De lo Suyo entregamos

1 Crónicas 29.14 Anexo

1 Crónicas 29:9-16

“Y se alegró el pueblo por haber contribuido voluntariamente; porque de todo corazón ofrecieron a Jehová voluntariamente. Asimismo se alegró mucho el rey David, y bendijo a Jehová delante de toda la congregación; y dijo David: Bendito seas tú, oh Jehová, Dios de Israel nuestro padre, desde el siglo y hasta el siglo. Tuya es, oh Jehová, la magnificencia y el poder, la gloria, la victoria y el honor; porque todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas. Tuyo, oh Jehová, es el reino, y tú eres excelso sobre todos. Las riquezas y la gloria proceden de ti, y tú dominas sobre todo; en tu mano está la fuerza y el poder, y en tu mano el hacer grande y el dar poder a todos. Ahora pues, Dios nuestro, nosotros alabamos y loamos tu glorioso nombre. Porque ¿quién soy yo, y quién es mi pueblo, para que pudiésemos ofrecer voluntariamente cosas semejantes? Pues todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos. […] Oh Jehová Dios nuestro, toda esta abundancia que hemos preparado para edificar casa a tu santo nombre, de tu mano es, y todo es tuyo.”

 

Al contemplar nuestros bolsillos y lo que tenemos en nuestra cartera creemos que eso nos pertenece. Cuando miramos hacia el auto, la casa y la ropa que están con nosotros los llamamos nuestras pertenencias. Cuando voy a al trabajo y recibo el salario de ello le nombro esfuerzo de mi frente. Todo lo que alcance nuestra mano y de lo que podemos disponer voluntariamente es nuestro, ese es nuestro sentido de propiedad: es mío, nuestro, de ellos.

 

Cuando nos detenemos a contemplar todo lo que está en nuestras manos deberíamos mirarlos como extraño o ajeno, pues así realmente debe ser; no es nuestro, le pertenece a Dios (29:14).

 

David había solicitado al pueblo traer ofrenda para la construcción del Templo en Jerusalén, ya él había dado una gran cantidad de oro y plata para esta edificación (28:14-18), pero le otorga la oportunidad al pueblo de traer ofrenda a Dios. El pueblo no renegó, tampoco miró que ya se había dado mucho, menos consideró que no podían; no, al contrario, “se alegró el pueblo por haber contribuido voluntariamente; porque de todo corazón ofrecieron a Jehová voluntariamente” (29:9).

 

David alaba al Señor por su “magnificencia y el poder, la gloria, la victoria y el honor; porque todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas” (29:11). El rey sabía que todo lo que estaba dispuesto para este proyecto era de Dios y que todo estaba puesto ahí por parte del mismo Dios para su obra, y continúa diciendo que “las riquezas y la gloria proceden de ti, y tú dominas sobre todo; en tu mano está la fuerza y el poder, y en tu mano el hacer grande y el dar poder a todos” (29:12).

 

No solo lo que tenía el pueblo en sus manos le pertenecía a Dios, sino también la capacidad que ellos tenían para trabajar.

1 Crónicas 29.14 Pensamiento

La obra de Dios requiere de todos los recursos que podamos dar voluntariamente para que esta continúe. Dios nos ha dado capacidad para trabajar y recibir recursos que son de Él, y la mejor manera de administrarlo es recordando que nada es nuestro, sino que todo nos lo ha sido puesto para que lo usemos apropiadamente.

 

Los misioneros, las nuevas obras, los diferentes ministerios en las iglesias, y el pago digno al pastor, todo requiere de recursos de Dios para ser usados para Su gloria. Nada es mío, ni suyo, ni nuestro, ni de ellos; todo le pertenece a Él.

 

Reconozcamos el señorío de Dios dando con buena voluntad lo que a Él en verdad le pertenece.

 

«Nada es mío, todo es tuyo, Señor»

 

2 Crónicas 29:17, 18

“Yo sé, Dios mío, que tú escudriñas los corazones, y que la rectitud te agrada; por eso yo con rectitud de mi corazón voluntariamente te he ofrecido todo esto, y ahora he visto con alegría que tu pueblo, reunido aquí ahora, ha dado para ti espontáneamente… conserva perpetuamente esta voluntad del corazón de tu pueblo, y encamina su corazón a ti.”

¿Y cómo responde usted?

Marcos 15.39 Anexo

Lucas 23:44-49

“Cuando era como la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. Y el sol se oscureció, y el velo del templo se rasgó por la mitad. Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró. Cuando el centurión vio lo que había acontecido, dio gloria a Dios, diciendo: Verdaderamente este hombre era justo. Y toda la multitud de los que estaban presentes en este espectáculo, viendo lo que había acontecido, se volvían golpeándose el pecho. Pero todos sus conocidos, y las mujeres que le habían seguido desde Galilea, estaban lejos mirando estas cosas.”

 

Para quienes le gusta disfrutar de libros, películas, u obras de teatro, saben que el seguir detalladamente las escenas donde los actores principales participan es importante para poder comprender la trama; y es la trama la que da significado al papel de cada integrante en la obra.

 

En Jerusalén, en los días que se celebraba la Fiesta de los Panes sin Levadura (Mt 26:17), hubo un “espectáculo” (Lc 23:48), el espectáculo de la Cruz en el Clavario. Los Actores: Dios el Padre, Dios el Hijo, los sacerdotes, los soldados romanos, los dos malhechores, los seguidores de Jesús, y el pueblo que asistió a dicho espectáculo. La trama en este caso era la salvación del hombre de la condenación.

 

El juicio caía durante esa hora sobre el pecado de todos los hombres. Jesucristo tomaba lugar en el cruento madero para pagar con su vida nuestro castigo. Una oportunidad se estaba ofreciéndose al hombre para que no tenga que pagar su condena en el infierno.

 

Todos miraban atentos lo que estaba pasando, y cada uno de ellos tenía la oportunidad de mirar en Jesús el inmenso amor del Padre (Jn 3:16, Ro 5:8). Por su misericordia, Dios entregaba a su Hijo a morir por el pecador.

 

Los sacerdotes y escribas, varios de los soldados, y uno de los malhechores miraron con desprecio el sacrificio de amor de Dios. Otros como el malhechor arrepentido y el centurión que estaba junto a la cruz miraron la justicia de Dios y el inmenso amor derramado. Otros después de la muerte se golpeaban el pecho en señal de aflicción, pero no cambiaron de corazón. Y unos pocos de sus seguidores comprendían desde lejos todo que estaba sucediendo en ese lugar. Para muchos, Cristo un charlatán; para otros, Cristo uno más que moría; para quienes creyeron era el Hijo de Dios, el Salvador (Lc 23:32-49).

 

Hoy en día, muchos miran pasar la Semana Santa o la Pascua en el calendario de diversas formas. Unos la mirarán con desprecio, algunos ignoran lo sucedido en Calvario, otros verán por primera vez al Redentor, y otros miraremos atrás con profundo agradecimiento. ¿Usted, cómo lo mira?

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Dios sacrificó a su Hijo Unigénito “para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”, lo envío “para que el mundo sea salvo por él”; lo hizo porque nos “amó”. Usted tiene la oportunidad de aceptar que Cristo murió por su pecado y recibirlo como Salvador, o puede ignorarlo, hasta rechazarlo. Si decide poner su fe en Él, usted recibe “vida eterna”; pero si no cree, lo rechaza o lo ignora, usted seguirá estando “condenado” (Jn 3:16-18).

 

En Jerusalén, hubo personas con diferentes reacciones ante el Cristo de la Cruz; no permita que estos días pasen sin valor en su vida. Dios desea que usted mire su pecado y su condenación, pero cambie ese estado por el perdón y la salvación. ¡Ponga su FE en JESÚS!

 

«Jesús, Tú llegaste a la Cruz por mí, y eso no lo debo olvidar, menos ignorar»

 

Lucas 23:42-43

“Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.”

Él quiere impartirnos su justicia

2 Corintios 5.21 Anexo

2 Corintios 5:18-21

“Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.”

 

Si usted llega asistir a una corte de justicia, se encontrará con una gran cantidad de diversos casos, civiles y penales; y cada compareciente tiene la oportunidad de aceptar o negar las acusaciones presentadas contra él ante el juez. Por su puesto, muchos de los casos que se presentan no tiene fundamento, en donde el acusador injustamente trata de demostrar que el acusado es culpable de los cargos imputados; en otros, esos cargos son reales y tienen que ser juzgados y penalizados.

 

Ante el Juez Supremo, todos nosotros somos ya declarados culpables. No hay nada que el hombre puede hacer para presentar defensa, todos somos pecadores, y por lo tanto estamos “destituidos de la gloria de Dios” (Ro 3:23). La Palabra de Dios nos ha sido dada, entre otras cosas, para que se nos revele nuestro pecado y reconozcamos nuestra condición pecaminosa (Ro 3:20).

 

Ante tal condición, no hay nada que pudiéramos hacer para poder hallar justificación, y lo que debemos pagar a causa de nuestros pecados es justo: Una condenación eterna separados de Dios (Ap 20:11-14). “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su grande amor con que nos amó” (Ef 2:4) quiso reconciliarnos “consigo mismo” por medio de “Cristo”, no tomando en cuenta nuestro pecado (2 Co 5:18, 19).

 

Su justicia demanda el pago del pecado por parte del culpable, y eso nos ponía a todos en condenación. En Su amor, justicia y sabiduría, Dios determinó que Jesús, quien “no conoció pecado”, fuese hecho por nosotros “pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia”, declarados justos ante Dios, “en él” (2 Co 5:21).

 

Jesús se presentó en el estrado de la corte celestial como culpable por nosotros, y en la cruz pagó por nuestro pecado con su vida derramando su sangre. Dios, en su voluntad, determinó que Jesús muera como “propiciación” por nosotros (Ro 3:25); es decir, la justicia y la santidad de Dios demandaba el pago de nuestras injusticias, y la sangre de Cristo calmó la ira santa de Dios.

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Pero este proceso judicial, esta transacción de culpabilidad y pago, tiene que ser aceptado por el hombre para que sea considerado debidamente ante el Juez. Dios nos ofrece esta oportunidad de librarnos de nuestra culpa y perdonarnos; ya ha presentado el medio judicial ante nosotros para que se nos sea otorgado, el hombre tiene la responsabilidad de entenderlo y aceptarlo.

 

Es mediante la fe en Jesús que se nos imparte su justicia (Ro 3:22, 25-26). Aceptar a Jesús como Salvador es creer que Él ya pagó nuestra culpa, y es ahí que su justicia nos es impartida, nos es otorgada; entonces, podremos ser “hechos justicia de Dios en él”. Dios quiere perdonarlo y justificarlo, lo que debe hacer es recibir la justificación que ha preparado por medio de Cristo para usted.

 

«Señor Jesucristo, gracias por morir por mis pecados y en mi lugar, y así otorgarme Tu justicia»

 

Romanos 3:28

“Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley.”

Nuestra necesidad de salvación

Marcos 10.45 Anexo

Marcos 10:42-45

“Mas Jesús, llamándolos, les dijo: Sabéis que los que son tenidos por gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y sus grandes ejercen sobre ellas potestad. Pero no será así entre vosotros, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos. Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.”

 

La manera más sencilla de definir servir sería diciendo que es el acto por medio del cual se ayuda a alguien para aliviar o suplir su necesidad. Y aunque el acto de servir es un acto noble y altruista, la gran mayoría de las personas miran al servicio como un acto de bajeza designado para personas con inferioridad social o económica.

 

Jesucristo, hablando con Jacobo y Juan, dijo que los gobernantes utilizan sus posiciones altas para enseñorearse de los demás, pero que entre los creyentes debería ser lo contrario, debería ser usado para servir a otros (Mr 10:42-44). En muchas partes del mundo esa diferenciación de potestad y separación de clase es más acentuada, y es donde más frecuentemente se observa el menosprecio y abuso por parte de aquellos que están en una posición superior a otros.

 

Pero también, para aquellos que sirven, como su cosmovisión es influenciada por ese mismo patrón de comportamiento, y consideran que una persona en cargo superior solo debe ser servida y no debe rebajarse a servir; potencializan esa mala perspectiva.

 

Jesucristo nos mostró todo lo contrario mientras estaba entre nosotros. El Señor estuvo siempre dispuesto a ayudar, aliviar y a suplir las necesidades de quienes lo buscaban. Cuando Lázaro murió, Él tuvo que emprender una larga caminata para revivirlo (Jn 11:17, 18). Cuando miró a sus discípulos con sus pies sucios tomó un cántaro y una toalla y los lavó (Jn 13:1-17). Y así podemos mencionar las veces que sanó ciegos, leprosos, sordos, endemoniados, dio de comer a multitudes, rescató a sus discípulos de tormentas, etc.

 

La más grande necesidad del hombre ha sido, y siempre será, su salvación de la condenación.

 

A causa del pecado del hombre, éste no puede hacer literalmente nada por sí solo que le ayude a acercarse a Dios, pues su condición de pecado le ha incapacitado (Ro 3:10-12). Las pocas buenas obras que el hombre pudiera hacer no son suficientes para alcanzar el cielo, pues están inmundamente manchadas con sus propios pecados (Is 64:6). El haber cometido un solo pecado ya fue suficiente para que pague condena eterna (Stg 2:8-11). Ya separados de Dios desde el inicio, no había nada que el hombre pudiera hacer para lograr perdón y salvación, solamente había un solo destino, la muerte eterna y el pago del castigo en el infierno.

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Jesucristo vino a SERVIR esa inmensa necesidad del hombre (Mr 10:45). Él vino a buscar lo que se había perdido (Lc 19:10); vino a pagar con Su sangre lo que el hombre había hecho con su pecado (1 Co 6:19, 20); vino a ofrecernos perdón (Mt 26:28); vino a regalarnos vida eterna (Jn 10:28).

 

Lo único que debe hacer el hombre es reconocer su pecado, pedir perdón arrepentido, y confesando que Jesús es el Hijo de Dios que vino a salvarlo. Él nos libra de la condenación y nos otorga el regalo inmerecido de la salvación (Ro 10:9-10, 13). Lo que debe hacer el hombre es creerlo, y Jesús cubrirá plenamente esa necesidad; Él vino “para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.”

 

«Gracias Señor Jesucristo, desde tu trono Tú viste mi más grande necesidad, y viniste a la tierra para cubrir lo que yo nunca hubiera podido hacer a causa de mi pecado, llegaste a la cruz para salvarme»

 

Filipenses 2:7-8

“… tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres… se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.”

 

 

Vino trayendo Su paz

Zacarías 9.9 Anexo

Zacarías 9:9-12

“Alégrate mucho, hija de Sion; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna. Y de Efraín destruiré los carros, y los caballos de Jerusalén, y los arcos de guerra serán quebrados; y hablará paz a las naciones, y su señorío será de mar a mar, y desde el río hasta los fines de la tierra. Y tú también por la sangre de tu pacto serás salva; yo he sacado tus presos de la cisterna en que no hay agua. Volveos a la fortaleza, oh prisioneros de esperanza; hoy también os anuncio que os restauraré el doble.”

 

En medio de un mundo caótico, alborotado por la angustia, las guerras, la inseguridad social, las preocupaciones, las enfermedades y cuanto más llegue a nuestra vida, lo que más necesitamos es hallar la verdadera paz.

 

Cuando nuestra alma se aflige o entra en ansiedad, no podemos descansar. Las noches no son aprovechadas por nuestro cuerpo porque no descansamos debidamente; y durante el día pasamos todo el tiempo pensando en aquello que nos aflige afectando nuestro desempeño. Buscamos tranquilidad, pero no la hallamos, y llegamos a la casa y seguimos en angustia e inicia el ciclo nuevamente.

 

Nuestra única y verdadera fuente de nuestra paz no es de este mundo, está en la Persona que puede cambiarlo todo y cuidarnos aún en medio de nuestra mas oscura hora de nuestra vida, está en Jesucristo.

 

El día que los discípulos se encontraban desesperados porque la barca en la que viajaban estaba siendo abatida por la tormenta clamaron al Señor que estaba con ellos, Jesús se levanta, tranquiliza la tormenta e hizo “grande bonanza” (Mt 8:25-27).

 

Cuando estaba con sus discípulos la noche antes de morir, les prometió que enviaría al Consolador para ayudarles a enfrentar los problemas, pero también les dice que les dejaba con su paz, una paz que no la encontrarían en el mundo, y les afirma diciendo: “No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo”; asegurándoles que no quedarían solos, ni menos desprotegidos (Jn 14:26, 27).

 

Pero la paz más grande que el Señor traía para ofrecer al hombre se encontraba en la paz y la reconciliación en la enemistad que había entre Dios y el hombre, a causa del pecado del mismo hombre (Is 59:2). El pecado no solo apartaba al hombre en la tierra, sino que lo destituía de la misma gloria de Dios eternamente (Ro 3:23).

 

La entrada a Jerusalén el domingo previo a su muerte marcó el inicio de la última semana del ministerio del Señor, esta fue profetizada por Zacarías, e indicaba que Jesús venía en “un pollino hijo de asna”, señalando que venía en paz (Zac 9:9, 10). Jesús venía a pagar por nuestros pecados para aplacar la ira de Dios que está sobre el hombre, y así reconciliarlo con el Padre (2 Co 5:18, 19). Al morir en la cruz, pagaría por nuestros pecados, por eso nos traía la paz.

Zacarías 9.9 Color

Solo nuestra fe en la obra y sacrificio de Jesús por nuestro pecado nos brinda esa paz. Judicialmente, al morir el Señor por nosotros, paga por nuestra maldad, y al aceptar ese hecho con fe, Dios nos justifica perdonándonos de nuestros pecados, nos declara justos, y eso trae la paz más grande que el hombre puede anhelar: La paz con Dios (Ro 5:1).

 

Si desea de esa paz, que no la hallará en ninguna obra que usted pueda hacer, solo en la reconciliación que la obra de Cristo nos ofrece, lo que usted tiene que hacer es solamente creer en Jesús como su Salvador, y esa paz llenará su alma de paz eterna con Dios.

 

«Jesucristo, Tu eres mi Príncipe de Paz»
(Is 9:6)

 

Romanos 5:1

“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.”

La sangre y el hisopo

Mateo 26.27, 28 Anexo

Juan 1:29

“El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.”

 

Cuando pensamos en sangre nuestros sentimientos pueden sentirse afectados; algunos sufren baja de presión al verla, otros les provoca miedo, y algunos son indiferentes. Pero siempre podremos relacionar la sangre con dolor, pérdida, y muerte.

 

La sangre en la Biblia, entre varias cosas, simboliza la vida (Lv 17:11, 14). La sangre es el líquido vital que recorre el cuerpo y lleva oxígeno y nutrientes a cada rincón donde se encuentre una célula; por ello, cuando Caín pecó en contra de Abel matándolo, Dios demandó explicación de la “sangre” derramada (Gn 4:10).

 

Ahora, el día que Dios habló con Adán en el paraíso, le advirtió que no comiera del árbol del bien y del mal, porque si lo hacía, la muerte llegaría ciertamente sobre él (Gn 2:16, 17). “Porque la paga del pecado es muerte…” (Ro 6:23a). Como la ley de Dios demandaba la muerte por el pecado, solamente había un medio posible para otorgar el perdón al pecador, y eso solo se logra por medio de un sustituto, alguien que tome el lugar del ofensor.

 

En la ley dada a Moisés se estableció oficialmente el sacrificio por el pecado. Se buscaba un sustituto que eliminaría temporalmente la consecuencia del pecado del hombre. Un cordero era entregado para derramar su sangre, otorgando remisión o perdón temporal al pecador, librándolo de culpa (Lv 17:1-14; He 9:18-22, 26-28). En este caso, la sangre sustituta representaba el pago por el pecado.

 

Pero antes de la Ley de Moisés, hubo una muestra viva y exacta de lo que el sacrificio representaba, el valor de la sangre, la necesidad del sustituto, y la fe sobre todo ello. El cordero de Pascua.

 

Para librar a los israelitas de la muerte de sus primogénitos, Dios había solicitado a cada familia presentar un cordero macho de un año, y debían inmolarlo o degollarlo entre las últimas horas de la tarde del día catorce, tomarían esa sangre con el hisopo (ramas) para rociarla en las puertas (Éx 12:3-7). El castigo que Dios impartiría sería la muerte sobre egipcios, y para evitar la muerte dentro de los hijos hebreos, Dios demandó la sangre del cordero.

 

El acto de fe de los israelitas estaba en la confianza que ellos tenían en que Dios no daría muerte a sus hijos primogénitos, y utilizan la sangre del cordero para librarlos de la muerte. El hisopo y la sangre fue un acto de fe y confianza para evitar el juicio divino.

 

La palabra inmolar proviene de la palabra hebrea “shajat” (Éx 12:6), y aparece en la Biblia por primera vez en el sacrificio que Abraham iba hacer con su hijo Isaac, cuando Dios le pide que lo ofrezca: Abraham … tomó el cuchillo para degollar [sacrificar o inmolar] a su hijo” (Gn 22:10). Abraham estaba ofreciendo en sacrificio a su unigénito por parte de Sara, y portador de la promesa, y Dios proveyó un sustituto, un “carnero” (Gn 22:12, 13).

 

En el caso de Dios, Él sí inmoló a su Unigénito, a Jesucristo. La noche previa a su muerte, Jesús llama a sus discípulos, toma la copa de vino y les dice: “Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión [perdón] de los pecados” (Mt 26:27, 28).

Mateo 26.27, 28 Color

Jesucristo nos hace una invitación a ‘beber’ de su copa, es decir, a poner nuestra fe en la sangre que Él derramó por nuestros pecados. El ‘beber’ de su sangre es una expresión de identificación personal con su muerte y su sangre por nosotros, ya que Dios entregaba a Su “Cordero” como sustituto por nuestro pecado (Jn 1:29).

 

Cómo los israelitas usaron con fe la sangre con hisopo, nosotros debemos poner nuestra fe en la sangre de Cristo como nuestro sustituto para evitar la muerte eterna, la horrenda condenación.

 

«Gracias Jesús por tu muerte sustitutiva en la cruz por mí»

 

Romanos 6:23

“Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.”

Ancla para el alma

Hebreos 6.19 Anexo

Hebreos 6:13-19

“Porque cuando Dios hizo la promesa a Abraham, no pudiendo jurar por otro mayor, juró por sí mismo, diciendo: De cierto te bendeciré con abundancia y te multiplicaré grandemente. Y habiendo esperado con paciencia, alcanzó la promesa. Porque los hombres ciertamente juran por uno mayor que ellos, y para ellos el fin de toda controversia es el juramento para confirmación. Por lo cual, queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento; para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros. La cual tenemos como segura y firme ancla del alma, y que penetra hasta dentro del velo.”

 

El ancla es un objeto de hierro, generalmente en forma de arpón o de anzuelo con las puntas rematadas en ganchos, que va sujeto a una cadena o cabo y se echa desde una embarcación al fondo del mar, de un río o de un lago para asegurar la nave y evitar que esta derive.

 

La salvación del hombre se encuentra asegurada en las promesas de Dios. La Biblia nos dice que Dios “queriendo… mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento” (He 6:17); en otras palabras, para que el hombre pueda sentirse tranquilo que la promesa de la vida eterna mediante la fe en Jesucristo es segura, decidió establecerlo bajo juramento.

 

Existen dos factores ciertísimos que certifican y aseguran la salvación del hombre de la condenación por medio de la fe en Jesús: La Palabra dicha por Dios, y el juramento hecha por el mismo Dios sobre lo que ha dicho (He 6:18).

 

La Palabra de Dios es la verdad absoluta (Jn 17:17). Dios no puede mentir (He 6:18), pues su naturaleza es ser verdad (Jn 14:6). Todo lo que Dios dice es cierto, y lo que expresa en su Palabra es tan incuestionable como el sol sale de día y la oscuridad llega en la noche. No podremos, por más que intentemos, negar o rechazar que la Palabra de Dios es Verdad. En ella, Dios nos expresa que la salvación del hombre es una obra unilateral del Señor. El pago del pecado, el perdón del hombre, y la remisión y justificación del pecador se lo hace únicamente por medio de la obra salvadora de Jesús, este fue el propósito de su nacimiento y el significado de Su Nombre (Mt 1:21).

 

En la única parte donde el hombre interviene para su salvación se halla en el rechazo del ofrecimiento de Dios o en su aceptación. La fe en Jesús es el medio para adquirir el regalo del perdón, la justificación y la vida eterna (Jn 3:16, 36; 5:24; Hch 26:18; Ro 3:22; 5:1; Gá 2:16; Ef 2:8, 9); el hombre, o acepta esta verdad o la rechaza, y eso es lo que lo libra de la condenación o lo mantiene en ella (Jn 3:18), misma en la que se encuentra por su pecado (Ro 3:23; 6:23a).

 

En vista que la Palabra de Dios lo expresa claramente, no debería haber dudas de la certeza de la salvación o la condenación con relación a la fe; Su Palabra lo dice, y así es.

Hebreos 6.19 Color

Pero, para asegurar al hombre de la veracidad de lo dicho, Dios compromete Su Palabra en juramento, no para que el Señor llegue a entrar en compromiso serio, pues ya se comprometió cuando lo dijo, sino para que el hombre pueda asegurar su alma con ese compromiso hecho por Dios, por ello “interpuso juramento”. Es esta esperanza de vida eterna ofrecida por Dios la que, al ser doblemente consolidada, sirve como “segura y firme ancla del alma” (He 6:19).

 

La salvación del hombre halla su certeza en lo que Dios dice, y en Su compromiso de hacerlo. Para que usted pueda asegurarse de ello debe mirar la obra redentora de Cristo por su pecado, y por medio de la fe, creer en Él como su Salvador.

 

«Dios, gracias por asegurarnos sobre nuestra esperanza de salvación, que trae paz a nuestra alma»

 

1 Juan 2:25

“Y esta es la promesa que él nos hizo, la vida eterna.”

 

La seguridad en la obediencia

Nehemías 8.10 Anexo

Nehemías 8:5-12

“Abrió, pues, Esdras el libro a ojos de todo el pueblo, porque estaba más alto que todo el pueblo; y cuando lo abrió, todo el pueblo estuvo atento. Bendijo entonces Esdras a Jehová, Dios grande. Y todo el pueblo respondió: ¡Amén! ¡Amén! alzando sus manos; y se humillaron y adoraron a Jehová inclinados a tierra. Y los levitas Jesúa, Bani, Serebías, Jamín, Acub, Sabetai, Hodías, Maasías, Kelita, Azarías, Jozabed, Hanán y Pelaía, hacían entender al pueblo la ley; y el pueblo estaba atento en su lugar. Y leían en el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido, de modo que entendiesen la lectura. Y Nehemías el gobernador, y el sacerdote Esdras, escriba, y los levitas que hacían entender al pueblo, dijeron a todo el pueblo: Día santo es a Jehová nuestro Dios; no os entristezcáis, ni lloréis; porque todo el pueblo lloraba oyendo las palabras de la ley. Luego les dijo: Id, comed grosuras, y bebed vino dulce, y enviad porciones a los que no tienen nada preparado; porque día santo es a nuestro Señor; no os entristezcáis, porque el gozo de Jehová es vuestra fuerza. Los levitas, pues, hacían callar a todo el pueblo, diciendo: Callad, porque es día santo, y no os entristezcáis. Y todo el pueblo se fue a comer y a beber, y a obsequiar porciones, y a gozar de grande alegría, porque habían entendido las palabras que les habían enseñado.”

 

Nehemías había vuelto para reconstruir los muros de Jerusalén. Después varios años de fallidos intentos por reconstruirlos, llega este hombre con la determinación de lograr algo sumamente necesario, edificar la protección de la ciudad.

 

Después de la invasión de Jerusalén por parte del ejército babilónico, los muros, las puertas y todo lo que protegía la ciudad había sido destruido; ese fue el motivo por el cual Nehemías había sido afligido y había orado para que Dios les ayude (Neh 1:1-11). Ahora, después de un arduo trabajo en el muro y de lidiar con varias dificultades que habían querido detener la reconstrucción, el pueblo se reúne a una para escuchar las Escrituras por medio del escriba Esdras, y mirando hacia lo que había sucedido con la ciudad y la nación, el pueblo se lamenta por las consecuencias de la desobediencia. Al ver tal tristeza, Nehemías, Esdras y los sacerdotes alientan al pueblo a no lamentarse, sino a regocijarse y fortalecerse en el “gozo de Jehová” (Neh 8:5-10).

 

La palabra “fuerza” (v.10) también puede ser traducido como fortaleza, un lugar de refugio o una fortaleza militar. En tiempo de guerra los muros representaban militarmente las defensas de la ciudad, y en tiempo de paz estos servían como protección nocturna en contra de los ladrones y bandidos; en otras palabras, una ciudad amurallada era una fortaleza o lugar de refugio donde podían estar seguros.

 

Lo que los líderes estaban tratando de decir al pueblo es que, no miren físicamente a los muros que acabamos de reconstruir, sino miremos al gozo que el Señor tiene sobre nosotros, y fortalezcámonos ante ello. La desobediencia había traído tristeza y destrucción, ahora que espiritualmente estaban reconstruyendo su vida, podían hallar seguridad en la complacencia de Dios ante los cambios positivos que el pueblo había hecho.

Nehemías 8.10 Color

En nuestra vida espiritual, ese mismo “gozo” debe ser nuestra “fuerza”. Cuando andamos en obediencia, saber que nuestra protección se halla tras el cuidado de Dios a quienes le siguen y lo adoran, pueden llenarnos de seguridad y alegría. Y aún, si hemos perdido mucho por nuestra desobediencia, pero estamos reconstruyendo nuestra relación con Dios, entonces podemos fortalecernos y alegrarnos ante esa seguridad.

 

Aún, si los embates de la vida nos afectan y los enemigos espirituales nos asechan, saber que estamos tras los muros de la obediencia nos debe dar paz en medio de la dificultad. Una vida de desobediencia siempre traerá pérdida, pero una vida de obediencia siempre genera seguridad espiritual.

 

«Señor, Tú eres nuestro muro cuando caminamos en obediencia»

 

Salmos 34:7

“El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, Y los defiende.”