirá la manifestación poderosa Dios entre ellos»
Haga clicl en la imagen para ver el video de la lección
odos los creyentes tenemos más que dinero para dedicar a la gloria de nuestro Dios. Si consideramos que toda buena dádiva viene de lo alto, como lo dice el libro deSantiago (1.17);hallaremos que hemos recibido mucho de nuestro Señor, y por eso somos llamados a administrarlo de la mejor forma posible.
La parábola de las diez minas nos ayuda a entender esa responsabilidad y nos estimula a hacerlo bien, por eso consideremos esto:
Lucas 19:15-23 “Aconteció que vuelto él, después de recibir el reino, mandó llamar ante él a aquellos siervos a los cuales había dado el dinero, para saber lo que había negociado cada uno. Vino el primero, diciendo: Señor, tu mina ha ganado diez minas. Él le dijo: Está bien, buen siervo; por cuanto en lo poco has sido fiel, tendrás autoridad sobre diez ciudades. Vino otro, diciendo: Señor, tu mina ha producido cinco minas. Y también a este dijo: Tú también sé sobre cinco ciudades. Vino otro, diciendo: Señor, aquí está tu mina, la cual he tenido guardada en un pañuelo; porque tuve miedo de ti, por cuanto eres hombre severo, que tomas lo que no pusiste, y siegas lo que no sembraste. Entonces él le dijo: Mal siervo, por tu propia boca te juzgo. Sabías que yo era hombre severo, que tomo lo que no puse, y que siego lo que no sembré; ¿por qué, pues, no pusiste mi dinero en el banco, para que al volver yo, lo hubiera recibido con los intereses?”
La mina de la que se nos habla en esta parábola era una moneda que equivalía a tres meses de salario de una persona, y cada uno de los diez siervos de este Noble recibió una, con la orden de que negociaran con ella para que cuando este hombre regresara hallara ganancia sobre su inversión.
Así como estos siervos, todos los creyentes somos siervos de Jesús y debemos usar lo que nos ha dado para su gloria.
Pero ¿qué recursos hemos recibido?
Pues el tiempo es uno de ellos, además el dinero, posesiones materiales, relaciones, autoridad, talentos y dones.
Ahora, en este punto podemos preguntarnos ¿Qué es aquello que Jesús y el Padre consideran como ganancia?
¿Será La tierra ganancia para ellos?, no (1 Co. 10.26); ¿será el tiempo?, tampoco (Ap. 1.8); o será la plata y el oro, no (Hag. 2.8).
Entonces, si nada de esto es ganancia para Dios porque Él ya es dueño de todo ello, ¿Qué es lo que debemos ganar para Él?
Pues Lucas 19.10 nos dice que Jesús vino a buscar lo que se había perdido, entonces el “negocio” de Dios, son las ovejas perdidas, las almas perdidas que no han conocido o que han rechazado las buenas nuevas de Dios (Ez. 34.11-12).
Así, nosotros como hijos suyos, somos una nación santa, comprada por Él con la sangre de su Hijo, para que vivimos anunciando las virtudes de Su amor y gracia (1 Pedro 2.9-10) ante las ovejas pérdidas del mundo.
Por tanto, Él espera que invirtamos lo que nos ha dado en hacer que otros vean su bondad y que nuestra luz atraiga a las ovejas perdidas hacia el rebaño y pueblo de Dios.
Esto podemos hacerlo cuando por ejemplo ganamos para Dios a nuestra familia; o cuando usamos nuestro dinero para pasar tiempo con amigos, y en medio de ello les mostramos a Dios a través de nuestras palabras y vida; o cuando aprovechamos nuestro trabajo para que compañeros vean en nosotros la esperanza que los lleve a Cristo; o cuando usamos nuestra empresa para que nuestros empleados vean a un jefe que los ama como Dios; o cuando damos lo necesario para que otros enseñen la palabra de Dios y ayuden a quienes lo necesitan; o cuando usamos nuestros dones y talentos para que Dios brille en medio de la oscuridad del mundo.
La pregunta en este punto es: ¿estamos haciendo que nuestros recursos produzcan ganancia? O ¿los hemos escondido como aquel siervo, que por temor y por no conocer a su Señor obró mal?
Es posible que ésta pregunta nos produzca miedo por la expectativa del juicio de Jesús, pero que tal si en lugar de motivarnos por el miedo, nos motivamos por la expectativa de encontrarnos con Él y ver en su cara un gozo y orgullo por nosotros, que le haga abrazarnos y susurrarnos al oído: “buen trabajo, has sido fiel y un siervo bueno”.
«El “negocio” de Dios son las ovejas perdidas, hallar lo que se ha perdido»
Haga clicl en la imagen para ver el video de la lección
Lucas 19:11-13
“Oyendo ellos estas cosas, prosiguió Jesús y dijo una parábola, por cuanto estaba cerca de Jerusalén, y ellos pensaban que el reino de Dios se manifestaría inmediatamente. Dijo, pues: Un hombre noble se fue a un país lejano, para recibir un reino y volver. Y llamando a diez siervos suyos, les dio diez minas, y les dijo: Negociad entre tanto que vengo.”
Varias veces Jesús enseñó por medio de parábolas. Ellas son narraciones cortas y simbólicas que expresan una verdad divina.
Para interpretarlas correctamente debemos tener en cuenta que al ser simbólicas no podemos comprenderlas literalmente, sino que debemos extraer de ellas el principio que tenían el propósito de enseñar.
Este pasaje es la primera parte de la que se conoce como la parábola de las diez minas.
Uno de los principios que aprendemos de esta parábola y en el que me quiero enfocar, es que debemos considerar la realidad del reino de Jesucristo.
Jesús narró esta parábola cuando se acercaba el final de su ministerio en la tierra y se dirigía rumbo a Jerusalén, previo a su última pascua, su muerte y resurrección. Ya habían pasado tres años de su ministerio y muchos daban testimonio de su poder, autoridad y enseñanzas.
Había ganado para Dios un grupo de discípulos que creían que Él era el hijo de Dios y el salvador del mundo, pero también había hallado mucha oposición.
Jesús comprendía muy bien la tensión que había en el ambiente debido a que el ánimo de la gente que caminaba junto a Él era de expectativa, ellos pensaban que: el reino de Dios muy pronto aparecería; y que estaban marchando con el Rey. (Prange, 1999)
Así que Jesús usa esta parábola para ajustar las expectativas de sus discípulos, haciéndoles entender que su Reino no se establecería en la tierra en ese momento, sino que Él se iría y luego volvería para establecerlo.
Para los discípulos no era fácil comprender esto, porque no entendían que Jesús antes de ser Rey, debía cumplir con su llamado a ser el cordero sacrificado por nuestros pecados; ellos no reconocían su necesidad de un cordero perfecto que pagara por sus pecados, y en cambio si anhelaban un Rey; porque pensaban que su principal problema eran las políticas y abusos del Imperio Romano y no creían que pudieran ser libres aun cuando fueran esclavos de Roma.
La verdadera libertad es la del corazón y la del espíritu, que nos libra del poder más corrupto y cruel que existe: el del pecado y el de la muerte eterna.
Pero, aunque Jesús tuvo que morir, resucitar y ascender al cielo, creemos que Él volverá, tal como lo hizo el noble de la parábola.
Por esto y mucho más comprendemos que la segunda venida de Jesús es una enseñanza sobresaliente de las Escrituras. Casi todos los intérpretes conservadores de la Biblia reconocen unánimemente que este es un acontecimiento que está en el futuro, como indican todos los credos ortodoxos que han existido a través de la historia de la iglesia; y así como la Primera Venida de Cristo fue literal y se cumplió en la historia, también su Segunda Venida, que todavía es futura, se cumplirá en la misma forma literal. (John F. Walvoord y Roy B. Zuck, 2006)
Mientras esto sucede, Jesús como el noble de la parábola nos ha entregado recursos y dones que necesitamos usar para la gloria de Dios.
Por eso esta parábola también se relaciona con la forma en la que debemos administrar todo lo que tenemos, y es un llamado a usarlo para que Dios halle ganancia en ello. Lo que debe motivarnos a hacerlo así es que gracias a esa libertad que Cristo compró para nosotros en la cruz, ya no somos esclavos de los deseos pecaminosos del mundo, sino que podemos someternos por amor a aquel que nos compró con precio de sangre y nos dio el privilegio de ser sus siervos.
Referencias
Prange V. 1999. La biblia popular, lucas. EDITORIAL NORTHWESTERN.
John F. Walvoord y Roy B. Zuck, E. (2006). El Conocimiento Bíblico Tomo 4 Hebreos a Apocalipsis. Bernardino Vázquez Vázquez.
«La verdadera libertad es la del corazón y la del espíritu, que nos libra del poder más corrupto y cruel que existe, el del pecado y el de la muerte eterna»
Hasta ahora ya tenemos por lo menos cuatro principios para que tu relacion glorifique a Dios, recordemos esos principios:
Ora por la persona que Dios tiene para ti
Cuida tu testimonio
Honra a tus padres
No andes en yugo desigual
Como te contamos al inicio estos principios fueron los que nos ayudaron en nuestra relación. No decimos ni pensamos que tuvimos una relación perfecta, pero si estamos seguros que fue Dios mismo quién nos guió en cada paso que dimos, es por eso que compartimos estos principios y en esta ocasión tenemos uno más:
ESPERA EN DIOS
Cuán difícil es esperar, sobretodo si aquella persona con la que te estás conociendo parece salida de un cuento de hadas, de seguro te ha pasado. Y piensas ella es la ideal o él es el ideal, ¡es perfecto! Espera un momento, la Palabra de Dios muestra un principio muy importante y es el de esperar, tomamos como ejemplo a Adán, el primer hombre, leamos lo que se nos dice de él en Génesis:
Si te diste cuenta, dice que Dios e dio un trabajo a Adán, un trabajo muy duro pero importante, debió ser cansado y en medio de todo este trabajo dice que Adán no tenía pareja o más bien una ayuda idónea, ¡que hermosa expresión! Dios ve la falta que le hace al hombre tener alguien con quién compartir e incluso recibir su ayuda, y es por eso que forma a Eva, Dios toma una costilla de Adán y forma a la mujer pero además de eso Dios la trae ante Adán. Esta es la clave.
Ad{an no estaba buscando una mujer por todo el huerto del Edén, él solo obedeció la tarea que Dios le encomendó, y es ahí cuando Dios es quién le presenta a la que sería su pareja para toda la vida. Querido joven, Dios tiene esa persona para ti, deja de buscarlo o buscarla, solo espera en Dios, obedece Su Palabra, cumple la tarea que ël te ha mandado, y cuando estés viviendo en obediencia a DIos y Su Palabra, el Señor mismo te presentará a tu pareja.
Mira el video de esta lección
Suscríbete para recibir más enseñanzas como estas:
Haga clicl en la imagen para ver el video de la lección
2 Corintios 13:5-10
“Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados? Mas espero que conoceréis que nosotros no estamos reprobados. Y oramos a Dios que ninguna cosa mala hagáis; no para que nosotros aparezcamos aprobados, sino para que vosotros hagáis lo bueno, aunque nosotros seamos como reprobados. Porque nada podemos contra la verdad, sino por la verdad. Por lo cual nos gozamos de que seamos nosotros débiles, y que vosotros estéis fuertes; y aun oramos por vuestra perfección. Por esto os escribo estando ausente, para no usar de severidad cuando esté presente, conforme a la autoridad que el Señor me ha dado para edificación, y no para destrucción.”
En el versículo 5 Pablo hace un llamado a un autoanálisis del creyente para que ellos mismos puedan identificar si son salvos o no (“Examinaos… si estáis en la fe”), no porque la salvación se pueda perder, pues es una gracia inmerecida recibida por fe (Ef. 2:8-9); sino para que ellos vivan de acuerdo con su condición de nacidos de nuevo (2 Co. 5:17; Ef. 5:1-12).
Una manera de conocer que eran salvos era que miren en ellos mismos las evidencias en sus vidas de que “Jesucristo” se manifestaba en las cosas que ahora hacían, comparado con la vida que llevaban antes del día de su salvación (v. 5). Si fracasaban en esa prueba, entonces estaban “reprobados”, es decir, no eran salvos, pues habían fallado al autoexamen.
Si los hermanos en Corinto podían ver evidencias de la salvación en sus propias vidas, entonces ellos podrían reconocer que el ministerio y la autoridad de Pablo no era un fracaso, sino que tenía la autoridad de Dios (v. 6).
Pablo pedía a Dios constantemente para que los corintios estén viviendo una vida conforme a la salvación, no para que ello traiga garantía de su apostolado, sino porque era bueno para los creyentes en la iglesia, para que ellos hagan “lo bueno”, aunque el mismo Pablo siga siendo acusado falsamente de ser un “falso maestro”. (v. 7)
Pablo no estaba oponiéndose a la verdad de Dios y de Su obra, como sí lo estaban haciendo los falsos apóstoles; sino antes, con este autoexamen del creyente se demostraba que las enseñanzas y el apostolado de Pablo eran verdaderos. (v. 8)
En sí, el apóstol no buscaba ser reconocido para gloria propia, sino por el bien de los hermanos, y si su nombre seguía siendo manchado, pero eso favorecía en el fortalecimiento de la fe de los corintios, entonces a Pablo esas acusaciones no le afectaban. Pablo deseaba profundamente la madurez de los creyentes (v. 9)
Por eso escribía esta carta para que él no tenga que tratar todos esto temas presencialmente y de forma severa; pero si era necesario, utilizaría su autoridad en Cristo para “edificación” de los hermanos, “y no para destrucción”. (v. 10;2 Co. 10:8)
El día de la salvación marca un antes un después eterno en la vida de un creyente (2 Co. 5:17). El momento que esa persona recibe por fe el regalo inmerecido del perdón de pecados y la vida eterna al depositar su fe en Cristo como su único y suficiente Salvador, ese creyente entra a experimentar una vida espiritual real como resultado de la obra purificadora y regenerativa del Espíritu Santo (Tit. 3:5).
Este cambio espiritual radical (Ef. 2:1-5) le da al creyente la posibilidad de experimentar una transformación paulatina, y muchas veces constantes, hacia la madurez espiritual, es decir, a vivir más como Jesucristo.
Pero, aunque ese cambio se da ciertamente en la vida de cada persona que sí nace de nuevo (Jn. 3:3-8), no todos llegan a experimentar la madurez, ni menos a vivir una vida victoriosa alejada del pecado. Esa falta de crecimiento, como la Biblia lo enseña, lleva al creyente nacido de nuevo a vivir una vida con muchas falencias en su carácter y en su discernimiento espiritual. Y es por ello que Pablo les hace un llamado a que se auto examinen, y comprueben a sí mismos de si eran salvos para que miren si habían crecido en fe o no, o en lo peor de los casos, talvez darse cuenta que no habían creído aún en Cristo, y por lo tanto, todavía no eran salvos y necesitaban de Cristo.
La persona salva puede sinceramente ver evidencias de su salvación cuando en un auto examen apropiado, y con la ayuda del Señor, mirar si ha habido cambios desde el día que recibió a Cristo. Entre esos efectos están la diferenciación de los pecados, el sentimiento de culpa cuando peca, el deseo de leer mas de la Biblia, el deseo de agradarle a él, entre muchas. No son pruebas irrefutables, pero si buenas evidencias de ese cambio.
Pero si no ha visto ningún cambio en su vida, entonces sí necesita arrepentirse, pedir perdón, y poner su esperanza en Cristo como Señor y Salvador. Recordemos que solo Dios es el único que sabe si nosotros somos salvos, y necesitamos de Su ayuda para poder reconocer nuestra verdadera condición (1 Jn. 3:19-21).
«La prueba de ser un creyente real se manifiesta por las evidencias internas y externas de un cambio sincero a partir del día de la salvación, cambio que solamente Dios lo conoce con certeza»
Haga clicl en la imagen para ver el video de la lección
2 Corintios 12:19 – 13:4
“¿Pensáis aún que nos disculpamos con vosotros? Delante de Dios en Cristo hablamos; y todo, muy amados, para vuestra edificación. Pues me temo que cuando llegue, no os halle tales como quiero, y yo sea hallado de vosotros cual no queréis; que haya entre vosotros contiendas, envidias, iras, divisiones, maledicencias, murmuraciones, soberbias, desórdenes; que cuando vuelva, me humille Dios entre vosotros, y quizá tenga que llorar por muchos de los que antes han pecado, y no se han arrepentido de la inmundicia y fornicación y lascivia que han cometido. Esta es la tercera vez que voy a vosotros. Por boca de dos o de tres testigos se decidirá todo asunto. He dicho antes, y ahora digo otra vez como si estuviera presente, y ahora ausente lo escribo a los que antes pecaron, y a todos los demás, que si voy otra vez, no seré indulgente; pues buscáis una prueba de que habla Cristo en mí, el cual no es débil para con vosotros, sino que es poderoso en vosotros. Porque aunque fue crucificado en debilidad, vive por el poder de Dios. Pues también nosotros somos débiles en él, pero viviremos con él por el poder de Dios para con vosotros.”
Pablo ha venido mencionando su presencia nuevamente dentro de la iglesia en Corinto, y esta iba a ser su tercera vez que lo haría (2 Co. 13:1). Aunque no se tenga un registro de su segunda visita, como lo menciona él mismo, esta vez iba a poner orden, ya no por carta, sino personalmente, y no sería “indulgente” (2 Co. 13:2).
El temor de Pablo era que los hermanos en Corinto siguieran viviendo en pecado y sin ánimo de arrepentirse (2 Co. 12:20, 21). Como sabemos, la Primera Epístola a los Corintios fue un llamado muy fuerte a toda la congregación a cambiar, y el temor que los hermanos sigan viviendo una vida desordenada era posible, ya que no habían madurado, y eso se podía evidenciar no solo en su vida de pecado, sino también en la falta de discernimiento y inapropiada respuesta ante la presencia de los falsos apóstoles, dejándose muchos engañar por ellos.
Tal era el temor de Pablo, que como el mismo lo menciona, tenía una grande sospecha que al ver todo lo que estaba pasando se avergonzaría delante de Dios por la mala conducta de los hermanos (2 Co. 12:21).
Cuando él llegue, les menciona que habrá mucho de que hablar, pero que solamente aceptará acusaciones en presencia de testigos que ratifiquen el mal obrar de alguien (2 Co. 13:1).
Los hermanos en Corinto habían reclamado que Pablo confirme su apostolado, y él les confirma que ante tal demanda el iba a dar “prueba” de ello mediante la corrección del pecado y la impartición de la disciplina (2 Co. 12:3).
En su presencia, aunque siendo débil humanamente hablando, se evidenciaría “el poder de Dios” obrando a través de él. Les recuerda que Dios ya se había manifestado entre ellos cuando estuvo ahí (2 Co. 12:3), y que se volverá a evidenciar esta vez también (2 Co. 12:4).
La falta de arrepentimiento en muchos creyentes es uno de los grandes problemas que afectan no solamente la vida personal de un creyente, sino que la vida en general de la iglesia. La madurez de una congregación se evidencia colectivamente en la manera como los creyentes en forma individual van creciendo. Como el mismo Pablo nos dice en otra de sus epístolas, el propósito de la iglesia es que todos alcancen madurez en forma conjunta (Ef. 4:12-16).
La falta de arrepentimiento es un factor crucial en la falta de madurez. Un creyente inmaduro, por su falta de una apropiada relación con Dios, y por permitir que su carnalidad se manifieste constantemente, hace que él mismo no pueda discernir apropiadamente las cosas espirituales. No solo que no ve al pecado como debería hacerlo, sino que no puede discernir correctamente las enseñanzas ni a las personas que enseñan (1 Co. 3:2; Ef. 4:14; He. 5:11-14; 13:9).
Además, esa falta de arrepentimiento hace mucho daño, porque nos lleva nuevamente a vivir esclavizados por voluntad propia a pecados que nos destruyen tanto moral, espiritual y hasta físicamente. Daña nuestras relaciones con los demás hermanos (2 Co. 12:20), y obviamente daña nuestra relación con Dios, trayendo hacia nosotros la falta de comunión diaria con Él y los demás creyentes (1 Jn. 1:6-10).
Si nosotros tenemos algún pecado, del cual aún no nos hemos arrepentido, no solamente estamos afectando nuestra vida, sino que eso afecta la vida de la iglesia, la comunión con Dios y los demás, y genera un problema tan grave al tener falta de discernimiento espiritual que no nos permitirá discernir bien las cosas espirituales, y sobre todo ello, traería mal testimonio para los de afuera.
La falta de arrepentimiento hace que paguemos un alto costo por no alejarnos definitivamente del pecado, y este es un costo que nadie debería pagarlo en realidad. Alejémonos ya de una vez del pecado, pidamos perdón a Dios confesando nuestro pecado, pues Él está presto a perdonarnos (1 Jn. 1:9).
«La falta de arrepentimiento afecta moral, espiritual, y hasta físicamente; destruyendo nuestra relación con Dios y con los hermanos, afectando terriblemente nuestro testimonio»
Haga clicl en la imagen para ver el video de la lección
2 Corintios 11:7-9
“¿Pequé yo humillándome a mí mismo, para que vosotros fueseis enaltecidos, por cuanto os he predicado el evangelio de Dios de balde? He despojado a otras iglesias, recibiendo salario para serviros a vosotros. Y cuando estaba entre vosotros y tuve necesidad, a ninguno fui carga, pues lo que me faltaba, lo suplieron los hermanos que vinieron de Macedonia, y en todo me guardé y me guardaré de seros gravoso.”
2 Corintios 12:11-18
“Me he hecho un necio al gloriarme; vosotros me obligasteis a ello, pues yo debía ser alabado por vosotros; porque en nada he sido menos que aquellos grandes apóstoles, aunque nada soy. Con todo, las señales de apóstol han sido hechas entre vosotros en toda paciencia, por señales, prodigios y milagros. Porque ¿en qué habéis sido menos que las otras iglesias, sino en que yo mismo no os he sido carga? ¡Perdonadme este agravio! He aquí, por tercera vez estoy preparado para ir a vosotros; y no os seré gravoso, porque no busco lo vuestro, sino a vosotros, pues no deben atesorar los hijos para los padres, sino los padres para los hijos. Y yo con el mayor placer gastaré lo mío, y aun yo mismo me gastaré del todo por amor de vuestras almas, aunque amándoos más, sea amado menos. Pero admitiendo esto, que yo no os he sido carga, sino que como soy astuto, os prendí por engaño, ¿acaso os he engañado por alguno de los que he enviado a vosotros? Rogué a Tito, y envié con él al hermano. ¿Os engañó acaso Tito? ¿No hemos procedido con el mismo espíritu y en las mismas pisadas?”
Pablo no solamente había sido acusado de ser débil de palabra (2 Co. 10:10), lo cual era falso; ni tampoco había sido acusado solamente de no tener autoridad dada por Dios (2 Co. 10:13); sino que también era acusado de no haber “demandado sueldo de maestro”. En la Grecia antigua era la costumbre de que los maestros cobraran un sueldo muy alto por sus enseñanzas, y entre mayor el salario demandado mayor el prestigio del maestro. Pablo había sido acusado por los falsos apóstoles de enseñar “de balde”, expresión dada para decir de forma gratuita. (2 Co. 11:7)
Pablo sí había recibido ofrendas de las otras iglesias (2 Co. 11:8), pero él no había querido ser “carga” (2 Co. 11:9; 12:13) para los hermanos en Corinto para no serles “gravoso” (2 Co. 11:9).
Pablo no iba a lugares a predicar para hacer negocio de ello, al contrario, era su amor por la obra, y especialmente por los creyentes, lo que realmente le llevaba a entregarse por completo, aún a costa de sus propios medios (2 Co. 12:15).
Los falsos apóstoles habían persuadido a la congregación en Corinto a que desaprobaran la obra de Pablo al considerarlo, según ellos, un desacreditado apóstol, incluyendo cómo razón su falta de cobro de un salario. Pablo ratifica su apostolado recordándoles que él había hecho “señales, prodigios y milagros” entre ellos como lo había hecho en otras iglesias, y que lo único que había querido no hacer es recibir donativos, y por eso en forma irónica les pide disculpa por este “agravio”. (2 Co. 12:11-13)
Pero Pablo, ya en su primera carta, había mencionado que el ministro es digno de recibir “salario” (2 Co. 11:8) por parte de la iglesia, que no es malo, sino algo correcto y necesario; pero que él no había querido usar de ese derecho para que no haya algo que detenga el avance del “evangelio de Cristo”. (1 Co. 9:1-14)
Muchas de las iglesias todavía no han aprendido a cuidar dignamente del pago de un sueldo merecido de un pastor o misionero. En otros casos, muchas de las personas que desean servir en las iglesias quieren explotar o aprovecharse de las congregaciones para obtener beneficio financiero en forma desmedida. En ambos casos no hay una perspectiva apropiada de lo que es «servir a Dios».
Como aprendemos de Pablo, “digno es el obrero de su salario” (1 Ti. 5:18), considerando que aquel que sirve en el ministerio es merecedor de recibir un salario acorde a la responsabilidad de servir en la iglesia del Señor. Pablo nos recuerda que se debe servir por amor a la iglesia, pero también nos exhorta a dar al siervo de Dios un salario apropiado.
El cuidado de nuestros pastores y misioneros demanda que se preste atención a todas las áreas personales del obrero para que éste pueda servir como es esperado en la iglesia. El no dar un reconocimiento digno por medio de un sueldo digno es manifestación de una falta de madurez y responsabilidad por parte de la iglesia. Pero también, la mala intención por parte de aquellos que deseen servir para aprovecharse de la iglesia manifiesta una falta de espiritualidad total.
Dios nos ayude, tanto a las iglesias, como a los obreros, a hacer lo correcto de nuestra parte para honrar el puesto de un piadoso siervo del Señor.
«La iglesia debe honrar debidamente el puesto del siervo de Dios por medio de una remuneración digna del llamado»