“Donde yo estoy… estén conmigo” (NUESTRA PASCUA IV)

Juan 17.24 Anexo

Juan 17:20-24

“Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado. Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo.”

 

Jesucristo, estando aún en el aposento alto, y antes de salir “con sus discípulos al otro lado… donde había un huerto” (Jn 18:1), decidió orar al Padre, y tomando su ministerio como gran Sumo Sacerdote (Comp. He 4:14; 10:21), intercede por los discípulos y por los que llegarían a creer posteriormente en Él (Jn 17:9-26).

En esta significativa oración de nuestro Señor Jesucristo, hecha la misma noche previa a Su crucifixión, demuestra Su inmenso amor y Su profunda preocupación por aquellos que le pertenecían ahora a Él y al Padre (v. 9, 10). Jesucristo pide a Dios que los proteja y les ayude a ser fieles (v. 11, 15); pide que llegaran a ser santificados por medio de la Palabra de Dios (v. 17); pide que no solamente sean santificados, sino que lleguen, por medio de la verdad, a consagrarse (v. 19). Ruega al padre por una unidad perfecta como creyentes, y que su unidad sea un testimonio al mundo (v. 21, 23); y también pide para que todos ellos llegasen a amarse tal como el Padre ha amado al Hijo (v. 26).

Pero hay algo que resalta sobre todas las otras peticiones, en esta solicitud está manifestado el propósito por el que Cristo vino a la tierra, intrínsecamente hallamos el inmenso amor que motivó Su venida y que lo llevaría a Su pleno sacrificio; el mayor anhelo de Jesucristo era, y siempre ha sido, el pasar la eternidad junto a los que lleguen a creer en Él: “Padre, aquellos que me has dado, QUIERO QUE DONDE YO ESTOY, TAMBIÉN ELLOS ESTÉN CONMIGO…” (v. 24 mayúsculas añadidas).

El mayor deseo de Jesucristo, y la razón que lo motivó a sacrificarse a la cruz por culpa de nuestros pecados, es de que podamos pasar la eternidad junto a Él.

Jesucristo entregó Su vida para que nosotros tengamos perdón de pecados y vida eterna, pero para que usted y yo podamos estar en el cielo y contemplar Su gloria (v. 24) tenemos que creer en Él (v. 20). El regalo de vida eterna es un hermoso presente que Dios da a cada uno, que, mediante la fe, deposita su completa esperanza en Cristo, ya que la salvación nunca ha sido, ni lo será, algo que lo podamos conseguir nosotros mismos (Ef 2:8, 9). Jesucristo ya pagó la entrada al cielo, lo único que nosotros tenemos que hacer es recibirlo mediante la fe.

 

«Jesucristo, gracias por orar por mí la misma noche previa a Tu muerte, gracias porque la motivación de Tu sacrificio ha sido siempre el pasar la eternidad junto a mí, ahora yo creo en Ti»

 

Juan 3:16

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”

La Cena de Señor (NUESTRA PASCUA III)

Mateo 26.26-28 Anexo

Mateo 26:17, 26-29

El primer día de la fiesta de los panes sin levadura, vinieron los discípulos a Jesús, diciéndole: ¿Dónde quieres que preparemos para que comas la pascua? […] Y mientras comían, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados. Y os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre.”

 

La Pascua tiene vital importancia dentro del calendario de actividades del pueblo judío, y mayormente para los cristianos. La pascua es la fiesta conmemorativa de la liberación del pueblo de Israel por parte de Dios de la esclavitud en Egipto (Éx 12:1-28). Dios mismo pidió a Moisés y a los israelitas que lo celebraran perpetuamente para que no olviden la obra poderosa de redención (vs. 24-28). El mes de Nisán sería seleccionado por parte de Dios para redimir a Su pueblo por medio de un acto que requirió fe por parte de los judíos que vivían en Ramesés, Egipto.

Dios traería la décima y última plaga en contra de Faraón, la muerte de los primogénitos (Éx 11). Para evitar la muerte de los primogénitos de Israel, Moisés y los israelitas tenían que seleccionar a un cordero sin defecto de un año para ser sacrificado (Éx 12:4-6). La sangre del cordero sería puesta sobre los postes y el dintel de las puertas de las casas, mientras que la carne debía ser asada y comida por completo; se serviría la carne con pan sin levadura y hierbas amargas (Éx 12:7-11). La sangre sería la “señal en las casas” para que cuando pasare la plaga ninguno de los primogénitos muriera (Éx 12:13).

El pan sin levadura representaría el cuerpo sin pecado de Cristo quebrantado y sacrificado en la cruz, la sangre del cordero el precio pagado por el pecado del hombre, la sangre en las puertas era el acto de fe del pueblo judío ante Dios confiando en que esa sangre los libraría de la condenación o muerte. El cordero era un tipo de Cristo, y las hierbas amargas el sufrimiento que el Señor tendría durante su arresto y muerte.

Cuando Cristo les dijo a sus discípulos “tomad, comed” y “bebed” (Mt 26:26, 27), lo que les estaba diciendo era que tenían que identificarse con la primera pascua para que pudieran entender lo que Él mismo haría unas horas después cuando fuera arrestado, maltratado, crucificado por nuestros pecados. Jesucristo quiere que nos identifiquemos con Su sacrificio en forma personal (Jn 6:53-56); el Señor entregó Su vida y Su sangre para que nosotros pongamos nuestra fe en Su obra redentora.

Así como la primera pascua libró a los primogénitos de la muerte y liberó al pueblo de la esclavitud, nuestra fe en Cristo y Su sacrificio en la cruz nos libra de la condenación por nuestros pecados y nos otorga la entrada a la vida eterna. ¿Ya ha puesto su fe plena en la obra de Cristo o sigue confiando vanamente en lo que usted puede hacer para llegar al cielo?

 

«Gracias Jesucristo por dar tu vida y sangre para que ahora llegaras a ser mi Pascua»

 

Juan 6:53, 54

“Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.”

Santificando tiempo y actividades (NUESTRA PASCUA II)

Marcos 11.15 Anexo

Marcos 11:15-17

“Vinieron, pues, a Jerusalén; y entrando Jesús en el templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y compraban en el templo; y volcó las mesas de los cambistas, y las sillas de los que vendían palomas; y no consentía que nadie atravesase el templo llevando utensilio alguno. Y les enseñaba, diciendo: ¿No está escrito: Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones? Mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.”

 

Entre las aplicaciones que la Biblia le da a la palabra santificar, una es la de apartar algo para un propósito sagrado, específico para Dios. Cuando Jesucristo estaba limpiando el templo de la presencia de los cambistas, de los compradores, y los vendedores, lo que estaba haciendo era santificando el lugar para que se enfoquen en lo que realmente representaba el entrar al templo: Era un lugar de adoración y oración (Mr 11:15-17).

Era el lunes después de Su entrada triunfal del día domingo. Jesús había vuelto a Jerusalén para seguir predicando sobre Su reino y para llamar a las personas al arrepentimiento y que creyeran en Él. Muchos de los asistentes lo seguían para ser sanados, mientras que otros lo adoraban y alababan (Mt 21:14-16), pero había algo que indignaba al Señor Jesucristo, la “casa de oración” se había convertido en “cueva de ladrones” (Mr 11:17). Los sacerdotes del templo habían permitido que gente inescrupulosa haya llenado animales el patio de los gentiles, estos animales eran comprados por quienes viajaban de lejos y venían a adorar a Dios. Otros viajeros de lejanas tierras llegaban con moneda extranjera a Jerusalén y necesitaban cambiarla por moneda judía para pagar en el templo por los servicios prestados y para diezmar y ofrendar. El templo que había sido construido para ser lugar de adoración a Dios se había convertido en una plaza de pueblo. Jesucristo tenía que limpiarlo, y santificándolo les recordó el propósito de dicho lugar: Centro de adoración al Único Dios.

En nuestra vida debemos también santificar nuestro tiempo y actividades para el Señor. Sin darnos cuenta hemos permitido que nuestra vida se llene de tanta “mercancía barata” que ha colmado nuestro tiempo de cosas que, sin ser todas malas, nos han alejado de nuestro tiempo de adoración a Dios. Ya no hay tiempo para leer la Biblia, ya no hay tiempo para orar, ya no hay tiempo para adorar a Dios, ya no hay tiempo para ir a la iglesia y servirle, hemos dejado que nuestras vidas se llenen de todo menos de lo que realmente importa, el Señor.

Todos los días debemos dedicar tiempo para Dios, todas las semanas debemos poner como prioridad la asistencia a la iglesia, toda nuestra vida debe ser un servicio de adoración a Dios. Es hora de hacer una limpieza en nuestras vidas para santificarlas para el Señor. Ahora que estamos en Semana Santa con más razón, dediquemos tiempo para agradecer a Dios por el Sacrificio de Su Hijo Amado en la Cruz.

 

«Señor, que en mi vida siempre Tú seas mi mayor prioridad»

 

Mateo 22:37, 38

“Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento.”

Entrada Triunfal (NUESTRA PASCUA I)

Mateo 21.9 Anexo

Mateo 21:4-9

“Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el profeta, cuando dijo:
Decid a la hija de Sion:
He aquí, tu Rey viene a ti,
Manso, y sentado sobre una asna,
Sobre un pollino, hijo de animal de carga.
Y los discípulos fueron, e hicieron como Jesús les mandó; y trajeron el asna y el pollino, y pusieron sobre ellos sus mantos; y él se sentó encima. Y la multitud, que era muy numerosa, tendía sus mantos en el camino; y otros cortaban ramas de los árboles, y las tendían en el camino. Y la gente que iba delante y la que iba detrás aclamaba, diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!

 

La última semana de vida de nuestro Señor Jesucristo es la más importante de todo Su ministerio. Jesucristo estaba por cumplir con el propósito por el que había sido enviado por Su Padre: Morir para pagar la condena por el pecado del hombre (Is 53:1-12; Mt 1:21). Jesucristo sabía claramente que era tiempo de llegar a la cruz, y tendría que ser durante la semana de La Pascua, para poder llegar a ser nuestra Pascua (1 Co 5:7).

Ya varias veces había anunciado su muerte a sus discípulos (Lc 9:22, 44; 18:31-34), y cuando llegó el momento afirmó su rostro para encaminarse a su cruento destino (Lc 9:51).

Jesucristo, antes de ingresar a Jerusalén, envía a dos de sus discípulos para que traigan el pollino en el cuál entraría triunfante (Mt 21:1-3). Su entrada en el pollino era el cumplimiento de una profecía sobre Él (Zac 9.9), pero sobre todo tenía un principio fundamental, cuando un gobernante o general de un ejército entraba en un pollino representaba que entraba en paz, trayendo un mensaje de paz a la ciudad que visitaba.

El pasaje profético indica que no era un rey extraño el que estaba entrando, era el mismo Rey de Israel que estaba visitando Su ciudad en paz (tu Rey viene”). Venía a ganar en paz una victoria gloriosa en forma mansa y humilde. La victoria sería sobre la muerte y el pecado, pero sería en paz, pues tendría que Él sacrificarse dando Su vida para salvar al hombre.

Cuando los habitantes de Jerusalén lo vieron entrar entendieron que era el “Hijo de David”, Quien venía “en el nombre del Señor” (Mt 21:9). Gritaban: ¡Hosanna! ¡Hosanna!, que quiere decir “sálvanos, te rogamos”, “sálvanos ahora”. Su entrada estaba anunciado el triunfo que se daría en la cruz y en Su resurrección, y aunque no todos entendieron cómo Jesucristo los salvaría en ese momento, seguros podemos decir que la petición de “Hosanna” por parte del pueblo fue respondido pocos días después por el Rey.

Jesucristo brinda salvación de la condenación a todos los que creen en Él (Jn 11:25, 26). Su muerte en la cruz fue el precio de nuestra liberación, Su sangre derramada el precio pagado para nuestra paz. Solamente tiene que gritar con fe ¡Hosanna! al “Hijo de David”, y de seguro el Rey su pedido responderá.

 

«Gracias Jesucristo, Tu muerte trajo la única paz que calma mi alma que angustiosa clamaba por Tu salvación»

 

Salmos 118:25 (LBLA)

“Te rogamos, oh Señor: sálvanos ahora…”

Apercepción

Salmos 14.1 Anexo

Salmos 14:1-3

Dice el necio en su corazón:
No hay Dios.
Se han corrompido, hacen obras abominables;
No hay quien haga el bien.
Jehová miró desde los cielos sobre los hijos de los hombres,
Para ver si había algún entendido, Que buscara a Dios.
Todos se desviaron, a una se han corrompido;
No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.”

 

La Apercepción es el acto del reconocimiento interno, o la percepción, de una realidad o de un objeto percibido. Es decir, el reconocimiento consiente de la existencia de una realidad presente. A diferencia de una persona sabia y prudente el necio no percibe o no está consciente de la presencia de Dios, por lo que su vida y sus actos son una expresión de ello.

No importa lo que una persona diga en cuanto a su fe, sin expresar ser ateo, la persona que vive en forma necia no demuestra mediante su manera de vivir que existe Dios para ellos (Sal 14:1:3). Pueden ser personas religiosas que inclusive llevan ciertas normas que dictan su religión, pero cuando llega el momento de actuar con una vida piadosa o santa, sus actos mismos manifiestan que “NO HAY DIOS” en ellos. Para el necio Dios puede estar en sus labios, puede estar en su mente, pero no está “en su corazón”.

Dios es Omnisciente y Omnipresente, todo lo sabe y está en todo lado, y aunque una persona no esté apercibida de Su presencia en todo lo que haga, no quiere decir que Dios no mira, no escucha, ni percibe lo que siente o hace esa persona, Dios lo sabe (Sal 139). Cuando no estamos apercibidos de Su presencia, nuestra tendencia es actuar neciamente, corrompidos por el pecado que está en nosotros actuamos sin hacer el bien.

Para poder vivir una vida sabia y piadosa debemos mantenernos apercibidos de Su presencia, es decir, recordar que no importa donde estemos o con quien nos hallemos, Dios siempre está ahí viendo y escuchando lo que hacemos, decimos o pensamos.

El recordar que Cristo está pronto a venir, y que Su venida para llevar a Su iglesia puede darse en cualquier momento, nos ayudará también a mantenernos en una vida santa de tal forma que no nos avergoncemos ante Su presencia si nos halla en pecado cuando Él regrese (1 Jn 2:28). Aunque en medio de las pruebas y dificultades muchos no puedan sentir a Dios o verlo a Su alrededor, no implica que Él no esté con usted, Dios siempre estará ahí.

Estar conscientes de la presencia de Dios siempre será un factor de gran influencia para llevarnos actuar tal cual Él espera. Si hemos pecado, Dios siempre estará dispuesto a perdonarnos y ayudarnos a vivir una vida limpia (1 Jn 1:9). El decir que conocemos a Dios y no vivir apropiadamente a esa realidad nos incluye dentro de la categoría de los necios. En cambio, el decir que conocemos a Dios y deliberadamente actuamos pecaminosamente, a eso se lo llama irreverencia.

 

Para conocer y estar apercibidos de Dios hay que reconocer primero a Cristo (Jn 1:18; 14:6, 8-11).

 

«Dios, ayúdame a mantener presente en mi consciencia y en mi corazón Tu presencia»

 

Génesis 28:16

“Y despertó Jacob de su sueño, y dijo: Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía.”

¿La ira venidera?

Mateo 3.7 Anexo

Mateo 3:1-2, 7-8

“En aquellos días vino Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea, y diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado. […] Al ver él que muchos de los fariseos y de los saduceos venían a su bautismo, les decía: ¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento.”

 

Juan el Bautista estaba predicando a las masas para preparar el camino al Señor Jesucristo, Quien vino con su ministerio poco después que Juan el Bautista iniciara. Juan tenía la responsabilidad de preparar los corazones de quienes estaban a su alrededor para que estén listos para ver en Cristo como el Cordero de Dios, el Único que era capaz de quitar el pecado del hombre (Jn 1:29).

Entre esas personas que lo buscaban en el desierto llegaron un grupo de fariseos y saduceos que venían enviados por los líderes religiosos para indagar quien era él, ya que mucha gente se acercaba convencidos por su predicación. Juan los ve llegar e inmediatamente les hace una pregunta inquisitiva que puede hacernos reflexionar a nosotros también: ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?” (Mt 3:7).

El concepto de un Dios lleno de ira no es común en muchas personas. Las enseñanzas liberales que se han dado en las diferentes iglesias han introducido en el oyente una idea a medias de Dios. Muchos enseñan que Dios es amor, y que en Su amor es capaz de recibir a todos ante Su presencia, y que Dios no podría castigar, ni menos airarse, ante el hombre porque lo ama.

Dios es perfecto en Su amor, pero también lo es en Su ira. La ira de Dios no es contra el hombre, pero sí en contra del pecado del hombre (Ro 1:18); la manifestación de la ira de Dios es la manifestación de Su justicia santa como lo indica el mismo pasaje de Romanos. Una gran manifestación de la ira de Dios se dará en el Juicio del Gran Trono Blanco al final del Milenio, en donde Dios juzgará y condenará al hombre no arrepentido, y el castigo eterno en el infierno será la manifestación continua de esa ira (Ap 20:11-15). Quizá la máxima manifestación de la ira de Dios se dio al castigar en Su Hijo Jesús, con sufrimiento y cruz, el pecado del hombre.

Juan el Bautista enseñaba que la única forma de librarse de la condenación eterna en el infierno era a través de una vida que manifieste total arrepentimiento. Él les decía que si realmente querían librarse de la ira venidera de Dios tendrían que mostrar que estaban conscientemente convencidos que eran pecadores y que tenían que cambiar su vida (Mt 3:8). “La gente le preguntaba, diciendo: Entonces, ¿qué haremos?” Y Juan les decía que tenían que cambiar su vida, hacer un cambio de corazón, y prepararse para recibir con fe a Jesús en sus corazones como Salvador (Lc 3:10-18), porque solo Jesús quita y perdona el pecado del hombre (Jn 1:29; Hch 4:12; 26:18).

Tal vez usted se esté haciendo la misma pregunta: ¿Qué hacer para no ir al infierno? Cristo quiere salvarlo de la ira venidera, solamente tiene que arrepentido pedir perdón y clamar con fe a Cristo que lo salve, el Señor quiere perdonarlo y otorgarle una vida eterna en el cielo (Jn 5:24).

El arrepentimiento de un corazón consciente del pecado es lo que necesita Cristo para salvar por fe a quienes creen en Él.

 

«Jesús, gracias porque Tú diste Tu vida por mí para salvarme del castigo eterno del infierno»

 

Juan 3:36

El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.

Paz para el alma

Filipenses 4.6, 7 Anexo

Filipenses 4:6-7

“Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.”

 

Hace varios años atrás tuvimos la difícil noticia que una amiga de la iglesia sufría de cáncer y estaba en el hospital enfrentando la quimioterapia. Después de varios meses ella enfrentó su último tiempo de esperanza en la unidad de cuidados intensivos. Con un miembro de la iglesia, que visitaba a nuestra amiga, fuimos a uno de los rincones del hospital para orar y pedir a Dios por un milagro de salud que traiga gloria a Su Nombre.

Después de derramar nuestro corazón a Dios por medio de la oración, Dios nos bendijo con una paz y fortaleza que sobrepasaba nuestro entendimiento. Para mi amigo y mi propia opinión, era claro que Dios había escuchado nuestra oración y por medio del Espíritu Santo nos ministraba con esa paz y fuerza que necesitábamos. En mi pensar, pensando que eso representaba una respuesta favorable a nuestra petición, nos acercamos nuevamente al cuarto donde ella estaba en coma. A las pocas horas falleció y nosotros estuvimos acompañando a sus familiares mientras ella dejaba de respirar ante nuestros ojos. ¿Qué pasó? ¿Dios no había escuchado nuestra oración? ¿No era esa paz sobrenatural una manifestación de respuesta favorable a nuestra petición?

Las preocupaciones, los afanes, y la incertidumbre afectan los pensamientos y las emociones de las personas. Este estrés puede afectar nuestra salud produciendo insomnio, problemas gástricos, afectar la presión arterial, entre varias alteraciones más que trastornan ya no solamente la emoción y la mente del hombre, sino su condición física (Sal 6:7; 77:2-6; 127:2). Toda tormenta trae destrozos, es por ello que Dios nos llama a presentar toda preocupación que tengamos ante Él en oración (Sal 55:1-17; 130:1-6; Fil 4:4-7; 1 Ts 5:16-18).

La oración es una herramienta fundamental en la vida del creyente pues nos ayudará a descargar nuestro afán ante el Único capaz de solucionar todas nuestras angustias (Fil 4:6); al orar a Dios encontramos las fuerzas que necesitamos para enfrentar las pruebas (Is 40:30, 31; 41:10); nuestra alma hallará descanso (Mt 11:28-30); y nuestra alma encontrará la paz que necesitamos (Fil 4:7).

Esa paz que Dios nos ofrece es un regalo al corazón afligido y temeroso. Todo nuestro ser se afecta ante la angustia, y Dios nos da esa paz que necesitamos para poder continuar nuestras vidas esperando en Él y anclando nuestra alma en medio de la tormenta para no ser abatidos y destruidos.

Pero la paz de Dios no es una respuesta favorable de un “SI” a nuestra petición, la paz es una condición que Dios otorga al hombre para que pueda continuar la prueba hallando en el Señor refugio, consuelo (Dt 33:27; Sal 18:2; 86:17). La paz es un favor que nos otorga tranquilidad sobre nuestras angustias.

En mi oración por la salud de mi amiga, Dios me brindo paz, no como un sí a mi petición, sino como un estado emocional y espiritual que me ayudó a enfrentar la prueba con tranquilidad y fortaleza, y así poder acompañar a nuestros amigos que veían a su familiar ir ante la presencia del Dador de vida, Dios.

Orar nos brinda paz, paz que requiere el alma para enfrentar la respuesta de Dios. Muchas veces Dios puede responder con un SI, y otras con un NO, pero Su paz siempre vendrá con Su respuesta.

 

«Gracias Padre por Tu paz otorgada al alma atribulada para poder esperar en Ti confiados cualquiera que sea Tu respuesta»

 

Salmos 91:2

“Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío; Mi Dios, en quien confiaré.”

Manteniendo viva la pasión

Romanos 10.14 Anexo

Romanos 9:1-3

“Verdad digo en Cristo, no miento, y mi conciencia me da testimonio en el Espíritu Santo, que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón. Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, los que son mis parientes según la carne.”

 

El llamado del Dr. Duff (Oswald SmithPasión por las almas)

«El doctor Alejandro Duff, el gran misionero veterano de la India, regresó a Escocia para morir, y al hallarse frente a la Asamblea General de la Iglesia Presbiteriana, hizo su llamado, pero no encontró respuesta. En la mitad de su llamamiento, se desmayó y fue retirado de la plataforma. El médico se inclinó sobre él, examinándole el corazón. Abrió los ojos:
—¿Dónde estoy? —exclamó— ¿Dónde estoy?
—Estese quieto —dijo el médico—, su corazón está muy débil.
—Pero —exclamó el antiguo luchador—, ¡tengo que terminar mi llamado! Llévenme nuevamente. Llévenme nuevamente. No he terminado aún mi llamado.
—Estese quieto —repitió el médico—, está muy débil para volver.
Pero el anciano misionero se esforzó por ponerse en pie, su determinación venció su debilidad y, con el médico a un lado y otro ayudante por el otro, el luchador de cabello blanco fue conducido nuevamente a la plataforma y mientras ascendía por los escalones del púlpito, toda la asamblea se puso de pie en su honor; luego continuó su llamado:
—Cuando la reina Victoria llama por voluntarios para la India —exclamó—, cientos de jóvenes responden; pero cuando llama el rey Jesús, nadie acude.
Hizo una pausa, y retomó el discurso:
—¿Es cierto —preguntó— que Escocia ya no tiene hijos para dar a la India?
Nuevamente hizo una pausa.
—Muy bien —concluyó—, si Escocia ya no tiene jóvenes para mandar a la India, entonces, anciano y gastado como estoy, yo regresaré, y si no puedo predicar me recostaré en las costas del Ganges y allí esperaré morir, para que sepa la gente de la India que por lo menos hay un hombre en Escocia que tiene suficiente interés por sus almas y que está dispuesto a dar su vida por ellos.»

El Apóstol Pablo, aunque fue llamado a ministrar a los gentiles mayormente, su tarea incluía hablar a los “hijos de Israel” también (Hch 9:15). Dios quería utilizar a este intrépido siervo para poder alcanzar a todos. Pero para Pablo la tarea de ministrar la Palabra a los judíos siempre presentaba obstáculos, rechazo, persecución. Esto no desanimaba al sufrido Pablo, había algo que lo mantenía apasionado por aquellos, quienes eran sus “parientes según la carne”, pero que no creían en Cristo; por lo que deseaba, si fuera posible, ser él mismo considerado “anatema” y estar “separado de Cristo” para que los israelitas sean salvos (Ro 9:2, 3).

Pablo tenía pasión por ellos porque sabía que su condición era de muerte espiritualmente y que el Único que podía darles vida era Cristo (Ef 2:1, 2). Tenía pasión porque sabía que mientras no acepten a Cristo su destino final era el infierno (2 Ts 1:9). Tenía pasión porque comprendía el sacrificio de Cristo por el hombre (Ef 5:2). Tenía pasión porque sabía que si no había quien predicare nadie escucharía, nadie creería, nadie se salvaría (Ro 10:13-15)

Mantengamos viva nuestra pasión de predicar el evangelio; si nuestra pasión ha mermado por alguna causa, pidamos a Dios que la avive. No dejemos de orar y hablar por la salvación de aquellos que están todavía perdidos.

 

«Padre, que mi pasión para hablar de Cristo nunca decaiga»

 

Romanos 10:14

“¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?”