Perseverar hasta la devoción (VIDA DE ORACIÓN I)

Colosenses 4.2 Anexo

Colosenses 4:2-5

“Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias; orando también al mismo tiempo por nosotros, para que el Señor nos abra puerta para la palabra, a fin de dar a conocer el misterio de Cristo, por el cual también estoy preso, para que lo manifieste como debo hablar. Andad sabiamente para con los de afuera, redimiendo el tiempo.”

 

Tal vez usted sea una persona como yo, a la cual le cuesta orar, y más, orar por mucho tiempo. Para una gran cantidad de creyentes la vida de oración es casi inexistente, o es tan mínima, que parecería que no la tuviera. Para otros, en cambio, la oración es una parte de la relación diaria de amor con Dios, pero no es tan importante. Solamente una corta oración diaria al levantarse y otra al acostarse. Pero para pocos, la oración es más que una simple rutina, es una experiencia vital y emocionante en su comunión diaria con Dios.

 

Lo cierto es que muchos de nosotros podremos valorar más la lectura de la Biblia antes que orar. Ambas son tan necesarias, como lo es la conversación cuando se encuentran dos individuos. Si solamente leemos la Biblia y no oramos, entonces se puede volver un poco en un monólogo, pero sin adoración plena. Para aquellos que solamente oran por un poco de tiempo y no leen la Biblia, la oración de ellos ser vuelve una petición frívola de un hijo esperando que el padre cumpla sus deseos. Pero, tanto la lectura como la oración deben ser ambas prolongadas, y ambas fervientes. El propósito primario de la oración debe ser la adoración a Dios; en segundo lugar, el alinearse a la voluntad de Dios mediante la búsqueda del perdón y el sometimiento para obedecer; y en tercer lugar, todo lo demás.

 

Pablo utiliza la palabra griega proskartereo” (προσκαρτερέω, G4342) para expresar la idea de perseverar (“Perseverad en la oración…”). Esta palabra tiene una voz de mando fuerte, indicando que una persona tiene de dedicar su vida hacia algo. Es dar devoción. Cada uno de nosotros debemos ser devotos, o si desea decirlo, dar nuestro ser a una vida de oración.

 

Los apóstoles, cuando tuvieron que buscar a hermanos que ayuden a atender las mesas de los otros, pidieron a la congregación que buscaran entre ellos a los varones que llegarían a ser los diáconos, porque los apóstoles querían (perseverar o persistir) en la oración y en el ministerio de la palabra.” (Hch 6:1-4)

 

Si realmente queremos ver nuestra vida transformada y llena del Espíritu Santo, debemos comenzar hacer de ella, una vida que sea devota a la oración, para lo cual debemos intencionalmente predisponernos a lograrlo.

Colosenses 4.2 Color

Así como el atleta se ejercita por horas hasta que pueda dominar su actividad, nosotros debemos ejercitarnos con disciplina hasta que lleguemos a esa activa vida de intensa oración.

 

Jesucristo separaba tiempo para orar (Mr 1:35), los apóstoles separaron tiempo sin distracciones para orar (Hch 6:4), la iglesia perseveraba constante en la oración (Hch 1:14), y Pablo nos alienta a perseverar en ella. Es momento de considerar plenamente esta actividad espiritual, y hacer de nuestra vida una que sea alimentada y capacitada, no solo por la Palabra de Dios, sino también por la oración. ¿Qué puede hacer hoy para iniciar el camino hacia la devoción?

 

«Señor, te suplico me ayudes a vivir en la oración»

 

Hechos 1:14

“Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego…”

Con el desafío viene el crecimiento

Hechos 9.31 Anexo

Hechos 9:26-31

“Cuando llegó a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos; pero todos le tenían miedo, no creyendo que fuese discípulo. Entonces Bernabé, tomándole, lo trajo a los apóstoles, y les contó cómo Saulo había visto en el camino al Señor, el cual le había hablado, y cómo en Damasco había hablado valerosamente en el nombre de Jesús. Y estaba con ellos en Jerusalén; y entraba y salía, y hablaba denodadamente en el nombre del Señor, y disputaba con los griegos; pero éstos procuraban matarle. Cuando supieron esto los hermanos, le llevaron hasta Cesarea, y le enviaron a Tarso. Entonces las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria; y eran edificadas, andando en el temor del Señor, y se acrecentaban fortalecidas por el Espíritu Santo.”

 

Iglesias y obras misioneras en todo el mundo han enfrentado, y seguirán enfrentado, persecución y afrentas de un mundo que rechaza a Dios y a Su mensaje de Salvación. Nada es más difícil para una iglesia que recibir amenazas de muerte para uno o varios de sus miembros o la destrucción del edificio si no se detiene. Muchos de ellos se encuentran en el Medio Oriente, en el norte de África, y en el sur de Asia.

 

Según el Portal “Puertas Abiertas” (Open Door), al inicio de este año 2017, se calculaba que existían un índice de por lo menos 50 países en donde los cristianos están sufriendo un alto nivel de persecución. Se estima que cerca de 215 millones de creyentes sufren este nivel de acoso. Gran parte de esta persecución se ha dado por un incrementado nacionalismo religioso que está rechazando un avance del evangelio al considerarlo, especialmente en algunos casos, una “religión occidental”.

 

Dentro de la lista de persecución, y que forman parte de estos 50 países, se encuentran México y Colombia en los puestos 41 y 50 respectivamente. Esto se ha dado porque en el ámbito social se ha visto un incremento en el índice de violencia en aquellas regiones, y dentro del cual, los creyentes se han visto afectados también.

 

Hace muchos años atrás también hubo una fuerte persecución religiosa y nacionalista. Los judíos radicales, apoyados por la cúpula religiosa de ese tiempo, persiguieron a Jesús y a sus discípulos hasta darles muerte. Saulo, uno de los más grandes enemigos del “Camino” había recibido cartas de autorización para traer presos a los creyentes de Damasco hacia Jerusalén (Hch 9:1, 2). Pero el inesperado viaje transformó la vida de Saulo para siempre, y junto a ello, su propósito de vida (Hch 9:3-16).

 

La vida de Saulo cambió tanto, que inmediatamente después de haber sido perdonado por el Señor Jesús, comenzó a predicar de Cristo en las sinagogas de Damasco, aunque no le resultó muy fácil (Hch 9:20-25). Cuando llegó a Jerusalén tampoco le fue sencillo, pero eso no detenía su pasión. Después de un consenso, deciden pedir que Saulo se vaya a Tarso, donde le esperaría una nueva tarea años más tarde (Hch 11:25, 26).

 

La persecución no solamente produjo un cambio en Saulo, sino que ayudó también a que las iglesias de “Judea, Galilea y Samaria” se fortalezcan espiritualmente, sean edificadas y santificadas, y crezcan en número (Hch 9:31).

Hechos 9.31 Color

Hoy en día esos mismos testimonios se siguen viendo en todo el mundo, pero en especial en aquellas regiones en donde la persecución es marcada. Los más grandes enemigos de la Cruz se convierten en los más fervientes mensajeros de Jesús; y mientras estos perversos enemigos son alcanzados por el mensaje de amor del Señor, esas mismas iglesias perseguidas se fortalecen y crecen. Dios, en su Soberanía y Poder, sigue obrando en, con, y para la iglesia.

 

Pidamos a Dios para que ayude a los creyentes y a las iglesias a que sigan fieles mientras llevan el evangelio de luz y esperanza a aquellos, que, siendo ahora enemigos, mañana serán los más apasionados partidarios de Cristo.

 

«Señor Jesús, te pedimos por Tu iglesia perseguida, cuídala, y glorifícate en y a través de ella»

 

Mateo 5:11-12

“Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos…”

¿Por qué no le damos la bienvenida?

Salmos 33.20, 21 Anexo

Salmos 33:18-22

“He aquí el ojo de Jehová sobre los que le temen,
Sobre los que esperan en su misericordia,
Para librar sus almas de la muerte,
Y para darles vida en tiempo de hambre.
Nuestra alma espera a Jehová;
Nuestra ayuda y nuestro escudo es él.
Por tanto, en él se alegrará nuestro corazón,
Porque en su santo nombre hemos confiado.
Sea tu misericordia, oh Jehová, sobre nosotros,
Según esperamos en ti.”

 

Por seguro muy pocos, por no decir nadie, pueden decir que encuentran real gozo en las pruebas. Nadie disfruta de los momentos difíciles, por lo tanto, nadie puede decir que con alegría le abre las puertas de su vida a las pruebas, y con comprensible razón.

 

Hay algunas verdades espirituales que están presentes junto a las pruebas que necesitamos aceptarlas y hacerlas parte vital de nuestra fe.

 

Santiago no exhorta a tener “sumo gozo” cuando nos hallemos en diversas pruebas (Stg 1:2). Las pruebas tienen el propósito primario de transformar internamente a la persona. Un gusano tiene que dejar atrás su apariencia para convertirse en mariposa. Un huevo tiene que ser cambiado internamente para que podamos tener un precioso pollito después de 21 días de incubación. Un pecador tiene que ser cambiado en carácter piadoso para que podamos ver a Cristo. Las pruebas obran con el propósito impregnar el carácter de Dios en nosotros (Stg 1:3, 4).

Pablo no dejó de pedir por su aflicción hasta que entendió que en medio sus debilidades el poder de Dios se manifestaría más ampliamente (2 Co 12:7-9). Es en medio del dolor dónde hallamos el consuelo; es en la angustia dónde hallamos paz; es en la debilidad dónde encontramos la fortaleza. Si no enfrentáramos estos momentos difíciles, nunca pudiéramos experimentar la majestuosa y poderosa obra de Dios en nosotros a través de Su Espíritu, por eso Pablo con razón dijo: “… me gozo en las debilidades… porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.” (2 Co 12:10)

 

El mismo Pablo nos recuerda que es mediante las pruebas en dónde uno aprende a contentarse en medio las limitaciones. Una persona que tiene todo nunca será contenta hasta que no aprenda a disfrutar la vida con lo que ya tiene. Nuestra inconformidad nos mantendrá siempre descontentos, si no aprendemos a valorar lo que tenemos, sea poco o sea mucho. La humildad y la gratitud son características piadosas que afloran en las limitaciones, y es ahí donde aprendemos a vivir contentos, “cualquiera que sea (NUESTRA) situación.” (Fil 4:11, 12)

Salmos 33.20, 21 Color

Por último, cuando enfrentamos las pruebas con confianza en Dios, nuestra alma hallará nuevos motivos para alegrarse (Sal 33:20, 21). El saber que toda prueba tiene su fin, y que en ese proceso Dios nos acompañará y transformará, esperando confiados Su liberación, ya de por sí es gran gozo (1 P 5:10). Pero, necesitamos añadir que al final de las pruebas, no solo conoceremos más de la obra de Dios en nosotros, sino que hallaremos múltiples bendiciones como recompensa de nuestra confianza y fidelidad a Él (Job 42:1-6, 10-17). Dios siempre se glorificará al final de cada tormenta; y mientras esperamos en ella mirándolo a Él, podemos contentarnos en el Señor, alabarlo y glorificar Su Santo Nombre. Un hombre dijo un día: «El mismo Dios que permitió que enfrentes una prueba, es el mismo Dios que te ayudará a salir de ella»

 

Debemos mirar las pruebas de una manera distinta para que ellas no nos sean negativamente adversas. ¡Aprendamos a dar la bienvenida con alegría a cada prueba que llegue a nuestras vidas!

 

«Señor, muchas gracias por las pruebas, porque en ellas tengo un mejor conocimiento de Ti… en mí»

 

Hebreos 13:5-6

“Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré; de manera que podemos decir confiadamente: El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre.

¿Por qué no decide mas bien perder?

1 Corintios 6.7 Anexo

1 Corintios 6:1-8

“¿Osa alguno de vosotros, cuando tiene algo contra otro, ir a juicio delante de los injustos, y no delante de los santos? […] Si, pues, tenéis juicios sobre cosas de esta vida, ¿ponéis para juzgar a los que son de menor estima en la iglesia? Para avergonzaros lo digo. ¿Pues qué, no hay entre vosotros sabio, ni aun uno, que pueda juzgar entre sus hermanos, sino que el hermano con el hermano pleitea en juicio, y esto ante los incrédulos? Así que, por cierto es ya una falta en vosotros que tengáis pleitos entre vosotros mismos. ¿Por qué no sufrís más bien el agravio? ¿Por qué no sufrís más bien el ser defraudados? Pero vosotros cometéis el agravio, y defraudáis, y esto a los hermanos.”

 

“Cuatro campesinos se encontraron fuera de una ciudad cuando iban de viaje (Los llamaremos los señores A, B, C y D). El señor A y el señor B durante mucho tiempo habían estado fuertemente enojados, el uno contra el otro por causa de ciertos límites de sus propiedades, pues eran vecinos, y dichos límites no estaban claramente definidos. Cuando A y B se vieron no se saludaron, se hicieron reclamaciones recíprocamente, comenzaron a usar un vocabulario insolente y a ofenderse de palabra. Entonces A desafió a B para que pelearan a puñetazos: A comenzó, y B devolvió los golpes … Al fin A fue derrotado, y cayó al suelo.”

 

“Mientras, los señores C y D estuvieron observando el desarrollo de los acontecimientos; y aunque tenían un problema como el de A y B, y los niños de uno habían peleado con los niños del otro, el señor C dijo a D: “Señor D, yo creo que debemos orar. Vamos a orar.” Después de la oración dijo el señor D: “Vamos a ponernos de acuerdo; para arreglar nuestro problema yo haré mi parte y usted hará la suya. Cada uno de nosotros tiene algo de razón y ha cometido unos errores en este asunto.” El señor C estuvo de acuerdo en esto, y después de haber orado otra vez resolvieron su problema; y el domingo siguiente se sentaron juntos en el templo y juntos adoraron a Dios.”Adaptado de Higley.

 

Lamentablemente es común ver pleitos entre los miembros de la familia, los amigos, y aún más, entre los hermanos en las iglesias. Como seres imperfectos estamos expuestos a causar o a recibir un agravio. La Biblia nos exhorta a buscar la reconciliación y la restitución, antes que buscar el pleito y el juicio.

 

Muchos optarían por buscar la justicia, pero no lo harían buscándola en la iglesia hablando con el pastor o con un hermano sabio, al contrario, irían al juicio en las cortes. Esto nos es apropiado, puesto que siempre traerá más problema al problema. Pablo nos recuerda que dentro de la iglesia hay personas, que por su madurez espiritual y sabiduría son capaces de dar un mejor juicio que aquellos que imparten justicia en las cortes. Dios puede guiar a una persona a traer justo juicio ante el impase, pero también puede obrar entre todos para buscar el perdón y la restitución.

1 Corintios 6.7 Color

Pero cuando una de las partes no quiere obrar apropiadamente ¿qué debemos hacer? Si una de las partes decide no colaborar, entonces es mejor que decidamos recibir el agravio, con una actitud perdonadora y humilde, antes que llevar el pleito a consecuencias mayores.

 

Si tiene algún problema es mejor entregarlo en manos de Dios que buscar justicia, al hacerlo estamos manifestando el carácter perdonador de Dios. ¡Es mejor perder lo ya perdido que ganar mayor dolor!

 

«Dios, Tú me has enseñado el significado del perdón por medio de la muerte de Tu Hijo»

 

Mateo 6:14, 15

Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.”

¿Qué legado está dejando su corazón?

Hechos 13.22 Anexo

Hechos 13:20-23

“Después, como por cuatrocientos cincuenta años, les dio jueces hasta el profeta Samuel. Luego pidieron rey, y Dios les dio a Saúl hijo de Cis, varón de la tribu de Benjamín, por cuarenta años. Quitado éste, les levantó por rey a David, de quien dio también testimonio diciendo: He hallado a David hijo de Isaí, varón conforme a mi corazón, quien hará todo lo que yo quiero. De la descendencia de éste, y conforme a la promesa, Dios levantó a Jesús por Salvador a Israel.”

 

La vida de cada ser humano va a pasar por la vida dejando sus huellas de existencia. Nadie ha pasado, ni pasará por el mundo, sin dejar su rastro. Lo que dejemos, o lo que hayamos hecho, y que quede de recuerdo o patrimonio es lo que se conoce como legado.

 

Cuando Pablo pasó por Antioquía de Pisidia, dio su mensaje de salvación dando una corta reseña de la historia de Israel conectándola con la vida y obra del Señor Jesucristo. En este discurso habló en unas cuantas líneas de dos personajes significativos de Israel: Saúl y David. Cada uno de estos dos reyes tienen particularidades, pero que como lo expresó Pablo, y quedó registrado en el Libro de los Hechos inspirado por el Espíritu Santo, el legado de ambos es completamente distinto.

 

Saúl fue el primer rey de Israel, pedido por el pueblo, hijo de Cis, de la tribu de Benjamín, pero fue “quitado” por Dios, y con él, toda su descendencia del reinado (v. 21, 22a). David, por el contrario, fue levantado por Dios mismo, hijo de Isaí, y como lo dice el mismo Señor, fue un “varón conforme a (SU) corazón”, que hizo Su voluntad (v. 22).

 

Si termináramos de hablar de ellos con estos dos versículos, podríamos marcar ya la diferencia y el impacto que dejaron sus vidas. Pablo, ahondando más el contraste, habló de David diciendo que a través de su descendencia, y bajo una promesa dada, “Dios levantó a Jesús por Salvador” (v. 23). No solamente que la vida de David dejó tras de sí un gran reinado de obediencia hacia Dios, sino que el mismo Dios lo honró dejando en él la línea por medio de la cual nacería Jesucristo porque fue un hombre conforme a Su corazón.

Hechos 13.22 Color

Una persona conforme al corazón de Dios no es alguien quien vive una vida perfecta de obediencia, pues David no fue perfecto, ni nadie lo será. Una persona conforme a corazón al Dios es alguien, quien, a pesar de lo imperfecto, trata siempre de buscar a Dios y cumplir con Su voluntad. Es alguien que de lo profundo de su ser se esfuerza día a día por tener a Dios en el trono de su vida deseando agradarle en todo tiempo.

 

¿Qué legado espiritual está dejando su corazón? ¿Qué están diciendo ahora de usted y de lo que hace para agradar a Dios? ¿Qué legado quedará en sus hijos y en sus nietos como recuerdo de su vida y de su consagración a Dios? No olvidemos que lo que estamos sembrando espiritualmente para nuestras vidas, no solamente impacta nuestro futuro y nuestro nombre, sino que impactará también la vida de los nuestros. ¡Es hora de honrar a Dios con todo nuestro “corazón”!

 

«Dios, Tú eres digno de mi adoración de corazón»

 

Deuteronomio 4:9

“Por tanto, guárdate, y guarda tu alma con diligencia, para que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto, ni se aparten de tu corazón todos los días de tu vida; antes bien, las enseñarás a tus hijos, y a los hijos de tus hijos.”

Es resultado de Fe y Oración

Juan 14.12 Anexo

Juan 14:8-14

“Felipe le dijo: Señor, muéstranos el Padre, y nos basta. Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre? ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras. Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera, creedme por las mismas obras. De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré.”

 

La invitación que nos hace Jesucristo a predicar Su evangelio puede ser un desafío para muchos, un desafío muy intimidante que puede detenerlos para no hacer nada. Pero el Señor en ningún momento ha deseado que esto ocurra. Como seres humanos en sí, estamos limitados en capacidad y autoridad para desarrollar dicha tarea, pero es ahí donde nuestra limitación tiene la extraordinaria capacidad potencializada por parte de Dios.

 

Ante la inquietud que Felipe tuvo de conocer a Dios el Padre, Jesucristo responde con una verdad teológica sumamente importante: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14:9). Jesús había ministrado con el mismo poder y autoridad del Padre, Sus obras daban testimonio de ello (v. 10, 11). Detrás de esta verdad eterna, Jesús extiende una invitación a participar de las obras de Dios con esa misma capacidad y autoridad: “las obras que yo hago, él las hará también…”; pero con una expectativa mayor: “… y aun mayores hará…” (v. 12).

 

Jesucristo había venido a la tierra para morir por el pecado del hombre, éste fue su principal propósito; pero mientras vivió en medio de nosotros, el Señor ministró con gran poder y autoridad haciendo una invitación a que lo aceptaran como Salvador personal. Las “mayores” obras a las que se refería Jesús era que, ahora que Él iría al Padre, nos otorgaría Su poder y autoridad para predicar Su evangelio al mundo. Para que nuestra tarea sea hecha con seguridad y tenacidad, Jesucristo nos indicó que necesitamos creer en Él y orar en Su Nombre (v. 12-14).

Juan 14.12 Color

Como creyentes, debemos confiar en la autoridad de Jesús para salvar al hombre. En unos versículos antes les decía a sus discípulos que Él era el único camino al Padre (v. 6); que por cuanto lo habían visto ya habían visto al Padre, y que, si creían en estas verdades, pues entonces ya tenían la capacidad para hacer las obras mayores de predicar el evangelio. Pero también los exhortó para que pidan a Dios, para que sea Él, y no el creyente, Quien obre para llevar al hombre al convencimiento salvífico. Jesús dijo, que, si confiábamos y orábamos en Su Nombre, entonces lo haría, para que el Padre sea glorificado (v. 13).

 

Nosotros ahora no debemos intimidarnos ante nuestras limitaciones, sino, al contrario, motivarnos ante las tremendas posibilidades que tenemos con Dios para hablar a otros de Cristo. ¡Apropiémonos de estas verdades!

 

«Señor, gracias por habernos envestido con autoridad para predicar Tu Nombre, y gracias por tan alto privilegio»

 

Mateo 28:18-20

“Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones… y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.”

¿Hasta cuándo vamos a seguir así?

Hechos 26.14 Anexo

Hechos 26:12-15

“Ocupado en esto, iba yo a Damasco con poderes y en comisión de los principales sacerdotes, cuando a mediodía, oh rey, yendo por el camino, vi una luz del cielo que sobrepasaba el resplandor del sol, la cual me rodeó a mí y a los que iban conmigo. Y habiendo caído todos nosotros en tierra, oí una voz que me hablaba, y decía en lengua hebrea: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa te es dar coces contra el aguijón. Yo entonces dije: ¿Quién eres, Señor? Y el Señor dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues.”

 

¿Ha visto la determinación desobediente con la que un niño no sigue las advertencias de sus padres? Todos hemos visto a un niño recibir la orden de no tocar algo, y lo primero que hacen es ir en contra de la orden. Ahora, pensemos en lo que podría ser cuando a ese mismo niño se le advierte que plancha caliente, y después de desobedecer va y se quema, y no contento con ello se acerca de nuevo y se quema una y otra vez. ¿Qué le impulsaría al niño hacer esto? Tristemente la respuesta sería: La Rebeldía y la Necedad.

 

La Rebeldía es la acción de ir en contra de una autoridad, mientras que la Necedad es hacer algo con ignorancia u obstinación.

 

Pablo estaba persiguiendo a los creyentes para apresarlos, y si era necesario, matarlos. Su errada convicción lo motivaba despiadadamente a seguir a todo creyente en cualquier lugar en donde ellos estaban. Pero como lo dijo Jesús, él estaba dando “coces contra el aguijón” (v. 14).

 

Dar coces o cocear es la acción que un animal, especialmente un équido, hace cuando levanta sus extremidades posteriores hacia arriba de forma violenta. Ahora, imaginemos al caballo dando coces fuertemente contra un aguijón. Este concepto es lo que Jesús quiso darle a Pablo, y el daño que él solo se hacía con su actitud.

 

Saulo había escuchado el mensaje sobre Jesús dado por Esteban; todos los presentes, incluyéndole, consintieron la muerte del discípulo (Hch 7:1 – 8:1). Como estudiante de la ley él había estado aprendiendo de los mejores maestros judíos de su época (Hch 22:3), y a pesar de ello, no se sometía a la Palabra de Dios, esto lo hacía Rebelde. Como si fuera poco, buscó el apoyo de los sacerdotes para perseguir a más cristianos, pues en su opinión era correcto, esto lo hacía Necio. Quería ir en contra de Dios y Su Palabra, y persistiría en ello con obstinación a pesar de las consecuencias.

Hechos 26.14 Color

No permitamos que nuestra rebeldía nos aleje del sometimiento a la voluntad de Dios, y oremos para que el Señor nos dé entendimiento de Su Palabra. Muchos podemos estar como Pablo, dando “coces contra el aguijón”, cuando no hacemos la voluntad del Señor y en nuestra necedad nos damos contra las consecuencias de nuestras malas decisiones.

 

Muy duro tuvo que haber sido para Saulo encontrarse con el Señor y darse cuenta de todo su grave error (Hch 26:14, 15), pero este encuentro le permitió cambiar de actitud y escuchar a Jesús, entender Su voluntad y vivir para hacerla (Hch 26:16-20). Tal vez nosotros también necesitemos de un sacudón en nuestra vida para reencontrarnos con Dios. Un encuentro personal con Nuestro Señor Jesucristo cambia nuestra vida y nuestro propósito de vivir.

 

«Señor Jesucristo, si mi vida no es la que Tú esperas de mí, te pido que me sacudas si es necesario, y ayúdame a vivir para Ti»

 

Salmos 119:73

“Tus manos me hicieron y me formaron;
Hazme entender, y aprenderé tus mandamientos.”

Lo perdieron todo, menos…

Habacuc 3.18 y 19 Anexo

Habacuc 3:16-19

“Oí, y se conmovieron mis entrañas; A la voz temblaron mis labios; Pudrición entró en mis huesos, y dentro de mí me estremecí; Si bien estaré quieto en el día de la angustia, Cuando suba al pueblo el que lo invadirá con sus tropas. Aunque la higuera no florezca, Ni en las vides haya frutos, Aunque falte el producto del olivo, Y los labrados no den mantenimiento, Y las ovejas sean quitadas de la majada, Y no haya vacas en los corrales; Con todo, yo me alegraré en Jehová, Y me gozaré en el Dios de mi salvación. Jehová el Señor es mi fortaleza, El cual hace mis pies como de ciervas, Y en mis alturas me hace andar. Al jefe de los cantores, sobre mis instrumentos de cuerdas.”

 

Si alguna vez lo ha perdido todo, podrá entender la frustración que ello puede traer. De repente uno se queda sin nada, todo lo construido desaparece, todo lo adquirido se va, los que nos rodeaban ya no están, y en donde poníamos nuestra alegría nos ha quedado solamente angustia y desolación.

 

No todos podrían decir que han pasado por un catastrófico evento como estos, pero muchos si podemos decir que hemos perdido alguien o algo muy importante en nuestra vida, y que ha dejado un vacío muy grande.

 

A Job le aconteció que unos hombres le robaron, un fuego consumió sus ovejas, y un tornado azotó la casa de uno de sus hijos y todos ellos murieron (Job 1:14-19), no siendo todo, luego tuvo una enfermedad de piel que causó infección en todo su cuerpo (Job 2:7, 8). Habacuc miró el despojo que el pueblo de Judá sufriría por el pecado; el orgullo de la ciudad de Jerusalén sería destruida junto con el templo y los muros, gran parte de su pueblo sería llevado a cautiverio, y las cosechas y el ganado desaparecerían (Hab 3:16, 17). Pablo enfrentó una persecución tan grande que le llevó a pensar que perdería su propia vida junto con aquellos que lo acompañaban (2 Co 1:8, 9). Todos estos hombres casi lo perdieron todo, menos su confianza en Dios.

 

En esta vida podremos enfrentar momentos impactantes que literalmente cambian nuestra vida de un momento a otro. Cuando esos momentos llegan, nuestra desesperación puede llevarnos a hundirnos en depresión, tristeza y el dolor. Podremos perderlo todo, pero lo que nos ayudará a enfrentar tal devastación, será nuestra confianza en Dios.

Habacuc 3.18 y 19 Color

Job, Habacuc y Pablo sabían que aún podría confiar Dios, y que esa certeza plena los ayudaría a seguir adelante, por eso exclamaban con seguridad: “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito” (Job 1:21). Con todo, yo me alegraré en Jehová, Y me gozaré en el Dios de mi salvación. Jehová el Señor es mi fortaleza…” (Hab 3:18, 19). “Pero tuvimos en nosotros mismos sentencia de muerte, para que no confiásemos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos; el cual nos libró, y nos libra, y en quien esperamos que aún nos librará, de tan gran muerte” (2 Co 1:9, 10).

 

Confiar en Dios es tener la certeza de que la soberanía, el amor, la sabiduría, el poder, la fuerza, el consuelo, y el cuidado de Dios nos acompañarán después de cualquier devastación. No importa lo que pase, y aunque lo pierda todo, nunca deje que las circunstancias le hagan perder su confianza en el Señor.

 

«Señor, aunque me quede sin nada, yo confiaré en Ti»

 

Lamentaciones 3:24

Mi porción es Jehová, dijo mi alma; por tanto, en él esperaré.”