¡Yo no puedo!

Salmos 51.10 Anexo

¡Yo no puedo!

 

Salmos 51:10-13

Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, Y renueva un espíritu recto dentro de mí.
No me eches de delante de ti, Y no quites de mí tu santo Espíritu.
Vuélveme el gozo de tu salvación, Y espíritu noble me sustente.
Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos, Y los pecadores se convertirán a ti.”

 

Un hombre había recibido a Jesucristo como su Salvador a la edad de 12 años, después de pocos años se aleja de su comunión con Dios y de la iglesia por varios motivos. Lejos de Dios e inmerso en una vida pecaminosa buscaba acercarse al Señor varias veces, pero después de un corto tiempo volvía a su triste vida de pecado. Dándose cuenta que solo no podía, comenzó a pedirle al mismo Dios que lo ayude. Su única petición era: “¡Padre, ayúdame a ser el hijo que Tú quieres que sea!”. A los pocos meses estaba volviendo a su relación con su Padre celestial y dispuesto a servirle.

El rey David, presenta en este salmo penitencial la misma oración: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio” (Sal 51:10). La palabra “crea” tiene especial significado en este pasaje ya que es la misma palabra que se utiliza para referirse a la obra de creación de Dios (bara˒ בָּרָא, H1254): “En el principio CREÓ Dios los cielos y la tierra” (Gn 1:1 – mayúsculas añadida); y a lo largo de todo el AT el único sujeto creador para la palabra “bara” es Dios.

Dios es el Único que puede transformar el corazón del hombre; David estaba solicitando a Dios que cree en él un “corazón limpio”, porque había sido afectado por el pecado, y por ello le pide además que renueve “un espíritu recto dentro” de él.

El pecado puede afectar la vida del creyente de una manera poderosa tomando el control, volverse a liberar de esa esclavitud requiere del poder de Dios.

Una vida de pecado nos quita el gozo de la salvación, no la salvación en sí, sino la comunión con Dios; disminuye la obra del Espíritu Santo en el creyente; y es por ello que se siente lejos de Él. Una confesión del pecado, un sincero arrepentimiento, y la petición de que el corazón sea renovado nos lleva a restaurar la comunión y el gozo vuelve al corazón del creyente.

David sabía que este cambio lo motivaría a proclamar las bondades y misericordias de Dios a los demás (Sal 51:13). Si en su vida no hay gozo, siente que el Espíritu Santo no obra en usted como antes, y no habla de Cristo a los demás como debería, talvez necesita que Dios revitalice nuevamente su vida espiritual. Pida ahora mismo perdón y Dios estará dispuesto a perdonarlo y revitalizarlo.

Aunque usted talvez no se encuentre en una vida pecaminosa, siempre debe recordar que sólo Dios le puede ayudar a vivir puro y alejado de todo mal. Pedir a Dios que nos ayude a mantener un “corazón limpio” es necesario.

 

«Padre, que no exista pecado en mi vida que me aleje de Ti»

 

Salmos 51:1

“Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; Conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones.”

No es comprado ni trabajado.

1 Pedro 1.18-19 Anexo

No es comprado ni trabajado.

 

1 Pedro 1:18-21

Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros, y mediante el cual creéis en Dios, quien le resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sean en Dios.”

 

En varias religiones se cree que para conseguir el perdón del castigo a causa del pecado se deben realizar ciertos ritos o “pagos” para obtener tal perdón. Para otros, el perdón del castigo se lo puede obtener por medio de buenas obras, las mismas que podrían llegar a “cubrir” un pecado y su culpabilidad, o que llegarían a reducir la ira de dios o de sus dioses, presentando un hecho bueno a cambio de un hecho malo (ayuda a otros, mostrar bondad, etc.).

La Biblia nos dice que todos somos pecadores, y por lo tanto todos hemos sido “destituidos de la gloria de Dios” (Ro 3:23); y partiendo de esta verdad absoluta, el castigo eterno debe ser impartido justamente a todo hombre, porque “la paga del pecado es muerte”, es el infierno eterno (Ro 6:23 – Comp. Gn 2:17). Al ser el pecado transmitido espiritualmente por nuestros padres (Ro 5:12; 1 Pe 1:18), todos merecemos el infierno.

Dios, en Su justicia, determinó que la única manera para que el pecado sea perdonado y el castigo pueda ser absuelto se debe derramar la sangre de un ser, “porque la vida de la carne en la sangre está, y yo (Dios) os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas; y la misma sangre hará expiación de la persona (remisión, cancelación, perdón) (Lv 17:11 – paréntesis añadido. Comp. – He 9:22).

Dios, además, sabiendo que todos merecíamos la condenación eterna, había destinado desde antes de la fundación del mundo” a Jesucristo, para que Éste, “como un cordero sin mancha y sin contaminación”, derramara su “sangre preciosa” para rescatarnos de nuestra “vana manera de vivir” (1 Pe 1:18-20). Nuestro rescate no sería con cosas corruptibles, menos con oro y plata.

Nuestras buenas obras están contaminadas con nuestro pecado, es como querer utilizar un trapo inmundo para limpiar la mesa y querer cenar en sobre ella, la acción de limpiar no elimina la contaminación (Is 64:6). Nada hay que pueda hacer el hombre por sí mismo para conseguir el perdón y alcanzar el cielo, no existe obra humana por más noble que sea, que le permita alcanzar expiación o remisión, haciendo obsoletas nuestras obras (Ef 2:9). Solamente el sacrificio de Cristo y su preciosa sangre derramada le permite al hombre ser salvo de la condenación.

Si su deseo es de poder llegar al cielo y ser librado del infierno, debe poner su fe en Jesucristo; no existe otro medio, no hay obra, no hay oro que lo pueda comprar. Crea en el Señor Jesucristo y será salvo (Hch 16:31).

 

«Dios Padre, gracias por haber enviado a Cristo para que derramara Su sangre por mí»

 

Mateo 26:28

Porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados.” (Jesús)

¡No solamente a los buenos!

1 Pedro 2.18 Anexo

¡No solamente a los buenos!

 

1 Pedro 2:18-23

Criados, estad sujetos con todo respeto a vuestros amos; no solamente a los buenos y afables, sino también a los difíciles de soportar. Porque esto merece aprobación, si alguno a causa de la conciencia delante de Dios, sufre molestias padeciendo injustamente. Pues ¿qué gloria es, si pecando sois abofeteados, y lo soportáis? Mas si haciendo lo bueno sufrís, y lo soportáis, esto ciertamente es aprobado delante de Dios. Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente.”

 

¿En su vida se ha encontrado con algún jefe o superior difícil de tratar? Creo que muchos nos hemos encontrado con la difícil tarea de trabajar bajo una persona, que, teniendo autoridad, la utiliza inapropiadamente causándonos malestar en el trabajo.

El trabajo realizado bajo la autoridad de una persona autoritativa o injusta puede crear resentimiento, temor, heridas, odio, bajo rendimiento laboral, entre otras cosas. El estrés que genera es tal que influye siempre negativamente el desempeño y el ambiente en el lugar de trabajo. ¿Qué hacer ante tal circunstancia?

En primer lugar, debemos recordar que la persona que está sobre nuestra posición de trabajo con autoridad ha sido puesta por Dios; es por esto que la Biblia nos enseña a estar “sujetos”, es decir, a someternos a ellos (Ef 5:21; Ef 6:5, 6), “no solamente a los buenos y afables, sino también a los difíciles de soportar” (1 Pe 2:18). Trabajar ante un jefe bueno es sencillo de obedecer, pero cuando las cosas parecen injustas, entonces lo sencillo se pone cuesta arriba.

La injusticia trae malestar, y este malestar nos lleva a buscar la restitución de lo justo. Muchos pueden optar por hablar directamente con el jefe. A veces puede solucionarse o muchas veces puede que no cambie. Cuando no cambia, entonces se produce ira, resentimiento, odio, rebeldía, murmuración, desagrado; tal puede ser el caso que nos puede llevar al conflicto, a la venganza, o a la renuncia. Todas estas vías de escapes de la ira y el malestar.

Segundo, cuando hay malestar la falta de respeto puede darse, y la Biblia nos dice al respecto: “Criados, estad sujetos CON TODO RESPETO a vuestros amos… TAMBIÉN A LOS DIFÍCILES de soportar” (1 Pe 2:18 – mayúsculas añadidas). Tratar con respeto es honrarlo. En Efesios encontramos que los siervos deben obedecer a los jefes “con temor y temblor, con sencillez de vuestro corazón, como a Cristo” (Ef 6:5). Servirles “como a Cristo” es trabajar para ellos como si lo hiciéramos para el Señor. ¿Alguna vez le faltaría el respeto al Señor? El respeto que se da a la autoridad de las personas que trabajan como nuestros jefes y líderes debe nacer del reconocimiento que Dios los ha puesto sobre nosotros (Ro 13:1; 1 Pe 2:17).

Por último, Cristo nos dejó ejemplo al padecer injustamente; el Señor no pecó, no engañó, no respondió con maldición, no amenazó (1 Pe 2:21-23); al contrario, cuando estaba en la cruz oró intercediendo por sus injustos jueces terrenales (Lc 23:34). Si se encuentra trabajando en un ambiente difícil, siga las pisadas de Cristo; sométase con respeto a su jefe y presente su causa a Dios, interceda por quienes obran injustamente, mientras que con paciencia sufra haciendo lo bueno ya que esto ciertamente es aprobado delante de Dios” (2 Pe 2:19, 20).

 

«Señor Jesús, gracias por Tu ejemplo, quiero ser más como Tú»

 

Colosenses 3:12

Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia.”

¿Daremos, o no daremos?

Marcos 12.17 Anexo

¿Daremos, o no daremos?

 

Marcos 12:13-17

“Y le enviaron algunos de los fariseos y de los herodianos, para que le sorprendiesen en alguna palabra. Viniendo ellos, le dijeron: Maestro, sabemos que eres hombre veraz, y que no te cuidas de nadie; porque no miras la apariencia de los hombres, sino que con verdad enseñas el camino de Dios. ¿Es lícito dar tributo a César, o no? ¿Daremos, o no daremos? Mas él, percibiendo la hipocresía de ellos, les dijo: ¿Por qué me tentáis? Traedme la moneda para que la vea. Ellos se la trajeron; y les dijo: ¿De quién es esta imagen y la inscripción? Ellos le dijeron: De César. Respondiendo Jesús, les dijo: Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. Y se maravillaron de él.”

 

Desde la antigüedad la obligación de pagar los impuestos ha marcado la norma de cómo los gobiernos pueden manejar sus finanzas y obtener así recursos que les ayuden a desarrollar los diversos programas. En la mayoría de nuestros países se tienen fechas límites cada año para poder cancelar estos deberes necesarios. Si bien es cierto, muchas veces el pago de impuestos puede generar descontento en la población, no podemos negar que es necesario recaudarlos.

Cuando los fariseos y herodianos se acercaron a preguntarle a Jesucristo acerca de los impuestos, la motivación tenía un doble sentido, principalmente le hacen esta pregunta para sorprenderle con alguna respuesta que pueda ser utilizada en Su contra, por eso Jesús “les dijo: ¿Por qué me tentáis?” (v 15). El Señor sabía la mala intención de esta pregunta. Pero el segundo motivo por el que esta pregunta fue expuesta era porque para los judíos el tener que pagar impuestos ante un gobernador que no era de ahí traía gran descontento.

Israel estaba bajo el dominio romano, desde el año 63 a.C. Roma gobernaba los territorios judíos, y para el judío tener que pagar impuestos a un gobierno extranjero representaba una ofensa. Es por esto que los recolectores de impuestos o “publicanos”, como Mateo, eran odiados por el pueblo (Mt 9:9-11), ya que estaban colaborando con un gobierno pagano.

Para muchos de nosotros la pregunta de los fariseos puede ser que venga a nuestra mente también: “¿Es lícito dar tributo…, o no? ¿Daremos, o no daremos?” (v 14). Jesucristo nos dio la respuesta a esta interrogante. Algo “lícito” es algo que es justo, legítimo, legal. Como creyentes estamos bajo la responsabilidad legal y justa de pagar nuestros impuestos, aunque estos nos parezcan incómodos. La respuesta de Jesucristo puso en gran valor el pago de los impuestos al decir que se debe dar al gobierno nuestros deberes, de la misma manera como debemos dar nuestros diezmos y ofrendas a Dios (v 17). Es nuestra responsabilidad como ciudadanos en la tierra y del cielo.

Nuestra obligación como cristianos es reconocer y someternos a las autoridades terrenales, también en los impuestos. La Biblia nos enseña que debemos pagar nuestros impuestos como muestra de nuestro sometimiento a Dios, ya que las autoridades han sido puestas por el mismo Señor (Ro 13:1-7 – Comp. 1 P 2:13-17).

 

«Dios, honrar a nuestros gobernantes es honrarte a Ti»

 

Romanos 13:7

“Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra.”

Entonces es justo

Mateo 5.10 Anexo

Entonces es justo.

 

2 Tesalonicenses 1:3-7

“Debemos siempre dar gracias a Dios por vosotros, hermanos, como es digno, por cuanto vuestra fe va creciendo, y el amor de todos y cada uno de vosotros abunda para con los demás; tanto, que nosotros mismos nos gloriamos de vosotros en las iglesias de Dios, por vuestra paciencia y fe en todas vuestras persecuciones y tribulaciones que soportáis. Esto es demostración del justo juicio de Dios, para que seáis tenidos por dignos del reino de Dios, por el cual asimismo padecéis. Porque es justo delante de Dios pagar con tribulación a los que os atribulan, y a vosotros que sois atribulados, daros reposo con nosotros, cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder.”

 

¿Si alguien le preguntara si es justo que el creyente tenga que sufrir persecución, usted qué respondería? Esta pregunta traería una serie de respuestas, pero de alguna forma no creo que todos podríamos decir con certeza y confianza de que esto es justo. Pablo, al escribir a los hermanos en Tesalónica les dice que el sufrimiento que ellos estaban enfrentando es una demostración del justo juicio de Dios” (2 Ts 1:5).

Dios no se place en forma injusta por el sufrimiento del creyente, pero sabe que es necesaria, esto es lo que Pablo entendió y compartía con confianza. No quiere decir que un creyente debe sufrir para poder obtener la entrada al cielo, pues la salvación “no es por obra” (Ef 2:8, 9), solamente se la adquiere cuando reconocemos a Dios y obedecemos (se acepta y cree) en el evangelio de Cristo (2 Ts 1:8), mientras que los que no creen “sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder” (2 Ts 1:9). Al contrario, a lo que Pablo se refiere es que es necesaria la prueba para prepararnos para lo que Dios ya nos tiene apartados por la Fe en Cristo (2 Ts 1:7).

Las persecuciones son justas pues van moldeando el carácter del creyente que ha sido afectado por el pecado. Todos los creyentes tenemos que ir creciendo en santidad e imagen de Aquel quien nos salvó, y son las pruebas uno de los medios para purificarnos (1 P 1:6, 7). Además, las pruebas que Dios permite en la vida del creyente, y que son causadas por aquellos que rechazan a Dios y a sus salvos, serán una causa más por las que el Señor juzgará y hará pagar a quienes nos “atribulan” (2 Ts 1:6). También es justo porque es digno del llamamiento (2 Ts 1:5, 11); si Cristo sufrió por nosotros, nosotros tenemos el honor de sufrir por Él.

No podemos dudar de los actos justos de Dios, nuestro Señor sabe muy bien lo que hace y por qué lo permite. Alabar Su Justicia es reconocer que todo lo que hace es recto y bueno, y debemos alabarlo cuando por su Nombre somos atribulados.

Es por ello que Pablo les anima a los tesalonicenses a soportar con valor las persecuciones y les alienta a confiar en el poder que Dios nos otorga al padecer: “Por lo cual asimismo oramos siempre por vosotros, para que nuestro Dios os tenga por dignos de su llamamiento, y CUMPLA TODO PROPÓSITO de bondad y toda obra de fe CON SU PODER, PARA QUE EL NOMBRE DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO SEA GLORIFICADO EN VOSOTROS, Y VOSOTROS EN ÉL, POR LA GRACIA DE NUESTRO DIOS Y DEL SEÑOR JESUCRISTO.” (Mayúsculas añadidas – 2 Ts 1:11, 12).

Si usted no ha creído y recibido a Cristo como Salvador, para usted hay esperanza si hoy con fe lo acepta como Señor y Salvador. Las pruebas no salvan, solo nos preparan; pero sin la Fe nadie entrará en el “reposo” del Señor. ¡ACEPTE CON FE LA SALVACIÓN QUE CRISTO LE OFRECE HOY!

 

«Señor Jesús, que gozo que por la Fe en Ti tengo salvación, y por honor a Tu Nombre sufro tribulación»

 

Mateo 5:10

Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.”

¡Cuidado con la mala doctrina!

1 Timoteo 1.3, 4 Anexo

¡Cuidado con la mala doctrina!

 

1 Timoteo 1:3-8

“Como te rogué que te quedases en Éfeso, cuando fui a Macedonia, para que mandases a algunos que no enseñen diferente doctrina, ni presten atención a fábulas y genealogías interminables, que acarrean disputas más bien que edificación de Dios que es por fe, así te encargo ahora. Pues el propósito de este mandamiento es el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida, de las cuales cosas desviándose algunos, se apartaron a vana palabrería, queriendo ser doctores de la ley, sin entender ni lo que hablan ni lo que afirman. Pero sabemos que la ley es buena, si uno la usa legítimamente.”

 

Desde el aparecimiento de las iglesias cristianas en Latinoamérica se ha notado un rápido crecimiento de ellas y de seguidores de Cristo en todo lado. Muchas personas están escuchando el mensaje del evangelio y un gran número de personas llegan a conocer a Cristo como su Salvador personal, cambiando eternamente su destino, de lo cual damos gloria al Señor por la gracia que se extiende por todo lado.

Pero con este desarrollo exponencial de iglesias y de creyentes han nacido junto a ello el levantamiento de predicadores e iglesias que no enseñan apropiadamente la doctrina. Los nuevos creyentes, confiando en lo que muchos de estos predicadores enseñan están creciendo con una enseñanza que no siempre es bíblica. Es ahí donde la responsabilidad de cada creyente y de cada predicador es el de llegar a conocer la Palabra de Dios tal cual es y de enseñarla apropiadamente para que los oyentes sean adecuadamente alimentados y edificados con la Verdad de Dios.

Pero este problema no ha sido algo reciente, desde el nacimiento de la Iglesia de Cristo, en la misma época apostólica, los oyentes de las diferentes iglesias en los diferentes lugares tenían problemas de una incorrecta enseñanza. Las Cartas de Pablo, Pedro, Santiago, Juan, entre otras; surgieron con la necesidad de enseñar la doctrina y corregir lo que estaba siendo mal enseñado.

Pablo, escribiendo a su amigo y discípulo Timoteo, le recuerda que la razón por la que le había pedido que se quedara en Éfeso fue para que mandase “a algunos que no enseñen diferente doctrina, ni presten atención a fábulas y genealogías interminables” (1 Ti 1:3, 4).

Como oyente o como expositor de la Palabra de Dios, todos nosotros tenemos la responsabilidad ante de Dios de aprender y enseñar clara y correctamente lo que el Señor nos dice a través de la Biblia. No solo es responsabilidad del predicador de enseñar bien, sino que es responsabilidad del oyente de asegurarse que lo que escucha está bien enseñado. Las personas en Berea, cuando escuchaban a Pablo predicar, le escuchaban con ánimo pronto, pero con ese mismo ánimo iban después a sus casas para comprobar si lo que fue predicado es lo que realmente Dios enseñaba en Su Palabra (Hch 17:10-12).

Pablo nos recuerda que la Palabra de Dios es buena si es usada “legítimamente”, pero mal enseñada hace mucho daño en el crecimiento del creyente, y esto puede continuar expandiéndose y hacer más daño.

Todos somos responsables ante Dios de aprender y de enseñar correctamente Su Palabra, mire pues entonces cómo es edificado y cómo edifica a otros.

 

«Dios, ayúdame aprender debidamente Tu Palabra para poder defender y enseñar la buena doctrina»

 

Hechos 17:11

“Y éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así.”

Ponga su corazón junto a su boca

isaias-29-13-anexo

Ponga su corazón junto a su boca.

 

Isaías 29:13

“Dice, pues, el Señor: Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí, y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado.”

 

¿Ha tratado de hablar con el corazón? Existe una frase que se utiliza muchas veces para expresar la idea que lo dicho es un pensamiento que viene acompañado con un sentimiento profundo y fuerte. Generalmente lo dicen las personas para expresar un aprecio hacia alguien o algo. “Te lo digo de corazón” es la frase y denota sinceridad, amor, y que afecta todo nuestro ser.

Para Dios esta frase no representa nada si realmente no tiene el corazón del hombre, y a diferencia del hombre, el Señor sí conoce la sinceridad del sentimiento que se encuentra en nuestro corazón.

Nuestro corazón debe ser perfecto ante Dios para que nuestra adoración sea debida y nuestra honra a Él sincera. David dijo a su hijo Salomón que un “corazón perfecto” y un “amino voluntario” es necesario para servirle a Dios porque Él “escudriña los corazones de todos, y entiende todo intento de los pensamientos” (1 Cr 28:9).

Para que podamos amar a Dios con todo nuestro ser tenemos que hacer un compromiso real de obedecer Su Palabra. Después que Moisés volvió a repetir los Diez Mandamientos a los hijos de Israel, antes de entrar en la Tierra Prometida (Dt 5:1-21), les dice que estos mandamientos deben estar “sobre” sus corazones, y solo así podrían ellos amar a Dios con todo su ser (Dt. 6:5, 6).

Tenemos que buscar a Dios para que nos ayude a realizar un examen profundo de nuestro corazón y nuestros sentimientos. David le pidió a Dios que le escudriñe para que sus verdaderos sentimientos le sean revelados (Sal 26:2). Lo precioso de Dios es que, a pesar de conocer nuestro corazón, y aunque nuestra vida no sea perfecta, Él reconoce la sinceridad de nuestro profundo deseo de agradarle sobre todas las cosas.

Como pecadores siempre tendremos la tendencia a pecar, pero cuando su corazón se entrega en compromiso a agradarle Dios, Él mira su verdadera intención y reconoce sus verdaderos pensamientos, y es ahí donde nuestro corazón se alinea con el del Creador y nuestra adoración se vuelve sincera.

Si reconoce que su corazón no ha sido perfecto y que su alabanza no es sincera, entonces pida a Dios para que transforme ese corazón de piedra y lo convierta en uno que realmente palpite para Él (Sal 51:10; Ez 11:19).

Una alabanza sincera y una vida comprometida a adorarle solamente se la consigue cuando Dios es nuestro mayor anhelo y cuando Su Palabra habita en abundancia en nuestra vida llevándonos a una obediencia progresiva fundamentada en un gran amor al Señor (Col 3:16).

 

«Padre, examina y transforma mi corazón para que lo que diga y haga para Ti salga directamente de él»

 

1 Reyes 8:61

Sea, pues, perfecto vuestro corazón para con Jehová nuestro Dios, andando en sus estatutos y guardando sus mandamientos, como en el día de hoy.”

Realmente abajo

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Realmente abajo.

 

Lucas 1:46-49

“Entonces María dijo:
Engrandece mi alma al Señor;
Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador.
Porque ha mirado la bajeza de su sierva;
Pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones.
Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso; Santo es su nombre.”

 

«Oí de un pastor al que nombraron el pastor más humilde de la nación. La congregación le dio una medalla que decía: “Al pastor más humilde de la nación.” Se la quitaron el domingo porque se la puso» (Más de 1001 ilustraciones y citas de Swindoll)

¿Cómo contempla realmente su propia humildad? Cuando pienso en esta pregunta tengo pena en admitirlo que no soy tan humilde como debo ser. En un mundo donde alguien llega a exaltar algún valor de uno, enseguida junto a ese “alago” viene de nuestro interior un aire de orgullo que nos lleva a mirarnos más arriba de lo que deberíamos hacerlo.

La palabra griega “tapeinosis” (ταπείνωσις, G5014) de la cual traducimos la palabra en español “bajeza” denota abajamiento, humillación, estado humilde. Esta palabra no solo habla de la idea de considerarse humilde, sino de humillarse hasta llegar abajo en el buen sentido de ella. Es decir, sinceramente considerarse alguien inferior o inmerecedor.

María, la madre de nuestro Señor Jesucristo, cuando estaba visitando a su parienta Elisabet, expresó la manera como se consideraba ante Dios quien le había otorgado el privilegio de ser considerada la madre del Salvador: Porque ha mirado LA BAJEZA de su sierva”. Elisabet, llena del Espíritu Santo, por su lado dijo ante tan inesperado encuentro: “¿POR QUÉ SE ME CONCEDE ESTO A MI, que la madre de mi Señor venga a mí?” (Lc 1:41, 43 y 48 – mayúsculas adaptadas).

Podemos decir de este pasaje, que una persona tiene que estar llena del Espíritu Santo para que pueda hacer una correcta evaluación de sí mismo y llegar a darse cuenta que nadie es digno del Señor ni de sus bendiciones.

No somos dignos de Dios por ser pecadores, no somos dignos de Dios por serle infieles, no somos dignos de Dios porque nosotros somos creados y Él el Creador. Pero en su infinito amor, a pesar de nuestra real bajeza, Dios siendo también un Dios humilde, se deleita compartiendo con nosotros. Dios no es influenciado por el mal, y siendo Quien es, nos trata de sus hijos, de sus siervos, de sus amigos. Tal es Su naturaleza que se “despojó” de su posición para salvarnos, “se humilló a sí mismo” (abajarse o llevar a nivel del suelo) para morir por nosotros (Fil 2:6-8).

Cada vez que de alguna manera se considere digno de algo entonces ya se levantó del suelo impulsado por el orgullo, cada vez que mire santamente que nada de lo que recibe merece, entonces está bajo la influencia del Espíritu Santo.

La humildad no es algo que el mundo aprecia, al contrario, la pisotea y mal interpreta. El orgullo se levanta siempre campante para llevarnos al pecado de la soberbia y es impulsada por satanás y el mundo. Que el Señor nos ayude con su Espíritu a ser como Él.

 

«Dios, ayúdame a verme tal y cual lo debo hacer»

 

Filipenses 2:5, 8

“Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, […] se humilló a sí mismo…”