¿Por qué entonces tener miedo?

Éxodo 3.14 Anexo

Éxodo 3:2-14

“Y se le apareció el Ángel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza… Entonces Moisés dijo: Iré yo ahora y veré esta grande visión… Viendo Jehová que él iba a ver, lo llamó Dios de en medio de la zarza, y dijo: ¡Moisés, Moisés! Y él respondió: Heme aquí. Y dijo: No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es. Y dijo: Yo soy el Dios de tu padre, Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob. Entonces Moisés cubrió su rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios. Dijo luego Jehová: Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus exactores; pues he conocido sus angustias, y he descendido para librarlos de mano de los egipcios, y sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y ancha, a tierra que fluye leche y miel… El clamor, pues, de los hijos de Israel ha venido delante de mí, y también he visto la opresión con que los egipcios los oprimen. Ven, por tanto, ahora, y te enviaré a Faraón, para que saques de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel. Entonces Moisés respondió a Dios: ¿Quién soy yo para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel? Y él respondió: Ve, porque yo estaré contigo; y esto te será por señal de que yo te he enviado: cuando hayas sacado de Egipto al pueblo, serviréis a Dios sobre este monte. Dijo Moisés a Dios: He aquí que llego yo a los hijos de Israel, y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre?, ¿qué les responderé? Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros.

 

Para muchos el llamado al ministerio es una responsabilidad de honor y gozo, al cual desean otorgar su vida en compromiso sin límites. Pero para la mayoría, y especialmente al inicio de este proceso de la obra de Dios, el llamado a servirle es una responsabilidad que atemoriza y paraliza.

 

Para quien entiende la magnitud del llamado, es realmente paralizante por momentos todo lo que representa. Y aún, después de estar ya en el ministerio, cuando Dios decide otorgar una nueva tarea a Su siervo, esta incertidumbre puede por momentos inquietar a la persona llamada. Todos podemos sufrir de ese temor.

 

Lo que nos debe animar siempre, y ayudarnos a seguir a Dios con valor, no es lo que nosotros pensemos que tenemos al frente con este llamado, sino lo que Dios ha decidido hacer. Recordemos que el llamado no inicia como un deseo nuestro, al contrario, es obra del Señor en nuestra vida (Fil 2:13). Dios es quien selecciona, capacita, y utiliza a la persona para Su obra (Hch 13:1-3). Es Dios quien selecciona la tarea hacer, prepara todos los recursos necesarios para ello, y es Él en persona quien hace la obra a través de nosotros y en la vida de los demás (Ex 3:7-12). La obra designada está en la voluntad y la capacidad de Dios, y no en nosotros, como lo dijo Pablo, nosotros solamente somos vasos de barro (2 Co 4:7). No olvidemos, que la Obra es de Dios y no nuestra, por eso nos llamamos siervos y no señores (Ro 1:1); lo que hacemos es servir al Dios Todopoderoso en Su obra.

Éxodo 3.14 Color

Si Dios le está llamando para realizar alguna tarea, solamente asegúrese que sea Él quien le está invitándolo a participar; y si es así, entonces camine con fe en pos de ese llamado celestial con confianza y valor. ¡Es de Él la obra!

 

«Gracias Padre por llamarnos, capacitarnos y usarnos en Tu obra»

 

Deuteronomio 31:23

“Y dio orden a Josué hijo de Nun, y dijo: Esfuérzate y anímate, pues tú introducirás a los hijos de Israel en la tierra que les juré, y yo estaré contigo.”

Celebrando la Gracia recibida por Fe

Gálatas 3.11 Anexo

Gálatas 3:6-14

“Así Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia. Sabed, por tanto, que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham. Y la Escritura, previendo que Dios había de justificar por la fe a los gentiles, dio de antemano la buena nueva a Abraham, diciendo: En ti serán benditas todas las naciones. De modo que los de la fe son bendecidos con el creyente Abraham. Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas. Y que por la ley ninguno se justifica para con Dios, es evidente, porque: El justo por la fe vivirá; y la ley no es de fe, sino que dice: El que hiciere estas cosas vivirá por ellas. Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero, para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu.”

 

Para Martín Lutero, uno de los padres de la Reforma, lo que más le atormentaba era que no podía encontrar paz para su alma, y poder así satisfacer la tremenda inquietud que le angustiaba. Buscaba por todos los medios conocidos y enseñados poder encontrar esa verdadera tranquilidad ante Dios que le pueda aquietar su ser. Realizó romerías a Roma, se auto disciplinaba con limitaciones materiales para ver si así podía hallar gracia ante Dios, pero nada de esto lo ayudaba.

 

En esa búsqueda de la paz que tanto deseaba se adentra en las Escrituras para hallar la respuesta a su preocupación, sabía de alguna manera que Dios tenía que ayudarle a darle la respuesta que requería, ya que lo que había aprendido hasta ese entonces no le otorgaba la respuesta. Entre más buscaba, se encontraba con la frase que le golpeaba su alma y mente: “El justo por la fe vivirá”.

 

Maravillosamente, y por inspiración divina, esta frase se encuentra escrita cuatro veces en la Biblia; la primera escrita en el A.T., y las otras tres como referencia de esta cita en el N.T. (Hab 2:4, Ro 1:17; Gá 3:11; He 10:38).

 

La Doctrina de la Salvación se basa en esta gran verdad. Las obras de la ley no salvan a nadie (Gá 2:16), y por más que el hombre trate de hacer todo lo que esté a su alcance, no llegará a satisfacer la justicia y la santidad de Dios. Todos nacemos como pecadores, y por lo tanto destituidos de Su gloria (Ro 3:23), sin esperanza y condenados para la eternidad (Ro 6:23). Dios, en Su eterno amor, envía a Jesucristo a morir por el hombre pecador, para que todo aquel que en Él llegue a creer no se pierda, más tenga vida eterna (Jn 3:16).

 

Es este plan de redención lo que Lutero llegó a comprender. Martín no podría llegar a satisfacer la justicia de Dios por sí mismo, tendría que depender de la obra de la justificación por medio de la fe en Cristo para hacerlo (Ro 3:22), es allí donde la gracia de Dios viene al hombre y le otorga por fe la salvación (Ef 2:8, 9), por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado (Ro 3:20).

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Realmente, la Reforma Protestante nace como una “protesta” ante las falsas enseñanzas de la justificación. Fue esto lo que le llevó a Lutero a presentar sus 95 Tesis. Hoy estamos celebrando el reconocimiento de la Gracia de la Salvación y Justificación que es otorgada por la Fe en Jesús y Su redención. Este plan redentor ha existido por siempre, y será por siempre, porque cómo está escrito: “El justo por la fe vivirá”.

 

¿Y usted, ya encontró esa paz con Dios? ¡TODA LA BIBLIA APUNTA A LA SALVACIÓN POR LA FE EN JESÚS!

 

«Gracias Dios por enviar a Jesús a morir por nuestros pecados, gracias porque es mi Fe en Cristo y en su obra en la Cruz lo que me otorga la Gracia de Tu Salvación»

 

Romanos 5:1

Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo;”

¡Sí puede mucho! (VIDA DE ORACIÓN XV)

Santiago 5.16 Anexo

Santiago 5:16-18

Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho. Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses. Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto.”

 

¿Cuánto puede lograr una oración ferviente y eficaz? Esa es una de las respuestas que solamente lo sabremos personalmente cuando experimentemos el poder de Dios obrando en favor de esa oración.

 

Para Dios, nada de lo que necesitamos o deseamos está escondido o desconocido, Él es Omnisciente. El propósito de la oración se basa en la necesidad que existe en nuestra vida de una relación cercana al Señor. Dios es Autoexistente y Eterno, no requiere de la presencia del hombre para Su existencia; fuimos creados porque deseaba que nosotros compartamos la eternidad con Él, y es en base a esta verdad fundamental que podremos entender mejor el propósito de la oración.

En vista que Dios lo sabe todo, la oración obra en nosotros para ayudarnos a mantenernos cerca de Él. Imagine que nosotros no busquemos a Dios durante el día, y luego durante una semana, y meses; aunque existen muchos que así viven, para quienes hemos experimentado la presencia y la obra de Dios en nuestras vidas, ese concepto es difícil de concebirlo, es entonces por medio de la oración donde mantenemos esa relación con Dios. Usted y yo tenemos el privilegio de acercarnos a compartir nuestra vida junto a nuestro Amado Creador, y esa relación se fortalece mediante la oración.

 

Cuando oro, lo que experimento de Dios es ver Su poder obrar; miro Su cuidado, bondad, provisión, sabiduría, rectitud, fidelidad y misericordia obrando en mi favor. El momento que Dios concede mi petición, lo que aprendo de Él es que en Su voluntad ha decidido bendecirme con lo que he solicitado, pues todo lo recibido está bajo Su buen deseo. Entonces, mi petición sí tiene esa respuesta que bendice mi vida.

 

Santiago nos recuerda que Elías, aunque fue un profeta, fue un hombre igual a nosotros, con “pasiones”. El justo Elías oró para que no llueva y no llovió por tres años y medio; luego oró para lloviera y así fue después de esos tres años y medio; ¿Por qué? Porque la petición de ese “hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras” estaba dentro de la voluntad de Dios.

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Elías era un hombre “justo” porque creía en Dios, su fe y comunión con el Señor estaban acompañados con su obediencia, esto le permitía a Elías orar bajo la voluntad de Dios y experimentar la poderosa obra del Padre en su vida y alrededor de él.

 

Usted y yo tenemos las mismas posibilidades que Elías para ver al Señor obrando en nuestras vidas respondiendo nuestras oraciones. Cuando pedimos, lo que hacemos es aprender a confiar por la fe en el Dios que puede obrar personal e íntimamente a nuestro favor. La “oración eficaz” expresa la idea de que nuestras oraciones activan la obra de Dios. La idea de orar es como que fuéramos a la bodega de peticiones personales reservadas para nosotros y le decimos al Señor que deseamos que aquella petición reservada se nos sea otorgada, entonces vemos Su obra, y es ahí donde la oración manifiesta su eficacia.

 

«Dios, gracias te damos porque por medio de la oración nos acercamos a Ti, y confiando en Tu persona aprendemos a depender más de Tu obra a favor de nosotros»

 

Hebreos 11:6 (NTV)

“De hecho, sin fe es imposible agradar a Dios. Todo el que desee acercarse a Dios debe creer que él existe y que él recompensa a los que lo buscan con sinceridad.”

En busca de sanidad (VIDA DE ORACIÓN XIV)

Santiago 5.15 Anexo

Santiago 5:13-16

“¿Está alguno entre vosotros afligido? Haga oración. ¿Está alguno alegre? Cante alabanzas. ¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados. Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho.”

 

“¿Por qué Dios no sanó a mamá?” – Fue la pregunta que una persona me hizo cuando me compartía su pesar por el fallecimiento de su madre, y ésta es quizás una pregunta muy frecuente en muchos. ¿Por qué Dios decidió sanar de cáncer a unos y no a otros? ¿Por qué tengo que sufrir de disfunción renal por tanto tiempo si le he pedido a Dios que me sane, y las personas de la iglesia han pedido por mí también?

 

Muchas de estas interrogantes pueden crear dudas en los creyentes, y hasta una anima aversión en contra de Dios. ¿Que nos enseña la Biblia concerniente a la oración y la sanidad de una persona?

 

En muchos pasajes podemos leer que gente fue sanada por obra milagrosa de Dios inmediatamente (Mr 2:1-12); en otros casos, como resultado de un acto de fe acompañado con alguna acción complementaria (Mr 7:31-37); en otros, como en el pasaje de Santiago, vemos que la persona se acercaba a los ancianos de la iglesia, y con la unción de aceite y oración la persona podía ser sanada y restaurada por medio del perdón (Stg 5:13-16); en otros casos, una persona no era sanada de su aflicción (2 Co 12:7-10); y a veces la muerte se presentaba como resultado de la enfermedad (2 Cr 26:21).

 

La sanidad es potestad absoluta de Dios. Sea esta que se dé por medio de un milagro, por el proceso de una cirugía, por un tratamiento, o por cuidado general de la persona, la sanidad siempre estará bajo la Soberana obra de Dios; y es Dios quien decide por cuál medio otorgar el restablecimiento de la salud.

 

Al mismo tiempo, la pérdida de salud puede venir como resultado de un pecado o puede ser un medio usado para probar a la persona. Aún el tiempo que le tome al enfermo recuperarse es igualmente voluntad de Dios. Por eso, en todos los casos en los que la muerte llegue como resultado de la enfermedad, la voluntad y plan del Señor es algo que debemos aceptarlo, aunque no podamos entenderlo por completo.

Santiago 5.15 Color

La muerte en general es resultado último del pecado del hombre (Gn 2:16, 17), y la enfermedad un proceso degenerativo que puede terminar en la muerte, y que también llegó con el pecado. Todos, tarde o temprano, llegaremos a morir un día, sea por enfermedad u otra causa, es una realidad. No debemos dudar del poder de Dios y del poder de la oración cuando alguien no sea sanado, a pesar de la incansable rogativa. Lo que debemos hacer es confiar en Su sabiduría y bondad.

 

La oración siempre será el mejor medio para acceder a la presencia de Dios y presentar nuestras peticiones, y podemos pedir a otros que nos ayuden haciéndolo, que también es valioso. La bendición de otros estará no solamente en la petición por salud, sino, además, en el apoyo espiritual que nos dan, cuando por la oración interceden por fortaleza, consuelo, paz y entendimiento; mientras pasamos por el duro proceso de una enfermedad. Que el Señor decida sanar o no, es algo que está en Su facultad decidirlo.

 

«Gracias Padre por las enfermedades y por la sanidad, esto nos permite aprender más de Ti y Tu obra»

 

Salmos 103:3

“El es quien perdona todas tus iniquidades, El que sana todas tus dolencias.”

Influenciado por el Espíritu (VIDA DE ORACIÓN XIII)

Judas 1.20 Anexo

Judas 1:17-21

“Pero vosotros, amados, tened memoria de las palabras que antes fueron dichas por los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo; los que os decían: En el postrer tiempo habrá burladores, que andarán según sus malvados deseos. Estos son los que causan divisiones; los sensuales, que no tienen al Espíritu. Pero vosotros, amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo, conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna.”

 

Para que una licuadora pueda funcionar debe estar conectada por el cable a una fuente de energía para que obtenga electricidad. Para que un automóvil pueda encender debe tener suficiente cantidad de gasolina en su tanque para que exista combustión. Para que una persona pueda orar apropiadamente a Dios necesita de la presencia y la obra del Espíritu Santo en su vida.

 

La Biblia nos enseña que la Tercera Persona de la Deidad, el Espíritu Santo, entra a morar en el creyente el mismo momento que ha sido salvo, a esto se le llama el sellamiento (Ef 1:13, 14). El Espíritu prepara el corazón del incrédulo para que crea el mensaje del Evangelio (Jn 16:7-11). Una vez hecha la obra de convencimiento, la persona que acepta a Cristo como Salvador llega a nacer de nuevo, de forma espiritual, por medio del mismo Espíritu (Jn 3:5-8). Es ahí donde el Espíritu llega a morar, y desde ese momento obra en ese creyente, mientras éste le permita.

 

Entre las varias obras que el Espíritu hace en el creyente están el de enseñar, recordar, y guiar a toda la verdad de Dios (Jn 14:26; 16:13); dar testimonio acerca de Jesús y Su obra (Jn 15:26); dar testimonio de nuestra relación con el Padre (Ro 8:15, 16); consolar al creyente (Jn 16:7); y otras más. Una de ellas es el de ayudar al creyente en la oración. Judas nos dice que hay una diferencia entre el que es creyente y el que no lo es, y esta es la presencia del Espíritu; y es en el creyente en donde Él obra para ayudarlo en la oración (Jud 1:19, 20; Ro 8:9, 26).

Judas 1.20 Color

El hombre está limitado en su manera de orar, pero el Ayudador viene a nuestro rescate. El Espíritu obra para llevarnos a orar de acuerdo con la voluntad de Dios y Su verdad (Ro 8:26, 27). Para que podamos orar influenciados por el Espíritu, debemos estar “llenos” de Él (Ef 5:18). La llenura es la manifestación interna y poderosa del Espíritu en el creyente, Quien obra en aquel que se alimenta de la Palabra de Dios y la obedece constantemente, es ahí donde el Espíritu toma control (Gá 5:16).

 

Para que podamos orar influenciados por el poder del Espíritu, no solo debemos de nacer de nuevo, sino que también debemos vivir en comunión y obediencia con Dios. Si nuestra vida de oración no es la que debe ser, entonces el problema siempre será espiritual.

 

«Gracias Señor por la presencia y obra de Tu Espíritu en nuestra vida… de oración»

 

Efesios 6:18

“orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu…”

No permita los «estorbos» (VIDA DE ORACIÓN XII)

1 Pedro 3.7 Anexo

1 Pedro 3:1-7

“Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos; para que también los que no creen a la palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas, considerando vuestra conducta casta y respetuosa. Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios. Porque así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos; como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor; de la cual vosotras habéis venido a ser hijas, si hacéis el bien, sin temer ninguna amenaza. Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo.”

 

¿Cómo se encuentra hoy su relación con su pareja? ¿Hay problemas entre los padres con los hijos? ¿Sigue manteniendo rencor y odio ante su prójimo? ¿Trata apropiadamente a sus empleados con justicia? ¿Se ha sometido al liderazgo de su jefe con agrado? Nuestras relaciones influyen directamente en nuestra relación con Dios, incluyendo nuestras oraciones.

 

La primera relación, por ende, el primer gobierno social establecido por Dios en la humanidad, y que es el pilar fundamental de la misma, es el matrimonio. Cuando el Señor creó a Adán y Eva, les dispuso en la tierra para que de ellos salgan todos los hombres que habitaríamos este planeta. Obviamente esta relación, al ser nuestro pilar, debe ser el ejemplo de vida para todas las demás relaciones. Adán y Eva fueron creados a la imagen y semejanza de Dios, así que cualquier trato, bueno o malo hacia la otra persona, implicaba el trato y el respeto hacia el mismo Creador (Gn 1:26, 27; 2:18-25).

 

Pero este trato se diferencia, además, por las mismas características especiales que también existen entre ambos. La mujer en carácter es sutil, delicada; el trato hacia ella debe ser tal cual es su ser, un vaso frágil (1 P 3:7). El esposo debe manifestar con su trato hacia ella ese reconocimiento. Al igual, la mujer, debe recordar que, aunque similares ante Dios, el hombre es a quien le fue otorgado el liderazgo, por tanto, merece respeto y sujeción (1 P 3:1-6). Para que no haya “estorbo” en las oraciones los esposos deben amarse, respetarse, y sujetarse en piadoso trato mutuo en el temor de Dios (Ef 5:21).

 

Otro “estorbo” que afecta nuestras oraciones, y especialmente cuando pedimos perdón a Dios por nuestros pecados, es la manera cómo perdonamos a otros (Mt 6:14, 15). El Padre siempre está dispuesto a perdonar nuestras faltas (Is 1:18; 1 Jn 1:9), pero para ello nos pide que aprendamos a perdonar, y no solo a perdonar, sino a amar, bendecir y hacer bien a quienes nos han hecho daño (Mt 5:44-48).

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Por último, nuestras relaciones con quienes nos rodean deben ser apropiadas. Dentro de la familia, entre padres e hijos, y el resto de la familia (Ef 6:1-4; Col 3:20, 21); en nuestro trabajo, entre los jefes y los subalternos (Ef 6:5-9; Col 3:22 – 4:1); en la iglesia, en nuestro vecindario, en nuestro entorno cercano. Nuestro trato con todos debe ser de armonía y paz, obediencia y honra. No podemos dejar que esas relaciones se vean afectadas, pues al faltar en ellas estamos faltando al segundo mandamiento más importante, amar al prójimo como a uno mismo (Mt 22:39).

 

Nuestras relaciones “horizontales” afectan directamente nuestra relación “vertical” con el Señor, y viceversa; para nuestro bien o para nuestro mal.

 

«Dios, que mi trato con mi prójimo sea como el Tuyo conmigo»

 

Proverbios 14:21

Peca el que menosprecia a su prójimo; Mas el que tiene misericordia de los pobres es bienaventurado.”

El Obstáculo del Pecado (VIDA DE ORACIÓN XI)

Salmos 66.18 Anexo

Salmos 66:16-20

“Venid, oíd todos los que teméis a Dios,
Y contaré lo que ha hecho a mi alma.
A él clamé con mi boca,
Y fue exaltado con mi lengua.
Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad,
El Señor no me habría escuchado.
Mas ciertamente me escuchó Dios;
Atendió a la voz de mi súplica.
Bendito sea Dios,
Que no echó de sí mi oración, ni de mí su misericordia.”

 

Entre las muchas consecuencias que atrae consigo el pecado, se encuentra la falta de atención de Dios a nuestras oraciones (Is 59:2-8). Al contrario, la obediencia siempre nos mantendrá en continua comunicación con Dios recibiendo sus bendiciones.

 

El amor de Dios no cambia cuando hayamos pecado, ese es uno de Sus inmutables atributos; pero dentro de Su amor, Su santidad y justicia demandan un acto de nuestro bondadoso Dios, y ese acto es la falta de respuesta a nuestra oración. Como a un niño rebelde, que no quiere escuchar al padre cuando le pide hacer algo, así Dios tiene que mantenerse en “silencio” a nuestras peticiones hasta que cambiemos de comportamiento.

 

Dios demanda santidad de sus hijos, esa santidad debe ser el reflejo de Su carácter (1 P 1:14-17). La falta de respuesta de Dios a nuestras peticiones es una manera de impartir castigo, porque el deseo es santificarnos y llevarnos a una vida piadosa. Así como el padre que malcría al hijo consentido, así sería nuestra vida sin Su bondadosa y buena disciplina (He 12:5-11).

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Pero no solo una vida de pecado nos priva de ser escuchados. Santiago nos dice también que nuestras peticiones pueden ser no son escuchadas por las pecaminosas intenciones que en ellas puede haber (Stg 4:2, 3). Nuestro pecaminoso corazón es un engañador astuto que nos puede convencer de que nuestros deseos son necesarios y justos, por tanto, dignos de ser presentados ante Dios, y es ahí donde ese deseo pecaminoso es expuesto en súplicas y rogativas incesantes, esperando que el Padre responda a nuestro favor. Pero Dios, que escudriña nuestra mente y prueba nuestro corazón, no puede ser engañado por nuestra maliciosa intención (Jer 17:9, 10). Con justa razón el salmista dijo: “Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, El Señor no me habría escuchado” (Sal 66:18).

 

Dios, en Su infinita misericordia nos invita a arrepentirnos, a volver de nuestros caminos de maldad con humildad y contristados; entonces Él promete perdonar nuestros pecados y escuchar nuestras oraciones (2 Cr 7:14).

 

«Señor, ayúdame a mirar mi pecado tal cuál Tú lo ves, para alejarme, y así poder elevar ante Ti solamente oraciones con manos santas»

 

Isaías 59:1, 2

“He aquí que no se ha acortado la mano de Jehová para salvar, ni se ha agravado su oído para oír; pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír.”

Ahora tenemos acceso (VIDA DE ORACIÓN X)

Lucas 1.13 Anexo

Lucas 1:8-13

“Aconteció que ejerciendo Zacarías el sacerdocio delante de Dios según el orden de su clase, conforme a la costumbre del sacerdocio, le tocó en suerte ofrecer el incienso, entrando en el santuario del Señor. Y toda la multitud del pueblo estaba fuera orando a la hora del incienso. Y se le apareció un ángel del Señor puesto en pie a la derecha del altar del incienso. Y se turbó Zacarías al verle, y le sobrecogió temor. Pero el ángel le dijo: Zacarías, no temas; porque tu oración ha sido oída, y tu mujer Elisabet te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Juan.”

 

En la historia de Zacarías, la Biblia no nos dice por cuanto tiempo previo él había estado orando por un hijo; pero si nos aclara que el ángel se le presenta a la misma hora del ofrecimiento del incienso a darle la noticia que Dios había escuchado la oración, y por medio de su mujer nacería Juan el Bautista.

 

Esta historia tiene varias particularidades que debemos mirar:

 

EL LUGAR DE LA ORACIÓN: En el Antiguo Testamento, y hasta la Primera Venida de Cristo y su muerte, el lugar donde el pueblo se reunía a pedir a Dios era, primero el Tabernáculo, y después el Templo, donde se encontraba el Altar de Incienso dentro del Lugar Santo (Ex 30:6-8), separado del Lugar Santísimo por un velo (Ex 26:33-35). Era ahí donde Dios se encontraría con los sacerdotes.

 

EL INCIENSO o LA ORACIÓN: El incienso representaba las oraciones, por eso que en la mañana y en la tarde, cuando se quemaba el incienso, las personas se presentaban para orar (Sal 141:2; Lc 1:10; Ap 5:8; 8:3).

 

LA PERSONA QUE HACIA LA ORACIÓN: En el Antiguo Testamento, e igual, hasta la muerte de Cristo, era el sacerdote descendiente de la familia de Aarón el encargado de hacer la oración por el pueblo y quemar el incienso. Zacarías era hijo de Abías (Lc 1:5), y éste, descendiente de Aarón (1 Cr 24:1, 10).

 

EL TIEMPO DE LA RESPUESTA A LA ORACIÓN: Zacarías era uno de los cientos de hijos de Aarón que estaban ministrando en ese tiempo. Era su turno de ir y quemar el incienso, posiblemente el único en su vida por el gran número de sacerdotes que había (Lc 1:8, 9), y no fue hasta ese privilegiado día que Dios respondió a su petición.

 

LA SORPRENDIDA REACCIÓN A LA RESPUESTA: Fue algo inesperado para Zacarías por la edad de ambos y por la condición física de su mujer, pues era estéril (Lc 1:7). Por eso su respuesta de asombro e incredulidad hizo que Dios lo castigara enmudeciéndolo temporalmente (Lc 1:20).

 

Ahora para nosotros en esta época, después de la muerte de Cristo, las cosas cambiaron a nuestro favor en gran manera. Ya no necesitamos ir a un lugar especial para orar, puesto que el mismo instante de la muerte de Jesús, “el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo” (Mr 15:37, 38), abriendo la oportunidad al creyente en Cristo a entrar a la misma presencia de Dios a orar “en plena certidumbre de fe” (He 10:19-23).

Lucas 1.13 Color

Antes se necesitaba de un sacerdote para que interceda por nosotros, y más por nuestros pecados; ahora Cristo, nuestro Sumo Sacerdote según la orden de Melquisedec, está a la derecha del Padre intercediendo por todos aquellos que han puesto su fe en Él (He 10:21; 5:14-16; 7:1-3, 11-19).

 

Así que nuestra oración tiene otro matiz. Podemos confiar en que Dios escucha nuestras peticiones. Es por medio del Nombre de Jesús que podemos pedir confiadamente, solamente tenemos que esperar con fe a que el Señor responda en Su tiempo, a Su manera, y acuerdo a Su soberana y buena voluntad.

 

«Señor, gracias te damos que por la fe en Cristo tenemos acceso directo a Tu presencia para presentarte nuestras oraciones»

 

Hebreos 10:19, 22

“Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo. […] acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura.”