El cielo es nuestro “fortísimo consuelo”

Hebreos 6.18 Anexo

Hebreos 6:16-20

“Porque los hombres ciertamente juran por uno mayor que ellos, y para ellos el fin de toda controversia es el juramento para confirmación. Por lo cual, queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento; para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros. La cual tenemos como segura y firme ancla del alma, y que penetra hasta dentro del velo, donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho sumo sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec.”

 

Guerras, desastres naturales, problemas financieros, enfermedades, pruebas familiares y personales, persecución, inseguridad social, problemas políticos en las naciones, accidentes, muerte, etc.; son tantas las maneras como en el mundo nos podemos encontrar inmersos en la desesperación, el desconsuelo, la preocupación. Parecería que no hay descanso para el alma del hombre. Siempre estaremos necesitados de consuelo.

Como personas expuestas a tanto infortunio, la necesidad de descansar es gigante. El mundo siempre nos presentará algún problema que requerirá consuelo, ¿dónde encontrarlo?

Jesucristo nos prometió que estaremos siempre ministrados por la presencia del Espíritu Santo para hallar consuelo (Jn 16:6, 7). Pero también nos dejó la seguridad de un destino eterno junto a Él “en la casa” del Padre, por lo que nos dijo que no debe turbarse nuestro corazón. (Jn 14:1, 2).

Los problemas en la tierra son problemas temporales, nada de lo que sucede aquí en la tierra es eterno. Ni una separación por una muerte o un divorcio, ni una enfermedad incurable, ni una dictadura de décadas, ni una incapacidad física permanente; ninguna de estas cosas son eternas, son temporales. Después de la muerte viene una eternidad en la presencia misma de Dios, prometida por Él y asegurada en Él y en Su Palabra (He 6:13-17). Su promesa de la vida eterna en el cielo es basada en nuestra fe en Cristo (1 Jn 5:9-13).

Basando nuestra eternidad en la fe en Cristo podemos enfrentar lo que nos acontece como algo temporal, y es esa seguridad de algo bueno al final lo que nos trae un “fortísimo consuelo”, anclando nuestra alma de forma segura y firme (He 6:18, 19).

Un día todo llanto, dolor, temor, preocupación, angustia, separación, etc., será consolado por el mismo Señor en Su misma presencia (Ap 21:4); mientras tanto veamos lo que enfrentamos como algo temporal que el mismo Señor ha permitido para ayudarnos a crecer, y que “ni la muerte… ni lo presente, ni lo provenir… podrá separarnos del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Ro 8:38, 39)

Pensar en el futuro eterno junto a Dios brinda “fortísimo consuelo” al alma atribulada.

 

«Dios, el sólo pensar que estaré ante Tu misma presencia consuela mi turbada alma»

 

Apocalipsis 21:4

Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.”

No es tan vieja como dicen

Hebreos 11.3 Anexo

Mateo 1:1, 2, 16 y 17

“Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham. Abraham engendró a Isaac… […] y Jacob engendró a José, marido de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo. De manera que todas las generaciones desde Abraham hasta David son catorce; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce; y desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce.”

 

Si hay una pregunta que recibe una variedad de respuestas y reacciones es aquella referente a la edad de una persona. En muchos de los casos ésta puede ser una pregunta incómoda y a veces ofensiva. Varios tratan de no responder, otros intentan esquivar la respuesta con respuestas curiosas, y varios piden ni siquiera comentar. A veces algunos responden la pregunta con otra pregunta: “¿Qué edad piensa que tengo?”

Si le pudiéramos preguntar a la Tierra, el planeta en dónde vivimos, creo que la respuesta que nos diera nos incomodaría más a nosotros que a la misma Tierra. Para muchos, y especialmente para los evolucionistas, la Tierra tiene miles de millones de años. Si la Tierra nos preguntara: ¿Qué edad cree que tengo?, y le respondiéramos con esa información creo que también se molestaría, pues es una respuesta tan falsa, como tan vieja la hacemos a ella, la Tierra.

La Tierra no tiene más que unos 6 mil años de haber sido creada, y sí, leyó bien, cerca de 6.000 años. La Biblia nos enseña en varios pasajes por medio de las genealogías la cantidad de generaciones que han existido en la tierra, desde el primer hombre, Adán, hasta Jesucristo. Mateo, por ejemplo, hablando sobre la descendencia de Jesús por medio de José, nos menciona “que todas las generaciones desde Abraham hasta David son catorce; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce; y desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce” (Mt 1:17); haciendo por todo solamente 42 generaciones. En Lucas hallamos la descendencia de Jesús por el lado de María, y en ella se extienden 20 generaciones más desde Abraham hasta Adán, lo que no menciona Mateo (Lc 3:34-38).

Antes del Diluvio las personas vivían más años, y su edad al tener hijos era mayor al actual, podemos ver que ese primer período duró cerca de 1.600 años [4000 a.C. – 2.400 a.C. aprox.] (Gn 5 y 6). Sabiendo que en seis días literales Dios creó los cielos y la tierra y todo lo que en ella existe, incluyendo el hombre (Gn 1). Desde el Diluvio hasta el llamado de Abraham transcurrieron cerca de 400 años [2.050 a.C. aprox.] (Gn 10 – 12). La salida, o el Éxodo de Egipto, ocurrió alrededor del año 1.450 a.C. (Ex 12). En el año 1.004 a.C. David es coronado rey de Israel (2 S 2:1-4), cerca del año 600 a.C. Judá fue llevado cautivo a Babilonia (Je 39), y nuestro Señor Jesucristo nace para marcar el “antes y después” en la historia del hombre (Lc 2:1-7). De ahí hasta la fecha han transcurrido otros 2.000 años nada más.

Negar la edad de la Tierra dada por la Biblia es negar al Dios que la creó y negar Su poder. Negar el relato de la creación tal cual es descrito en Génesis 1 es rechazar todo lo demás escrito en Ella. Si no aceptamos lo que la Biblia nos dice en cuanto a fechas y genealogías, no podemos creer en Cristo y su ascendencia humana y su divinidad como el Hijo de Dios. No creer en esto, es no creer nada de la verdadera fe cristiana descrita en la Palabra Eterna y Veraz de Dios, la Biblia.

La Biblia es la única fuente veraz y confiable de la historia de la Tierra y el Hombre.

 

«Gracias Padre por darnos Tu Palabra, única fuente de toda verdad»

 

Hebreos 11:3

Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía.”

¡Hazme bien!

Salmos 119.17 Anexo

Salmos 119:17-20

Haz bien a tu siervo; que viva, Y guarde tu palabra.
Abre mis ojos, y miraré Las maravillas de tu ley.
Forastero soy yo en la tierra; No encubras de mí tus mandamientos.
Quebrantada está mi alma de desear Tus juicios en todo tiempo.”

 

«Cierta niñita fue a visitar a su tía, que vivía en otra provincia. Un día ésta la encontró llorando.
—¿Qué te pasa, querida? —le preguntó.
—Tengo hambre, nada más —respondió la niña.
—No necesitas pasar hambre en la casa de tu tía —contestó ella.
A los pocos segundos volvió con una taza de leche y pan.
—No tengo hambre de estas cosas —dijo la niña—, sino de oír decir a mamita: “Ven, preciosa, un beso para mamita.”
¡Pobre pequeña nostálgica! Sus oídos estaban acostumbrados a los dulces tonos de la voz de la madre, y ninguna otra cosa la satisfacía.» (Lerín, A – 500 Ilustraciones)

El salmista pedía un bien, uno que sobrepasaba los deseos de muchos, que parecería simple, pero que en sí era más completo que todos. No pedía riquezas, no pedía salud, no pedía familia, no pedía trabajo; solamente tenía dos deseos, mismos que se complementan: La Vida y La Obediencia. “Haz bien a tu siervo; que viva, y que guarde tu palabra.” (Sal 119:17)

Aparentemente el salmista se encontraba fuera de su tierra, por lo que declara que era “forastero” en donde estaba (Sal 119:19). Por el contexto del pasaje se encontraba fuera de casa y rodeado de enemigos que lo acosaban todo el tiempo, anhelaba protección (v. 21-24). Para los que creemos en Jesucristo como nuestro Salvador sabemos que nuestra patria y nuestra eterna morada no es la tierra, sino el cielo (Ro 8:16-18; Fil 3:20). Nos encontramos siempre rodeados de peligros que quieren acabar con nosotros. Pedir protección y BUENA VIDA también es nuestra necesidad.

Pero si el pedir vida era todo entonces no estamos enfocados en nuestra representación como ciudadanos del cielo; vivir, pero con una vida obediente debe ser nuestra meta. Un comentarista, hablando del versículo 18, dijo que “quizás esta sea la SUPREMA ORACIÓN que podía pronunciar un estudioso de las Escrituras por cuanto confiesa la INCAPACIDAD del ESTUDIANTE y la SUFICIENCIA del AUTOR DIVINO, y creo que lo dice muy bien.

Para obedecer a Dios necesitamos tener un compromiso a obedecer (v. 17), una capacidad espiritual dada por Dios para entender Su voluntad (v. 18), y un deseo profundo de escuchar a Dios en “todo tiempo” (v. 20). Una vida de obediencia siempre estará colmada de otras bendiciones.

La niña extrañaba escuchar las palabras suaves de su mamá, el salmista tenía su alma quebrantada por anhelar escuchar las Palabras de su Señor en todo tiempo, ¿Cómo me encuentro yo?

Una vida bajo la protección de Dios y un espíritu obediente es un bien que todos necesitamos implorar.

 

«Dios, dame una buena vida, una que profundamente desee escuchar Tu Palabra para obedecer»

 

Jeremías 15:16

“Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón; porque tu nombre se invocó sobre mí, oh Jehová Dios de los ejércitos.”

¿Piensa renunciar?

Hechos 20.24 Anexo

Hechos 20:22-25

“Ahora, he aquí, ligado yo en espíritu, voy a Jerusalén, sin saber lo que allá me ha de acontecer; salvo que el Espíritu Santo por todas las ciudades me da testimonio, diciendo que me esperan prisiones y tribulaciones. Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios. Y ahora, he aquí, yo sé que ninguno de todos vosotros, entre quienes he pasado predicando el reino de Dios, verá más mi rostro.”

 

Era el 31 de diciembre de 1776 cuando el ejército americano comandado por George Washington se encontraba en territorio de New Jersey. El plazo del contrato firmado por los soldados para batallar junto al ejército independentista culminaba esa noche. El frío de un crudo invierno había azotado durante todos esos meses, los exhaustos soldados estaban deseosos de regresar a casa junto a sus familias. En ese crucial instante el general se levanta, llama a todos y les dice: “El futuro de esta guerra está en nuestras manos, si hoy nos regresamos a casa todo lo que hemos conseguido hasta ahora será en vano, no podemos renunciar, la victoria está a las puertas, debemos continuar, nuestra nación nos necesita, nuestras familias también. Les pido que se queden unas semanas más, es ahora o nunca”.

Con estas palabras, los soldados firmaron un compromiso para quedarse seis semanas más y luchar. Este evento ayudó significativamente a la independencia de Estados Unidos. Sin la determinación de George Washington y su liderazgo, no se puede uno imaginar que hubiera pasado con la independencia total de los Estados Unidos; pero sin duda, esos soldados también, aunque anónimos, representan gran parte de este gran hecho.

Para muchos de los seguidores de Pablo, lo que el Apóstol estaba por enfrentar parecería catastrófico, la despedida de su líder para ir a Jerusalén parecería inapropiada. El mismo Pablo aseguraba que el Espíritu Santo le daba testimonio de las prisiones y tribulaciones que le estaban esperando en esta travesía (Hch 20:22, 23); pero con firmeza se despide diciendo que lo que tenía que enfrentar era lo que Dios había dispuesto, lo que iba hacer era necesario y que no podía renunciar. Con valor les dice: “de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús…” (Hch 20:24)

Quizás usted se encuentre en un momento crucial de su vida donde las fuerzas parecen que se acaban y el temor a lo que viene lo puede desalentar; talvez usted esté enfrentando persecución o rechazo; o talvez usted está enfrentando una prueba que le está motivando a abandonar su confianza en Dios para que no siga adelante. Puede ser que este momento vaya a marcar la diferencia en su vida y la de muchos, ¿entonces qué haría? ¿Piensa renunciar?

Si Washington hubiera dejado que sus tropas se vayan, Estados Unidos talvez hubiera tenido un revés en su guerra de independencia; si Pablo no hubiera viajado a Jerusalén no hubiera sido encarcelado y talvez no hubiera testificado en las cárceles de Roma ni escrito muchas de sus Cartas; si usted y yo no seguimos confiando en Dios para batallar mucho de lo que el Señor tiene planeado talvez nunca se vaya a dar. Como Pablo, no hagamos caso a lo que nos quiere detener, no estimemos nuestra vida como valiosa para nosotros mismo, sino para el Señor, y continuemos gozosos la carrera que tenemos por delante dando “testimonio del evangelio de la gracia de Dios.”

 

«Jesucristo, por Tu Nombre quiero seguir»

 

1 Corintios 16:13

“Velad, estad firmes en la fe; portaos varonilmente, y esforzaos.”

“Marcha” por una Libertad

1 Pedro 2.16 Anexo

1 Pedro 2:11, 12, 15 y 16

“Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma, manteniendo buena vuestra manera de vivir entre los gentiles; para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación, al considerar vuestras buenas obras. […] Porque esta es la voluntad de Dios: que haciendo bien, hagáis callar la ignorancia de los hombres insensatos; como libres, pero no como los que tienen la libertad como pretexto para hacer lo malo, sino como siervos de Dios.”

 

En nuestro mundo se está levantando una sociedad que exige derechos a todos los valores que ellos creen son correctos y que representan un sentir o posición ante algún concepto o idea. Cada día se ven marchas de protestan en todo lugar para solicitar el reconocimiento de sus ideales y exigir que se otorgue junto a ese reconocimiento derechos que les permitirá desarrollar sus ideales con libertad para actuar conforme a lo que ellos consideran correcto y defender su posición.

Muchas de estas marchas son sin duda alguna buenas, mismas que benefician al hombre; pero no quiere decir que todo ideal como tal tiene un beneficio apropiado, pues si bien permite el desarrollo de alguna actividad, el propósito final de muchos es justificar y dar aceptación a hechos inmorales, bochornosos, y por supuesto, pecaminosos.

En la historia humana existió Alguien que, por así decirlo, “marchó” hace muchos años atrás para conseguir la libertad de todos los que, a causa del pecado, habíamos perdido el derecho a actuar ejerciendo nuestra bondad, ese Alguien es Cristo.

Todo hombre ha nacido en pecado, y ese pecado nos esclavizaba desde el mismo día que nacíamos, nos mantenía en esclavitud constante y nos impedía hacer lo bueno (Ro 6:17, 20). El pecado también nos impedía acercarnos a la presencia de Dios (Ro 3:23), y nos llevaba atados directamente a nuestra cárcel eterna, la condenación en el infierno (2 Ts 1.9).

Cristo, al pagar con Su sangre, nos rescató de la esclavitud del pecado y de la condenación (1 Pe 1:18, 19). Al liberarnos nos ha otorgado libertad plena para hacer lo bueno, ya no lo malo; nos otorga la libertad para adorar a Dios y vivir para Él.

Pablo nos recuerda que una vez que hemos sido libertados del pecado por la Fe en Cristo, nuestra decisión debe ser de presentarnos diaria y constantemente como siervos “vivos para Dios”. Nuestra libertad nos otorga la posibilidad de vencer al pecado por medio del poder que Dios nos da, y es nuestra gratitud y nuestro derecho ahora de decidir ser “instrumentos de justicia” (Ro 6:10-14).

Siendo libres, nuestra mejor decisión y nuestro derecho es vivir como tal, y ya no como esclavos de aquello de lo cual el Señor nos libertó. Ya Cristo “marchó” hacia la cruz para conseguir nuestra liberación. ¡Ahora disfrutemos con todo derecho esa libertad “como siervos de Dios”!

 

«Señor Jesucristo, gracias por conseguir mi libertad del pecado por medio de Tu sangre»

 

Romanos 6:18

“Y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia.”

¿Obligación o Privilegio?

Lucas 1.28 y 30 Anexo

Lucas 1:28-30

“Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres. Mas ella, cuando le vio, se turbó por sus palabras, y pensaba qué salutación sería esta. Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios.”

 

¿Cómo responde usted cuando es invitado a participar en algún ministerio de la iglesia, o cuando Dios le pide que haga algo por Él?

Aunque parecería inapropiada, y lo es, muchos respondemos negativamente ante tal invitación. El poder servir a Dios para muchos es una obligación de la cual no queremos tomar responsabilidad porque ciertamente demanda compromiso. Pero, para poder considerar esta oportunidad como un privilegio, debemos verlo desde la perspectiva de la invitación presentada como una gracia.

María, la madre de Jesús, estaba en su casa, pensando y soñando con el día de la boda. Para esta joven y piadosa doncella, el hecho de saber que pronto estaría casada con José ocupaba gran parte de su mente, como a cualquier otra persona que anhela casarse y está cerca a las puertas de su boda.

De repente entra el ángel Gabriel y se presenta ante ella, y saludando le dice que el Señor la ha mirado con gran favor y la ha seleccionado a ella, de entre todas las mujeres, para que sea la madre de Su Hijo Amado: “¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres… no temas, porque has hallado gracia delante de Dios.” (Lc 1:28, 30). No sé usted, pero si alguien se presenta con una invitación con tan bella introducción, de seguro que es bueno, y ciertamente lo es, viniendo del Señor.

Servir a Dios es una gracia inmerecida que recibimos de Él. Cuando Dios desea utilizarnos participando de Su obra, lo que Dios hace es extendernos un favor inmerecido para ser parte, junto a Él, de lo que nuestro Señor va hacer en nuestra iglesia y en el mundo.

William Barclay comenta ante esto: “La sumisión de María es realmente encantadora. «He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra.» (Lc 1:38) Estaba dispuesta a aceptar lo que Dios decidiera. No hizo preguntas, ni puso condiciones; puesto que había sido Dios Quien lo había decidido, a Él le correspondía cuidarse de todos los detalles y resolver todos los problemas. La actitud de María fue la de una mujer creyente y obediente a la voluntad de Dios. Bien la definió su pariente Elisabet cuando le dijo: «Bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor.»” (Lc 1:45).

Cuando alguien le pida ayudar en la iglesia, cuando su pastor le invita a participar en algún ministerio, o cuando el mismo Señor le pida que haga algo por Él, recuerde que la invitación no se convierte en una obligación, sino en un hermoso y gran privilegio.

 

«Padre, gracias por permitirnos participar de Tu obra, sin ser merecedores de Tu favor»

 

Efesios 3:7-8

“Del cual yo fui hecho ministro por el don de la gracia de Dios que me ha sido dado según la operación de su poder. A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo.” (El apóstol Pablo)

Estigma social.

Lucas 1.6 y 7 Anexo

Lucas 1:5-7

“Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, de la clase de Abías; su mujer era de las hijas de Aarón, y se llamaba Elisabet. Ambos eran justos delante de Dios, y andaban irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor. Pero no tenían hijo, porque Elisabet era estéril, y ambos eran ya de edad avanzada.”

 

El Estigma es una marca o una señal física en el cuerpo de una persona que generalmente la distingue de otras. El Estigma Social es una afrenta o una mala fama que una persona lleva sobre sí que la separa del resto, y estos estigmas pueden ser por raza o nación de la que proviene, por color de piel; también existen estigmas por sexo, clase social u otras razones que motivan negativamente a un grupo de personas a considerar a alguien diferente, y generalmente inferior; en forma general es una cualidad denigrante.

Zacarías y Elisabet eran descendientes de Aarón, levitas de nacimiento, “ambos eran justos delante de Dios, y andaban irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor” (v. 5, 6). Todo marchaba muy bien para esta pareja de levitas que amaban a Dios, y de los cuales el mismo Señor se agradaba, pero como lo dice el mismo texto, ellos “no tenían hijo” (v. 7). ¿Qué estaba mal?

Dentro de la sociedad judía del primer siglo, al igual que desde el principio, ellos consideraban que una mujer que era estéril, como lo era Elisabet (v. 7), era señal que algo estaba mal en ella. Para el judío que una mujer no tenga hijos era considerada maldita y por eso Dios la había aparentemente castigado con la esterilidad.

Ana, la madre del profeta Samuel; el ciego sanado por Jesús; y la manera con la que trató la mujer samaritana al Señor son otras historias de estigma social en la Biblia (1 S 1:1-7; Jn 9:1-3; Jn 4:7-9).

Nosotros podemos llegar a juzgar incorrectamente a una persona solamente por la apariencia, sin conocer nada de esa persona. El racismo, el sexismo, la clase social, una discapacidad física, el nivel de educación, el nivel social y cultural, el color de piel, nacionalidad, etc.; muchas pueden ser las causas por las que juzgamos y degradamos a una persona injustamente. Eso es pecado.

La Biblia nos dice que no debemos hacer parcialidad o discriminación por una apariencia o estigma social, esto es falta de amor, y nos pone ante juicio con Dios, porque levantamos nuestro propio juicio “injusto” por una simple apariencia, siendo culpables de mal juicio (Mt 7:1, 2; Stg 2:1-13).

Cuando nos encontremos ante una persona distinta a nosotros y obramos de manera parcializada por la simple apariencia, entonces estamos permitiendo que el “estigma social” controle nuestro juicio y comportamiento. Debemos arrepentirnos de este pecado, debemos pedirle a Dios que nos ayude a evitar tratos diferentes por apariencia.

Amemos a todos y tratemos con igualdad a toda persona, sin distinción; y si vamos a levantar juicio, que este sea solamente por un pecado bíblico comprobado, y solo hagámoslo en contra del pecado, no del pecador. Dios quiere que vivamos en amor, misericordia, y sin parcialidad.

 

«Padre, ayúdame amar a todos sin distinción ni parcialidad»

 

Juan 7:24

No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio.”

¡Hay que averiguarlo!

Lucas 1.3 Anexo

¡Hay que averiguarlo!

 

Lucas 1:1-4

“Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas, tal como nos lo enseñaron los que desde el principio lo vieron con sus ojos, y fueron ministros de la palabra, me ha parecido también a mí, después de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas por orden, oh excelentísimo Teófilo, para que conozcas bien la verdad de las cosas en las cuales has sido instruido.”

 

Actualmente el mundo de la comunicación se ha desarrollado tan ampliamente que se podría decir que es muy difícil que una persona no encuentre información sobre un hecho en algún lugar del mundo en pocos minutos después de sucedido el hecho. A través de la televisión y de los medios sociales las personas se pueden informar constantemente de algún acontecimiento. Anteriormente la información estaba limitada a una zona específica, cuando solamente se disponía de periódicos, mucho antes de la aparición de la radio o del telegrama.

Que podamos estar informados es muy bueno, pues nos mantiene al tanto del acontecer global. Pero con esta lluvia de información también ha llegado la mala información o la tergiversación de la misma. Muchos dan una información como cierta, y muchos de nosotros, por una falta de interés o preocupación, no tratamos de verificarla, aceptando un hecho como real cuando puede ser que esté completamente alterado. Hay que averiguar bien lo que se dice, hay que buscar medios de información confiables, y hay que tomar nuestra responsabilidad de estar bien informados tan en alto, para que una mala información nos desinforme.

Lucas, al escribir a su amigo Teófilo, le dice que hay muchos que han estado informando la verdad de la vida de Jesús y sus hechos (v. 1). Esta información que ellos estaban escuchando llegaba de alguna forma directamente de los discípulos que atestiguaban lo acontecido (v. 2). Lucas, escuchando todas estas maravillas descritas de Jesucristo, consideró que era pertinente investigar con toda diligencia “todas las cosas desde su origen”, para así poderlas escribir en orden, para que quienes lo vayan a leer puedan conocer “bien la verdad de las cosas” en las cuales ellos habían sido instruidos (v. 3 y 4).

La oración me ha parecido también a mí” nos muestra la responsabilidad que tenía Lucas, como oyente, de poder confirmar lo que otros decían, y por eso decidió investigar. La palabra investigar significa que siguió de cerca cada acontecimiento para confirmarlo y asegurarse de que lo que iba a escribir era correcto, estaba en orden, y que ayudaría a los lectores a conocer bien la verdad.

Lucas no solamente estaba atento a escuchar, sino que estaba dispuesto a conocer con diligencia la vida de Cristo. ¿Qué tan bien conocemos la vida de Cristo? ¿Qué tan claro tenemos cada uno de los acontecimientos presentados en los evangelios que hablan de nuestro Salvador? ¿Estamos escuchando lo que otros dicen, o estamos nosotros mismos investigando con diligencia sobre la vida del Hijo de Dios?

No debemos conformarnos con escuchar lo que otros digan, pues puede ser que talvez estemos permitiendo entrada a la mala información. Con diligencia sigamos de cerca cada uno de los detalles de la vida de Cristo. Juan dijo que su Evangelio fue escrito para que creamos “que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo”, tengamos vida en Su Nombre (Jn 20:31). La Biblia es la fuente de la única verdad de Jesús, y el leerla y estudiarla nos ayudará a conocer más del Señor.

Con el aparecimiento de falsos maestros, falsos profetas, y hasta de falsos “cristos”, es mejor estar bien informados para no dejarnos engañar.

 

«Padre, gracias por los Evangelios, fuente de la verdad acerca de Tu Hijo»

 

Juan 5:39

Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí. (Jesucristo)