El Siervo obediente que se humilló

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Filipenses 2:5-11

“Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.”

Para que la salvación se pueda lograr, dentro de la justicia perfecta de Dios se requería de un pago igual para que la deuda sea saldada apropiadamente, es decir, para que el hombre sea librado de su castigo otro Hombre tenía que morir en su lugar. Los sacrificios representados en el A.T. como corderos y otros animales no igualaban la deuda, es por ello que esos sacrificios nunca serían satisfactorios, solamente eran un acto simbólico, en la espera del pago perfecto por medio del Cordero de Dios (Jn. 1:29; He. 10:8-10).

Cristo Jesús, siendo Dios, no se limitó a su deidad ni se aferró a ella (v. 6), sino que decidió hacerse “siervo”, uno que sometía su voluntad para hacer la voluntad de otro para obedecer (v. 7). Jesús venía a la tierra al hacerse Hombre para someterse a la voluntad del Padre y así llegar a la muerte sacrificial en la “cruz” (v. 8).


Jesucristo no solo que “se humilló a sí mismo” al hacerse Hombre, sino que esa humillación requería aceptar tomar en Sí nuestra cumpla de nuestro pecado y ser maltratado por ello y morir horriblemente en el castigo más humillante de todos, la “muerte de cruz”.

Como Hombre era limitado, puesto que se había despojado (poner a un costado) de Su deidad al venir a habitar entre nosotros. Él como Hombre no tenía todo el poder que Su deidad le otorgaba, por eso, la noche antes de Su muerte, en la debilidad de la aflicción que ya embargaba por completo su alma y cuerpo, le pide al Padre que le ayude a enfrentar lo que tenía que sufrir (Mt. 26:38-42; Lc. 22:40-44). El Siervo obediente se estaba humillando para pagar con Su vida mi condenación.

Su voluntad de salvarnos lo comprometió a dar Su vida para brindarnos lo que nunca hubiéramos alcanzado, el perdón de nuestros pecados y la liberación de la condenación.

Por Su entrega, el Siervo obediente fue exaltado, y Su Nombre “es sobre todo nombre” (v. 9). Un día todos lo reconocerán como Dios y Señor(v. 10-11), los creyentes y los no creyentes, aunque para estos últimos, ese reconocimiento será ya tarde, lo harán cuando escuchen su castigo en el juicio final, cuando enfrenten Su ira por su rebeldía (Ap. 20:11-15).

La única manera de poder ser perdonados y salvados es poniendo nuestra esperanza en la obra del Siervo de Dios. El Hijo de Dios se hizo Hombre para salvar al hombre, y todo aquel que confiese que Jesús es el “Señor, será salvo” (Ro. 10:9-13).


«La humillación del Siervo de Dios (Jesús) nos brinda la posibilidad de perdón y salvación, Su muerte en la cruz lo hizo posible»

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El Siervo que llevó mi pecado

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Isaías 53:3-12

“Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros. Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca. Por cárcel y por juicio fue quitado; y su generación, ¿quién la contará? Porque fue cortado de la tierra de los vivientes, y por la rebelión de mi pueblo fue herido. Y se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte; aunque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca. Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada. Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos. Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos; por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores.”

Un autor le llamó el Siervo Traspasado, porque eso es exactamente lo que le pasó, Jesucristo fue traspasado en su costado después de que había muerto en la cruz (Jn. 19:31-35). Esto fue lo último cruento que hicieron con el cuerpo del fallecido Siervo. Pero ¿por qué tanto dolor y sufrimiento?

El pecado del hombre había generado todo este sufrimiento. Desde el mismo momento en que el hombre pecó, desde ese mismo instante se generó un dolor muy profundo en Dios al ver que su creación había decidido desobedecerle, fallándole y yendo en contra de Su amor y santidad. Él ya no podía seguir compartiendo con el ahora pecador.

Pero en su deseo de restablecer esa relación, tenía que poner sobre alguien más el castigo del pecado, alguien Justo. Jesucristo, el Siervo Justo tomaría el lugar del hombre en el castigo, llevando consigo “las iniquidades de ellos” (v. 11). El Siervo “sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él…” (v. 4, 5).

Para que mis pecados sean perdonados, Cristo tuvo que llevar mi iniquidad a la cruz y pagar el castigo de ello. Al hacerlo estaba sirviendo voluntariamente proveyendo un bien que nunca yo hubiera conseguido, mi justificación.

Jesús quedó “satisfecho” al final de todo sufrimiento porque esta entrega proveería a todo creyente la justificación, el cual sería “el fruto de la aflicción de su alma”. Con gozo, mirando el resultado de la cruz “sufrió” y menospreció “el oprobio” (He. 12:2).

Nuestra justificación solo pude ser lograda porque nuestro castigo fue sufrido por Aquel que nos amaba tanto, el Siervo Justo, el Señor Jesucristo. Usted puede ser perdonado y justificado si pone su fe en Él, pues por eso vino a sufrir… llevando nuestros pecados.


«Jesús, el Siervo Justo, voluntariamente vino a servir llevando nuestra maldad a la cruz y pagar por nuestro castigo, para brindarnos por fe Su justicia»

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El regalo de la libertad y la vida

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Romanos 6:17-23

“Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia.  Hablo como humano, por vuestra humana debilidad; que así como para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia. Porque cuando erais esclavos del pecado, erais libres acerca de la justicia. ¿Pero qué fruto teníais de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis? Porque el fin de ellas es muerte. Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna. Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.

Ser esclavo de alguien y destinado a muerte sin posibilidades nuestras de librarnos de ello es ya terrible como idea, pero el estar realmente esclavo y destinados a la muerte eterna y no saber que lo estamos es aún peor. Vivir una condición horrenda y sin saberlo es realmente dramático.

La verdad es que antes de que venga Cristo a morir por nuestros pecados, el hombre vivía bajo la esclavitud del pecado, entregados a ello desde el día que nacemos (Sal. 51:5; Ro. 3:23; 5:12). Pero como nacemos bajo esa condición no lo sabemos. Necesitamos de alguien quien nos diga que somos esclavos, y solo Dios nos lo puede dar a conocer (Jn. 16:8). Además, la esclavitud nos mantenía en una muerte espiritual en vida, y destinados a una muerte física de cuerpo para que después enfrentemos la muerte o separación eterna, o lo que conocemos mejor como la condenación o el infierno (Ef. 2:1; Ro. 3:23; 6:23). ¡Sólo Jesucristo podía librarnos de estas dos terribles condiciones!

En primer lugar, Jesús tenía que librarnos del pecado. Su muerte en la cruz nos brinda el pago necesario para la libertad. Su pago fue hecho con Su sangre, porque “sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (He. 9:12-14, 22). El mismo Jesús nos dice que nadie más que Él nos puede ofrecer la libertad (Jn. 8:31-36).

En segundo lugar, Jesús tenía que brindarnos vida eterna. Con su muerte Jesucristo estaba pagando el salario o el pago de nuestro pecado. Todos debemos pagar con muerte por nuestro pecado, pero el pago más cruento no es la muerte física, sino la muerte eterna. Y Jesucristo al resucitar nos demostró que en Él está el poder sobre la vida (Jn. 10:17-18), y por tanto Él nos puede dar vida, y vida en abundancia (Jn. 10:10, 27-28). Y la muerte eterna como consecuencia por nuestro pecado tampoco lo enfrentamos, porque al pagar Él por nuestro pecado, nuestro castigo ya no existe, pues ya lo tomó en Sí mismo. Ahora por fe somos perdonados y sin condenación (Ro. 8:1).

Todo esto fue dado como regalo. La palabra “dádiva” significa un don o regalo dado de gracia, es decir, sin merecimiento. Nuestros pecados nos hacían merecedores de la “muerte”, pero el regalo del perdón y la “vida eterna” es una gracia que Dios ofrece sin merecerlo, solamente otorgado por medio de la fe en “Cristo Jesús Señor nuestro” (v. 23).

Generosamente y de una forma extravagante, Dios nos otorga el regalo de la libertad y de la vida eterna por medio de nuestra fe en su Hijo Jesús. Él es nuestro libertador y dador de vida. Reciba por fe ese regalo maravilloso, y de gracias a Dios por tan inmensa “dadiva”.


«El regalo más hermoso ofrecido por Dios es el de la libertad y el perdón del pecado junto con la vida eterna, y nos lo es otorgado cuando ponemos nuestra fe en Jesús como nuestro Salvador»

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La motivación es el amor

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Juan 3:16-21

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios.”

Las motivaciones son las que determinan las acciones, y si nuestra motivación es buena, nuestra acción será buena; pero también, si nuestra motivación es profunda, nuestra acción será muy grande, esta es una norma general.

Cuando miramos hacia el sacrificio de la cruz, podemos encontrarnos con esta misma premisa. Dios, en su inmenso amor con que nos amaba, motivado por Su profundo deseo de rescatarnos, tuvo que realizar un acto que demandaba una acción incomparablemente grande, tenía que dar “a su Hijo unigénito” (v. 16).

El hombre estaba perdido, esclavo del pecado y camino a la condenación. Por su pecado tenía que pagar la “muerte” eterna (Ro. 6:23), mientras que en vida ya vivía “destituido de la gloria de Dios” (Ro. 3:23), condición que quedaría así por la eternidad, a menos que Dios interviniera en favor del hombre.

Pero el amor de Dios no es el resultado de algún acto que el hombre había iniciado, al contrario, el mismo hombre lo rechazaba. En su amor, Dios, Quien es “rico en misericordia” (Ef. 2:4), decidió manifestarnos su amor mucho antes de que nosotros lo amaramos. Él tomo la iniciativa al mostrarnos su amor “primero” (1 Jn 4:19), y en ese amor “envió a su Hijo en (sacrificio expiatorio) por nuestros pecados”. (1 Jn 4:10)

Lo triste de todo esto es que muchos aman “más las tinieblas que la luz, porque sus obras (son) malas” (v. 19), prefieren aborrecer a Dios y vivir en las tinieblas del pecado antes que conocer el amor del Señor y el perdón de sus pecados por medio de la fe en Cristo (v. 20).

Dios nos brinda a todos una oportunidad que la otorga motivado por su inmenso amor, Él ya ha dado a su Hijo como sacrificio “para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Dios quiere perdonarnos de todos nuestros pecados, desea librarnos de la condenación y darnos la oportunidad de pasar toda una vida en la eternidad junto a Él. Lo único que tiene uno que hacer es acercarse a Él, “la luz”, y pedir perdón por nuestros pecados, reconocer que amábamos más al pecado que a Él, pero que ahora estamos arrepentidos y le pedimos que nos salve depositando nuestra esperanza en Jesús, Quien fue dado por el Padre para nuestra salvación.

Cristo vino por amor, amor incomparable de Dios hacia el “mundo”, acepte ese amor poniendo su fe en Jesús como su Salvador.


«Dios nos amó primero, su muestra más grande de ese amor es el sacrificio de Jesús en la cruz»

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Con corazón temeroso

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2 Corintios 7:13-16

“Por esto hemos sido consolados en vuestra consolación; pero mucho más nos gozamos por el gozo de Tito, que haya sido confortado su espíritu por todos vosotros. Pues si de algo me he gloriado con él respecto de vosotros, no he sido avergonzado, sino que así como en todo os hemos hablado con verdad, también nuestro gloriarnos con Tito resultó verdad. Y su cariño para con vosotros es aun más abundante, cuando se acuerda de la obediencia de todos vosotros, de cómo lo recibisteis con temor y temblor. Me gozo de que en todo tengo confianza en vosotros.”

  1. Muchas cosas pudieron estar afectando a la iglesia en Corinto, pero si de algo podía estar seguro Pablo de que no cambiaría, sino que estaría de buena forma presente, es la predisposición de los hermanos a recibir a los siervos del Señor, tratarlos debidamente, y escucharlos.
  2. Tito había viajado para visitar la iglesia, pero antes de su viaje, Pablo le había declarado que la iglesia en sí era muy buena. Que los hermanos tenían un gran corazón, y que apreciaba mucho la manera de ser de ellos. Cuando Tito se había reencontrado con Pablo en Macedonia, el reporte del buen trato de la iglesia en favor de Tito había alegrado muchísimo a Pablo (v. 13), y por lo tanto les confirma en esta segunda carta que sus comentarios hechos a Tito no habían resultado falsos, sino muy ciertos (v. 14).
  3. Tito expresaba con gran afecto la disposición a escuchar las instrucciones que había en Corinto, y que todo lo que lo hacían era porque reverenciaban a Dios sobre todas las cosas, “con temor y temblor” (v. 15).
  4. Esto trajo gran alegría en Pablo, porque ese buen comportamiento expresado, esa buena disposición de los hermanos, era una característica que el apóstol había conocido muy bien de ellos, y esa disposición no había cambiado, y de la cual él estaba seguro (v. 16).

Un corazón sensible a Dios y temeroso a Él siempre se evidencia en la vida de un creyente. Cuando una persona reverente esta frente a nosotros es muy notorio.

Se observa en la sencillez y amor que tiene la persona para recibir a un hermano en la fe. También lo podemos ver en la manera como escucha y ama la instrucción bíblica, y de como sirve a Dios y los demás. Son personas predispuestas a honrar a Dios en todo lo que hacen.

Un corazón sincero, una fe muy grande, una reverencia profunda, un buen animo a todo, entro otras características, son las manifestadas por una persona con buena disposición. Esa disposición, como lo expresa Pablo, nace de una reverencia sincera a Dios (v. 15).

Lo que somos externamente es lo que somos internamente. Predispongamos nuestra vida a honrar y amar a Dios, busquemos vivir para Él, y pidámosle que nos ayude en ese cambio. Nuestra vida será hermosa en la manera como somos cambiados, y eso será evidente ante los demás. Si hay pocas cosas que realmente impresionan de buena manera a los demás es un carácter tierno y temeroso ante Dios.


«Un corazón temeroso ante Dios siempre se evidenciará en la manera como ama, sirve y obedece a los demás»

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“Sabor” a arrepentimiento

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2 Corintios 7:9-12

“Ahora me gozo, no porque hayáis sido contristados, sino porque fuisteis contristados para arrepentimiento; porque habéis sido contristados según Dios, para que ninguna pérdida padecieseis por nuestra parte. Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte. Porque he aquí, esto mismo de que hayáis sido contristados según Dios, ¡qué solicitud produjo en vosotros, qué defensa, qué indignación, qué temor, qué ardiente afecto, qué celo, y qué vindicación! En todo os habéis mostrado limpios en el asunto. Así que, aunque os escribí, no fue por causa del que cometió el agravio, ni por causa del que lo padeció, sino para que se os hiciese manifiesta nuestra solicitud que tenemos por vosotros delante de Dios.”

  1. Pablo había estado muy feliz al ver como su primera carta había producido el efecto deseado de un cambio sincero en los hermanos (2 Co. 7:3-8). Ese cambio se había dado como resultado del un convencimiento por parte de Dios, Quien había obrado para que ellos cambien de dirección en sus vidas, o sea, se arrepientan genuinamente (v. 9).
  2. El verdadero arrepentimiento está ejemplarizado en el día de la salvación, cuando una persona por obra del Espíritu Santo se siente plenamente arrepentido y pide perdón y salvación a Dios por medio de su fe en Jesús. Ese mismo efecto de sentimiento sincero de pesar por un pecado y el cambio de comportamiento se da cuando el creyente reconoce su mal y trata de enmendar su vida para agradar al Señor y a los demás. De este arrepentimiento nos dice Pablo que “no hay que arrepentirse”, que es bueno y no debe uno avergonzarse (v. 10a).
  3. La “tristeza del mundo”, o conocida como remordimiento, solo produce vergüenza, tristeza, y hasta depresión, reconociendo el mal, pero no el anhelo de volver a pecar. Cuando la persona es encontrada en el acto, o el mismo se da cuenta de lo malo, tiene pena de vergüenza por se hallado falto, y su orgullo se ve afectado, pero no hay un deseo de cambio, ni menos de restitución.
  4. La manifestación del arrepentimiento se evidenció en la manera como manejaron los hermanos en Corinto el hecho. Una traducción lo dice así: “¡Vaya cambio que tuvieron! Así pudieron darse cuenta de que soy inocente, y hasta me defendieron. También se enojaron y tuvieron miedo de lo que podría suceder. Sintieron deseos de verme, y castigaron al culpable. Con todo esto, ustedes demostraron que no tenían nada que ver en el asunto” (v. 11 TLA). Los hermanos habían corregido el mal y habían restaurado el nombre de Pablo.
  5. Pablo había escrito la carta por la preocupación a causa de los problemas que se estaban presentando en la iglesia, y el deseo a que todos tomen acciones apropiadas para traer santidad y paz dentro de la congregación (v. 12).

La Palabra de Dios nos enseña que el cambio genuino en una persona solamente puede darse cuando Dios inicia el cambio por medio del convencimiento del pecado. Usando Su Palabra y por obra del Espíritu Santo, el Señor hace que el pecador reconozca su pecado y en busca de restablecer lo causado, decide cambiar y no volver a caer en ese mal. Toma una actitud repulsiva o negativa en contra del pecado que ha cometido y busca alejarse de él porque entiende todo el perjuicio que genera. Ese es un arrepentimiento sincero o genuino, “según Dios”.

Juan el Bautista, cuando enfrentó a sus enemigos, les exhortaba a que hagan “frutos dignos de arrepentimiento”, es decir, demandaba de los fariseos y saduceos a que, si realmente eran religiosos, lo manifiesten con actos sinceros de cambio, no con oraciones largas y charlatanerías de santidad que no mostraban realmente un deseo de agradar debidamente a Dios (Mt. 3:7-9).

El cambio que genera Dios siempre es genuino y no solo lleva a la persona a buscar la santidad, haciendo que aborrezca al pecado que comente, sino que busca a toda costa restablecer el daño causado a los demás también. La restitución debe ser completa para evidenciarse ese arrepentimiento.

Cuando una persona se siente mal por lo que hizo, pero no cambia su comportamiento en contra del pecado ni busca restablecer lo afectado, entonces está con remordimiento, pero no arrepentimiento.


«El arrepentimiento bíblico cambia a la persona llevándolo a la santidad y las buenas relaciones, el remordimiento solo genera tristeza y vergüenza porque es hallado culpable, pero no genera un cambio»

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¿Qué impide que nos relacionemos con Dios?

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Isaías 6:1-7

“En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria. Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo. Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos. Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas; y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado.”

¿Qué es lo que nos impide relacionarnos con Dios?: Nuestra pecaminosidad.

La historia de Isaías lo ilustra perfectamente y nos deja ver la santidad de Dios, el hecho de que Él es “otro”, diferente de todos nosotros en un sentido moral y en su naturaleza, que es perfecto, puro y por eso está obligado a rechazar el pecado y la imperfección, lo cual es la razón por la que hay un “abismo espiritual” entre Él y nosotros.

Ese “abismo” fue evidente en la visión de Isaías cuando su pecado fue puesto en la mira gracias a la santidad de Dios; y aunque a Isaías se le concedió verlo, él no pudo escucharlo hasta el momento en el que fue limpio de su pecado, porque Dios no le concede al pecador el derecho de relacionarse con Él a menos que se satisfaga previamente su condición de justicia por la maldad.

Por eso…

Dios tuvo que proveer para la purificación de Isaías.

Cuando Dios envió a uno de sus serafines para que volara hacia él reveló su interés por proveer los medios para que fueran reconciliados; y así ha sido siempre, porque al no haber ningún hombre que busque a Dios (Sal. 14), es Él quien activamente está llamándonos para ofrecernos gratuitamente su justicia por medio de la muerte de Jesucristo.


Dios no ignoró el pecado de Isaías. Dios no dijo: “está bien Isaías, no hay problema, mira, tengo este mensaje que debes llevar urgente al pueblo y lo de tu pecado no importa por ahora, después vemos que hacemos con él”.

No, el pecado de Isaías debió ser resuelto con urgencia y bajo los términos de Dios.

¡No nos engañemos!, en nosotros no hay algo que logre satisfacer la demanda perfecta de justicia que Dios nos exige por el pecado.

Ese cuento de que siendo buenos, haciendo obras de caridad, dedicándonos a la filantropía como lo hacen Bill Gates o Jeff Bezos dos de los hombres más ricos del mundo, nos hará ganar un derecho eterno es falso, la justicia de Dios se recibe por fe y para fe (Ro. 1:17), y es un regalo para que nadie pueda gloriarse (Ef. 2:9).

Por eso es que…

Dios es el único que quita nuestra maldad y perdona nuestro pecado.

Cuando ese carbón encendido tocó la boca de Isaías, la Biblia nos dice que su estado de culpabilidad fue quitado y fue perdonado por Dios.

Todos somos culpables ante Dios por nuestro pecado y debemos pagarle por infringir su ley, y ese pago debe ser la muerte (Ro. 6:23). 

¿Qué pasó luego de que Isaías fue liberado de la culpa de su pecado y perdonado por Dios?, que pudo escuchar al Señor.

¿En qué nos afecta la justicia de Dios? En que ella establece nuestra posibilidad de relacionarnos con Él.

Un hombre que ha sido apresado no puede ser libre a menos que haya pagado completamente su pena; de la misma forma, nosotros no podemos ser libres para relacionarnos con el Dios justo, sí no ha sido satisfecha su demanda de justicia.

La buena noticia es que Cristo es Aquel que tomó nuestro lugar en la cruz, muriendo por nuestros pecados y pagando la pena que Dios nos exige, la pregunta es: ¿Estamos dispuestos a creer esto, porque la Biblia dice que todo aquel que cree esto no se perderá, sino que tendrá vida eterna y será llamado hijo de Dios?


«La justicia de Dios establece nuestra posibilidad de relacionarnos con Él» 

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¿Tienes problemas judiciales con Dios?

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Romanos 3:23-26

“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.”

Pocas veces consideramos a Dios como el Juez al que tendremos que rendirle cuentas por nuestra vida y mucho menos como un enemigo. Pero la Biblia nos enseña que todos los hombres que no han confesado su pecado y creído en su regalo de salvación, están en guerra con Dios y necesitan reconciliarse con Él a través de Jesucristo (Ro. 5.10).

Y esa reconciliación es el resultado de haber completado la demanda de justicia que Dios exige como pago por el pecado.

Pero ¿cómo es que terminamos en problemas judiciales con Dios? ¿Qué definió que tuviésemos que ser juzgados con la ley más implacable y santa que existe?

La respuesta a ello se encuentra en la diferencia que hay entre el carácter de Dios y el nuestro. Pablo nos lo dice al afirmar que todos nosotros somos pecadores (Ro. 3.10-12) y en cambio Dios no, Él es Santo y Justo.

Pero… 

¿En qué nos afecta que Dios sea justo?

En que siendo Él quien estableció la ley que determina lo bueno y lo malo, cada acto malvado que vaya en contra de su ley y naturaleza debe ser juzgado por Él mismo. Por eso cada hombre que vive sufre la consecuencia del pecado, y al término de su vida le espera la muerte sí es que no acepta el regalo de justicia que Dios tiene para él.


La posibilidad de que seas declarado justo ante el tribunal de Dios solo es posible gracias a su gracia, su regalo, porque nuestras obras nunca llegarán a compararse con la santidad de Dios, de ahí que ninguno pueda ser inocente cumpliendo la ley, porque basta quebrantarla en un solo punto para ser culpable de toda.

Esta ley de Dios es lo que nos permite conocer Su carácter y nos da la guía para que vivamos como le agrada, y es gracias a ella que entendemos que el pecado es pecado, y que nuestras obras sean acusadas e identificadas por lo que son.

Pero, la justicia de Dios que fue comunicada por los profetas desde el principio se manifestó por medio de Cristo, para que los que creamos que Él es el hijo de Dios, que vivió una vida santa, murió y resucitó; podamos ser declarados justos gracias a Su justicia.

¿Te imaginarías un juez que además de dictar sentencia contra el culpable, es capaz de cumplir la sentencia que Él mismo le impuso?

¡Solo Dios es tan justo como para hacer eso!

Cristo es el Juez y un día nos juzgará. ¿Qué crees que Él dirá en el día de nuestro juicio? ¿Dirá que no somos condenados porque creímos en Él como salvador, o por el contrario dirá que nuestra condena ya fue decretada por no haber creído en Él? (Jn. 3.18).

Pensémoslo, porque esta sentencia define nuestro presente y futuro, nuestra libertad para vivir reconciliados con Dios, agradándole y gozándonos en ello, o define que la muerte sea el pago por nuestro pecado y nuestra condena sea la separación eterna de aquel que nos dio la vida.


«Dios es tan justo, que además de dictar la sentencia por nuestro pecado, Él también fue quién la cumplió» 

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